La máquina de escribir. ®.

 

La máquina de escribir. ®.
Relato. Novela corta. 
Fantasía psicológica de un escritor.
Jorge Ofitas. ®.
Un relato de Ámbar y Jazmín. ®.

Bartolomé decidió apagar el ordenador aquella soleada mañana de diciembre. Las navidades estaban a la vuelta de la plazuela, sin duda necesitaba una buena dosis de amor, dilucidó, mientras veía desde su balcón los luminosos navideños implantados ese año en menor medida por la alcaldía debido a la severa crisis económica que azotaba al país. Prendió un poco de tabaco en su pipa “Sherlock” color marrón, luego, bebió suavemente un trago de licor de almendra destilado amorosamente. ¿Cuánto tiempo puede soportar un hombre una soledad tan abrumadora cómo aquella? Se preguntaba. Debía ponerse al día por el bien de su propia salud. – Discernió.

Por aquellos días su inseparable amigo al que veía de mes en mes le había olvidado, como el resto. ¿Dónde encontraría a una bella mujer con la que pasar aquellas fiestas nevadas en buena compañía? Cavilaba todo esto, cuando descubrió entre sus papeles trabucados de años atrás, un folleto informativo comercial, de una afamada empresa que vendía máquinas de escribir, si, de esas que ya no se usaban hacía muchos años. Sonrió y tuvo la idea de visitar una de esas tiendas de segunda mano para adquirir uno de esos aparatos antiguos con los que los escritores de antaño hacían magia literaria. Hacía meses que le rondaba la idea de escribir a la antigua y desechar así la virtualidad programada del ordenador donde casi todo resulta tan fácil de encontrar y tan cómodo de robar para los piratas informáticos. A veces, ante la sospecha, solía comenzar sus relatos a estilográfica pero al final acababa tecleando, ya que añadía a sus cuentos y relatos algunas imágenes de su propia creación y el ordenador le facilitaba la tarea.

Tras relamer un poco de mermelada de fresa que quedaba en el tarro se sentó sobre el puf de su salita. Las citas de Internet no daban para mucho. – Se decía. -Lo sabía por un par de experiencias que tuvo en la red, una vez y no más, él necesitaba una mujer para una relación más estable, pero, ¿y si se enamoraba?, su soltería podría correr peligro, como su escritura, claro qué, no podría esperar mucho más. Al no ser mujeriego ni aficionado a frecuentar bares de la “magdalena”, pues no le atraían las furcias ni las más laureadas, lo tenía un poco más complicado, aunque mirando el asunto desde otro prisma; de alguna manera todos tenemos algo de putos que nos vendemos por algo. Discernió. Amado “Watson”, se dijo, llamaba así al vaso donde vertía algunos de sus licores preferidos, sabes al igual que yo que esta empresa es difícil. Ojeó su memoria, casi todas las mujeres que conocía eran casadas o demasiado jóvenes para él, tal vez deba esperar a que alguien se divorcie. Bebió, ¿y si chateo un rato?, a lo mejor mi chica amor de alterne, espere en la red, pero no, ya hubo probado y regresó a la idea de comprar esa máquina de escribir, marcó el número de teléfono que estaba impreso en el opúsculo comercial pero ese negocio hacia años que cerró. Con estas acudió a las páginas amarillas y al cabo de unos minutos localizó una empresa que aún tenían en sus estanterías para la venta esos trastos escribientes, un segundo antes de descolgar para marcar sonó el timbre de la puerta.

- ¿Quién es?
-  ¡Publicidad! - Exclamó una voz varonil.
-  Deje lo que sea que traiga en mi buzón, por favor.

Puso el ojo en la mirilla pero ya no había nadie, retiró el pestillo y cogió la propaganda dándole un repaso: “Artículos en desuso al mejor precio”, ponía la estafeta. Precisamente lo que andaba buscando, se dijo. Llamó por teléfono de inmediato.

-  ¿Tenéis máquinas de escribir?
-  Oh sí señor, hay bastantes.
-  Gracias y colgó.

Subiría al transporte urbano más próximo e iría esa misma mañana al comercio anunciante. Las fiestas navideñas pueden llegar a ser triste para los solitarios del amor a pesar de todo el día era soleado. El autobús que llegaba hasta el centro de la capital no se demoró y pasada una media hora callejeaba por las estrechas calles de la bella Sevilla.

