La República de Islabona. ®.

La República de Islabona. ®.
(Una fantasía inigualable)

La República de Islabona. ®. Novela.
Fantasía jazzística de ciencia ficción. Novela negra.
Jorge Ofitas. ®.
Todos los derechos reservados.
Spain. 2009. ®. Europe. 2020. ®.
70.000 palabras. Aproximadamente. 

 

Personajes relevantes de la República de Islabona.
Por orden de aparición.

Zona actual.

1. Ametaira Saboz.
2. Dueño del Lunaz Bourbon.
3. Larry Bird.
4. La Vieja Pura.
5. Jositoz Prenda.
6. Charly Saboz.
7. Athenea Marronan.
8. Ronsolitoz.
9. Miste Poeta.
10. Peter Vermach.
11. Nall Marronan.
12. Soberoz.
13. Ponchita Macadamia.
14. Lass Avaricié.
15. Magdalenaz.
16. Lou.
17. Graney.
18. Chin Lux.
19. Chin Aguaz.
20. Adelitaz Potroz.
21. Juez Luiz Leyz.
22. Preciosaz.
23. Hermosuraz.
24. Margaz.
25. Capitán Mandenoz.
26. Santaz Avaricié.
27. Mantelitoz.
28. Ilustre Señora de Moñohondo.
29. Ágata Sinclair.
30. John Portadaz.
31. Nize Rittman.
32. Zianna.
33. Fiscal Brey.
34. Panzela Morkinton.
35. Gobernador Tull Omalajan.
36. Ravoz.
37. Doctor Medrabyz.
38. Doctora Mary Black.
39. Alcalde Mantoz.
40. Milo Sos Flash.
41. Maestro Pinzelo.
42. Vastiz Mandenoz.
43. Copetinez de Limoz.
44. Padre de Adelitaz.
45. Flizia Potroz.
46. Ruzi Potroz.
47. Rabino Isaac.

Zona futurista.


1. Móndrigo el Rancio.
2. La Bronca de la Perrera.
3. Lascivia la Grande.
4. Joe el Aniquilante.
5. Almohadón.
6. Gabriel de la Rima y Beso.
7. Nabastronic Pragmatoide.
8. Ambarmanía de los Mares.
9. La Bella Salitrera.
10. Flemático Snob.
11. Satronío el Lanas.
12. Sanguinuto Balanzadera y Destino.
13. Mandrágora del Karma.
14. Goloso Alambiqueño.
15. Ganchatronic Articulador.
16. El Gato de Brillantes o Felino Tres Rubíes.
17. Abusonio Allana Crisolado. (Máximo poder)
18. Programador de galgos electrónicos.

Índice de la obra.

Época actual.

Capítulo I. Ametaira y Jositoz Prenda.
Capítulo II. El Miste.
Capítulo III. El papiro.

Zona futura.

Episodio I. El legado de Gabriel de la Rima.
Episodio II. De la Rima. Poeta de Monte Ciruelo.
Episodio III. Jardines y leyendas de Islabona.
Episodio IV. Lonas de arenas en las Calas.
Episodio V. Espías con saxo en las carreras electrónicas
Episodio VI. El final de la tiranía.

Época actual.

Capítulo. III. El papiro. (Continuación)
Capítulo IV. Muerte en la laguna.
Capítulo V. Atraco frustrado.
Capítulo VI. La trama Marronan.
Capítulo VII. El regreso de Athenea.
Capítulo VIII. Héroe inesperado.
Capítulo IX. La esquina de Sadonay Blues.
Capítulo X. La gaviota saxofonista.

Introducción y sinopsis.

La República de Islabona es la historia de un país isleño donde a priori todo transcurre como en cualquier país civilizado del primer mundo. Sin embargo, esa realidad es sólo una farsa, pues la familia más poderosa del país en cuestión domina en la sombra todos los entresijos económicos y políticos. La extraña desaparición de una poeta y otras personas tras ser humillados por gente influyente del poder, activa las alarmas del protagonista más insigne de la obra, el detective Charly Saboz; un policía de ideas liberales y de origen muy humilde que no duda en llegar hasta lo más profundo de los entresijos de la soberanía. Decenas de personajes de lo más vario pinto animan esta novela, aderezada con una historia de ciencia ficción relacionada con la leyenda de un fabuloso tesoro oculto, que corre de boca en boca a modo de fábula de generación en generación. Todos los lugares, personajes y sus correspondientes nombres son exclusivos de la imaginación del autor. Os dejo con la novela, La República de Islabona, una forma nueva, de entender la literatura más imaginativa que a su vez, parodia de un modo fantástico y simpático, lo bueno y lo malo de la sociedad que nos rodea.

El autor. 

El autor no se hace responsable de las opiniones que pudiesen emerger de la lectura de esta obra de fantasía por erróneas malinterpretaciones derivadas de su lectura. El autor, no cree en la política en absoluto; no pudiéndosele achacar etiquetas, ni encasillar en cualquier tipo de creencia limitante que pueda relacionar esta obra literaria con alguna ideología política, persona, organización o clase social que se sienta aludida. De alguna manera aquí estamos todos; todos estamos aquí aunque de un modo metafórico. Espero y deseo que la obra sea de vuestro agrado.
Saludos cordiales, amigos y lectores.

Jorge Ofitas.

 

Capítulo. I.
Ametaira y Jositoz Prenda.

Ametaira Saboz se crió entre lo más granado de la República de Islabona o comarca de Moñohondo. Había pertenecido a la aristocracia de la isla pero en los cincuenta su familia se fue a la ruina por culpa del juego, al que era un adicto su padre, su madre de sufrimiento falleció y el patriarca decidió huir a otros lares donde nadie le pidiese cuentas de nada. O esto murmuraban. Finalmente, se instaló en las casuchas, barrio marginal por excelencia de la isla. Una anciana la recogió en la calle una fría mañana de invierno cuando las nieves adornaban los elegantes árboles del parque Wellington, posteriormente le ofrecieron un trabajo bien remunerado de meretriz bien remunerada para hombres adinerados y aceptó por supuesto, contaba la edad de diecinueve años y nunca antes había hecho el amor con hombre alguno. Tres años después su “madame” la repudió al quedarse preñada de nadie sabe quién y a partir de ahí su amor fue vender su bello cuerpo por cuenta propia en las noches, por las esquinas de la playa de Sadonay Blues; lugar por donde transitaban de noche a pie las hetairas baratas de la isla, esto, hasta que consiguió un trabajo decente en la fábrica de latas de pescado.

- Pon el fondo violeta lavanda, dame otro trago, no seas boba, me gusta que seas provocativa, es decir, enciéndeme el puro, ajusta esos carteles antes de irte, apague las luces. ¿Hay gente esperando en la calle? Dime cuanto me quieres, sóbame el trasero, enciende el pitillo por mí, manda por cambio y que se afine esa banda ¿Ha llegado el niñato? - Comentaba sin resuello el elegante dueño del local de jazz situado en la mágica playa de Sadonay Blues. –
- No, no ha llegado. – Respondió Ametaira -
- Entonces, deja pasar a la gente. Por favor acomódense, el camarero ya está esperando. ¡Qué se animen esos músicos! Vamos a que estáis esperando. Para lo apartado que está este tugurio mal sano ha venido esta noche mucha gente.
- Él no vendrá. ¿Verdad?
- Iré a buscarlo, no te aflijas Ametaira. Anda y ven, vamos junto a los músicos, tocan algo de Larry Bird, ese músico genio qué decía que llegó de por ahí.
- Me lo sé de memoria patrón y el bourbon es viejo como tú. – Tras esto Ametaira le puso una sonrisa que lo descongeló… -

Sonaba un solo de trompeta y tras dos horas se llenó el local, los caballos percherones que pastaban por los exteriores del local se metían entre los coches y asustaban a los que calientes del jazz y el bourbon se metían en los “carros” a “desempolvarse” o a esnifarse un “suspirito blanco sin ánimo de pulcro”.

Como recordaba aquellos días la Vieja Pura; cuando se ganaba la vida vendiendo kilos de café por las esquina de Menester Bulevar y le llegaba el agudo de aquel saxo tocado por Jositoz Prenda tras aquellas mágicas noches entre club y club se iban al puerto a platicar y con los primeros albores de la mañana él tocaba con su saxo algo así como piel canela “versión morada”. Tras esto el eterno Menester Bulevar y el olor a “calentitos” sevillanos con titulares periodísticos asesinos y fumadas de cigarritos blancos mezclados con marihuana, o con alguna copa de tequila o anís a media mañana. La Vieja Pura era la cotilla más laureada y además siempre fue una segunda madre para la bonita Ami.

- ¡Aquí la radio del pueblo! ¡Les habla Normando Agapimú! Hoy comenzamos la emisión con “cielito lindo” al saxo, increíble por el magnífico Jositoz Prenda, ya a la venta las entradas para verlo en el Lunaz Bourbon, situado en nuestra mágica playa de Sadonay Blues, no lo olvidéis, a las diez, si vosotros, todas las de la fábrica.
- Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones…

Y aquellos calores después de enlatar sardinas oyendo; “Te recuerdo Amanda”. Cuando Ametaira quería ver a Josi, dejaba caer una cajetilla vacía de cigarrillos al ojo patio y él ya sabía lo que había, apenas lo vio en las últimas semanas y él no la molestaba solo que estaba siempre ahí, oyendo jazz, ensayando con su saxo y bebiendo bourbon de 24, sin blanca, pero con algo de reserva.

Ami como la llamaban en las casuchas se gastó todos sus ahorros para ver aquella misma noche a Josi Prenda en el Lunaz y, se colocó un vestido color violeta púrpura algo arrugado pero a juego con la luna. ¿La recordaría de una única vez?
Cuando entró en el local sonaba “tres palabras” versión jazzística, eran los teloneros, ella se sentaría en las sombras con su eterno cigarro y sus labios jóvenes y apetecibles, brillantes como el carmín moteado de estrellas.

