El viejo y la pesca. ®.

 

El viejo y la pesca. ®.
Relato.
Sueños del mar Andaluz
Breve homenaje a Ernest Hemingway
Autor: Jorge Ofitas.
Todos los derechos reservados. ®.
Spain. 2020. ®. Europe. 2021. ®.

 

 

Lance. 1º.

Érase una vez un viejo que pescaba sólo con caña en el cabo de Trafalgar cerca del golfo de Cádiz. Todos los días al amanecer y por la tarde antes de irse el sol si el tiempo lo permitía; cogía sus enseres de pesca marchando a un promontorio elevado y verdoso de la mar de Gadír. Luego, regresaba antes de comer y al atardecer volvía a su risco de siempre. Preparaba la caña, los cebos, los hilos, los anzuelos y el bichero; éste siempre cerca por si entraba algún bicharraco y oponía más resistencia de lo habitual. Por supuesto también llevaba algo de comer, sus puritos y su inseparable petaca de ron añejo a palo seco. En su última ocasión le había costado mucho conseguir aquellas gusanas de canutillo, las mejores, según algunos expertos en la pesca con caña. Normalmente pescaba con calamar; en ese día sin embargo deseaba trincar una buena dorada o una hermosa lubina y para este menester necesitaba carná de la buena. Todo porque era el cumpleaños de la negrita y quería sorprenderla. Los padres de Melazita apreciaban al viejo pescador de caña aunque por otro lado pensaban de forma simpática que andaba un poco “chalao” de tantos años dándole el viento de levante en la mollera; no por este motivo evitaron qué su hija se encariñara con el viejo pescador.

Tiempo atrás el viejo trabajó en la mar a bordo de un pesquero de palangre hasta que la justicia lo jubiló antes de tiempo debido a un problema que tuvo su patrón con un alijo de grifa que la guardia civil encontró en el barco dónde trabajaba. Alguien los ocultó allí durante la temporada de tormentas que no se salía a pescar, hasta él entró en prisión. Afortunadamente dieron con los responsables, para entonces el patrón había muerto de sufrimiento en la cárcel y él estuvo muy cerca. Sin embargo el viejo afirmaba que no tenía nada de malo traficar con un poco de hierba si había que darle de comer a los niños en una tierra que siendo la más rica siempre andaba pobre porque se lo llevaban…

La justicia reconoció su grave error y le indemnizaron con una buena suma, no era para menos. Le habían quitado varios años de su vida y además, muy posiblemente su salud psíquica para el resto de sus días. Tal vez por esto no hablaba casi con nadie. La gente del lugar lo vilipendió y ya sería un traficante para toda su vida, cosas de Andalucía o quizá del mundo entero.

Melazita era una chiquilla del poblado qué quería mucho al pescador gaditano, sobre todo deseaba qué la enseñara a pescar con caña en el cabo de Trafalgar. Sus padres sabían la verdadera historia del solitario pescador y dejaban que la muchacha cruzara el padrillo para ir a visitarle por las mañanas antes de irse al colegio. Intentaba convencerle para que le llevara con él a pescar los días que la jovencita no iba al colegio. Los padres de la muchacha no ponían objeciones a los deseos de su hija, sin embargo, el viejo opinaba que no era muy buena idea. La negrita podía resbalar y caerse por los riscos o tener algún accidente o perderse o ser “tragá” por la “má”. A él le recordaba una hija qué tuvo y qué perdió cuando su esposa lo dejó y huyó lejos tras el escándalo de la incautación del cannabis y su posterior encarcelamiento.

Aquella noche apareció con dos buenas capturas, un róbalo y un sargo burgo muy hermoso, peces de roca muy apreciados. En medio del pradillo pusieron unas bombillas de colores, una mesa improvisada, un par de altavoces y algunos de la zona se acercaron para felicitar a la negrita que esperaba ansiosa a su amigo el viejo pescador. El padre de la jovencita se llevaba bien con su vecino y la esposa también. Aunque el pescador era de pocas palabras y pocos amigos desde que le repudiaron injustamente en el pueblo décadas atrás se volvió retraído refugiándose en su cabo de Trafalgar y en su caña de pescar y sus aparejos esperando siempre volver a capturar algún bicho cómo los de antaño que escaseaban sobremanera debido a que todos los bancos de pesca cercanos a la costa se encontraban muy esquilados debido sobre todo al turismo de bocadillo cómo él llamaba a los guiris o al turismo nacional que luego llamaban perros a los Andaluces.