Aquel local estaba polvoriento y el encargado parecía interesado en deshacerse cuanto antes de todas aquellos trastos de segunda o tercera o vaya usted a saber cuántas manos: Máquinas de escribir, percheros clásicos de buena madera, ropa en cantidad, un montículo de libros de todo tipo, mezclados, olor a tabaco ducados y a humedad, alguna cucaracha desvalida, objetos electrónicos, teléfonos móviles, CD de música, un póster rojo con una flamenca de ojos negro, etcétera...

-  Elija la máquina que más le guste, recuerde que estas tramoyas son     mágicas, jo, jo, jo, jo.
-  ¿Cuánto cuestan?
-  Si se da prisa por veinte euros llévese la que quiera.
-  Quiero la de color violeta.
-  Es mi preferida, tiene buen gusto, jo, jo, jo, jo.

Cuando llegó a su piso dejó aparcada la máquina de escribir en un rincón y acicaló su pipa “Sherlock”, pues nunca fumaba en la calle, antes se había pegado un pedo grandioso que aguantó estoicamente durante todo el trayecto de vuelta, sin duda es de mala educación, aunque queda uno muy a gusto. Se espetó.

Abrió su correo electrónico y encontró casi lo de siempre, publicidad, spam, virus, chistes y olvido. Por supuesto ninguna misiva editorial sobre su último mamotreto enviado. Miró su cuenta bancaria online, apenas le quedaban unos euros. Lo justo para afrontar su “pálida” navidad sin arbolito ni nada, papá Noel lo entenderá se dijo ya era demasiado tarde para los reyes magos.

Después de sus reiteradas cartas a una antigua amiga linda y, otras, ninguna de ellas quería saber nada de él, lo tenía asumido cerrando el correo electrónico. Necesitaba un romance con preámbulo de tinte platónico, en estas que oyó un eco parecido al que emiten las antiguas máquinas de escribir como la que acababa de adquirir ¿De dónde procedía aquella resonancia? De su tramoya no era. Será el vecino y fumó un poco intentando situarse en el último relato que escribía:

[...] Ayer me encontraba en el parque viajando la mirada con el paseo de aquellos cisnes, el levitar de la nieve blanca y navideña y los andares de una mujer atractiva. Su avión despegaría en breve y él ansiaba que todo aquello acabase. Cruzar un continente para conocer a alguien puede ser una barbaridad, pensó Bernardo, era demasiado tarde no podía echarse atrás [...]

Paró de escribir, oyó en el aire un suspiro que decía: “Pulsa espacio, pulsa espacio”... Hizo lo que oyó pero no ocurrió nada diferente de lo habitual, río y volvió a sumergirse en su relato:

[...]. La auxiliar de vuelo es muy simpática, se dijo, mientras aceptó aquel periódico perfumado y el whisky aguado en un vaso de primera clase.

-  Buenos días.
-  Buenos días. 
-  Sí, me sentaré junto a usted, parece un tipo enrollado, le advierto  que soy muy hablador.
-  No importa, no importa, exclamó, mientras repasaba los titulares      astronómicos de la nueva era. ¿Cuándo comenzará esta humanidad a disfrutar de la paz?
-  No pierda el tiempo con esos periódicos, lo mejor es limpiarse el culo con ellos.
-  Si pero corre uno el riesgo de que el titular se le quede impreso en    el nalgatorio.
-  ¿Se refiere a la tinta impresa? [...]

Retiró la funda de su recién adquirida máquina de escribir que parecía casi nueva por el poco uso, miró la tecla del espacio y la pulsó, que torpe hay que quitarla el polvo, se dijo...

Deseaba rememorar la experiencia de escribir en el arcano trasto, entonces vio aquel papel amarillento con algo escrito enrollado en el cilindro negro, la nota decía así:

“Si alguien lee esto que devuelva esta máquina a la dirección anotada más abajo. Firmado; Rita Pencil.”