- Hola madame Ami. ¿Qué le apetece beber?
Preguntó uno de los camareros vestido de rojo chillón y pelo y afeitado impoluto. Qué bonito sonaba madame en francés, se decía, mejor incluso que aquellos susurros por lo “bajini” de las que conocían su pasado o creían saberlo.
- Mírala, qué se habrá creído, solo se acostó una vez con ese tal Josi, puerca, decían las envidiosas groseras o las celosas mal educadas.
Bebió dos lingotazos de bourbon y miró a una de las bombillas rojas del fondo del salón, sabía que pronto saldría, casi todos estaban excitados y bebidos. Jositoz hizo una reverencia y todos aplaudieron. Ella se quedó sentada como asqueada, desengañada de tanto mal vivir. ¿Una mujer madura allí, medio borracha, esperando a que la recordara un músico loco? Entonces el propietario del local subió al tablón:

- Tengo el honor de presentarles en solitario y en exclusiva para el Lunaz Bourbon a: ¡Jositoz Prenda y su saxo! Un aplauso por favor.

Y tras esto se hizo el silencio, tocó un solo y emocionó a todos los bebedores y mujeres perfumadas por las sombras del litigio etílico, luego la vio y no esperó a seguir tocando la pieza, la recordó de inmediato y fue hacia ella, le cogió su mano, invitándola a que le acompañara a la parte de atrás del Lunaz.

- ¿Aún conservas ese vestido, amada mía?
- Oh, Jositoz. ¿Te acuerdas de mí? – El dueño del local apareció de repente -
- Eh, tú, Josi, venga a tocar, o no te pagaré. Gritó algo exacerbado el dueño del Lunaz. .
- Toca la pieza tú con esa minucia que llevas en la entrepierna… ¿Tienes algo qué te ate a tu actual vida bella Ami? Te invito a huir de esto. Vayámonos los dos al continente. ¡Ahora mismo! Qué dices a eso, tu yo juntos para siempre y adiós todo, juntos dominaremos el mundo…

Ami echó a correr hacia los coches ebrios de amor él volvió al escenario el músico entendió a la primera lo que ocurrió a la bonita Ami para que huyera de esa manera. Josi lo dijo de verdad la dejó marchar pensando que algún otro día regresaría. En modo alguno quería presionarla. Ametaira nunca esperó un rescate ni quería ser rescatada. Quizá Jositoz no era lo que soñó solo una persona igual a otra; la trató como si no hubiese dejado de verla desde aquel día, sintió miedo y huyó a pesar de su dilatada experiencia con los hombres. Ella lo amaba más que a su propia sombra etílica y todo lo demás…

¡Café, café fresco de grano, por la avenida de Menester Bulevar! Gritaba la Vieja Pura a todos los transeúntes del centro de la capital. Había muchas tiendas de música que vendían discos de moda, por las ventanas salía el sonido entremezclado de los últimos éxitos de vinilo de sonido y calidad inconfundible.

- Buenos días. Soy la voz del pueblo Armando Agapimú, anoche éxito en el Lunaz Bourbon y a vosotras las chicas de la fábrica, ánimo. Está muy cerca la paga de Navidad y podréis venir a nuestra emisora a recoger gratis un disco single de Jositoz Prenda que interpreta, “Tres palabras”, dedicado hoy según esta nota a la bella Ami manitas de pescado. ¡Y además nuestra amiga Ami tiene una segunda melodía de Jositoz dedicada! “Sabor a mí” al saxofón puro. Pásate por la emisora querida Ametaira queremos conocerte tienes el disco de Jositoz exclusivamente firmado por nuestra estrella musical…
A Ametaira se le cayeron las sardinas de las manos y todas la miraron, algunas murmuraban:

- ¡Será, guau! Qué callado lo tenía, ya te lo dije yo. Vaya con la mosquita muerta…
Exclamó una compañera distinguida de profesión en tono chapucero.

Meses más tarde Ametaira dio a luz un hermoso varón de piel blanca que pesó casi cuatro kilos. Por aquel entonces se construía la autopista interestatal de seis carriles que atravesaría toda la península Moñohondo y parte de la preciosa playa de Sadonay Blues desaparecería, nadie protestó, pues muchos parados encontrarían trabajo y sustento.

Ami siguió en las casuchas criando a Charly, enlatando sardinas y vendiendo kilos de café con la Vieja Pura en las esquinas de Menester Bulevar, dejó de prostituir su cuerpo y un día falleció de cansancio, pena y desidia tras una larga enfermedad pulmonar producida por la intensa humedad del entorno marino o tal vez simplemente de tanto sufrir. Toda la gente de la fábrica y de las casuchas acudió a su funeral. Jositoz Prenda pagó todo de primera clase más nunca se enteró de que Ametaira hubiese dado a luz un hijo suyo, dos años más tarde falleció el saxofonista dejando literalmente huérfano a Charly; sin saber de su existencia.

Ametaira Saboz dejó solo a Charly cuando éste contaba la edad de once años. Sin duda sería un bastardo más de la Isla aunque ella lo dejara todo bien atado para que al chico no le faltase de nada. Finalmente se hizo cargo de él una congregación Jesuita que visitaba cada semana las casuchas. El chico fue entregado a una familia del mismo barrio que aceptó darle comida techo y una buena educación, era gente muy humilde pero el padre trabajaba en el puerto y ganaba lo suficiente para hacerse cargo de él. Muy pronto demostró que era buen estudiante si bien no demasiado brillante, aprobaba todas las asignaturas en el colegio de Nuestro Señor de Monte Digno; y allí comenzaron sus primeras lecciones, aunque la verdadera escuela la aprendió en su barrio con su hermanastro Ronsolitoz al que todos llamaban Ronso, éste sentía debilidad y ternura por su nuevo hermanastro. A ambos les encantaba pasar las tardes sentados en la playa de Sadonay Blues después de clases, comentando los cuentos que merodeaban por las bocas de los viejos del lugar que decían que un espléndido tesoro se hallaba oculto en el lago de los cipreses, al sur en las lindes de las tierras Moñohondo, también fumaban cigarrillos a escondidas, imaginándose que serían personas importantes si conseguían aquel tesoro, a Charly desde muy temprana edad le encantaba oír discos de jazz al saxo o boleros y se escapaba de casa no pocas noches, para poner la oreja en algún lugar donde se oyera un su música preferida…

Decían que el secreto del tesoro de Salomón, como lo llamaban, estaba en un libro muy antiguo que nadie sabía de donde procedía y que este libro andaba enterrado entre aquellos cipreses de muerte o en monte digno cerca de las ruinas milenarias, quién lo encontrase tendría el mapa del tesoro y la plena potestad para adueñarse del mismo, claro qué, esto solo eran leyendas de cuentos locales que siempre flotaban por las brisas marinas que acariciaban las playas de Sadonay Blues…

 

Capítulo. II.
El Miste.

El Miste se ganaba la vida alquilando bicicletas al sur de la isla cerca de la orilla de un lago majestuoso muy cerca del distrito de Puerto Alifa; perteneciente a la República de Islabona. El color de la tierra era negro por allí y grandes coníferas decoraban las laderas de aquellos montes ricos en naturaleza viva y gente bien situada. El entorno estaba muy cuidado y protegido, un hombre llamado Peter Vermach, ecologista en acción y que amaba la naturaleza, lo hacía posible o al menos lo intentaba que no era poco.

Miste llegaba cada año a principios de junio y se marchaba a primeros de septiembre. Contaba la edad de cuarenta años y seguía soltero, escribía poemas profundos, relatos cortos y soñaba con aprender a tocar el saxo y debutar en el legendario Lunaz Bourbon. Durante las noches estivales dormía en una habitación alquilada a una familia que regentaba el merendero de orillas del lago. Desde la mañana hasta el atardecer muchos veraneantes distinguidos bajaban alquilar bicicletas a la casetilla del Miste, bordeaban el lago maravilloso y disfrutaban de sus jardines, algunos, si tenían suerte encontraban el amor y la mayoría parecían tenerlo todo…

Cuando cerraba el kiosco de bicicletas subía la cuestecilla hasta el merendero y se duchaba en una de las habitaciones del patio, cenaba, y luego veía la tele al aire libre hasta las dos de la madrugada, mientras bebía calimocho y oía de refilón la conversación agitada por el alcohol, que tenía lugar en la mesa que el ventero abría cada día para las reuniones estivales de desahogo tras la intensa jornada de trabajo. Se contaban también chistes calenturientos entre algunos que llevaban demasiado tiempo casados, se criticaba a los ponderados, sobre todo a una tal ilustre de Moñohondo, la más rica de la República de Islabona.

Desde el montículo podía ver su casetilla de bicicletas bajo la enredadera de jazmines, en el lago se reflejaba algunas luces de las casas ricas de la lejanía. Se sentía orgulloso de haber encontrado aquel sustento, no era para menos, esta ocupación le permitía tener los nueve meses restantes del año para escribir con los ingresos mínimos asegurados. Solían llamarle también el feo de las bicicletas y no era tan feo, solo que, aquellas bellezas que transitaban por el lago le quitaban las ganas de mirarse al espejo.

-  Hola. ¿Quién es usted? ¿Puedo ayudarla?
- Tal vez no lo recuerde, bailamos una vez cuando fuimos adolescentes.
- ¿Cuánto hace de aquello?
- Unos treinta años poco más o menos.
- Ah. ¿Fue en la orilla del mar cerca del estuario en una merienda?
- Exacto. Sabía que me recordarías…
- Ahora debo irme, tengo que acostarme. Mañana he de trabajar. Fue un placer bailar con usted…
- Claro, buenas noches entonces, Miste…

La guapa y hermosa mujer de clase alta y elitista se marchó algo contrariada aunque sonriendo y Miste regresó a su habitación intentando rememorar aquel baile lejano de tintes volcánicos y música jazzísticas al beso lento, aunque en realidad no terminaba de recordar de quién podría tratarse ni si realmente existió aquel baile.

