La sombra del museo de arte. (Terror)

La sombra del museo de arte. 

Relato. Género: Terror.

La señorita Sinclair era la encargada cada noche de cerrar el museo de arte antiguo. También era la subdirectora. Un día antes de marcharse a casa oyó un ruido en la sala de momias. El hombre de seguridad la miró.

- ¿Quiere qué vaya y eche un vistazo? Yo también lo he oído, señorita.

- ¡No! Déjelo. Habrá sido una momia. Despiertan a estas horas. ¡Ahora ya no pasará las noches a solas y aburrido en este antro! ¿Verdad Smith? Ja, ja, ja. Buenas noches.

- ¡Siempre tan bromista y bonita! ¡Buenas noches señorita Sinclair! Gracias.

A la mañana siguiente cuando la señorita Sinclair llegó al museo, un vehículo de la policía y una ambulancia se encontraban estacionados en la puerta. Aceleró el paso.

- ¿Señorita Sinclair?

- Sí. Yo soy. ¿Qué ha ocurrido?

- Algo o alguien ha matado al señor Smith. Aún no sabemos nada con claridad. ¿A qué hora se fue usted de aquí anoche?

- Sobre las diez.

- Bien. Venga a la furgoneta, debo tomarle las huellas y un cabello.

- ¿Soy sospechosa?

- Tal vez si, tal vez no. – Sonrió- Espere sentada ahí, ahora vuelvo…

El museo, quedó cerrado hasta nueva orden. A la joven subdirectora no le dejaron ver el cuerpo del guardia de seguridad. Así qué, esa misma noche, Sinclair,  accedió al museo por un callejón lúgubre y oscuro. Con su linterna intentaba abrirse paso entre la cochambre y los contenedores de basura, dio una arcada y continuó. No recordaba muy bien la ubicación exacta del acceso secreto al museo. Hasta que por fin vio la puerta blindada. La policía había cerrado el museo y desconectado todas las cámaras, sin embargo, en la entrada principal había apostado un coche policial, si la descubrían tendría que dar muchas explicaciones y podría perder su trabajo. Claro qué, su intuición era poderosa.  Algo muy extraño había comenzado a ocurrir en el museo de arte antiguo. Un hedor nauseabundo flotaba en el ambiente desde hacía días. Sobre todo en la sala de momias…

Tecleó la clave y giró la llave, pero la puerta no se abrió. En aquel lugar y a esas horas corría peligro. Fue cuando oyó a alguien qué se le acercaba por la oscuridad, oía un jadeo incesante, apuntó su linterna hacia el callejón. No había absolutamente nadie. En ese mismo instante la puerta se abrió sola…

Todo estaba sumergido en el más absoluto silencio. Las luces de seguridad dejaban entrever una tenue luz amarillenta, suficiente para no encender la linterna. Cuando subió las escaleras hacia el sótano donde se guardaban y restauraban obras de arte, oyó como un rugido, en alguna parte, muy cerca. Pensó en volverse atrás. Lo que fuese estaba esperándola al final del recodo de la escalera. Sinclair se rehízo. Subió enérgicamente y asomó su cabeza hacia el pasillo…

Transcurrieron unos minutos antes de que pudiese volver andar. El miedo la había acongojado y no podía mover las piernas. Oyó una vieja puerta qué se abría. Sabía que en el museo todas las puertas eran modernas y blindadas. Entonces lo vio. Era la figura de un hombre que iba hacia ella a media luz. Se paró antes de abordarla, lo suficiente, para que ella no pudiese adivinar su rostro.

- Sígame. Debo enseñarle algo. Quiero respuestas.

- ¿Quién es usted?

- Ni yo lo sé. Sígame por favor. Debo enseñarle algo. Quiero respuestas.

Cuando aceptó el empleo en el museo uno de sus allegados la puso sobre aviso, le dijo:

- Tienes mucho valor, Sinclair. ¿No has oído hablar de las                 desapariciones?

Ahora recordaba aquellas palabras amigas. El hombre qué parecía una sombra siguió andando por el pasillo y Sinclair fue detrás de él. Si ella se acercaba, él aligeraba el paso. Bajó unas escaleras hacia uno de los sub sótanos, ella dejó la puerta abierta a sus espaldas, pero cuando descendió dos peldaños se cerró sola de un portazo. Ahora no veía absolutamente nada y el extraño ser había bajado o se encontraba junto a ella. Comenzó a temblar. Aquella sombra volvió hablarle desde el fondo de las escaleras:

- Venga. Baje aquí. Debo enseñarle algo. – Sinclair enfureció-.

- ¡El qué! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Quién es usted! ¡Nunca le he visto! Deje qué le vea la cara…

- Baje. Debo enseñarle algo. Entonces lo sabrá. Quiero respuestas.

En ese preciso instante las luces de la sala se encendieron y la escalera se clareó. Bajó con la intención de conocer a ese hombre misterioso. Comenzó a forjarse la idea qué se tratara de un asesino loco o un desequilibrado.  Bajó las escaleras, vio una sala con unos doscientos metros cuadrados de longitud. No conocía esa sala ni esa zona del museo.

- No sé dé la vuelta.

- ¿Qué quiere? ¿Dinero? En mi bolso tengo quinientos euros. Son suyos.

- Sé quién es usted. La observo desde que trabajo aquí. Quiero respuestas.

- ¿Respuestas? ¿Respuestas a qué?

-  Desperté como de un largo sueño. No le di más importancia, aunque nunca había estado en lugares como este. Así que seguí haciendo mi trabajo.

-  ¿De qué trabajo habla?

- Venga. No intente mirarme. Tengo mi cuchillo en su espalda. Si me da respuestas, la dejaré ir… Ahora abra esa puerta y entre ahí.

Sinclair dio un grito aterrador, ya nadie podría oírla. La puerta fue cerrada por dentro con llave por la extraña sombra. Entonces la subdirectora exclamó:

- ¿Quién es usted? ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Quiénes son esas personas disecadas? ¡Ese es el antiguo director del museo! ¡Por Dios qué horror y ese es el señor Smith! – Finalmente, la sombra oculta,  le contó la verdad a la pobre Sinclair…

- Un día salí de uno de los sarcófagos de la sala de visitas y seguí haciendo mi trabajo, el de siempre. Preparar los cuerpos para la ultra vida… Primero debo abrirlos para sacar sus órganos vitales y luego diseco. Mientras afilo estos cuchillos. ¿Podría decirme quién soy y cómo he llegado hasta aquí?... Quiero volver… Quiero respuestas…

 FIN.

Autor relato: Jorge Ofitas. ®. ©. Sevilla. 2015. ®. ©.

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