¿Rita Pencil? Vaya nombre. Entonces tuvo la idea turbadora de que aquel artilugio había sido robado. Movió los ojos con gesto serio, había olvidado que pagó para adquirirla y se sintió mal pues supuso que podía ser robada o extraviada, volvió a enfundarla y regresó a su ordenador, dónde escribía aquel relato que le ayudaba a sobrevivir:

[...]. - ¿A qué se dedica?
-  Ah, disculpe, estaba absorto en la prensa, escribo de vez en cuando  guiones para una modesta producto¬ra de cine y televisión.
-  Oh, es un placer y un honor. ¿Y qué títulos ha escrito?
-  Bueno, de momento contribuyo en los proyectos con relatos cortos,  pero aún no he conseguido un gran éxito. ¿Y usted?
-  Háblame de tú. Vendo casas en la costa. Es lo que más me gusta,      disfruto con lo que hago.
-  Interesante.
-  Ha estado en declive parece que hay brotes de recuperación.
-  Ya era hora.
-  ¿Hacia dónde se dirige en estas fechas tan señaladas?
-  Si se lo dijera no me creería.
-  Pues sorpréndame.
-  A conocer a alguien.
-  Una mujer.
-  Eso creo, podría ser una de esas bromas pesadas de Internet. De        todas las maneras estaré de vuelta para nochebuena, solo estaré un      día. 

- Azafata por favor dos wiskis con hielo. 

-  Se lo acepto... [...]

En ese instante el televisor se encendió solo y Bartolomé pausó la escritura mirando de reojo el monitor. El mando se encontraba encima de la mesa, ¿cómo habría ocurrido? Se levantó de su silla y resolvió apagar la televisión, también se aseguró que la máquina de escribir quedara bien cerrada dentro de su funda guardándola en un armario. Seguidamente continúo escribiendo su relato por navidad:

[...]. - Póngase el cinturón.
-  Muy amable por recordármelo.
-  ¿Sufre de aerofobia? Debería de haberlo dicho antes.
-  Se me pasará.
- Señor. ¿Necesita alguna cosa para el mareo? - Exclamó una de las auxiliares. - 
-  La necesita a usted, ja, ja, ja. Exclamó el pedante.
-  No se lo tome a broma, este hombre se ha puesto pálido, ponga la    cabeza inclinada dentro de poco todo habrá pasado, le traeré algo      cuando vuelva, debo irme para el despegue.
-  Gracias señorita. Y respecto a usted es verdad lo que me dijo, habla     demasiado.
-  Ya vamos. [...]

Oyó un extraño golpe procedente de la habitación donde había guardado la máquina, fue hasta allí, el armatoste había caído de la repisa del armario, por suerte no se había roto, tendré que probar si funciona, dilucidó. Cuando la hubo repasado deslizó el carro sigilosamente hasta colocarlo en su posición habitual e introdujo un folio A4, tecleó:

-  “Necesito medio kilo de café, una mujer bella, también una botella de agua mineral y por qué no un bourbon…

Las varillas no se movieron, revisó todas las teclas, conocía de antaño el funcionamiento de esos aparatos pues trabajó muchos años con ellos y todo parecía en orden, será alguna minucia, dispuso. Se quedó mirando el papel y con el dedo pulso la tecla espacio. En ese instante en vez de correr un espacio sobre el papel, la máquina escribió el texto anterior, hizo otra prueba y escribió:

-  “A ser posible cuantos antes”.

Pero el carro no se movió, repitió la acción anterior y pulsó nuevamente la tecla espacio, ocurriendo lo mismo que con la primera esquela. Sin duda debo llevarla a reparar, se dijo, y la enfundó. Tras esto se dispuso a seguir escribiendo el relato de su viaje de ficción en su ordenador:

-  [...]. Despierte, despierte, hemos llegado.
-  ¿Dónde estamos?
-  Pues aquí. Debo irme, ha sido un placer, me gustaría beber un café  contigo escritor, pero me están esperando.
- No se aflija, me aviaré. Adiós, que venda muchas casas en la          costa…
- Gracias…

En aquella ciudad la navidad era muy diferente a la de Sevilla y hacia mucho más frío, se agradeció haberse acordado de coger su abrigo, donde guardaba la dirección anotada en un papel, sin duda cogería un taxi. Cruzó la galería con su equipaje de mano y subió a un taxi veloz que muy pronto enfiló aquella autovía engalanada de nieve debido a las bajas temperaturas.

-  Señor.
-  ¿Si?
-  ¿Está seguro que la dirección anota en el papel es la correcta?
-  Totalmente. ¿Por qué lo dice?
-  Por nada, por nada...

Cuando el vehículo paró su gesto se torció como temiendo una trampa, broma o engaño.