Se quitó las sandalias y no se duchó, lo haría en la mañana, pues tenía que cruzar el jardín para llegar a la ducha y era tarde, el calimocho, una mezcla de cerveza y gaseosa, le había dejado un soporífero “estropajo” en su paladar y la “olla” le daba vueltas; como la antigua y divertida atracción del “látigo” de las antiguas ferias veraniegas. Alguien golpeó a la puerta de su habitación:

- ¿Quién es?
- Soy yo, Athenea. Su antiguo amor, hablamos hace rato.
- Hola. ¿Qué ocurre?
- ¿Me dejas pasar?
- No lo sé, tal vez mañana, estoy algo bebido y cansado.
- ¿Vives aquí?
- Sí. Por favor márchese. No recuerdo ese baile ni haberla conocido, por favor señora márchese o me meterá en un lío…

Ella se acercó y le besó con pasión desaforada empujándolo hacia dentro; Fue como si realmente se reencontrasen dos antiguos amantes con pasión extravagante…

A la mañana siguiente Miste llevaba la sonrisa puesta y parecía feliz. El día era bueno y soleado, como borreguillos de oro que desperezaban entre aquellos altos alerces, el lago servía para mojar la sed, refrescar la piel y, los sueños secretos. Muchos veraneantes bajaron ese día, pronto tuvo hecha una caja muy respetable, no sin antes tomar un calmante para la resaca de calimocho; pensó que sería mejor cambiar de bebida en la próxima…

Los días iban engordando los ahorrillos pero la calidad de vida también era importante, prendió un pitillo acordándose de aquel saxo que nunca compró y que debió aprender a tocar, por un instante le pareció ver el saxo anhelado reflejado en el lago del medio día.

- Hola feo. ¿Me alquilas las dos bicis nuevas para mi hijo y para mí?
- Buenos días señor aquí las tiene.
- Quédate con el cambio feo.
- Gracias, señor.

Esa era una de las razones por las que consiguió aquel trabajo, no pocas veces cuando algún “respetable” le había insultado le habían dado ganas de contestarle; “tú fruta madre”, si lo hacía, sabía que diría adiós a sus bicicletas, sus poemas, sus escritos, su saxo y sus días sabáticos en invierno. La vio bajar por la laderilla era más bonita de lo que le pareció en la noche, venía con aire brillante y precioso en su mirar y un apuesto acompañante. Por supuesto era su esposo.

- Buenos días.
- Buenos días señora. Señor. Quería decir familia…
- Queremos alquilar dos bicicletas.
- Escojan ustedes mismos.
- Aquí tiene, quédese con el cambio. – Antes de marcharse ella se volvió y le susurró un hasta siempre adiós con la más bella de las sonrisas -
- Muchas gracias, señor Nall. Señora, a su eterna disposición…

Qué cariz tiene la vida que veces nos hace sonreír. El día había sido pródigo en alquileres y Miste portaba una sonrisa trastocada por el cansancio del amor. Esa misma noche tendría lugar el baile del lago y quería presumir un poco, ser feo, también tiene sus ventajas. Muchos bajarían de sus acomodos veraniegos y ostentosos, para beber al menos dos vasos de sangría exquisita bajo la carpa color azul marino, claro qué, la media terminaba siendo de cinco o seis vasos por persona, otros tantos más modestos para unirse a la fiesta, llegarían de puerto Alifa, situado en el extremo sur de la isla.

Se miró en el espejo, no era alto pero tan poco bajo. Se enfundó una camisa blanca de buena tela y una chaqueta azulina brillante, todos sabrían que era el feo de las bicicletas, el escritor de las sombras nocturnas, el poeta fracasado o el aspirante a saxofonista. El año anterior conoció a una mujer del pueblo, vendrá, no vendrá, se susurró antes de darse un último repaso en el aseo y apurar un sorbito de vino bueno.

Sobre las diez comenzó a llegar gente, a esa hora ya hubo tomado un par de tragos, alguien le ofreció una rayita de sucedáneo de cocaína pero la rehusó. Observaba vaso en mano el camino que bajaba del sotillo, los faros de coches y motocicletas iluminaban la vía besada de arboleda perfumada y plateresca. Podría venir en cualquiera de ellos, se decía, mientras apuraba el culillo de sangría fresquita y bien elaborada, también servían ricos mojitos de azúcar y lima.

Ella era casi de su edad y siempre vivió al otro lado del monte; “pero los años pasan como la montaña que también se irá” cantaba alguien bajo la carpa calurosa…
Convidó a sus compañeros del patio frente al televisor, los venteros estaban también, hasta la bonita jardinera le aceptó la copa. Miró el reloj. Había bebido más de cinco y eran solo las once y cuarto. Entonces la vio. Era ella. Más mujer si cabe, fue hacia él. Le dio dos besos y le dijo que se había casado, luego le preguntó cómo le iba. Bien, exclamó y casi engollipado salió de allí y fue hacia el lago donde sumergió para siempre el sueño del último año. La mujer perfecta para él. Cogió una copa y subió al montecito.

- Feo, guárdame cinco bicicletas para las nueve de mañana. Las mejores, feo.
- Claro míster Nall. Buenas noches.
- Qué educado es el feo, cariño.
- Calla mujer, ese hombre debe odiarnos…

Cuando se acostó puso una luz azul que le relajaba encendió un conito de incienso y echó un cigarrillo mientras oía algo de saxo en un programa de radio. Quedó transpuesto pero alguien intentaba abrir la puerta desde fuera, se desquitó su tristeza con la bella mujer de la noche anterior que se hacía llamar Athenea, un antiguo romance que nunca existió, según ella…

Al ser domingo los clientes harían cola, salió apresurado pues eran las nueve y cinco, míster Nall le esperaba sonriente acompañado de su esposa y tres amigos que pasaban el fin de semana con ellos. Tras despacharles bebió un café mientras terminaba de abrir el establecimiento, sintonizó su programa favorito de radio y miró su móvil por si alguien se había acordado de él, pero no hubo suerte. El chaval de los recados en el merendero le bajó otro café sobre las diez, eso, una tostada con jamón y margarina y una buena copa de coñac. Los clientes simpáticos fueron llegando y en muchas ocasiones las propinas eran más cuantiosas que el importe del alquiler. Sorbió un poco de licor pegajoso y oliente y encendió un cigarrillo mirando al lago, sin duda sería otro hermoso día, sobre las diez y media ya no quedarían bicis para alquilar por lo que decidió dar un paseo a pie por el senderillo que bordeaba el lago de Monte Digno.

Ella le dijo al amanecer que se excedió al acostarse con él, siendo una mujer casada y, se despidió sin darle ni un beso, ya le hubiese gustado, que bonita era. Pensaba esto mientras caminaba hasta la praderilla de los jacos trotones, como llamaban a los caballos naturales de la zona y encendió un cigarro de marihuana que encontró en el suelo la noche anterior, cerca de la carpa donde tuvo lugar la fiesta. ¿Debía acabar con esa tristeza o era realmente inspiradora esa nostalgia recién amorosa? ¿Formaba parte de su mundo bohemio todo aquello? Tal vez aquellas caladas del “canuto esotérico” no le sentaron bien o tal vez se había enamorado de ese amor antiguo y desleal. ¿Desleal por qué? Por unos momentos se le olvidó que era el feo del baile. Observaba a algunas parejas jóvenes cogerse de la mano y dilucidaba; como la naturaleza parecía bendecir esas cosas del amor con sus descendientes…

El tiempo pasó corriendo y algunas personas le hacían señales desde el kiosco, echó una carrerilla y atendió a todos los que le esperaban, algunas bicis habían sido devueltas y volvía a poner un poco más de dinero en aquella bolsita anual de ahorros, el síntoma de la marihuana parecía haberse volatilizado. Luego de barrer un poco, colgó la radio de una de las enredaderas de jazmines que las noches de luna parecían plateadas, bajo la sombra perfumada bebió otro poco de coñac, solía hacerlo los domingos, alguien le acercó la prensa y entre devolución y alquiler echaba un rato bajo el techo del jardín observando el ambiente, las mujeres bonitas, la animalidad, la luz del sol destellante reflejada en el espejo del hoyo acuífero.

El domingo pasó efímero con los trasluces amarillos propios de un día magnífico de verano. La chiquillada jugaba en la orilla con un joven que tenía una moto de agua, casi todo querían montarse. Para el año siguiente Miste tenía pensado comprar a medias con el posadero dos barcas para pasear a la gente pero era una inversión muy arriesgada y se lo estaban pensando. El lunes abría a las once de la mañana, la clientela bajaba de intensidad durante la semana laboral, se enroscó en su sábana celeste y se derrumbó, al cabo de un rato dormía. Esa noche no recibiría ninguna visita…

Miste cerró como cada año el 31 de agosto, día de San Ramón Nonato en el calendario cristiano, preparaba todo para marcharse, en todo el verano la volvió a ver ni siquiera encontró a alguien que la conociese, aunque la bella le dejó una sensación maravillosa, algo muy bueno, ahora ya no se sentía tan feo como antes, en resumidas cuentas, se sentía mejor consigo mismo y albergaba deseos de encontrar una pareja más estable y bonita. Ese año la recaudación fue la más cuantiosa, se reunieron todos allí, delante del televisor a beber y a reír un rato tras la exquisita cena preparada adrede para despedir la época estival.

Miró por la ventanilla del autobús, ahora venía la soledad y las ganas de fumar, ese era su tercer año y quedaban dos pues el permiso concedido por el distrito de Monte Digno era para cinco años, luego habría una subasta para alquilarlo, aunque él como era conocido tendría más facilidades. Cavilaba sobre esto.

