El poeta y la rosa. (Relato de misterio)

El poeta y la rosa.

Relato. Misterio. Paranormal.

Narrativa.

Autor: Jorge Ofitas.

Érase una vez una antigua casona ruinosamente abandonada. En la pared del caserón había colgada una vieja farola y en la farola, cada día, durante largas horas se apostaba un brilloso cuervo inusitado. Al ave le llamaba la atención algo que ocurría en el interior de la casa o intentaba descubrir algún bichillo despistado para cogerlo. Era muy extraño, por la zona nunca se vieron cuervos ni otros pájaros.

El caserón poseía un bonito jardín otrora bien cuidado. Un día una mujer paseaba sola por el barrio abandonado haciendo fotografías para sus proyectos, quedó fascinada con la visión de la casa lúgubre; que parecía una gigantesca “matraca” de plata gris recubierta de ramas y hojarascas negras con pinchos.

La chica vestía de estilo gótico tendría veinticinco años y se llamaba Niké. Comenzó a tirar fotos a la fachada. La cosa iba bien hasta que el cuervo bajó de la farola  e increpó a la fotógrafa, luego el pájaro regresó a su aposte mientras ella recogía la cámara del suelo ahora averiada. La tarde se marchó por aquellos parajes apartados del intenso trasiego del centro de la urbe, cerca de la casa  se oían los inmensos aullares de los lobos asustados y hambrientos. La casona, lindaba con los prados nevados y peligrosos de la noche oscura; aquel día plateada por la luna henchida de blanco.

Niké comprendió que sin luz solar no podría salir del lugar hasta el amanecer pues los lobos que parecían lejanos muy pronto merodearían por allí y su coche se encontraba a dos kilómetros de distancia. El cuervo alborotador había desaparecido y Niké se coló en la casa por la ranura de una de los ventanales destrozados por las fuerzas de los ramajes; pincho agudos.

Las demás  entradas y las ventanas estaban todas selladas. Sacó una linterna de su bolso y vio la cocina. ¿Seguiría adelante? Porqué oyó un gemido, una queja, un suspiro eterno. ¿Sería una alucinación por la sugestión? Por suerte hacia luna llena y los rayos plateados y violáceos se colaban por entre las tablas sueltas de la tristeza muerta.

Todo estaba cubierto de las ramas entrelazadas de los árboles del exterior, fieros, hambrientos de espacio vital. Había una escalera muy derruida que llevaba al piso superior y una puerta cubierta de ramas muy al fondo del pasillo que conducía a las habitaciones. Se oían a las ratas chillar por entre los destrozos. Fijó su vista. ¿Era cierto lo qué veía? Una tenue luz provenía del fondo del pasillo y asomaba su destello por debajo de una de las puertas podridas de olvido.

Cuando logró desatrancar la puerta se encontró con una sala estudio repleta de libros y otros cachivaches también un viejo ordenador apagado y varias máquinas de escribir. El   generador comenzó a sonar en alguna parte, vio un interruptor en la entrada y lo accionó haciéndose la luz de inmediato, tenue amarillenta aunque suficiente, pasaría la noche allí sin duda. Le pareció muy raro que hubiese luz y, ¿por qué se accionó?...

Entonces lo vio. La imagen era horripilante y muy triste. Insana y extraña. Debía acercarse y comprobar si estaba vivo o muerto, aunque si había fallecido no debió ser hacía mucho tiempo tampoco nunca contempló a nadie con ese aspecto tan delgado y pellejoso; solo en los reportajes de la II guerra mundial o en los del tercer mundo. Acercó una banqueta, antes le abrió los ojos y le tomó el pulso. Aún estaba vivo pero por poco tiempo, colocó su oído en el pecho, quien fuese se estaba muriendo lentamente de inanición prolongada…

Sacó de su mochila el móvil para llamar a una ambulancia, pero los repetidores de señales no existen en lugares como ese. No había cobertura ninguna. Ni podría obtenerla, aunque pensó en salir fuera solo que se acordó de los lobos cuando oyó unas pisadas al otro lado de la puerta, pisadas acuciantes acompañadas de rugidos fieros y entrecortados, ellos sabían ya que ella estaba allí junto al misterioso moribundo.