-  ¿Qué significa esto? ¿Qué sitio es este?
-  Ya se lo dije y usted dijo que la dirección era la correcta, conozco    mi ciudad, ¿sabe?
-  Pero esto es un descampado.
-  Así es. Decida si se viene de vuelta o se queda, si decide quedarse    quinientos metros más arriba, por ese camino de nieve espesa,              subiendo aquella vereda, hay una cabaña del guardabosque, pero       creo que está deshabitada y tras aquella loma hay una hacienda         palaciega abandonada y medio derruida.
-  Espere. ¿Intenta decirme que por aquí no vive nadie?
-  Si. ¿Podría darse prisa? Otros clientes esperan.
-  No sé. Está bien, aquí tiene lo que le debo. ¿Podría venir mañana      por la mañana a recogerme a eso de las diez?
- No le aseguro nada, lo intentaré, tome mi tarjeta por si quiere      llamarme, disculpe mi forma de hablarle pero; ¿está seguro que no    quiere regresar? Esta noche hará frío y por aquí hay lobos.
-  No gracias, me arriesgaré ¿Lobos dice?... [...]

Tras tomar un baño de agua templada bebió un poco de café sólo con nata y whisky. En el baño recapacitó sobre aquel suceso de las teclas y decidió probar a seguir su relato en aquella vieja máquina de escribir:

[...] Bernardo Iba bien pertrechado y recorrió aquella vereda con ansia juvenil, por unos momentos perdió la esperanza más su intuición dentro del taxi fue poderosa. A lo lejos se divisaba la casita de la que habló aquel chofer, salía humo de la chimenea y sonrió, podría no estar bien informado aunque estaba casi seguro que podría ser el cobertizo que refería aquel mensaje, le extrañó sin embargo no haber recibido ningún e-mail con fotos. Cincuenta metros antes de llegar al pequeño jardín que bordeaba la casa, alguien abrió la puerta, alzó la vista y vio a una preciosa mujer de mediana estatura, que le hacía señales con la mano. Fue cuando respiró aliviado. [...]

Bartolomé cesó en el tecleo de su relato. ¿Qué nombre le puedo dar a esa mujer de la cabaña? - La vieja máquina parecía ahora escribir bien. Decidió que la llamaría Rita Pencil como la mujer que firmaba la nota que venía con la tramoya, escribió y pulsó la tecla espacio, continuando su ficción:

-  [...]. Hola. Tú debes ser el hombre que casi siempre me escribe.
-  Me llamo Bernardo.
-  Soy Rita Pencil. Encantada
-  ¿Y esa pluma incrustada en esa bonita melena?
-  Soy nativa de estas tierras profundas, es decir india, mi tribu es muy antigua, puedes pasar a mi humilde morada, siéntete cómo en tu casa. [...]

Fue en ese preciso instante cuando Bartolomé se dio perfecta cuenta qué había quedado atrapado dentro de su propio relato, desorientado se preguntaba que le habría ocurrido. No sabía qué decir ni que hacer en aquel cobertizo, con aquella bella mujer producto de su imaginación, sin embargo, intentó mantener el tipo como si nada anormal hubiese ocurrido. Ahora ya no se encontraba en su piso de Sevilla tecleando en su máquina de escribir, ahora estaba en cuerpo y alma dentro de aquella cabaña con aquella extraña producto de su imaginación.