El autobús había parado, durmió más de dos horas sin menearse, pues la película que pusieron era algo aburrida y necesitaba un café o alguna otra cosa, entonces vio aquel saxo colgado del techo, puesto a la venta. Cuando se hubo percatado que aquel modelo valía diez veces más en la calle y que sería muy difícil comprarse uno como ese, preguntó al dueño del bar de carretera de quién era el saxo. Finalmente lo compró; había pertenecido a un viejo saxofonista que tuvo que venderlo, bebió algo de café y sucumbió ante la mañana preciosa antes de volver a subir al autobús. Aquella excelsa mujer le pidió sus señas, quiso saber a qué se dedicaba y mostró un interés por su vida al que no estaba acostumbrado, debía ponerse las pilas y continuar escribiendo aquel libro de poemas para presentarlo en la ciudad y sobre todo olvidarla. Al lejos se veía la mar de Puerto Alifa con su estuario y el misterioso y mágico lago de los cipreses tan oculto para todos y tan bien conocido por Miste. Transcurrida una hora desde la última parada se bajó en su amado pueblo marinero, traía su dinero para subsistir otro año, un montón de inspiraciones y la imagen de la mujer más bonita y culta que jamás conoció. Tiró de la puerta, todo parecía en orden y conectó su ordenador para comprobar si alguien le había dejado algún correo electrónico. Antes dejó su nuevo saxo encima de la cama, también aquel envoltorio lleno de polvo y tierra que encontró en una de las noches de verano cuando hizo aquella excursión a solas en bicicleta a las entrañas de Monte Digno. Después de comprobar su correo y cenar desempolvó aquel bulto sospechoso que desenterró en las laderas de la montaña. Lo encontró causalmente, pensaba, todo fue fortuito e inesperado, fue al tomar la merienda cerca de una antiguas ruinas milenarias muy populares en Islabona y sobre las que había cientos de leyendas locales, nunca había creído esas historias que pasaron de padres a hijos, finalmente quedó perplejo, aquello encerraba un papiro muy bien conservado a pesar del paso de los años. Todo comenzó cuando vio aquel pozo al final de aquella hondonada, bajó de la bicicleta, le apetecía comer su bocadillo bajo aquella “bondadosas” flores, algo le turbó, parecía una voz que provenía del fondo de aquella poza se asomó y se le fue el cuerpo, por gracia no era muy hondo y solo se llevó un fuerte golpe. Respiró aliviado pues podría escalarlo sin problemas pero antes de iniciar la escalada descubrió unos ramajes en una de las paredes circulares, había una abertura que conducía alguna parte pues se oía un cauce y había eco. En su mente oía una voz o tal vez la voz procediese de lo más hondo de la montaña, se aventuró y bajo por un caminillo arcilloso y estrecho siguiendo el sonido del agua, de repente vio algo que le asustó, parecía un hombre muy barbudo que le invitaba a seguirle, por un momento fue a volverse pero oyó- No lo hagas, tengo algo que darte, con esto podrás encontrar el tesoro de la leyenda de Islabona. Luego de esto lo único que recordaba es que se encontraba en el exterior junto a su bicicleta, algo dolorido y con aquel mamotreto entre sus manos. Lo abrió. Era un papiro muy bien enrollado, así que tuvo sumo cuidado al desenrollarlo y comenzó a leer con un ansia algo desaforada. No pudo determinar con exactitud la antigüedad de aquel papiro pues no era especialista en esas lindes pero sí concluyó que aquel pergamino no parecía de este mundo. Leyó:

 

Capítulo. III.
El papiro.
Episodio I.
El legado de Gabriel de la Rima.

“A cualquier viajero de los tiempos infinitos que lo descubra”
Mi nombre es Gabriel de la Rima y Beso, soy poeta en esta existencia extraña y misteriosa que me ha tocado vivir. Pero quiero que seáis vosotros los que leáis los acontecimientos que tuvieron lugar en mi país, donde la mayoría de los habitantes estaban esclavizados sin saberlo. Cuando escribo esto, yo y unos pocos más intentaremos usurpar el poder a los terribles continentales, que según creemos son extraterrestres, pues no tenemos pruebas de que exista nada más que el espacio exterior, más allá de los muros que nos protegen de las aguas infernales.
Gabriel de la Rima y Beso.

La República de Islabona según crónicas futuristas de Akasha, existirá en algún lugar del universo dentro de unos cien años, según nuestra cronología o ha existido ya, según la cronología de los mundos paralelos. No tengo seguridad si la historia transcurre en el planeta Tierra o en otra esfera dimensional que bien podría ser verdadera desde un punto de vista metafísico, claro está. También es muy posible que exista ahora en nuestra misma línea de tiempo, de todas formas, tampoco importa el tiempo ni el lugar, sino la historia en sí misma que dejé plasmada en este papiro junto con el mapa de un fabuloso tesoro que robé para ponerlo a salvo del gobierno corrupto de la República.

Islabona fue, es o será un país muy rico, donde todos sus habitantes, más de cinco millones en toda la Isla, no pasaban hambre y tenían buenas viviendas y buenos ropajes. Ninguno de ellos había salido nunca de la isla y de los que marcharon pocos o ningunos volvieron. Sobre los seres que habitaban la isla, oficialmente solo existía la raza de los continentales, aunque en realidad había otra raza que el partido comercial creía extinguida, era la denominada raza de los perros o perrancanos.

La jerarquía de la República estaba formada por un presidente electo, su gobierno, formado de diez ministros y el portavoz del presidente. El supremo poder judicial residía en un solo juez superior, independiente del poder político. El Juez era elegido por los miembros de la cámara de representantes si el juez que ocupaba el cargo fallecía, pues, el mandato era vitalicio y pasaba de familia en familia y sin excepción. Estas familias estaban todas relacionadas directa o indirectamente con cargos gubernativos del aparato social continental. Nunca hubo un juez en Islabona descendiente de perrancanos y a estos les importaba un bledo esta cuestión, allá al sur en monte ciruelo preocupa más el estado del océano que rodeaba la isla. Ni tampoco descendientes de gentes de Resultonia, pues los habitantes de este distrito eran tomados por los Catatonios continentales como soñadores sin remedio y condenados al auto engaño de las hierbas dormideras de Resultonia.

No es qué todo el mundo consumiera dormideras resultónicas mientras arreglaban su jardín, pues solo estaba permitido el consumo al caer la tarde, si no qué los hábiles políticos en la sombra de Móndrigo, presidente de la República, utilizaban este argumento para desprestigiar a las gentes del sur, que no sin causa, eran motivo de preocupación política pues el partido natural no contaba con mayoría en la cámara pero poseía una fuertes raíces culturales en el pasado histórico de la isla. En una ocasión diez años atrás se le ofreció secretamente el cargo de juez supremo a Mandrágora del Karma, presidenta del partido natural, para así anular a la fuerte oposición que año tras año, ganaba terreno político al partido comercial. Ella rechazó el puesto alegando sentirse muy desesperanzada con la política impuesta por miembros de su partido a su manera de mirar la República y tras esto, Mandrágora, se retiró una temporada de la comidilla política de Islabona sin otra intención de que la olvidaran, pues en realidad aquella oferta encerraba una propuesta corrupta.

En Islabona le habían dado una “vuelta de tuerca” a la tecnología barata de consumo y descubrieron que algunos artilugios de alta tecnología generaban enfermedades mortales y degenerativas en el ser humano y afectaba sobremanera los entresijos naturales de la madre naturaleza. Las pruebas tras los últimos desastres naturales lo demostraron sobradamente y el partido comercial tuvo que aceptar las pruebas de su oponente el partido natural.

Había importantes instalaciones deportivas y un hipódromo con apuestas para carreras con caballos y galgos electrónicos digitalizados. En estas carreras dominicales se permitían las apuestas pero solo con comida, flores, ropa de colores, libros o besos. Para verlas, todos estaban obligados a colocarse unos cascos y oír música de saxo muy rítmica y armoniosa, parecida al jazz, mientras los caballos y galgos electrónicos recibían el último repaso del programador y del dueño del “paquete” como llamaban a estos aparatos los ciudadanos de Islabona.

Una Ley promulgada en su día en la Isla por Mandrágora del Karma prohibió el uso de animales o seres vivos para divertimentos humanos. Como la mayoría de Islabonenses aprobó por votación popular la ley en cuestión, los continentales de Móndrigo el Rancio sonrieron, felicitaron a Mandrágora y siguieron con “almacenamiento de riquezas” ocultamente o al menos se suponía, como todo. Se lo debían. Con esta ley calmaba las ansias de poder del partido natural tras la reestructuración que sufrió éste tras la vuelta a la vida política de Mandrágora. Mandrágora volvió al sur y todo siguió igual que antes, solo hubo qué indemnizar a algunas personas y expulsar de la isla a otras, pero nunca más se utilizaría en la Isla un animal para divertimento. Mandrágora lo consiguió.

El gobierno actual de la República intentaba fomentar el cariño fraternal que debido al exceso de pragmatismo de los licenciados en leyes (que exclusivamente solo podían ejercer sus titulaciones en el foro político) habían convertido a la mayoría obrera en los más parecido a un ejército de buenos y obedientes androides de diseño. No existía nada más que el derecho de existencia a respirar en todas sus formas y fueron quemados todos los derechos del pasado cincuenta años antes. Ni el derecho civil, ni el penal, ni el mercantil, etcétera existían. Claro qué, en caso de tener que salvar el prestigio de algún político comercial, los consejeros de su excelsa señoría solían desempolvar viejas leyes, cuando ocurría esto, solía haber altercados, pero no solía pasar con frecuencia porque lo llevaban a cabo en el más absoluto secretismo. Como su señoría no tenía que rendir cuentas a nadie ni nadie en la República había presentado una denuncia, ni se sabía que era denunciar, el tiempo fue corriendo y las injusticias del poder totalitario de Móndrigo, eran gotas que colmaban un vaso rebosado de “amalgamas” sospechosas. Hasta el mismísimo juez supremo ignoraba ciertos asuntos. O simulaba ignorarlos, pues era un secreto a voces que su señoría era un oculto aficionado a los combates de verano en las calas lujuriosas de Lascivia la Grande y sus acólitos continentales.

En aquellas fiestas de verano todos y todas consumían comprimidos de la felicidad traídos por los continentales de nadie sabía dónde. Orgías, tráfico de joyas, drogas de diseño incluidas y “peloteros” bicolores que traían consigo “golosinas” carnales para los apetitos variados de algunos de los consejeros judiciales.

No había motivo para la crítica pues no existían las cárceles ni la delincuencia, ni armas ni quién las fabricara, la química y los códigos genéticos lo controlaban todo sin necesidad de ejército ni policía represora con violencia. Todo era muy sutil e inteligente. Las mentes estaban manipuladas y si alguno era sobresaliente inesperado, en la mayoría de los casos era aniquilado por la misma sociedad, apartando al individuo y dejándolo morir de tristeza, culpándole a él de haberse salido del programa natal, diseñado para la clase obrera en los laboratorios secretos de la república totalitaria de Móndrigo el Rancio.

