La brisa del baniano. (Relato Zen)

Érase una vez un maestro Zen que decidió retirarse durante un tiempo de sus discípulos y de las gentes que le querían y admiraban:

− ¿Dónde te marchas maestro? – Le preguntó uno de sus discípulos más aventajados. 
− Voy a retirarme una larga temporada. Lejos, muy lejos, donde ni tú ni los demás podáis encontrarme. 
− Oh maestro. Es lo más triste qué oído nunca. Sabes que aún no estamos preparados. 
− No es asunto mío. – Contestó el maestro. 
− ¿Alguno de nosotros podemos acompañarte en tu largo viaje? 
− No seas tabas discípulo amado. 
− Por favor maestro no te vayas. He pensado que tal vez te marchas por nuestra constante indisciplina. 
− Yerras. No pienses demasiado. 
− Lo sé maestro, yerro por la aflicción que me abate. 
− No te aflijas. La brisa compañera me bastará. 
 
Todos los discípulos se reunieron en secreto para hablar de la marcha del amado maestro: 
 
− El maestro se marcha para siempre. – Dijo el más aventajado.
− No se marcha para siempre, solo que, él, también tendrá cosas que encontrar a solas. – Dijo otro. 
− Ya sabéis que todos los grandes maestros terminan por parecerse a Zaratustra, Buda, Jesús, Lao Tsé y los demás. No interferiremos, haremos lo que él exactamente nos enseñó. No haremos nada. – Exclamó un tercero. 
−  ¿Nadie sabe hacía dónde se dirige? – Preguntó el primero. 
−  No. 
−  Ni yo tampoco lo sé. 
−  Muy bien. Yo soy su discípulo más leal. Lo diré en la aldea.
− ¿Qué será ahora de los niños de la escuela? Dijo el segundo.
− ¿Y los extranjeros que nos envían los fondos? Si el maestro se marcha no confiarán en ninguno de nosotros. – Exclamó el tercero. 
 
En ese instante entró en la choza un cuarto discípulo que era el encargado de la intendencia y la administración de la escuela Zen. El primer discípulo le preguntó:
− ¿Dónde estuviste? 
− Fui a la ciudad a llevar  a Poté al aeropuerto. 
− El maestro se marcha para siempre, me lo ha dicho. 
− No digas eso. – Susurró el recién llegado. 
− Si, es cierto. 
− ¿Y adónde va?
− No sabemos nada, no lo esperábamos. 
− ¿Lo saben ya los niños de la aldea? Continuó el cuarto discípulo. 
− No. Aún no hemos dicho nada a nadie. 
− Muy bien. A mí me escuchará. ¿Dónde está ahora el maestro? 
− Se fue a meditar con el atardecer. Concluyó el más aventajado y querido. 
− Muy bien. Iré a buscarle.
 
El cuarto discípulo, más joven que el resto se acercó al amado maestro que meditaba en el crepúsculo. 
 
− Hola maestro. No quería interrumpirte, pero tengo algo importante que decirte. 
− Acércate. ¿Tienes un poco de rama? 
− Claro maestro. Casi siempre llevo un poco. La prepararé. 
− Que tarde tan preciosa, será porqué tú has venido a verme. 
− Te amo maestro con todo mi ser. 
− Querido es más que amado, querido discípulo. 
− Quiero a Poté y te amo a ti maestro. Aquí tienes el condumio. 
− Ven, acércate al fuego. Hablaremos mientras absorbemos estos humos de la felicidad inventada,    pudiera ser por alguna de esas estrellas  a punto de aparecer. 
− O de la luna maestro. 
− Cierto, o de la luna. 
− ¿Qué ocurre maestro? ¿Adónde vas? 
− Ha llegado la hora. 
− ¿Puedo acompañarte? ¿Qué ocurrirá ahora con los desvalidos, niños e ignorantes de la aldea? 
− Todo está escrito. Allá arriba, acá abajo, en tu espíritu, en el mío… 
− Poté no lo entenderá. 
− No digas nada al muchacho. Mañana reunirás a todos en la cabaña del este a la salida del sol. 
− Lo que mandes maestro… 
 
