La habitación de Canadá. (Suspense)

Intentaba atizar un poco la leña que aún quedaba cerca de la estufa. Consiguió con algo de suerte comprar un abrigo para calentarse, no era para menos, la prenda le estaba salvando la vida. Sin embargo, sus labios, soñaban una buena copa de coñac, que en otros tiempos le hubiese resultado indiferente, cuando contemplaba botellas del licor francés, en  estanterías de bares o supermercados. Tiritaba, le dolía una muela, o lo que quedaba de ella. No recordaba con claridad, como había llegado a esa habitación fría y apartada del mundo. Solamente había una estufa, una alfombrilla marrón oscura muy brillante y retales grandes de piel de oso. Había una ventana grande frente a él, adornada de la nieve exterior, al igual que la puerta acristalada. No podía moverse, debido al intenso frío, tenía los píes entumecidos. ¿Qué me ocurre? Se preguntaba. Supuso que estar tan enamorado de aquella misteriosa mujer, le llevó hasta la extraña habitación. Um, Recordó su vicio de fumar. Por supuesto no había cigarrillos por ninguna parte. Además, no podía moverse. Bloqueado total. 


Al lejos, a través del ventanal, distinguió una luz amarillenta entre las nieves del exterior. ¿Pero qué me ocurre? Se preguntó nuevamente. Seguía sin poder mover ni un músculo de su cuerpo medio congelado. Seguro que se me pasará. Discernía. No sabía que había detrás de él. No podía girar la cabeza ni el torso. Se encontraba sentado en un rígido banco de madera, frente a la entrada. Solo veía la ventana y la puerta acristalada. Sus manos estaban heladas. La puerta se abrió y un montón de nieve se coló en la habitación, lo que provocó que se apagara la estufa de leña. Intentaba alargar su mano para cerrar la puerta pero no podía llegar. Entonces oyó una bella voz que le decía: – No te preocupes, ha dejado de nevar. Y tras esto vio a la mujer más bella que sus ojos contemplaron en toda su existencia. La mujer, llevaba puestos unos guantes blancos en su manos. Muy a pesar del frío que lo tenía anquilosado, impávido y medio muerto, se enamoró de tal manera, que se le olvidó su congelación, solo pensaba en amarla para siempre,  toda su vida. Se conformaría con lo que ella pudiese darle, durante unos segundos lo traspasó con su profunda y magnética mirada. Le llegaba su perfume, no iba muy abrigada, llevaba una rebeca de hilo y una bufanda color violeta. Ella dejó sobre el suelo un saquito con trozos de leña y algo de comida. Le dio un beso y le dijo:  
- No te enamores de mí, todos lo hacen. ¿Cómo llegaste aquí? Has quedado atrapado, deberías de saberlo. Adiós. Ya no volverás a verme nunca más. – Se acercó a él con su blusa entreabierta dejando que besara sus senos blanquecinos. Después de eso, desapareció tan veloz como había llegado. La noche seguía cerrada y muy fría. Se encontraba algo mejorado.  Colocó un poco de leña en la estufa, también comió un poco. Notó entonces que su piel se había vuelto casi tan blanca como la nieve, lo que le asustó. 

La habitación era una salita blanca en medio de un prado nevado. Seguía sin poder mirar hacia atrás. Esto, le hizo sospechar que tal vez estuviese muerto. Comió queso, bebió un poco de leche, también pastel de frutas. El fuego de la estufa se avivó y comenzó a oír una musiquilla muy agradable, se tumbó en el banco y quedó dormido. Soñó que la mujer que le facilitó la leña y la comida, le acercaba un cigarrillo, dormía con ella abrazado, hasta que el intenso frío volvió a despertarle. Tenía los pantalones desabrochados y algo húmeda sus partes bajas. La puerta estaba otra vez abierta, pero había cesado de nevar. Parecía como si, alguien le hubiese echo el amor mientras dormía, o eso soñó. Vio un cigarrillo medio terminado, apagado en el suelo de madera. ¿Sería real todo aquello que le estaba ocurriendo? Se abrochó el pantalón. Ya no hacía tanto frío, desde su posición vio la luna llena. Se dispuso a salir de allí, en ese preciso instante la puerta se cerró sola y comenzó a nevar otra vez. Tenía bastante carbón y leña. Misteriosamente, alguien debió entrar mientras dormía y dejó  más combustible para que se calentase. Se metió la mano en la humedad de su pantalón , seguía bastante mojado. En el sueño que tuvo, ella lo abrazaba, pero le advertía que era muy desgraciado al encontrarse en la habitación de Canadá.

Todo era muy extraño. Lo último que recordaba, es que salió de viaje y se había comprado un abrigo, porque tenía mucho frío. Y después, se encontró encerrado, en medio de aquella estepa nevada. Se asustó. Oía aullidos y rugidos que procedían del exterior, aunque en los cristales no veía ninguna fiera ni animal. Oía una voz que le causaba terror, la voz le preguntaba: 
– ¿Quién eres tú? 
Quedó petrificado. Estaba seguro que aquella voz no era de este mundo, ni tampoco la habitación de Canadá. 

                                                        FIN

Autor relato: Jorge Ofitas. 
Sevilla. 2012. ©.®. 
 

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