El viejo cuando se quedaba traspuesto en su hamaca soñaba que en otros tiempos; cuando los barcos sólo utilizaban las velas por aquel mar; las temporadas de tormentas solía pasar algunas noches en el faro ayudando al farero y evitar que se estrellase algún barco contras los riscos punteados de la costa. Siempre estuvo enamorado del faro al que él llamaba Fara porque decía que el faro era una mujer preciosa con su luz iluminando a los marineros, mi Fara es una sirena de las güenas. Soñaba también que muchos años atrás cuando llovía torrencialmente no podía verse desde el mar con claridad las luces del faro, disminuyendo así la seguridad marítima. Al atardecer si el parte meteorológico anunciaba tormentas y temporal encendían gigantescas hogueras para ayudar a los grandes buques, que ya han habían sido avisados. Aquel mar era uno de los lugares del planeta donde había más barcos hundidos repletos de tesoros, cuando en el siglo de oro los grandes buques del Imperio Español antiguo Al-Ándalus regresaban de las Indias occidentales cargados de joyas y zozobraban antes de tocar puerto en Cádiz o Sevilla. De una cosa estoy seguro, se decía el viejo; no lo he leído en ninguna parte. Luego despertaba sudoroso en el hueco de alguna barquita, en la silla de una tasca en alguna roca, en la arena o en su casita de la aldea.

Estas cosas nunca le habían interesado demasiado al viejo qué conocía muy bien aquella bahía y su estrecho marítimo, tan letal para el tráfico costero cuando azotaban temporales. También conocía la ubicación exacta de tres buques españoles del siglo de oro que se hundieron con sus bodegas repleta de monedas, lingotes de oro y joyas preciosas o eso dijo una vez punteado por el caldo de uva, al padre de Melazita cuando iba más “cargao” qué de costumbre de vino de Chiclana. Nunca lo diría a nadie más. ¿Si era cierto cómo llegó a saberlo? Ni la tecnología más avanzada lo había logrado hasta el momento o tal vez estuviese majara de verdad de tanta ventolera. No, el viejo era de pocas palabras, estaba tan curtido que parecía que nunca podría desgastarse, crujío, con su micro humor negro que hacía saltar cabos y amarres…

Melaza madre cocinó los pescados con papas asadas en leña y todos se chuparon los dedos. También hubo vino blanco de la tierra, de Jerez, del Puerto, zumos para los críos e higos chumbos de postre, abundante en la zona y queso Payoyo de la sierra de Grazalema. Alguien compró una tarta en el pueblo y la negrita sopló sus velas mientras sonreía abiertamente a sus padres y miraba al lejos las luces apagadas de la cabaña del pescador, que pidió disculpas por no asistir, pues al día siguiente madrugaría para ir de pesca y esto no lo perdonaba cayese quién cayese, lo cierto es que al final la luz de la cabañita se encendió y con los ojos lleno de lagañas descalzado decidió unirse al cumpleaños de su negrita, dónde también asistieron los otros seis habitantes de la pequeña aldea escondida tras un “monte” de cañas de azúcar; Hipólito Vejer el padre de Melazita y esposo de Melaza madre; cubana de La Habana que un día de los años 80 emigró a vivir cerca del mar andaluz. Eulalio, un guardia civil retirado que apreciaba al viejo sabedor de su inocencia y porque además lo conocía del pueblo natal de Blas que no era otro que La Línea de la Concepción y la guapa rubia de piel tiznada por el Sol, Cande, a la que todos llamaban Cande la chumbera o Cande la rubia; ésta se ganaba la vida con los higos chumbos qué llevaba a los mercados de Cádiz o Algeciras en las temporadas de verano, sacando lo suficiente para vivir todo el años humildemente por supuesto. Y cómo no podría ser de otra manera Juanito Machado el farero, nacío en Sevilla y criao en Cádiz cuando alguien le abandonó dejando su moisés en la puerta de un convento Gaditano, lo de qué nació en Sevilla se lo dijeron las monjas, aunque años después consiguiera dar con el paradero de su madre a la que durante varios años adoró a pesar de todo, pues la mujer no quería que Juan viviera en el mundillo en el que ella se ganaba la vida ni de cómo un día sí y otro no algún hombre adinerado de Híspalis la ponía “mirando pá Gerve” por unas cuántas pesetas de la época…

Cincuenta y un años son muchos años, más de medio siglo. Algunas veces ya no se sentía muy seguro subiendo y bajando aquellas piedras verdes tan resbaladizas, a pesar de todo merecía la pena arriesgarse, pensaba, sin duda aquel era el mejor lugar para pescar y olviarse der mundo. Nadie conocía aquella zona tan pródiga en pesca. No lo hubiese revelado ni por dinero. Un atardecer unos aficionados a la pesca merodeaban por allí tal vez intuyendo qué aquel lugar era perfecto para capturar peces de piedra e incluso alguna pieza propia de ultramar qué se acercaba a la costa alimentarse por aquellas lindes marítimas debido a la profundidad de las aguas de la zona. Blas entró en cólera silenciosa y avisó a Eulalio y a Juanito Machado. Eulalio prestó un traje de guardia civil a Juanito y ambos lograron echar de allí a los foráneos aduciendo que en aquella zona estaba prohibida la pesca por las constantes abatidas de la mar, por las apariciones de pateras de inmigrantes o el tráfico de grifa. Y no les faltaba razón. Al final consiguieron mantener a salvo el secreto de la pesquera.