El día que conoció al maestro, la sabia y bella Damiana, lloró durante toda la noche. Ella asistía a una clase que el maestro impartía a todos los jóvenes incultos de la aldea, fue allí porque había oído hablar de él en la ciudad y caminó durante días para encontrarle: 
 
− ¿Sabéis lo qué es un baniano? – Preguntó el maestro a los niños. Pero ninguno lo sabía. Y eso que durante milenios el baniano abundó por los bosques de la comarca y otros continentes. Claro que, ya no existían banianos por la zona, solo hojarasca seca y caminos polvorientos. 
 
El maestro comparaba a menudo a la capacidad de los seres humanos con este árbol, que comienza siendo endémico y puede llegar a convertirse en un árbol gigante llegando a cubrir varias hectáreas de terreno, como nosotros las personas, decía el maestro. Podemos llegar a extender nuestro espíritu a dimensiones lejanas, por muy pequeños que nos creamos ser. Somos increíbles, no tenemos límites, si así lo queremos y nos cultivamos adecuadamente. Buda meditaba bajo un baniano y llegó a ser tan grande como él. 
 
− Bueno, no pasa nada. Si no sabéis lo que es un baniano. Ahora iremos a plantar algunos. Antes de esto haremos otra cosa. Aquí he colgado una fotografía de un baniano de los que existían por aquí, quiero que pintéis uno en vuestros cuadernos. Concluyó el maestro. 
 
Damiana lo observaba apostada en el marco de la puerta de la cabaña grande, que hacía las veces de colegio y sala de reuniones. Entonces él le habló:
− Señorita. ¿Quiere unirse a nosotros? 
 
Aquellas palabras del maestro cuando la miró, le atravesaron el alma y se puso temblorosa. Nunca había sentido nada parecido. El sabio zen continuó con su alocución: 
 
− El baniano es uno de los árboles más bello de esta creación. Mañana estudiaremos sus cualidades sanadoras, traeré algunas diapositivas. ¿Tienes nombre?
 
− Me llamo Damiana. – El maestro la miró pero ya no volvió a decirle nada más. Nadie entendió porqué él, quedó tan callado y serio ante la presencia de la mujer de la ciudad. 
 
Ningún baniano había crecido por allí desde hacía muchos años. Sobre todo desde que la miseria y la desgracia llegó a la zona décadas atrás. Finalmente un grupo de observadores mundiales visitaron la zona y comenzaron a enviar ayudas, para los hijos de la ignorancia y el desamparo, habían habilitado hasta un campo de fútbol con sus porterías, comida suficiente, techo y abrigo para todos. También se levantó una pequeña taberna para los mayores, una casa de comida y un par de comercios de ultramarinos. Un misionero cristiano fundó una iglesia y muchos se convirtieron al catolicismo, aunque nadie sabía de donde había salido el maestro, que no entablaba conversación con el párroco ni iba a la iglesia, tampoco tenía mujer ni hijos. Afortunadamente, todos se conocían bien y se querían, una armonía maravillosa cubría la aldea. Damiana conocía muy bien aquel mundo de miseria, no en vano, treinta años antes, nació en un lugar muy similar a ese, consiguió llegar a la ciudad, alguien se apiadó de ella y tras largos años de trabajo, consiguió finalmente estudiar botánica y acabar sus estudios. Preguntó de donde había venido el maestro zen, pero todos le contestaban lo mismo: - Un día apareció por el camino del este… 
 
− Érase una vez un niño negrito, que no encontraba su aldea de caña y barro, sorprendido por la ausencia de su amigo, traspasado de alegría por el brazo largo. ¿Os ha gustado el cuento? 
 