Los lobos parecían haber desaparecido. El motivo, la voz de unos cazadores que merodeaban para cazarlos y habían dado con su rastro, claro qué no los encontrarían. Respiró profundamente y se acercó a la mesita de madera cubierta de libros y notas. Había un sobre lacrado que ponía: -  “Para Niké” – ¿Niké? -

Había muchas mujeres con ese nombre y no le dio importancia. Tampoco estaba segura si abrirlo o no, meditó el asunto muy deprisa y retiró la lacra. Dentro había un papel grueso y verde de gran calidad. Lo extrajo y comenzó a leer:

“A Niké. El amor de mi tiempo”

Amada Niké:

“Si algún día vuelves encontrarás mi cuerpo inerte y sin vida. Decidí irme de esta existencia febril poco a poco, sorbo a sorbo, te esperé lo que pude. Tú ya sabes por qué. No me extenderé demasiado, solo te pido que bendigas mi cuerpo y después incendies la casa: no quiero morir al lado de esos seres humanos terribles que matan entre sí y no buscan la verdadera victoria. A cambio te regalo una esmeralda, que hallarás entre mis enseres, había tenido un sueño precioso contigo en el cual me enamoré de una bella rosa, la única que existía en aquel campo de sueños, será porque en el jardín de la casa ocurre lo mismo, todo está rodeado de oscuridad y ruina, sin embargo una bellísima rosa sigue naciendo entre los venenosos y pincho agudos ramales. Llévatela, mi alma irá con ella. Adiós Niké besa la vida, sus latidos son puro diapasón si se reglan con la herida…

“Hasta siempre mi eterna musa, te veré en la otra vida si coincidimos.

-          Yohel Martín.

 … Se acercó a Yohel y le cogió la mano, él entreabrió los ojos y la vio… - Niké eres tú… - Y tras esto expiró dejando clavada una mirada brillosa y feliz en el corazón de ella que intentó reanimarlo sin éxito. Luego lo estuvo observando un poco, su larga barba que le llegaba al ombligo y su inmensa melena gris, le tocó la frente tiernamente y le cerró los ojos, luego se echó a llorar en silencio hasta que se repuso.

Encontró sándalo rojo y benjuí entre las cosas del poeta, también una preciosa esmeralda que pensó quedarse aunque luego desistió, ella no era esa Niké. Sin demora comenzó a limpiar la piel de Yohel con un trapo humedecido de alcohol y después lo frotó con benjuí  y tras el aseo encendió sándalo rojo por toda la estancia hasta que quedó perfumada, apagó la luz y encendió 7 velas color verde. Luego, envolvió al poeta en una tela blanca muy cara  tal como él había predicho y colocó el cuerpo inerte en dirección al este, el sol estaría a esas horas a punto de salir con sus luces y calor para todos. Entonces oyó un fuerte crujido y tras estos dos graznidos, era un cuervo que traía algo en su boca. Tal vez el mismo pájaro de la tarde anterior. Niké se asustó un poco no le gustaban esos pájaros negros cuando se alborotaban, lo cierto es que  los adoraba y  les parecía preciosos.  De repente el cuervo soltó una bella rosa roja y una corona de laurel y luego se marchó por el mismo agujero. Era obvio que les estaban ocurriendo cosas muy extrañas e inesperadas y por lo tanto interesantes, aunque en todo momento debía ser prudente. Sonrió harto sorprendida con la actitud del cuervo y tras esto se agachó cogió el laurel colocándolo en la frente de Yohel y la rosa en su pecho, le entrelazó los brazos y los colocó sobre la rosa. Se arrodilló, lloró… Tan profunda y hondamente como sentía que no era poco…

El extraño ermitaño poeta tuvo suerte en su final. Tal vez Niké no fuese su Niké, pero llegó a tiempo. Él sabía que ella aparecería antes de morir. Y así fue. La chica gótica siguió todas las indicaciones y prendió fuego a la casa ordenadamente para poder salir antes de allí, poco a poco mientras se alejaba hacia su auto veía como la mansión se envolvió en una sola llama gigante y luego desapareció, o eso concluyó en su estado ansioso por huir de allí, fue cuando oyó graznar al brilloso cuervo que al pasar junto a ella huido, dejó caer la esmeralda de Yohel en el camino, alejándose después hacia el horizonte amanecido. ¿Cómo lo habrá hecho? Cogió la piedra preciosa y luego se alejó en su auto sin dejar de mirar por momentos por el retrovisor hasta que la imagen de la zona desapareció de su visual.