Lance. 2º.

El día después del cumpleaños de la negrita Melazita, Melaza madre decidió dar una fiesta con la próxima entrada del verano, haciendo prometer a Blas que suspendería la pesca por ese día. El viejo pescador aceptó, sobre todo porque haría fuerte viento de levante y sería imposible tirar su caña o sus aparejos. Solo los mayores pues Melaza hija pasaría el día en Tarifa en casa de una amiga. Habría música, ron añejo y vino de Chiclana. Cande la rubia traería una amiga de Algeciras y Eulalio un amigo del cuartelillo con su esposa. Primero las mujeres se sentaron solas bajo el cañizo y los hombres al amparo de una gran roca qué estaba situada a socaire. Blas siempre estaba callado menos cuando bebía alguna copa de más, más cuando el vino y el ron cubano comenzaban hacer efecto allí no había quién entendiese nada pues todos hablaban a la vez. Sobre todo de pesca y el protagonista no podía ser otro que el viejo al que siempre preguntaban sobre una vez qué capturó una corvina de cincuenta kilos. Como si fuera la primera vez todos quedaban asombrados y el amigo de Eulalio hacía gestos de asombro ante la explicación de la captura del bicharraco qué según Blas tuvo lugar en pleno invierno. Tras esto Melaza encendió los altavoces pinchando música de Carlos Cano y todos se pusieron a bailar menos Blas que se quedó sentado bebiendo una copa y otra del pastoso y rico vino de las bodegas de Chiclana. Cande la chumbera intentó sacar al pescador a bailar aunque este tuviese su mente en la pesca del día siguiente. La amiga de Cande se lio con Eulalio el ex -picoleto y ambos desaparecieron pasado un rato del inicio de la farra. Cande tuvo que acostar finalmente al pescador ante la borrachera indecente qué capturo hasta qué el fuerte viento nocturno comenzó a hacer volar vasos y enseres y todos tuvieron qué recogerse.

A la mañana siguiente el viento no calmó. El viejo pescador de caña aprovechó para poner en orden sus avíos, Melaza qué siempre madrugaba le llevó a su cañizo una jarrita de café y pan con aceite de oliva virgen de las tierras cordobesas de Montilla, si en la tarde el viento menguaba irían a las playas desiertas del cabo de Trafalgar juntos, sobre todo porque se lo habían prometido a Melazita que regresaría de Algeciras en el autobús de la mañana qué paraba en la carretera nacional antigua.

Al atardecer el viento roló de poniente flojo y esto permitió al viejo cruzar el pradillo con dirección al mar de Trafalgar. Sin embargo, aunque permaneció apostado con su aparejo y su caña de media agua no pilló ni un pez, ni siquiera una picada de morralla rompe carná. Y así ocurrió durante varias semanas. Su mal fario le provocó una depresión leve mezclada con rabia qué lo mantenía acostado casi todo el día y dejó de ir de pesca. Los aldeanos ni siquiera lo molestaron pues conocían su mal humor. Sabían que tarde o temprano volvería a salir de su refugio para probar suerte aunque en esta ocasión la reclusión estaba durando demasiado así que Eulalio trajo un médico para qué le echara un buen vistazo; el viejo comenzó a chillar y a tirar trastos cuando intentaron abrirle la puerta de su chamizo. Melazita se pudo a llorar y los demás lo dejaron en paz, se había quedado tan delgado y arrugado cómo una mojama y al primer día de junio con la luna medio llena antes de que saliera el sol y muy sigiloso salió de pesca nuevamente.

Cuando regresó sin pesca intentó qué no le vieran y aunque era de madrugada Melazita estaba sentada a la entrada de su cabañita, cuando lo vio venir fue a ayudarle y el viejo se dejó. Con ella nunca se enfadaría. La bonita pequeña le recordó que ese día irían por la tarde a las playas desiertas cercanas al cabo y él la sonrió afirmando qué no faltaría. ¿Qué le estaba ocurriendo? Ya ni siquiera le picaban ni en las dos cañas ni el grueso aparejo para coger bichos. ¿Sería la carná? ¿O sería qué los peces le habían echado una maldición?