− Maestro. ¿Qué es el brazo largo? 
− Tendrás que averiguarlo por ti mismo… 
 
Contaba los cuentos así, poéticamente y a los niños parecía gustarle. Muchos de los primeros chicos a los que él enseñó, lograron llegar a la ciudad y estudiar en la universidad. Allí en la aldea amaban y querían al maestro sobremanera y, cuando se sentía alegre, silbaba, “Guantanamera”. Al maestro también le gustaba repartir cacahuetes, que llegaban vía aérea, pero en la aldea nadie sabía que eran cacahuetes, entre otras cosas, porque él llamaba a las avellanas, “jamón de mono”
 
− Maestro. ¿Llegó el jamón de mono? 
 
− Si. Ven, acompáñame al almacén te contaré un cuento por el camino, trata de un mono que un día robó cacahuetes. Ja, ja, ja, ja… 
− ¿Qué son cacahuetes maestro?
− Jamón de mono. Ja, ja, ja, ja, ja.
 
Damiana se secó las lágrimas y fue a ver a los discípulos apenados por la marcha del maestro. Todos esperaban que a la mañana siguiente, él mismo diera la noticia en la aldea. Ella no pudo evitarlo y fue a la cabaña del maestro, tenía algo muy importante que decirle y aunque todos acordaron no volver a presionarle, Damiana se presentó a media noche en la morada del Zen. 
 
− Maestro. ¿Duermes? 
− Dormía. Hago preparativos pequeños. 
− Tu verdad me ha trascendido y no deseo otra cosa que marcharme contigo. 
− Lo esperaba Damiana y me colmas de felicidad.
− Entonces. ¿Somos uno? 
− Todos somos uno, pero tú y yo, somos además amor. 
 
Esa misma noche y sin avisar, el maestro se marchó con Damiana por el camino del Oeste… 
 
La muchedumbre se agolpó alrededor de la escuela. El discípulo más aventajado, intentaba calmar la conmoción que había provocado la marcha del amado maestro. Finalmente encontraron una nota que confirmaba lo que ya todos sospechaban, Damiana, la botánica que vino de la ciudad, se había ido con él. Algunos de los allí presentes que la conocían, aseguraban que ella lo convencería para que volviese a la aldea, pero al amanecer del tercer día, seguía sin haber señales de ellos dos. Todos los habitantes de la aldea, más otros muchos, de las comarcas limítrofes que también amaban al maestro, iniciaron una marcha para ir en su busca por el camino del oeste. Tras un día de camino, al girar en un recodo del frondoso sendero, la multitud se topó de bruces con un gigantesco baniano. Los sabios, eruditos y los que conocían aquella zona, quedaron muy sorprendidos, pues aquel árbol no debería estar allí. 
 
De repente algo misterioso ocurrió, la voz profunda del maestro parecía emanar de la parte izquierda del gigantesco baniano: 
 
− Hola discípulos y amados hermanos. Soy vuestro maestro. 
 
Todos los allí presentes quedaron perplejos y la vez temerosos y encantados. Antes que les diera tiempo a reponerse, la voz de Damiana surgió de la parte derecha del árbol: 
 
 
− Hola amigos soy Damiana. 
 
La voz del maestro y la de Damiana se unieron en una sola voz, exclamando en la brisa: 
 
− Sentaos bajo el baniano y sentid la brisa ligera de este bello atardecer. Miren a la punta de su nariz y gocen del vacío luminoso, de vuestro centro armonioso.
 
Todos hicieron de buena gana lo que aquella voz les dijo. Sentían el nirvana, trascendieron la verdad oculta y así estuvieron durante algún tiempo, hasta que aquella voz apareció nuevamente en el aire: 
 
− Ahora poco a poco os iréis despertando, el espíritu de vuestra vida es el patrón aquí y ahora, traemos la brisa del baniano, eso es, muy bien y ahora ya estamos de vuelta… 
 
La multitud se fue levantando regresando cada uno a sus casas y aldeas, con la bella sensación de haber trascendido la verdad oculta y de llevar para siempre a su maestro en el corazón. 
 
FIN.
 
Autor relato: Jorge Ofitas. ©. ®. 
Sevilla. 2010. ©. ®. 
 

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