Los cerrojos no existían en las puertas obreras. El comercio o intercambio obrero para “ciertas ganancias” estaba castigado con el destierro en una balsa de maderos que se perdía o hundía en los fondos marinos. Si invadías la casa de alguien para gastar una broma o por atracción sexual te inyectaban una sustancia y quedabas en coma durante tres meses, si reincidías desaparecías para siempre.

Casi todas las mentes estaban controladas en Islabona por los “licenciados viciosos”, como llamaban a los juristas del partido comercial los cabezas de lista del partido natural, que prometían a su electorado sustituir la abogacía y el derecho en la república por la filosofía, ésta, prohibida por Móndrigo el Rancio en las escuelas y en las estanterías de bibliotecas públicas y casas particulares.

Como el Partido Natural nunca había salido elegido en cien años, los entresijos del poder gubernamental estaban oxidados y los beneficios siempre iban en pro de las mismas familias, algunas de ellas corrompidas por el poder y el ensueño adulterado por sincronías falsas y modelos anticuados que estaban llevando al pueblo a la desintegración. Los que vivían fuera del muro administrativo tampoco utilizaban moneda en las lindes de Islabona pues la república era la única que podía manejar el oro y distribuirlo siempre en materiales, comidas, educación, etcétera, pero nunca le darían moneda al pueblo.

Los vicios nocivos para el cuerpo físico o el mental también fueron suprimidos por la ley en la zona obrera hacía décadas y, solo las dos semanas que duraban los vicios y festejos, promovidos por Lascivia, Islabona se convertía en zona libre en toda la extensión de la palabra. Los Dirigentes sabían que El Club de los Obreros Afinados no asistía ningún año a los fastos anuales, pues los obreros ya estaban programados con la inyección que cada año se ponían en la casa de curas, si bien es cierto que los afiliados a los dos partidos mayoritarios y únicos evitaban estas inyecciones...

Junio y Julio era el único mes del año que hacía buen tiempo en la Isla y por esto las fiestas anuales de la República se celebraban estos meses, que en el año presente coincidían con las elecciones de la década. Sería la primera vez en la historia de Islabona desde que los continentales ocuparon la isla, que un miembro del partido natural tenía serias opciones de salir elegido presidente y Mandrágora lo sabía, pero también intuía que podría haber manipulaciones electorales y por esto no albergaba demasiadas ilusiones de cambio en el gobierno central.

Islabona tenía un clima frío y húmedo sin nieve, muy acuoso y gris casi todo el año, excepto desde junio a agosto donde las temperaturas oscilaban entre los diez y los veinte grados, si bien es cierto que la comunidad científica contaba con aparatos sofisticados que subían en diez grados la temperatura en la época estival, esto era ignorado por los obreros afinados y por la mayoría de la población humilde. El resto del año la temperatura podía bajar hasta los cero grados centígrados aunque de ahí no descendía. El sol brillaba por su ausencia pues el cielo de Islabona casi siempre estaba encapotado, con excepción de Monte Ciruelo, que con sus tres mil metros de altura sacaba su cabeza por encima de las nubes adornando el cielo con su “chorlo” de nieve.

La buena lana abundaba, así como el pastoreo antiguo que fue promovido por las últimas legislaturas. También la pesca y las frutas tropicales de invernaderos. En el monte abundaba el castaño, las cerezas, moras, frambuesas y otras variedades de frutos silvestres, como otros jardines que más adelante expondré. La apreciada carne de jabalí o ciervo de monte ciruelo eran muy apreciadas en el norte de la isla por la aristocracia política y normalmente escaseaba por la gran demanda existente. A los pocos cazadores autóctonos, los ricos comerciantes de Catatonia todas las temporadas les pagaban la cacería por adelantado para llevar las carnes monteras a los lujosos restaurantes del recinto de gobierno.

Catatonia City tenía casi la mitad de la población del país y el puerto más importante de la Isla. Todo confluía allí y desde allí al gran continente, donde los aventureros y jóvenes enamorados, siempre soñaban llegar y alcanzar una elevada posición en la jerarquía social del buen ver y “si te vi no me acuerdo”. Pero el continente soñado quedaba a más de diez mil millas marinas de distancia y para pagarse solo el viaje no bastaba una vida de ahorros en Islabona.

Los obreros afinados no contaban ni con la oportunidad de la lotería que prohibió Móndrigo, por considerar estos sorteos pródigos para crearle falsas esperanzas a la gente, pues casi siempre los sorteos eran amañados. Esta fue una de las frases que utilizaba en su discurso político sobre el tema de las loterías en un intento de demostrar a los Islabonenses su honestidad.

El gobierno del país estaba regido por una República adjunta y dominada secretamente por el poder del gran continente. Era un gobierno autónomo en la medida que le dejaban serlo y lo de República solo era un velo para tapar la ocupación de los continentales que duraba casi un siglo.

Los edificios de Catatonia City eran todos iguales y no se podían utilizar ningún tipo de símbolo del tipo que fuese. Para colocar una estatua, incluso para crearla hacía falta un permiso especial. Había otra ley que prohibía exteriorizar los sentimientos religiosos en público, si es que alguien los tenía o recordaba. Por esto, el gobierno construyó un templo al Dios antiguo de los Islabonenses en la zona obrera, pero era poco visitado y fue demolido para construir un almacén de suministros navales, dispensa de materiales y comida para el pueblo; que parecía haber olvidado los cultos y las simbologías tras varias décadas de represión para dominar las mentes y así también los votos. También se hizo en el lugar un parque con todo tipo de árboles y floristerías, donde en el centro había la escultura de un perro lebrero; esta idea también la promovió el partido natural y fue bien acogida, pues Mandrágora tenía un buen “nido” de votos en el barrio obrero, hubo discrepancias pues un sector del partido natural preferían los felinos a los perros.

La República sabía que no debía dejar tiempo a los obreros afinados para pensar, pues alguien tenía que hacer los trabajos en las fábricas y Móndrigo no daría nunca su brazo a torcer ni un ápice a las demandas del partido natural, de abandonar la fabricación de objetos extraños y contaminantes encargados por el gran continente. Móndrigo reía ante las insinuaciones de la oposición de investigar a fondo las fábricas, pero este era el gran secreto que ni Mandrágora podía denunciar y por esto las fábricas y lo que ocurría dentro, permanecía oculto para todos. Los obreros eran introducidos con capuchas cada mañana a las instalaciones portuarias donde se concentraba todo el parque industrial altamente tóxico.

En el barrio administrativo los asuntos se bañaban en champaña en las calas particulares de los jefes continentales a los que nadie conocía. Móndrigo y Lascivia la grande, nunca hacían ascos a los hermosos y caros presentes que los continentales “endosaban bajo cuerda” a sus políticos para que estos siguieran haciendo “la vista gorda”. Había un acentuado interés de ocultación de los poderes fálicos y una mala manifestación de estos, mal interpretados y aún peor, mal proyectados hacia las mentes del pueblo que empezaba flojear de las “vigas maestras” debido a la inoperancia de sus gobernantes (enfermos de avaricia) para conducir los destinos de Islabona.

El barrio de gobierno estaba protegido del resto de la isla, por un muro virtual “repelente” de cien metros de alto y custodiado por agentes infiltrados del gran continente que se hacían pasar por ciudadanos de Catatonia cuando en realidad formaban parte de la escuadrilla de la muerte adjunta a “Joe el aniquilante” y sus asesinos en la sombra. Estos guardias políticos en la sombra también eran llamados en los corros infantiles como “Los payasos de la muerte de risa” o el PMR. Aunque es cierto que nadie los había visto, algunos que cruzaron el muro trajeron esos cotilleos a la catatonia obrera. Mandrágora lo sabía, aunque no utilizó esta información pues su vida misma corría peligro si lo desvelaba. Según contaban, estos payasos aparecían en la vida de algún muerto civil que estorbaba al poder y lo hacían morir de risa. Cuando decidían “un asesinato a la risa”, estudiaban el perfil mental programado del “apuntado” y le atacaban con chistes y pantomimas relacionadas con su más íntima psiquis. Nadie había visto nunca una de estas sesiones, aunque los niños hablaban de estos payasos en las escuelas y algunos chiquillos tuvieron que ser tratados de psicosis. La República no tuvo otro remedio que volver a “desenterrar” algunos tratados de psiquiatría del pasado que escondían en sus archivos secretos.

El asunto más grave y único motivo del ministerio de salud y ahorro para la intensa preocupación antes de las elecciones, fue una extraña muerte que había acontecido a alguno de los obreros de la fábrica que de repente quedaban parados y comenzaban a reír hasta que desfallecidos, morían allí junto a sus compañeros, atónitos e impasibles mientras su colega se “destornillaba de risa en el suelo hasta morir”. El asunto estaba censurado y a las familias de los tres muertos de esta manera, se las trasladó al sur de la isla para tapar el asunto. Hacía más de un año que no fallecía nadie de estos extraños ataques de risa por lo que Móndrigo olvidó el espinoso asunto y ante la proximidad de las elecciones de la década, a nadie en el partido comercial le interesaba hablar de estos extraños fallecimientos ni de la causa. Lascivia, qué no era “aficionada” a sentir miedo, estaba como horrorizada y ansiaba sobremanera que pasasen las elecciones y las fiestas anuales.

Todos en Islabona, hasta los licenciados, sabían que de una forma u otra habían sido programados genéticamente antes de nacer, así que cuando la República quería destruir a un miembro de la comunidad solo tenía que mandar a estos payasos, que a su vez, habían sido adiestrados por cómicos filósofos superdotados, todos formados en la escuela de mimos “trágicos” de una de las amantes de Lascivia, ésta mano derecha y amante de Móndrigo el Rancio.

La preocupación de Lasci, (como la llamaban sus amigos más allegados) venía de un miembro del aparato político del partido que le comentó, que esperaba que las muertes obreras no estuviesen relacionada con los payasos de la muerte de risa a los que en tono jocoso y distendido llamaban en el partido comercial; “Los Sanadores” Lascivia cerró la escuela de mimos y mandó a su amante al continente hasta que pasasen las elecciones. Dentro de aquellos muros no solo se regía los destinos de Islabona sino también otros asuntos de pertenecientes a ciertos departamentos algo turbios del gran continente, que enviaba a los casos allí para que su opinión pública no se “coscase”.