Nunca iba a pescar con nadie y todos sabían qué ni siquiera admitiría la pregunta, solía estar de mal humor casi siempre, por esto los aldeanos solían utilizar a la negrita para llevarle mensajes y qué intercediera en algún asunto relacionado con la aldea o para qué comiera algo pues cuando no iba de pesca solía estar bebido casi siempre y ni siquiera probaba bocado, solamente cuando pescaba algo suculento comía. Para él comer significaba pescar algo y cómo desde el cumpleaños de su negrita no había capturado ni un cangrejo enganchado al hilo se mantenía casi en ayunas con su vino de Chiclana y masticando cañas de azúcar de las pocas que quedaban ya por aquellos litorales debido al intenso turismo que estaba derrocando los pocos paisajes naturales, esto le provocaba tanta ira qué en una ocasión le arreó con un palo a uno de Burgos al qué oyó decir qué los Andaluces eran unos perros, Eulalio el picolo lo sacó del apuro, porque la brecha que le hizo el viejo al norteño era de aquí te espero pero no le ocasionó lesiones dignas de reseñar solo unos cuántos puntos.

Tampoco cambiaba nunca de lugar de pesca; por la zona no había palangreros ni redes de arrastreros debido a lo agitada que siempre estaba la má por aquellos lares. Cuando despertó a la mañana siguiente oyó el mugido de una vaca retinta y pensó qué había muerto, pero no. Hipólito había comprado una vaca para sacar leche fresca diaria y unas gallinas y gallos qué pusieran huevos trigueros. Fue a buscar al viejo para qué le ayudase y éste no se negó solo qué se encontraba tan débil que al primer paso pegó un trompazo que a punto estuvo de romperle una de sus fuertes piernas. El orgullo le hizo levantarse pero no pudo ayudar su convecino que se partió de risa con Melaza que vio el incidente desde la ventanita de su cocina rupestre agitada por la levantera.

Lance. 3º.

Sobre el medio día todos lo estaban esperando. Se tragó un vaso de leche qué le llevo Melazita y un buen bollo de harina morena que Eulalio trajo del pueblito de Fascinas con fama de buen pan entre los de la comarca y situado en la ladera de una montañita qué se veía desde la carretera.

Eulalio y Juanito llevaban la nevera repleta de cervezas y dos botellas de vino heladas. Cogieron un caminillo oculto de la jara que Eulalio conocía porque llevaba a la playa donde solían aparecer pateras nocturnas y nadie te veía ya que estaba ocultado por largas cañas de azúcar y arbustos elevados. Delante iba Hipólito, Melazita con su amiguita y el viejo, detrás Cande la chumbera, Melaza y Enriqueta la madre de la amiga de Melazita a la que todos secretamente llamaban “la Gilda silvestre” por su similar belleza a la tan famosa actriz de Castilleja de la Cuesta de otros tiempos, los últimos Eulalio y Juanito retardaos porque la nevera pesaba “cómo sus muertos”.

El día era bueno aunque aún el cielo estaba cubierto por la calima lo que anunciaba un día todavía mejó. Colocaron una gigantesca sombrilla de lona color blanco y verde de esas que venden en los centros comerciales. Llegaron con la bajamar y muy pronto todos se reunieron en la orilla para charlar y beber cerveza la chiquillas se pusieron a jugar con las dos paletas, serían las doce del mediodía y se presumía una jornada espléndido de mar serena y ausentes de bañistas y turistas toa la playa pá ellos.

Por supuesto llevaban cañas de pescar transportadas en un carrito estupendo que Juanito encontró a buen precio pues lo vio abandonao en la playa de Caños de Meca, lo limpió y lo arregló a las mil maravillas. Las mujeres se pusieron a protestar por este motivo y las cinco se fueron a pasear por la orilla hasta que ni siquiera se las veía. Aunque el verdadero motivo de la huida de las chicas fue que varias vacas retintas comenzaron a aparecer como de costumbre, ya que por la zona limítrofe había mucho ganao, aunque por suerte ningún toro andaba “suerto”…

Juanito fue a montar su caña de repente esgrimió un gesto sorpresivo de queja, aduciendo que se había “orbidao” la carná. Bien sabía el Machado que al viejo estas cosas estando cerca de la má le resultaban graciosas aunque no fuese costumbre en el pellejoso y abigarrao pescador demostrarlo con una sonrisa, pues nunca sonreía, lo llevaba por dentro. Allí todos sabían cómo provocarle cuando querían algo de él y de antemano nadie quiso comprar cebo, hubiera sido motivo de que el viejo se hubiese mostrado ofendido, muy pronto había cogido su palín, su varilla con bala para extraer muergo de la bajamar y su cubo. Después de una hora y antes de que la má iniciara su próxima subida de marea ya había trincado muergo fresco, al menos dos kilos de almejas de carril, de precio inalcanzable en el mercado y lo mejó estaba por llegá. Se metió en las primeras aguas de la bajamar y comenzó a observa el fondo marino ese día ideal para levantá algún lenguado o choco. Muy pronto el fondo se pondría turbio con la inminente subida de la marea y sería demasiado tarde pillar carná fresca.