-  ¿Ocurre algo? Se te ha quedado cara de póker. Si ahora no te gusto, tienes la noche para pensarlo, serviré una copa, el vuelo te ha afectado. Estás pálido…
-  Estaba pensando por qué ese taxista que me trajo dijo que este lugar se encontraba deshabitado.
-  ¿Era un hombre con bigote tumultuoso?
-  Si.
-  Vale, ya está. Bromea con los foráneos, humor negro.
-  Gracias por el trago, es muy rico y repone.
- Así que tú eres mi amor de Internet. Mi poeta. Te has sonrojado.        - Verás, no es eso. La verdad es que eres demasiado, no me lo              esperaba, no tengo palabras.
-  Te noto inquieto. ¿Te ocurre algo malo?
-  Se me pasará. ¿Qué es ese ruido?
-  Mi gata y mi perro.
-  ¿Es un perro de esos devoradores de hombres?
-  No. Es pequeño pero muy inteligente y un experto olfateando, a        menudo juguetea con la gata por la moqueta cuando se avecinan          noches como esta se acurrucan ambos.
-  ¿A qué te refieres?
-  Es por el frío, bueno, creo que voy a preparar café.
-  Gracias.
-  ¿Estás feliz?
-  Es como un sueño nevado, no me habías dicho en los chateos que     eras una india tan guapa.
-  ¿Y qué importancia tiene eso en el amor? Dime.
-  No soy tan romántico como crees.
-  ¿Piensas que deberíamos habernos acostado ya? Necesito un poco    de tiempo.
-  No hay problema con eso, pero gracias por preguntarlo.
-  Debo subir a la torreta a mirar por el telescopio y enviar                    novedades,  ya te hablé de mi trabajo. Por la mañana si así lo deseas    te llevaré a la reserva y conocerás a mi gente. ¿Qué numero calzas?
- Oye mira, no, eso de la familia, no, yo quiero relacionarme contigo,  pero hay una cosa que no te he dicho, me he quedado encerrado          dentro de mi propio...

Intentó decirle a la bella Rita Pencil lo que realmente le estaba sucediendo. ¿Pero le creería? Mejor no.

-  Cuando baje me cuentas eso que te tiene bloqueado...

Cuando ella se ausentó se echó una visual, parecía que todo estaba en orden, su ropa, su aspecto, sin embargo no era la ropa que llevaba puesta cuando escribía en su piso de Sevilla, transcurridos unos minutos ella regresó.

-  Ya he vuelto.
-  Ah. Debo decirte algo antes que sea más tarde, algo muy extraño y supra normal me ha ocurrido…
-  Vamos a sentarnos cerca de la chimenea y me cuentas lo que te        inquieta con una copa. ¿No serás impotente?
-  No, no es eso.
-  ¿Entonces?
-  Yo no soy quién tú crees que soy.
-  Yo tampoco soy la que te dije que era.
-  Es que, estaba en mi casa escribía sobre un relato y entonces.

Ella lo besó sorpresivamente de una forma tan bonita y amorosa que lo descongeló.

-  ¿Te ha gustado?
-  Sí, pero debes saber que no sé si...
-  Me gustas Bernardo. ¿Trajiste el poema que me prometiste?
-  Sí, antes quería hablarte de lo que me ha ocurrido.
-  Yo también quería decirte algo, aún no le he dicho a mi novio de    aquí que te amo a ti.
-  Oye, no, problemas de esos no. De verdad.
-  Es un buen tipo. ¿Crees que una mujer como yo dejaría entrar en su vida a un tipo violento?
-  No sé qué creer.
-  ¿Qué haces?
-  Llamo a un taxi.
-  Ningún taxi vendrá aquí a estas horas. Me has desilusionado me      voy a mi habitación no eres el hombre que conocí en la red, te dejo      el sofá.
-  Discúlpame, ven, me gustas y eres mejor de lo que imaginé en un    principio, la cuestión es que cuando escribía mis relatos siempre        pensaba en cómo sería ser uno de mis propios personajes, no sé            cuánto tiempo durará mi sueño, no quiero dañarte.
-  Subamos, dormiremos juntos.
-  Está bien, Rita, tal vez sea mejor así...

Cuando despertó a la mañana siguiente sintió el calor de la chimenea un perfume precioso lo embriagaba sonaba una música deleitosa también el agua de una ducha próxima se encontraba desnudo. Salió de la cama para vestirse de inmediato pero no le dio tiempo.

-  ¿Quieres ducharte? ¿Me besas?
-  Espera voy a ducharme.
-  ¿Por qué me huyes?
-  No es eso Rita.
-  Pues bésame…

-  Se besaron tan apasionadamente que parecía amor -
-  Mira ha salido el Sol, es un buen augurio para nosotros.
-  No creo en esas cosas.
-  Haré café, espero en el jardín nevado.

Se quedó a solas revisando su documentación, su mismo nombre, su misma dirección de la realidad, sin embargo no sabía dónde se encontraba ni qué país era ese y se lamentó de no haberlo escrito en el relato, tenía que preguntárselo a ella, se acordó del billete de avión, en ese instante un perro pequeño de orejas caídas color blanco le olisqueó los pies, no recordaba gran cosa de la noche anterior y acarició al pequeño can ,se vistió y bajó , cuando la vio allí de espaldas sorbiendo café lentamente y acariciando su gata que relamía un poco de pan con miel se dio cuenta que era realidad lo que estaba viviendo e incluso podría estar enamorado. El miedo lo embargaba sin duda debía regresar a su casa.

