Polvo mágico de sal. (Ecológico)

El día 1 de julio, Virginie, una hermosa francesa de 30 años, iniciaba unas merecidas vacaciones tras haber pasado seis meses en el Ártico en un barco de Greenpeace, cómo bióloga. Pidió la llave en recepción y tras subir, se sentó en el balcón de su habitación a contemplar el mar Caribe mientras bebía un exquisito sorbete de limón. 
 
En ese mismo instante Gólubev, un fortachón alto de pelo cano y origen ruso, que también acababa de llegar al hotel, cerraba un trato de venta de armas con un destacado jefe tribal de un pequeño país tercermundista. A este la atendió personalmente Violet directora del hotel, y de origen Inglés que dominaba siete idiomas y amplia experiencia en gestión hotelera. Justamente cuando Gólubev subía con sus dos guardaespaldas a su suite del ático, junto al botones, llegó a la recepción un alemán no muy alto, de ojos azules y cuerpo atlético al que también atendió Violet en persona. Dietmar, destacado ingeniero de telecomunicaciones en la empresa Apple intercambió unas palabras amables con la directora que, finalmente le indicó donde se encontraba la suite que el teutón había reservado con vistas al Caribe. Violet se marchó tras recibir a sus insignes clientes y fue entonces cuando apareció María, psicóloga y coach Andaluza de origen Italiano, que llegó al hotel a descansar unos días, tras aprovechar un bono que le regaló su familia. 
 
Con el inicio del estío, en el bonito y acogedor hotel, aquel día, la dirección había inaugurado una biblioteca infantil para los más jóvenes; podían leerse libros electrónicos o de papel fomentando la lectura en contraposición a los vídeos juegos violentos; todos los padres estuvieron de acuerdo, dejando a los monitores a cargo de los chicos durante todo el día. En la piscina central se organizaba un exquisito almuerzo con música en directo, extensible a la playa privada del hotel. Por la noche en el salón de espectáculos se cerraría el primer día de temporada de verano, con la actuación en directo de un afamado grupo de jazz. 
 
Mientras tanto y a doscientos kilómetros de allí, Brian Kiss, un afamado corredor de bolsa, se apresuró a subir al tren con dirección a la costa. Llevaba tejanos negros, camisa manga larga del mismo color y botas Jack Panamá; también en su mochila, una muda interior, bolsa de aseo y dos botellas de bourbon de reserva, regalo de un amigo de Tennessee. No se perdería por nada del mundo, aquella actuación de jazz en un hotel cercano al mar. Brian llegó a tiempo para el almuerzo y tras coger su llave y cambiarse bajó a la piscina, donde casi todos los invitados esperaban a ser ubicados en sus respectivos asientos. 
 
Gólubev fue el primero en sentarse junto a Violet, el ruso traía su propia botella de vino e invitó a la directora a probarlo. Seguidamente, llegó Dietmar, que saludó en inglés a ambos y aceptó de buena gana un trago del vino de Gólubev. Tras el germano apareció Virginie, que repartió besos pero rehusó beber alcohol. Finalmente hicieron acto de presencia María y Brian Kiss. Todos se entendían en inglés y sin demora, se inició una charla amigable entre los seis comensales que habían sido ubicados en la misma mesa por expresa recomendación de la propia directora. Ninguno de ellos se había visto antes. 
 
Tras las debidas presentaciones, Violet, fue preguntando a cada uno a que se dedicaba. Gólubev dijo que era tratante de arte, pero Virginie había visto la foto del ruso en un periódico y le clavó su mirada con gesto fruncido. Brian Kiss entabló una conversación con María sobre coaching y reiki. Dietmar charlaba con Virginie y Violet sobre alta tecnología. Gólubev pareció quedar impactado con la mirada de Virginie, de repente se desmayó perdiendo la consciencia. Prontamente, empleados del hotel trasladaron a Gólubev a su habitación; el potentado traía su propio médico y este dijo que no pasaba nada, que el desmayo había sido consecuencia del estrés o, ¿tal vez fue la bonita mirada de Virginie? 
 
El hotel era un jolgorio, la alegría y el júbilo reinaba entre todos los huéspedes. Tras la comida los recién conocidos se marcharon a la playa excepto Gólubev, que al parecer había mejorado de su desmayo y se incorporaría al grupo más tarde. Virginie dijo a todos que conocía a Gólubev de los medios de comunicación especializados y que este era un desalmado, que traficaba con bombas anti persona y vendías armas a los grupos radicales del África. Sin embargo, Dietmar salió en defensa del ruso, aduciendo que no había pruebas para demostrarlo, ya que la prensa y algunos poderes, podrían haber manipulado la información. Violet, apoyó la teoría del Ingeniero, al igual que Brian y Maria. Todos pasearon por la playa cargada de brisa marina y polvo mágico de sal; hablaron, rieron y al caer la tarde regresaron a sus habitaciones, quedando en verse para el concierto de jazz después de la cena. 
 
Virginie terminaba de arreglarse en su habitación cuando llamaron a su puerta. Era Gólubev. La francesa sorprendida le hizo pasar. He venido, dijo, a decirte que sé que me conoces y es cierto todo lo que piensas de mí pero quiero entregar toda mi fortuna a Greenpeace para que la humanidad pueda un día perdonarme, a cambio de que me dejéis navegar con vosotros en ese barco. Me has enamorado Virginie. Miro a sus pupilas, lo abrazó y creyó en sus palabras, ella sabía leer en la mirada de las personas…
 
El concierto de jazz comenzó y Brian Kiss prometió a María, que no especularía más con el dinero de la gente, a cambio de una cita romántica al amanecer; en ese instante llegó Dietmar con Violet a la que intento robarle un beso. Los seis volvieron a sentarse juntos en una mesa, en la oscuridad del local con jazz de fondo y bourbon de reserva, dejando que el polvo mágico de sal enamorara con su magia en el gran hotel a orillas del mar. 
 
                                                      FIN
 
Autor micro relato: Jorge Ofitas. 
Sevilla. 2013. ©. ®. 
Todos los derechos reservados. ©. ®.
 

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