Todos lanzaron su caña de pesca a fondo no demasiado lejos pues al ser la tanza más gruesa qué de costumbre y con más plomá de lo habitual el cabo con el anzuelo no correría más de veinte o treinta metros. También dejaron una caña más pequeña con tanza ligera para capturar pequeños peces morralla pá la fritá si caía alguno claro. El viejo llevó solamente su caña corta para robar bailas en la orilla y mientras Eulalio, Juanito e Hipólito terminaban de ajustar sus cañas a los hierros el viejo se puso a prepará el almuerzo.

Las mujeres regresaron después de una hora las retintas habían vuelto a los corrales silvestres y todos se reunieron sentados en corro a beber, comer, criticar y sobre todo picar al viejo que casi nunca hablaba. Cómo el viejo seguía sin hablá el Machado muy serio le preguntó qué haría si uno de Burgos o de Madrid apareciera diciendo; “mira esos perros andaluces”. El viejo lo miró muy serio y exclamó: “Le daría una ahogaílla*” Y tras esto todos se “descojonaron” de risa.

La marea llevaba dos horas de subida y ningún pez había picado, entonces el viejo tras almorzar regresó a la orilla con sus amigos dejando a las mujeres sesteando bajo el toldo. Cogió su cañita pequeña y comenzó a tirar con muestra en el rompiente mientras miraba de soslayo sonriendo a hurtadillas a sus tres amigos; que no dejaban de mirar los punteros de sus tres cañas. Bien sabía el viejo o intuía que no cogerían nada apreciable ese día sin embargo él sacó nueve bailas de unos trescientos gramos cada una y todo sin moverse de la orilla y con un purito en sus labios mojado en el ron añejo de la Habana que Melaza había guardado para una ocasión especial…

 

Lance. 4º.

 

La tarde caía inminente y las mujeres regresaron a la aldea; los hombres irían después de recogerlo todo. El viejo iba el primero, orgulloso, seco de la sal de la tarde y nueve bailas en la bolsita; más otras carnazas frescas que había conseguío para la pesca de la mañana y quizá de la tarde del día siguiente. Aquella noche el viejo tuvo mucha fiebre y nadie lo supo.

Tras la cena en medio del pradillo asaron las bailas que pescó el viejo y oyeron música mientras el viento arreciaba a levante fuerte; tuvieron que recoger todos los cacharros y ponerse a socaire. Blas se refugió en su cabaña y se acostó soñando que sacaba de la playa el pez más grande visto jamás y que le daban un premio los de su pueblo perdonándole su “pasao” si es que había argo que “perdoná”; mientras seguía soñando que una vez navegó en un barco de pesca de altura. También vio en su sueño las ballenas orcas que sombreaban las aguas del estrecho de Gibraltar y los calderones que se acercaban a la orilla en la mar fría de invierno de la Línea de la Concepción o las familias de delfines que abundaban en las profundas aguas donde se juntan los dos mares. Salir viendo el mar lleno de delfines viajeros y simpáticos o adentrarse en las aguas profundas del estrecho y sondear los barcos repletos de tesoros rodeados de peces y ocultados por fondos marinos ahora sucios y contaminados en la mayoría del planeta le provocaba una sonrisa secreta en su letargo ensoñador Una morena salía de su cueva mordiendo un anzuelo que después rompería.

Despertó empapado en sudor frio y temblando más nadie lo sabría y menos Melazita a la que no podía demorarle más su día de aprender a pescar. Tomó una infusión y retiró la cortinilla, serían las tres de la mañana. Preparó café y se puso a empatillar anzuelos y renovar los carretes de hilo nuevo esa misma mañana se iría antes de que saliese el Lorenzo.

Sobre las cinco de la mañana salió cargado de su cabaña y algo mejorado tras embeber una copa de anís del machaco de un solo trago. El viejo nunca carraspeaba. En su pecho ancho y peludo podía verse el mar agitado de espumilla y las cicatrices de su cara seca y arrugada por lo vientos marinos podía estudiarse marinería. Una patrulla de costeros lo vio salir de la aldea y cruzar la carretera nacional para dirigirse cerca del cabo de Trafalgar, lo conocían pero no lo saludaban debido a su pasado nebuloso.