-  Hola, Rita. ¿Me invitas a un café?
-  Aquí tienes, guapo. Anoche te quedaste dormido, luego despertaste  he hicimos el amor toda la noche.
-  Lo siento, estas cosas no suelen salir bien, podemos ser amigos        perfectamente, te doy mi palabra de poeta y novelista fantástico.
-  ¿A qué hora sale tu avión?
-  En este billete debe ponerlo, dentro de pocas horas. ¿Quién habrá  comprado este billete?
-  ¿Cómo dices?
-  Ah, despega en la tarde…
-  Entonces nos da tiempo de visitar a mi gente.
-  No sé si será buena idea.
-  Lo es. Creo que me he enamorado de ti.
-  Y lo dices así. Me acabas de conocer, si fuera un sádico podría          dañarte, no digas esas cosas.
-  Ahora pareces mi padre.
-  Tal vez sea bueno.
-  No sé qué me has hecho.
-  No digas nada de esto a tu gente, oye, ¿seguís tenien¬do esos arcos  y flechas que salen en las películas?...

Le sonrió y se besuquearon un rato hicieron el amor hasta que el tiempo se echó encima... Bernardo hizo lo que ella le dijo. El Sol iluminaba aquel camino de nieve blanca purísima que bostezaba perfiles navideños de otros lares.

-  Rodéame con tu brazo así no te dispararán.
-  Yo no voy al poblado. Ni lo sueñes.
-  Era una broma hombre, te quiero.
-  Me da un poco de miedo de cómo te estás tomando esto, ni siquiera  hemos mantenido muchas relaciones.
-  ¿No sabías que los hombres hacían mejor el amor cuando están casi dormidos? Ahí viene mi amiga Pluma en el Viento.
-  Rita, hola.
-  Hola bonita. Este es Bernardo.
-  ¿El de Internet? Vaya ojeras llevas, amiga y tú también, Bernardo…
-  Hola, veréis que yo no encajo aquí. Echo de menos a Sherlock y a       Watson.
-  Es verdad, me dijiste que te gustaba fumar en tu pipa Sherlock y        beber en tu vasito Watson. Pluma en el Viento, ¿dónde están todos?
-  ¿Lo olvidaste?
-  Es cierto se fueron a pasar el día por los bosques ribereños con los       perros. ¿Quién se ha quedado?
-  El hechicero.
-  Sale humo de su chimenea iremos a verle.
-  Mira Rita, esto es demasiado para mí y no paso por mi mejor            momento. Creía que eras independiente, no estoy preparado. ¡Esto      no es realidad!
- Te diré algo, nuestra tribu es muy antigua, el hechicero te mirará           pero no le contradigas, toma bebe de esto.
-  ¿Qué es?
-  Licor de breva.
-  Ya decía yo que no me sonaba este sabor, yo no entro ahí.
-  Antes de nada debes saber que el hechicero es mi novio y que te he  traído aquí para qué me desates del compromiso que me ata a él,      debes convencerle de que yo te amo a ti.
-  Ni en mis sueños más profundos haría yo eso.
-  Te amo.
-  No puede ser, lo siento Rita Pencil.
-  ¿Es que te encantan que te rueguen?
-  No es eso.
-  Ese hechicero es un intelectual y profesor, ¿qué creías? ja, ja, ja.

Fue la primera vez que la vio reír de esa manera y también la primera vez que sintió algo bonito y profundo por ella y se encontraba allí en carne y hueso para sentirlo, no era uno de sus personajes. El hechicero les abrió la puerta y ambos pasaron a una estancia alfombrada y cálida, dos perros pastor alsacianos de mirada crítica abandonaron el lugar cuando su dueño entró con sus invitados. Los tres se sentaron junto al fuego y el hechicero tomó la palabra.

