Luz de candil. (Prosa poética)

Un largo pasillo me antecede. Llegó al mausoleo de los sueños, allí mismo dormitan. La luna es creciente, como el dolor de almíbar que esconde la abeja. Como una leve queja de algodón helado. Enciendo un candil, a veces lo hago... Me siento en la penumbra, olvidé a Shakespeare, no es posible olvidar a Gabo, ni a otros y otras, que dejaron en la brisa la futura miel, en forma de néctar invisible... Y llega el instante de escribir algo bello, tal vez bueno, no importa, en realidad... Retiro un sello de una carta lacrada, por románticos motivos y leo su contenido... Oh lo siento. Sé que sufriste mi esperpento, mi ahogo existencial, y ciento y un miles...
 
Hacía rato que llegué de un hospital privado, al que fui acompañando a una amiga, en los hospitales privados los doctores se parecen a Rock Hudson y las doctoras en algunos casos, son dobles de Lis Taylor. Espero que no se me apague el candil. Enciendo la radio, pero la sintonía que me interesa no se coge bien... Debo escribir algo, que sirva para algo, una nota musical bastaría, un esbozo a carboncillo, un verso con brillo, un poema completo, sigo con el mamotreto o te recuerdo... Jardín de caricias, piedra preciosa, buenas albricias, eres maravillosa... Luz de mis candiles. Pero. Un momento. ¿Y el dolor?... Qué siento en mi pecho, la visión de la perdida del amor, y ciento y un miles... 
 
Se apagó la llama, debería volver a encender el candil, a veces lo hago, o tal vez, sea propicio continuar andando en la sombras, al menos, hasta que vuelva su recuerdo...
Y ciento y un miles...
 
 
Autor texto: Jorge Ofitas.
Sevilla. 2011. ®. ©.
Del libro Amar de los Amares. Prosa 2. Cuaderno 4. 
 

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