La mañana olía a marea limpia terminando de bajar, pronto clarearía. El viejo subió a su piedra y montó una caña para lanzarla a fondo con hilo de cien milímetros, por otro lado una vez realizado el primer lance con muergo cogido del día anterior preparó una tanza para pescar al tacto, en este caso colocó una sardina tan podrida que podía olerse desde la aldea, la tiró desde el promontorio a las aguas y luego la amarró a un hierro podrido que surgía de unas de las piedras resbaladizas, de las que el agua cubría cuando subía la marea.

Pasada una hora la mar comenzó a subir y sobre las siete de la mañana el cielo parecía clarear, entonces vio que la tanza del aparejo de mano estaba muy tirante, tanto, que daba la sensación de que iba a partirse. Sereno mientras daba una calada a su purito se agachó y la cató; se dio inmediata cuenta que algo había picado, podría ser un congrio, una morena o a lo mejor algún marrajo pequeño, el caso es que tras intentar tirar de la tanza la fuerza del otro extremo a punto estuvo de tirarlo de la piedra, algún bicho “sá tragao” la sardina, me encantaría que fuese una corvina, se dijo; porque no creo que sea un cofre con monedas de oro, aun así el viejo soltó tanza para volverla a recoger y tantear a que se estaba enfrentando.

La mañana encendió el mar, habían transcurrido unas dos horas desde que se percató de que algún hermoso pez estaba cogido en la tanza sólo que quizá mucho más grande de lo que el viejo pudo imaginar con sus cálculos y su ciencia salada de la mar de Gades. ¡Salve Gades! Dijo el viejo al mar para que se lo dijera al pez; - Tú no escaparás aunque me lleve la marea…

Un nutrido grupo de gaviotas marinas aterrizaron en la playa próxima al viejo que amarró la tanza y descubriendo su pequeña nevera sacó unos ostiones enterrados en hielo con una botella de manzanilla de Sanlúcar. Cogió un ostión y lo trago casi sin masticar; el sabor de la ostra mezclada con la manzanilla de Sanlúcar le producía en la garganta un efecto someramente metálico y adictivo que refrescaba su alegría. La tanza comenzó a tiritar y el viejo se ajustó pronto los machos, que pez sería ese, no podía estar a más de cien metros de la piedra. La curiosidad comenzó a hincharle los “cordones”…

Lance. 5º.

 

La marea llevaba dos horas de subida; por fortuna el viejo no tenía que enfrentar ese día el fuerte viento y podía pescar con cierto sosiego, sin embargo, tenía la sensación de que algo no iba bien, quizá sólo fuese un peso muerto que podía haber quedado enganchado al enorme anzuelo, entonces volvió a tirar con fuerza de la tanza, si no obtenía respuesta cortaría el cordel, un enorme tirón acabó por lanzarlo al mar y tuvo suerte de no haberse roto la cabeza con aquellas rocas enormes colindantes, ni así consiguió el pez que el viejo soltara la tanza y volviera a subir a su piedra. Aquel pez sin duda debía tener más de cien kilos de peso y podría ser una chova, un pez limón, un bonito o incluso un atún pequeño, la forma que tuvo el pez de tirar de la tanza reveló al viejo que tipo de animal acuático podría tratarse. Aun así no las tenía todas consigo, fue cuando la caña que tenía lanzada a babor de la piedra se dobló sobremanera y salió disparada del hierro dónde estaba insertada para finalmente caer al mar y ser llevada por el pez que seguramente se encontraba enganchado al otro lado del sedal… El viejo murmuraba sonriendo sabedor de que había bichos gordos ese día para poder pescarlos… No sería la primera vez ni la última que perdía una caña de pesca…

Lamentó la pérdida de una de sus mejores cañas de pesca, sin embargo se sentía fascinado por la enorme pieza que podría estar cogida al otro lado de la tanza. Había soltado casi todo el cordel unos ciento cincuenta metros, debía sacarlo antes de que la marea subiera por completo pues con la llenante el promontorio de pesca quedaría ocultado por las aguas y tendría que salir de allí, le quedaban unas cuatro horas como mucho para conseguir sacar el pez del agua y vencerlo…

El Sol calentaba ya de justicia sobre las doce del mediodía fue cuando lo vio saltar entre las olas que iban metiendo agua y quedó gratamente sorprendido; sin duda era un túnido con casi media tonelada de peso, después de esto se enrolló la tanza en su cuerpo y se amarró a una de las piedras que rodeaban el promontorio, cada vez estás más cansado, te conozco bien, muy pronto no tendrás fuerzas y te sacaré de ahí, sé bueno, no sufras, anda salte ya… Estas y otras cosas decía el viejo al atún cómo si éste pudiera escucharle…