-  Echemos un trago.
-  Bebe Bernardo este licor lo fabrica él mismo.
-  Gracias, gracias.
-  Salud.
-  Salud.
-  Salud.
-  ¿Cuándo vendrás a vivir conmigo?
-  No te amo a ti le amo a él, ha venido a decírtelo, pues también me    ama.
- Yo no he dicho eso. Es decir que quiero que la liberes del compromiso.
-  Echemos otro trago.
-  Está bien, no está mal este licor. ¿Con qué está elaborado?
-  Mejor que no lo sepas Bernardo.
- ¿Me has cambiado a mí un indio fuerte y sabio, por este medio          hombre blanco?
-  Sabes que así es el amor.
-  No se pase hechicero.
-  A callar. Blanquito. ¿Cómo te llamas? ¿Bernardo? Dime una cosa.  ¿De dónde sacáis esos nombres?
-  No le creas, está bromeando.
- No te preocupes Rita, pensándolo bien, hechicero, llamarse                Bernardo es mejor que llamarse Ojo de no sé qué o Suspiro de no sé    cuánto. Rita, no quiero pleitear y me marcharé.
- Siéntate, bebe otro trago.
- Debo tomar otro avión, esto ha ido demasiado lejos.
- Vale, vale, estás liberada del compromiso dame un abrazo.             Enhorabuena Bernardo te llevas a la joya de la tribu. Que le voy     hacer, cosas de la naturaleza…
-  Claro, Luz del Medio Día. Aquí tienes tu abrazo…
-  ¿Luz del Medio Día?, vaya nombre para un hechicero…
-  ¿Qué te ha parecido nuestro hechicero?
-  Muy superado.
-  Lo siento, es culpa mía, desde que llegaste te he tratado como si           fuese a cazarte. ¿Me perdonas?
-  Si me das un abrazo tal vez. Soy yo el que te pide disculpas.
-  Te llevaré al aeropuerto, siento que he fracasado.
-  No has fracasado, soy yo el que debe resolver algo muy importante  e increíble. Dime una cosa. ¿Qué viste en mí?
-  Al hombre de mi vida, es una pena muy honda que tengas que        irte…

Ambos guardaron silencio hasta que en la terminal se despidieron...

-  Tus manos son muy bonitas, todo en ti es bello pero hay algo que    no puedo decirte ni yo mismo puedo admitirlo, quiero que sepas que    me siento muy feliz de haberte conocido. Siempre te recordaré…
-  Me miras como si no fuésemos a vernos más.
-  Adiós Rita Pencil.
-  Llámame cuando llegues... Te esperaré el tiempo que haga falta…

Bernardo o Bartolomé, cogió su vuelo incierto y durmió durante todo el trayecto, una auxiliar de vuelo lo despertó antes de aterrizar. Sevilla navideña se veía desde el cielo, luminosa y despejada, no sabía que podía aguardarle, cogió un taxi y la dirección existía, por lo que miró aliviado el trasiego de los coches.

Al llegar a su edificio se palpó en el abrigo y comprobó que había unas llaves, antes de meterlas en la cerradura oyó unos pasos alguien abrió la puerta de su piso desde el interior, quedó marmóreo, frio, pálido cuando vio una réplica exacta de él frente a sí.

-  Imaginaba que algo así podría ocurrirme antes de llegar aquí.
-  ¿Eres exacto a mí? – Exclamó el que se encontraba dentro del piso.  Bartolomé -
-  No. ¡Tú eres exacto a mí! – Contestó el viajero.-
-  Te equivocas. Yo soy el escritor, sin mí no serías nada.
-  ¿Entonces sabes lo que me ha ocurrido?
-  Yo lo escribí, te creé para encontrarme conmigo mismo.
-  No, esto no puede ser verdad. Lo de los indios fue acojonante, pero esto, esto es demasiado para mí. ¡Fuera de mi casa ahora mismo!
-  Tranquilízate, anda, sólo eres mi otro yo. Pasa te serviré una buena  copa.
-  No puedo creerlo, somos iguales.
-  Espera en la salita, llenaré a Watson de nuestro licor preferido y        volveremos a encontrarnos, en la mesa te he dejado una pipa de            fumar igual a la mía. Es decir la nuestra.
-  ¿Te refieres a Sherlock?
-  Sí. Además, hay alguien esperándote desde hace rato.
-  ¿Rita? ¿Eres tú?
-  Sí. Soy Rita Pencil. Hola. He venido a recoger la máquina de            escribir…

FIN

Autor relato: Jorge Ofitas. ®.
Un relato del libro Ámbar y Jazmín.
Spain. 2011. ®. Europe. 2020. ®.
Publicado en 2010. ®.

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