En el sur de la isla existía una reserva de gente pobre y humilde que poseían grandes mentes y que fueron apartados del organigrama social hacia siglos. Eran aquellos hombres y mujeres de cráneos algo más pequeños que la del resto de los habitantes del norte y, orejas picudas, cejas pobladas y labios carnosos. Una raza diferente a los que dominaban. Tenían el pelo muy largo y barbas espesas color castaño y las noches de luna llena salían por las calles y campos portando antorchas y gritando unos extraños cantos a la luz de la luna, mientras se hacían heridas para entremezclar sus sangres y hacer pactos hechiceros para echar a los continentales de Islabona. Esto relataban algunos viejos del lugar, si bien es cierto que todos consideraban estos hechos leyendas difamatorias sin causa. No muy eran altos pero si bellos de corazón y fieras ante las injusticias, aunque defenderlas les costase la vida. Como ya se había dado el caso.

Aquella comunidad fue en otros tiempos el “grano en el culo” del gran continente, pues los cargos importantes de Islabona solo eran para ciudadanos residentes no nacidos en la isla y con partida de nacimiento continental y estos sentían miedo de las historias que contaba de los perrancanos, incluso detrás de aquellos altos muros. Los continentales llamaban a esta tribu los hombres perros de piedra, porqué se ocultaban en las faldas pedregosas y yermas de las laderas angostas del macizo de Islabona, con más de tres mil metros de altitud. Aunque de estos hechos no había pruebas, sí que hubo visitantes que los habían visto merodear por las laderas boscosas. Se vestían con pieles de ovejas y se alimentaban de frutos de la montaña y leche y queso del pastoreo. En la ladera oeste había una aldea de unos quinientos habitantes, que servía de cobijo a los viajeros cuando alguna tormenta les sorprendía. Se comentaba que allí había una entrada para acceder a las cavernas secretas de los perrancanos, como llamaban en la aldea a los rebeldes algo trogloditas y acobardados por los poderes fácticos del gran continente, que en ocasiones habían capturado a alguno de ellos y los habían destripado dejando los trozos de los cuerpos desparramado por las calles de la catatonia obrera. Pero de estos actos hacía casi veinte años y los perrancanos estaban venidos a menos e incluso se rumoreaba extramuros que esa comunidad ya no existía.

En la isla había dos ciudades (aparte de la aldea del macizo) su capital Catatonia al norte y, Resultonia al sur, con más de un millón y medio de habitantes. El otro millón eran gentes del gran continente y vivían todos al otro lado del muro virtual, junto con los catatonios ricos, en suntuosos palacios dignos de la antigua Babilonia, Roma o Egipto, por utilizar algún punto de comparación.

Las rebeliones estaban apagadas en Islabona hacia años. Incluso en el apogeo de los perrancanos, estos nunca lograron ni una de sus reivindicaciones. Estas pasaban por tirar el gran muro y diversificar las riquezas de las minas de Monte Ciruelo, a tres mil metros de altitud y qué gestionaba los continentales dejando a Islabona el papel de tráfico de influencias y ese poder en manos del Catatonio Móndrigo el Rancio.

El Rancio, de madre Islabonense y padre Perrancano. Pasado que su madre le ocultó cuando se entregó por entera a los vicios fluctuosos y desordenados de una lesbiana que le dio a elegir entre ella o la muerte de risa en los bosques.

Móndrigo fue educado por Lascivia la Grande, vicepresidenta del consejo administrativo, alcaldesa de Catatonia y organizadora de vicios y festejos, pues las orgías se practicaban tras los muros a modo de Sodoma y Gomorra y la Islabona obrera ignoraba todo lo que ocurría tras aquellas paredes; drogas de todo tipo, orgías que duraban semanas, derroche de regalos con precios exorbitantes y un largo etcétera de desaconsejables costumbres para el hombre que pretendiese llevar una vida sana y larga. Corría el año 2110 en esa dimensión.

Así que Móndrigo el Rancio ahora era el presidente de la República de Islabona y la alcaldesa de Catatonia, Lascivia la Grande, según le dijeron, hermana política de su madre, exiliada en el gran continente por su hijo para que llevase una vida más holgada y suntuosa aunque si bien es cierto se rumoreaba entre los aficionados ocultos al whiskey de alambique que todos los que salían al continente eran disecados y embalsamados sin pruebas por supuesto.

En Resultonia distrito natural, las cosas eran bien diferentes. Allí en cierta manera el sentimiento de la raza de los Perrancanos había calado en nietos y descendientes de asesinados por los continentales y gobernaba Mandrágora del Karma. Una mujer muy magnética qué consiguió para Resultonia avances portuarios que Catatonia gozaba desde hacía décadas. Aquello fue la “locura” para Resultonia que veía sus reivindicaciones cumplidas de no tener que viajar hasta Catatonia para coger un transporte. Las obras que ya estaban concluidas cuando se aprobó la ley, dieron paso a la inauguración del puerto marítimo por la presidenta de Resultonia; Mandrágora del Karma y su equipo naturista de gobierno.

Los barcos no eran lo que pudiéramos pensar. Desde Catatonia lo que había era un aéreo bus similar al del interior de la Isla que conectaba con una estación orbital a mitad del camino entre el continente e Islabona. La diferencia entre estos aéreos transportes y los aviones y naves aéreas tradicionales de la actualidad es qué aquellos no salían de la atmósfera debido a que quedó prohibido hacía más de cuarenta años debido a motivos que no puedo exponer. Una vez qué el aéreo transporte enlazaba con la señal orbital, esta enviaba una señal a otra nave que aparecía por encima del océano negro y engullía al autobús aéreo por popa, llevando a este hasta su destino en la capital del continente. Durante esta parte del trayecto se servían comprimidos de Resultonia y frutos de Monte Ciruelo a los pasajeros, que quedaban aislados de la vista oceánica casi diez horas. Ahora los ciudadanos de Resultonia podrían enlazar con la estación orbital sin tener que coger el aéreo bus del interior.

Mandrágora había nacido en la pequeña aldea de Monte Ciruelo hija de Perrancanos confesos que fueron asesinados hacia tres décadas, aunque ella siempre creyó que sus progenitores habían muerto entre los laberintos de las cavernas interiores del monte. Gracias a una importante beca viajó a estudiar al gran continente y se licenció en derecho penal obteniendo también una diplomatura en jardinería especializada, pues las plantas y la naturaleza eran su gran pasión y como amaba el entorno en el que nació, aquellos conocimientos sobre jardinería y monte le ayudarían en labor en la alcaldía.

Sin duda era una privilegiada de Islabona. Lo de ser jurista era por causas de su pueblo que estaban sin resolver y como en Islabona estaba implantada la censura “disimulada” por los continentales, la mayoría del país isleño vivía en la más absoluta ignorancia en lo que asuntos internos de Islabona se refería.

Por vía terrestre la distancia entre ambas ciudades era de unos trescientos kilómetros y no había carreteras solo caminos polvorientos y angostos que estaban acondicionados para que las bicis terrestres pudiesen circular. Por vía marítima el trayecto podía durar hasta cuatro y cinco días, según el estado del océano que rodeaba la isla.

Resultonia vivía básicamente del cultivo de flores silvestres y de plantas no nocivas, dormideras para uso curativo y de disfrute del pueblo cuando Lascivia y su corte de políticos enamorados lo permitían. Comían de lo que daba la huerta pues no se alimentaban ni de peces ni de carne y cada casa tenía su propio huerto y pequeñas parcelas con frutales y bellas jardineras. También en algunas pirámides había panales, principalmente en casa de gente mayor o jubilada que podía dedicar más tiempo al cuido de su jardín y de los panales de abejas. En Resultonia no había casas de dos pisos, cada familia poseía su jardín con baños termales y huertos frutales. Todas las viviendas tenían forma de pirámide y orientadas hacia el este. Se demostró científicamente que los residentes de este tipo de casas vivían más tiempo y más armoniosamente.

Claro qué, aunque Móndrigo lo sabía, afirmaba que esas construcciones piramidales estaban inspiradas en las melancolías históricas que provocaban las dormideras de Resultonia y acusaba a Mandrágora de ocupar terrenos para construir estas pirámides. Sin embargo, aunque Monte Ciruelo estaba dentro de la jurisdicción de Resultonia, los habitantes de esta ciudad no veían ni un penique de plata de lo que salía de las minas. El estado de cosas en Islabona era más o menos así.

Las votaciones eran cada diez años, porqué se demostró que así el ansia de poder disminuía en los políticos y los proyectos se consolidaban mejor, claro qué, las votaciones estaban manipuladas. Solo los hombres ricos, podían mantenerse en la “picota” para salir reelegidos. Los políticos extranjeros de Islabona, pagaban sus campañas y sus lujurias viciosas y trascendentales con la mina del pueblo, que, sin embargo, parecía feliz. No había motivo de queja entre los obreros de Islabona, solo el no poder contar con un poder adquisitivo importante para salir de la isla alguna vez, les hacía murmurar entre ellos. No existían las enfermedades y la esperanza de vida estaba fijada en los 120 años. Tampoco accidentes, pues grandes máquinas obreras hacían los trabajos de riesgos y no había coches ni vehículos terrestres. En Islabona se transitaba solamente el trayecto Catatonia- Resultonia. Algunos fines de semanas el aerobús de lujo se ponía en marcha y gentes de ambas ciudades se cruzaban en el camino. El aéreo bus hacía el recorrido en treinta minutos a una velocidad de 600 kilómetros la hora y cogía hasta los 2000. Elevado del suelo ingrávidamente por unas corrientes magnéticas controladas desde el control de vuelos ubicado en el departamento administrativo Catatonio.

Las gentes humildes de la república vestían bien, tenían casa y la comida abundaba, en resumidas cuentas podían criar a sus hijos y educarlos sin violencia de ningún tipo, pero sobradamente recortados de conocimientos. Ellos lo ignoraban, pero su futuro ya estaba programado en cada caso, antes de nacer. También se hacían manipulaciones genéticas para evitar que naciera un posible “Liberador”. Las riendas de Islabona no estaban mal dirigidas, a pesar de que los perrancanos lucharon en el pasado, sabedores, que los asuntos podrían ir cien veces mejor. Los perrancanos, originarios de los vastos montes y vegas de Monte Ciruelo, sabían que las riquezas se iban fuera de la isla.