Ya se veía haciéndose fotos con el pez en la aldea y seguramente lo vendería en Barbate, no le darían menos de tres mil euros y además, la noticia llegaría a su pueblo natal y algunas personas se alegrarían. Durante un minuto quedó sumido en un ensueño, creyó estar en la orilla con la pesca de sus sueños, también echó un trago de cerveza fría, de repente un enorme tirón le despertó, hola pez, me despiertas de mis sueños…

El viejo tiró del sedal con todas fuerzas y consiguió recoger muy poco, sin duda el pez se encontraba agotado de pujar; debo planear cómo lo sacaré de aquí… Sonreía pensando la sonrisa de Melazita que le dijo que un día cogería un pez muy grande y él le prometió que lo cogería… Pensaba que el bicho podría haber cortado la tanza de acero que conectaba con el enorme anzuelo de tres bocas, si no lo hace en las primeras abatidas debe habérselo tragado muy bien… Se decía. En un hora el agua llegaría al promontorio y tendría que subirse al bosquecillo y desde allí no podría mantener la tanza, era mucha distancia, necesitaría otras tres horas más para que con la marea medio bajada pudiese arremeter con el bichero al moribundo pez de sus sueños… La familia de los túnidos arremeten con fuerza al principio, cuando salen del agua mueren muy rápido, se desangran. Pez hoy no es tu día, que tonto eres, creíste salvarte de la almadraba para que te pescara este viejo… ¿Qué haré el agua está subiendo?...

Puso a salvo sus enseres de pesca y se quitó la ropa quedándose en bañador. Era cuestión de tiempo sacar el pez. La piedra de pesca se encontraba ya cubierta de agua y el viejo se quedó allí en pie dispuesto a soportar más de una hora agarrado a la piedra con la tanza, ¿Me lo pones difícil, eh pez?... Fue cuando cayó al agua, el pez tiraba de la tanza y el viejo se vio por encimas de las aguas, de repente paró, seguramente la herida del anzuelo le impida ir más lejos… Pensaba el viejo ahora en medio del mar frente a las rocas, lo habría desplazado unos veinte o treinta metros…

 

 Lance. 6º.

 

Las olas llegaban insistentes para cubrir la pleamar, la corriente favorecía al viejo, pero cuando comenzase a bajar la marea; la fuerza de las olas estaría a favor del pez herido, el agua le llegaba a los tobillos, dónde estás pez, no te noto, tira ahora a ver si me la quitas, crees que aún puedes huir, lo sé, oh si lo sé, a veces nos vencen pez, yo también fui pescado en más de una ocasión, es mejor que reconozcas tu derrota, pez…

Aquel fue el tirón más fuerte de todos; que lo mandó al hueco que había cerca del promontorio, por fortuna allí el agua no entraba, parte de la cuerda descansaba sobre su barriga, estaba cubierto de fango arenoso, la tanza volvió a tensarse pero en esta ocasión entraba por una de las rocas, por lo que desde allí abajo podría manejar al pez con menos riesgo… ¿Lo ves, pez? La fortuna me ha favorecido… Ahora sólo debo esperar un rato más y serás mío… Finalmente el agua entró a borbotones y el viejo fue subido de inmediato con el correr de las aguas, la tanza había desaparecido de su vista…

Vio el cordel liado en una roca puntiaguda y para llegar hasta el sedal él viejo debía jugarse la vida y no le hizo ascos. Se lanzó a la olla acuífera y nadó hacia la roca sabedor que las olas podían estrellarlo contra las peñascos, muy pronto el agua dejará de entrar, se decía, la tanza se deslío sola y calló muy cerca de él, parecía que el pez ya estaba muerto o muy débil, tengo que tirar de esta sedal cómo sea, se decía una y otra vez, hasta que por fin logró situarse sobre una piedras que la pleamar no había cubierto del todo, se amarró y tiró con todas sus fuerzas, ahora parecía que el pez se encontraba muerto o vencido pues no notó ningún tirón desde el otro lado y siendo así siguió tirando…