Llegó a su apartamento y su compañera de piso la estaba esperando. También su madre, la policía y una psiquiatra del ámbito privado. Todos hartos preocupados. Su madre la abrazó preguntándola donde había estado y ella contestó que en el barrio colonial haciendo fotos. Niké dijo a la policía que había visto humo allí de una casa en llamas. El agente habló con la central donde le confirmaron que en el barrio colonial todo seguía igual, ya que había algunas cámaras colocadas por las calles o colgadas del tendido eléctrico y no se veía humo ni se había visto. Niké se desmayó y cuando despertó su madre la había llevado a casa para que hablase con la psiquiatra, al parecer la residencia de la que habló Niké no existía ni nunca existió. Sonrió. Exclamando que tenía las fotos digitales como prueba pero la cámara nunca salió de la estancia de Yohel, por lo que guardó profundo silencio cuando se acordó y aceptó hablar con la psiquiatra.

Al día siguiente la terapeuta acompañó a Niké al barrio colonial. Aún casi derruido conservaba la belleza de otros días, el encanto de aquellos tiempos cuando fueron construidas aquellas mansiones de color blanco en su  mayoría. No pocas grandes familias habían pasado allí sus vidas y ahora todo parecía muerto. ¿Dónde habrían ido? ¿Dónde estarían ahora? Los poderosos árboles selváticos de los alrededores destrozaron las calles con sus raíces gigantescas y todo el barrio cada vez se parecía más a un bosque maldito…

Niké indicó a la doctora por donde debía entrar con el auto para acceder al mismo lugar donde ella estacionó y así volverse a situar. Había tomado una severa medicación sedante para el shock que le produjo el increíble incidente. Pensaba en la pérdida de su cámara de fotos en ella estaba la salvación para que no la tomaran por loca. De momento tuvo que quitarse sus ropas góticas para vivir en casa de su madre, ésta consiguió un permiso temporal por prescripción médica para que obligadamente Niké estuviese bajo su tutela. La doctora no lo exteriorizó aunque la historia que Niké le contó de su experiencia le pareció somáticamente aterradora. Finalmente llegaron al lugar pero nada era como en la historia de Niké, no había calles por allí y ella no recordaba tampoco haber estado en ese lugar. La doctora insistió en seguir buscando, más ella “tiró la toalla”. Decidió enfadarse con todos por no creerla, pondría una falsa excusa  a los médicos, pediría disculpas y volvería a su piso…

Días más tarde Niké regresó a sus quehaceres…

Mientras apoyada disfrutaba de un té con limón mirando la tarde algo le cayó del cielo encima de la cabeza. Era una rosa encarnada preciosa como la de Yohel y luego vio al mismo cuervo alejarse para siempre… Aquello le produjo una mezcla de pavor y de alegría. El pavor estaba justificado. Se acordó de un matemático famoso que también vio cosas que no existían. ¿O si existían y eran los demás los qué no podían verlas? Quién sabe, si contaba y seguía insistiendo en su entorno con todo aquello le diagnosticarían esquizofrenia… Alegría porque la rosa y el cuervo demostraba que su historia era cierta. Un momento. Se dijo. Que significará esto… En ese preciso instante su amiga la sacó de sus sueños y le preguntó de dónde había sacado esa rosa… ¡La rosa era visible para los demás en esta ocasión! Tienes un paquete que te han dejado abajo con un sobre, debes bajar a firmar, está bien ahora bajo, concluyó Niké.

En efecto alguien había dejado un envío. ¿Qué sería? Subió a su habitación abrió la ventana y se recostó. No tenía remitente. Lo abrió y justamente antes de sacar lo que había dentro se deslizó una pequeña nota que venía con el envío, la nota decía:

- “asómate a la ventana”

Lo hizo. Su ventana daba a un parque muy transitado en las tardes por ancianos niños y mujeres. Retiró el cortinaje y se asomó… Él estaba allí, era Yohel el poeta con un aspecto algo más joven, la sonreía, le tiró un beso desde la lejanía, se puso la mano en el corazón cerró los ojos durante unos segundos y le dijo adiós con la mano desapareciendo entre la multitud… Ella se quedó hecha una “esfinge de mármol negro”… No sabía si echar a correr en su busca o averiguar primero que contenía aquel envío. Fue hacia el paquete y sacó un pequeño libro. ¡La portada estaba diseñada con una de las fotos que ella mismo hizo el día anterior y también salía ese extraño cuervo apostado en la farola! El libreto se titulaba:

“El poeta y la rosa”

 FIN

Autor relato: Jorge Ofitas.

Sevilla. 2015. ®. ©.

Nota del autor: Prohibida totalmente la copia pega de este relato. Se puede compartir a través de los botones propuestos en redes sociales o copiando solamente el enlace. Muchas gracias por compartir. 

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