Monte Ciruelo lindaba con el sur de la isla. Justamente a unos cincuenta kilómetros de Resultonia y dentro de las lindes del distrito natural. Era la joya de la República, pues de él, salía gran parte de la riqueza que mantenía los estómagos de casi cuatro millones de habitantes. El otro millón tras los muros administrativos, vivían como excelsos multimillonarios que derrochaban las riquezas que bien podrían haber servido para mejorar el modus vivendi de la mayoría. Pero el deseo es imparable y su saciedad no conoce el fin, una vez se entra en esta espiral, ningún ser está exento de caer preso de los hechizos atrayentes de la lujuria y otros condimentos, aromas, ropajes y caros carruajes y las mujeres más bellas, en apariencia claro. El paraíso deleitoso siempre fue así…

Con todo nadie se quejaba pues todos eran alimentados y no existía el desempleo ni el exceso ni el descenso de natalidad pues estaba controlada por el gobierno de la República. Tampoco el alcohol, ni drogas, ni deporte, (solo el canódromo electrónico) y los partidos de fútbol Catatonia- Resultonia, con jugadores todos abogados, que podían permitirse estas lindes. La diferencia con el fútbol que conocemos estribaba en que los campos de juego eran redondos y la pelota cuadrada con un chip incorporado por si había que amañar el resultado.

Nadie tenía apetencia excesiva de sexo y los alimentos estaban racionados para que nadie tomara más calorías de lo prescrito por el consejo médico. Claro que a los jóvenes en las escuelas no se les reprimía el sexo cuando la apetencia aparecía por natura y esto influía positivamente en las edades maduras. En ningún caso se podía practicar sexo antes de los dieciocho años y siempre pidiendo un permiso a la ciudad sanitaria dentro del complejo administrativo de poder supervisado por los progenitores. El aborto no existía pues la natalidad estaba controlada.

El sábado no se podía salir de la casa y quién lo hiciese era abandonado a su suerte en el Océano encima de una balsa construida de maderos. Si lograba volver se le honraba a vivir dentro de los muros de poder de Catatonia, pero nadie transgredió nunca esa norma. Los domingos todos iban a los parques a comer al aire libre y leer historias en grupos familiares y de amigos. Los aparatos virtuales estaban prohibidos para fomentar la unión entre los hombres. También porque hacía décadas que se demostró que las ondas de estos aparatos destruían el cerebro de muchos niños y desasociaba el de los mayores con dicotomías extrañas. La psiquiatría y la psicología no existían en la República, pues no existían personas locas. Esto tenía su lado malo; tampoco existían los payasos y la risa estaba muy mal vista. Si te cogía un guardián de los muros riendo a horcajadas por haber fumado una dormidera de Resultonia, quedabas afinado en tu casa esposado a la cama con un pequeño emisor de calambres insertado en el cerebro que solo se activaba si intentabas salir del hogar. Las ganas de reír se le quitaron a más de uno. La televisión no existía ni tampoco la radio. Había muchos ancianos que añoraban la radio, sobre todo los viejos de Monte Ciruelo, qué aún conservaban receptores, pero al no haber emisoras no servían de nada; el rumor de que en el departamento administrativo existía una emisora musical para los adinerados no hizo sino incrementar el interés de estos ancianos por la radio aunque sólo eran rumores…

Los cuentos y libros que leían los obreros a sus hijos eran controlados por la República. Había un problema cultural muy grave en Islabona, debido a la rigidez de las leyes y la automatización de los seres que vivían bien pero empezaban a olvidarse del amor y la sensibilidad, esclavos de la no-poesía y adiestrados sutil e inteligentemente para ser herramientas de la República sin la menor queja. Ahí radicaba parte del problema: Hacia más de cincuenta años que la palabra poesía o amor, entrañable, o expresiones como para siempre o siempre te amaré había sido borradas del lenguaje Islabonense y la mayor gloria, era conseguir lo suficiente para llegar al gran continente sin importar como conseguirlo aunque fuese socavadamente.

En las carreras dominicales estaba muy bien visto besarse en las mejillas o abrazar a alguien, pero todo, era pantomima o imitaciones de lo que se suponía fue amor. En cierta forma algunas personas sentían atisbos de este “antiguo sentimiento”, que en el pasado solo trajo problemas a los hombres, como afirmó Móndrigo en una de sus (alineadas y programadas) conferencias políticas. No todos eran así. En Catatonia obrera vivían más dos millones de personas afinadas en bloques de hormigón de cien pisos amueblados todos iguales por la República para que (según ellos) no surgiera la envidia ni los celos. El uso de los colores estaba totalmente prohibido y solamente se podían utilizar tres colores el blanco, el gris y el negro. El color blanco se utilizaba para el trabajo, el gris para días festivos de la República y el negro cuando se estaba en familia. Toda la ropa era suministrada por la República y los zapatos llevaban un transmisor incorporado para controlar cualquier miembro que se descarriara de las normas, algunos lo sabían y los desconectaban. La mayoría leía en su tiempo libre los libros de la República o se preparaban para el próximo día de trabajo sin sospechar que simplemente eran, eso; obreros manipulados de una forma u otra.

Las factorías industriales estaban todas agrupadas al este de la isla y fuera de Catatonia, junto al gran puerto Catatónico. Las fábricas del desamparo, (como las denominó un día un ilustre perrancano) estaban rodeadas al igual que el complejo administrativo de un muro de fuerza invisible que era proyectado desde la central de control. Si mirabas solo veías un bosque, pero era la ilusión de la virtualidad pues en realidad allí había más de mil factorías donde trabajaban casi dos millones de personas. Un correo diplomático que entró en el complejo y vio a los obreros en las fábricas y la forma como eran alineados y tras esto inyectados, cada día al amanecer, apareció muerto cerca de un bosque que lindaba con las playas privadas de Catatonia, con un gesto de risa contrita dibujada en su cara. Sin duda había sido víctima de los PMR o payasos de la muerte de risa.

Algo muy grave se estaba ocultando y Móndrigo no era culpable de los hechos pues tras tantos años de mandato indiscutible ciertos compañeros políticos ya habían realizados tráficos ilícitos a sus espaldas y utilizado las influencias de Móndrigo para su propio beneficio...

 

De la Rima. Poeta de Monte Ciruelo.
Episodio II

La isla estaba situada a cincuenta metros bajo el nivel del mar. Por esta razón la República gastaba gran cantidad de presupuesto en levantar espigones y muros, para rebajar la fuerza del océano que los días de “temporales negros” (como llamaban en Islabona) llegaba a inundar zonas boscosas y arrasar cosechas con olas de más de veinte metros. Según esas crónicas hay datos que podrían confirmar que en aquella existencia hubo desastres naturales de gran envergadura ya qué la mar no podía transitarse en barco tal como hoy. Monte ciruelo era el sitio más seguro de la isla contra los avatares de los mares.

La Perrera, aldea separada del trasiego de Catatonia y de Resultonia por su difícil acceso, poseía un hábitat natural tan bello y frondoso como misterioso. La aldea tenía una taberna escondida entre las malezas de una colina que visitaban los viejos del lugar una vez al mes cuando el vigilante virtual de gobierno, no podía proyectarles con sus espías tecnológicos invisibles, que sobrevolaban toda la isla sin poder ser detectados por el ojo humano.

No tenía la Perrera una sincronía arquitectónica porqué su angosto paisaje impedía construcciones alineadas y el gobierno de la República tampoco estaba interesado que la zona próxima a la mina fuese acotada por viajeros, merodeadores o curiosos. Los pocos residentes de la zona residían en cuevas aisladas y ocultas por el follaje, las unas de las otras y, el punto de reunión de casi los cien vecinos de la aldea era la taberna secreta del bosque la primera noche de luna nueva. Los casi cuatrocientos censados restantes no vivían en la zona y eran todos empleados de la mina. En realidad todo eran conjeturas o rumores sin fundamento pues no había registros ni visualizaciones de ningún grupo humano por la zona de la perrera en la actualidad en los archivos secretos de la República.

A la Perrera se llegaba vía aérea o en bicicleta, vehículo más utilizado en Islabona, aunque los ricos utilizaban un modelo sin pedales y con sistema ingrávido. Para obtener un modelo de estos había que ser miembro del gobierno central y haber sido elegido por el pueblo para algún cargo gubernamental. El coste de los “vehículos ingrávidos” era muy elevado y su adquisición solamente estaba al alcance de los altos cargos o ricos comerciantes Islabonenses, que sin embargo sabían, aunque no lo veían, que en el continente todos los obreros poseían una “bicicleta ingrávida” según promulgó secretamente Mandrágora.

Otras personas recorrían la isla a pie por las zonas permitidas, pescaban con cañas desde altos riscos o leían cuentos de la República a sus hijos mientras otros leían sentados bajo un chozo virtual. La escritura fue prohibida por ley, aunque la República sabía que muchos escribían memorias o crónicas, estos ya fueron advertidos sutilmente sobre el peligro que corría en Islabona un escritor de libros nuevos.
La policía política de Móndrigo era dirigida por Joe Aniquilante y sus “Payasos de la Muerte de Risa”. Joe a su vez tenía a su servicio a caza recompensas y husmeadores por si entre la población surgía un nuevo poeta o escribiente, localizarlo y eliminarlo a él y posible acólitos. Era de las cosas más peligrosas en aquella República, escribir, dibujar, interpretar, cantar o cualquier tipo de arte. La música estaba permitida pero sin voz y como los libros, seleccionada y repartida por la policía política de Móndrigo el Rancio.