Durante más de una hora el viejo siguió tirando de la tanza pesquera, seguía hablando sólo con el pez, en voz alta, las aguas comenzaron a retirarse y el pez no daba señales de vida… A esas horas sus convecinos de la aldea lo estarían buscando más allí no lo encontrarían pues nunca rebelaba sus pesqueras… Se recostó estaba molido, aquel peso muerto lo tenía agotado, el agua ya había bajado lo suficiente para subir al promontorio de roca y descansar un poco de la lucha, entonces vio al pez de medio lado en una de las olas y también un reguero de sangre que salía del pez, se acordó sin remedio de una novela que leyó una vez cuando joven. Tal vez fuese la única novela que había leído, se la prestó una bonita chica de Algeciras llamada Covadonga se titulaba; “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway. No era la misma situación, pensaba, en la novela la pesca ocurre en el mar y aquí ocurre en la costa, los peces no son los mismos y la fauna tampoco… Destrozar a mi pez, no pez, no puede ser, has muerto antes de tiempo y por unos ladrones de anzuelos…

Finalmente después de tres horas vio la tanza que seguía al pez, algo se había liado en el fondo y el viejo no podía tirar más, sólo le quedaba la opción de que bajase totalmente la marea… La mar siempre pega con más fuerza en los cabos. El cabo de Trafalgar… Así que el fiero empuje de la subida dejó paso a una lenta marea de bajada en aguas pacíficas cuando lo son… Podía distinguir al pez muerto bailando en las olas, pero pesaba demasiado y había todavía demasiada agua…

No quedaba más que esperar la retirada de las aguas. Se sentía feliz lo había conseguido, muy pronto todos lo sabrían. ¿Cuánto pesará? Es grande el condenado… Encendió un purito algo más confiado, de repente la tanza se le lio en un pie y el pez dio el tirón más grande de todos llevándose al viejo consigo por encimas de las olas…

En esta ocasión el pez fue más lejos pero había menos agua y las olas ya no envestían contra las rocas con aquel ímpetu… ¿Me ha engañado? Sigues vivo, pez, buena lucha… El último tironazo había sido muy extraño y el viejo quedó pensativo durante unos segundos, se puso a nadar hacia las rocas, aún tenía la tanza, cuando se restableció siguió con el intento de recogerla y poco a poco parecía que ganaba metros, aunque muy lentamente…

El viejo ignoraba que el último tirón había sido obra de un gran tiburón que había zamarreado el atún al sentirse atraído por la sangre… El viejo vio también dos aletillas de tiburones pequeños merodeando por los alrededores y enseguida supuso lo que estaba ocurriendo, sin duda se estaban dando un festín a su costa… La naturaleza posee infinidad de formas de hablar… Creí que te robé un hijo, oh, mar y, me lo has quitado… Sin embargo creía hondamente que todo no estaba perdido, sin duda algo pesado había allí al otro lado del cordel y sin duda pensaba sacarlo…

 

Lance. 7º.

Estuvo más de media hora dormido entre la arena y la roca, la tanza estaba asegurada bien a una piedra pero él no, ahora no soñaba, ahora se encontraba en zozobra debido al esfuerzo, las aguas se retiraban y ya no podía eludirlo más. Lo vio en las primeras olitas que llegaban a las piedras verdinas llenas de cuevitas de peces por dentro de sus ollas acuíferas, una mancha oscura lo cubría, fue recogiendo tanza, toda la que pudo sin soltar su enorme bichero, sin duda no podría sacar sólo aquel pez o lo que quedara de él, se quedó allí parado hablando con él; ¿Qué me dices ahora? Verás que no hay grandes diferencias entre el vencedor y el vencido… Soy el vencido la mar me ha ganado la partida, todo queda en tablas… ¿Me oye lo que queda de ti, pez?... Dentro de media hora todo habrá terminado para nosotros, pez…

Cuando las aguas se hubieron retirado el viejo descubrió lo que había ocurrido. Un reguero de peces morralla y varios depredadores de variados tamaños habían limpiado el atún literalmente desde la parte anterior hasta las aletas delanteras, probamente por la gran herida que le provocó el enorme anzuelo de tres bocas o el ataque de un gran depredador… Miró al Sol potente y sonrió, echó un trago sentado cerca de lo que había quedado de su pez… Luego atardeció, la mar se apagó yéndose el Sol lejos. Quizá la mar se quedó allí esperando al viejo que pescaba sólo con caña en el cabo de Trafalgar cerca del golfo de Cádiz.

 

 

FIN

Personajes de la obra.

El viejo. Blas.           Pescador. Natural de La Línea de la Concepción.
Melaza madre.          Cubana.
Melazita.                   Gaditana.
Hipólito Vejer.           Padre de Melazita. Pescador de Barbate.
Eulalio Castillete.      Guardia civil retirado.
Cande la rubia.          Cogedora de higos chumbos.
Juanito Machado.      Farero. Nacido en Sevilla criado en Cádiz.
La Gilda silvestre:     Amiga de Melaza madre.

Autor relato: Jorge Ofitas. ®.
Spain. 2018. ®. Europe. 2021. ®.

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