El gobierno de Móndrigo ofrecía una paga vitalicia de alimentación, educación, libros y una casa a quién diera su voto vitalicio al partido comercial. Así muchos simpatizantes de Mandrágora se cambiaron de bando para así pasar su tiempo viajando por la Isla a pie, pues a estos beneficiados no se les dejaba circular en bicicleta ni pescar. Esta ley beneficiaba a los mayores de setenta años: Algunos se acogieron a ella, pero los más avezados afirmaban que la ley en cuestión solamente beneficiaba a ciertos políticos o sus afines para no tener que trabajar y era cierto, pues ninguna de esas asignaciones fue concedida a ningún miembro del partido natural ni a ningún residente en el distrito de Resultonia. Mandrágora no presentó alegaciones ni impugnaciones al respecto y como era la única oposición en amplia minoría en el gobierno central, no quedaba institución o ciudadano para denunciar este hecho sin importancia comparado con los excesos que se cometían tras las puertas gubernamentales. A los vecinos de la aldea se les concedió la manutención vitalicia por los errores que los continentales cometieron en el pasado por la zona, asesinando y expoliando, por lo que Móndrigo y Lascivia creían tener de su lado a los aldeanos de la Perrera, principalmente pastores y cazadores viejos a los que casi nadie había visto. Claro qué Mandrágora poseía una “cuevita” en un risco de la perrera que había pertenecido a sus antepasados.

Mandrágora solía pasar los meses de buen tiempo allí; corriendo desnuda entre bosques empinados con aromas a encinas, alcornoques, pinos, abetos y saboreando frutos silvestres mientras leía tumbada en algún lecho de hojas, libros prohibidos que mediante valija diplomática o intelectuales ocultos, le llegaban vía marítima...

Siempre la acompañaba su perro compañero, un san Bernardo color blanco muy bien educado y al que Mandrágora quería y llamaba “Almohadón”.

No tenía pareja y no era por falta de apuestos hombres y mujeres que pujaban con traiciones, celos y engaños por mezclarse con ella, sino por el amor a Islabona, qué le robaba todo su tiempo y Mandrágora no engañaría ni haría perder el tiempo a nadie. No era muy alta, sino baja pues medía solamente 1,55. Casi siempre lucía un hermoso pelamen color “azúcar quemado”, que en vacaciones se teñía de variados colores con tintes naturales, pues estas cosas estaban prohibidas por Móndrigo y allí en su ínfimo retiro del bosque y ocupando el principal cargo de la oposición nadie diría nada. Sus otros rasgos eran sencillos y en un momento dado la belleza física de Mandrágora podía y debía pasar desapercibida, pero si te miraba y encandilaba podías desear quedarte a su lado para siempre. En su magnetismo y alta espiritualidad para con la totalidad radicaba su gran poder. Su apacible sonrisa se adueñaba hasta del canto de los pájaros, comentaban a hurtadillas y como si fuese pecado, algunos de sus más devotos enamorados. Pero sus únicos amores eran Islabona y Almohadón, que siempre la acompañaba en sus traslados y desplazamientos. Mientras ella asistía a reuniones una de sus secretarias se encariñaba con el perro, pues la verdad sea dicha, a pesar de su imponente tamaño el can era dulce como un niño bueno.

Contaba Mandrágora del Karma la edad de 53 años cuando se planteó por vez primera en su vida tener un bebé. Ya hubo parido varias veces en los variados relatos personales que escribía a escondidas allá en monte ciruelo y que escondía en los montes por si la policía política registraba su casa, como había ocurrido secretamente en contadas ocasiones. Vivió veinte años con un obrero programador de galgos electrónicos, pero el hombre decidió marcharse el día que ella llevó a Almohadón a casa. Y no es que aquel mecánico odiara las mascotas, aunque si la veía poco debido al trabajo de ambos, aquel san Bernardo a buen seguro le quitaría parte del poco tiempo que le quedaba para estar con su amada. Sabía sobradamente que los animales eran una de sus pasiones, y entre estas, la primera en la lista eran las gentes de la isla. Amigablemente el programador se despidió una mañana y se marchó a los ricos muros de Catatonia con una mujer joven, secretaria de un empresario de boxeo; deporte qué Móndrigo admitía en la “sombra” con apuestas de valores monetarios o de metales y piedras preciosas al peso.

Los combates tenían lugar en alguna de las calas privadas del distrito administrativo de la República de Islabona. Una vez concluidas las fiestas anuales y posteriores desaforados vicios. Casi ningún ciudadano sabía de estos combates que se celebraban en la playa por la noche con lo más distinguido de la isla, dando lugar a habladurías entre los mismos partidarios de Móndrigo y su inseparable Lascivia.

La Isla estaba por debajo del nivel del mar y en todo el perímetro de costa no había ni una sola playa que visitar. Altos riscos y montes penetraban en las costas del norte y a la vez, unos arrecifes con islotes yermos frenaban el envite de las olas que perdidas de espuma se iban colando por los puentes pedregosos hasta el gran puerto. Desde allí la vista azulina y transparente de las calas privadas, no invitaba a pensar que tras aquellas bellas paredes que parecían brotar del agua, había un océano hostil e intransitable incluso en los meses de buen tiempo.

Las calas eran el sitio perfecto para organizar los tradicionales combates, donde cada vez, tenían acceso más ricos provenientes del gran continente.

Mandrágora sabía que “destapar” aquellas fiestas no era propicio para nadie, pues su filosofía creativa le impedía utilizar artimañas para contrarrestar los avances políticos de Móndrigo el Rancio. Ella no veía mal que los demás organizaran esas fiestas, pero si se indignaba de los gastos y sobre todo, que estos eventos se mantuvieran en secreto. Lascivia lo sabía, sabía la pureza y compromiso de aquella mujer política para con la Isla, y por esto la respetaba y temía. En ningún caso tomaría aquellas fiestas como algo inmoral, pues en la República no existía tampoco la inmoralidad, pues esta surge con el planteamiento de lo moral, pero en la práctica algunos comenzaban a sentirse vacíos, desorientados y enfermos de tanto vicio.

Nadie conocía al extraño poeta leñador, según decían. Gabriel el poeta vivía cerca del camino que cruzaba la perrera. Mandrágora no sabía de este insigne personaje, aunque su servicio secreto ya le tenía informada de todos los que vivía por los alrededores de su retiro, camuflado entre el follaje húmedo y aromático de las hojas del viento.

El hecho de que aquel año se celebraran las elecciones de la década era un motivo para que la jefa del partido no pudiese relajarse durante los meses de buen tiempo. No faltó a su costumbre y a primeros de junio de aquel año ya estaba limpiando muy despacio los objetos artísticos que colgaban de las paredes de la pequeña y acogedora cueva donde había que calentarse junto a una chimenea construida por uno de sus antepasados. Tenía algo de frío y vio que no le quedaba leña cortada a la entrada. Almohadón la miró y empezó a menear el rabo, sabiendo que muy pronto tendrían que salir a la aldea en busca de leña.

La zona boscosa y hondonada cubierta de hojas caídas y enredaderas con fragancias mágicas y orgiásticas que a la vez dejaban caer pequeños frutos (como moras o higos u otros dulces naturales) de sus ramas, invitando a tomar uno, en aquella paz, que solo se respiraba en esos parajes.

Almohadón se paró. Algún ruido proveniente del riachuelo le hizo detenerse, tras esto salió a correr con dirección al río. Mandrágora le siguió mientras lo llamaba, pero el canino se perdió por las cataratas de hojas engarzadas color celeste, que ocultaban la entrada al cauce fluvial proveniente del deshielo de las cumbres de Monte Ciruelo. Se agachó y cogió una breva jugosa recién caída y la mordió tras limpiarla un poco con el borde de su chaleco color rojo. El sonido del vigilante de gobierno que inspeccionaba la zona la inquietó, desde el riachuelo se oía el ladrido impetuoso de Almohadón. Caviló que gracias al follaje el “volador de gobierno” no habría podido fotografiarla con su chaleco de color rojo. Siguió la ruta del perro y cruzó aquella entrada natural disfrazada de bosque bondadoso y ojos verdes que parecían observar desde los atajos diminutos y negros bordeados de hojas color celeste y aromáticas, llamadas por el lugar “las bondadosas”. El vigilante se fue alejando y ella tenía a vista el río pero no veía a su amigo. Entonces apareció dando brincos e invitando a su ama a jugar con él. “Mandra”, como la llamaban sus amigos, no rehusó la invitación y cogió una de las piedras redondeadas y volcánicas y la lanzó lejos lo que provocó una desazón amistosa (con algunas babas de por medio) en el bello animal que no demoró la carrera para seguir la trayectoria de aquella piedra hasta el riachuelo “sonajero”.

Gabriel de la Rima y Beso, apareció con su caña de pescar. Mandra se sobresaltó pues no había percibido su llegada, él la saludó tocándose su gorra color rojo lo que llamó la atención de la prestigiosa política, ella devolvió el gesto con una leve inclinación de su cabeza. Almohadón seguía jugueteando y el hecho de que el perro no ladrara la tranquilizó aún más. Le siguió con la mirada y le perdió cuando el pescador dobló la primera curva del riachuelo, indescriptible, sobre todo por la flora multicolor que adornaba los valles angostos y escondidos del legendario Monte Ciruelo. Entonces se sentó a tomar unas frutillas que recogió en la hondonada, mientras acariciaba el cauce saltarín y Almohadón se dirigía hacia ella con la firme intención de tumbarla en las hojas para que juguetease con él. El pescador se acomodó en un rellano del arroyo donde acostumbraba a saborear algún fruto de Resultonia y lanzaba el sedal al descanso de la corriente, donde habitaban truchas exquisitas sobre todo cuando las preparaba él. Nunca sacó del río más de dos peces al día e incluso transcurrían los meses y no probaba pescado, habituado alimentarse de los ricos frutales del macizo Islabonense y productos del pastoreo. Entonces apareció Almohadón lamiéndole una de sus manos y olisqueando aquella primera trucha de la tarde, que saltaba sobre un pequeño nido de hojas secas. Tras él, Mandra pedía disculpas a Gabriel por la intromisión de Almohadón que seguía loco de alegría y dando saltitos, por su primer día de vacaciones en Monte Ciruelo. Gabriel ensartó un gusano pues el último había sido “atrapado” por una trucha pasada de “lista”. Ella, que nunca había ido a pescar y no sabía nada al respecto, le miraba embobada por la maestría que mostraba el pescador en el manejo de la caña.

- Por favor; ¿sabe dónde puedo encontrar a alguien que tenga leña para calentarse?
- ¿Dónde vive? - Contestó mientras traía hasta la orilla la segunda trucha del día...
- Verá, no puedo decírselo hasta que no compruebe sus credenciales.
- En tal caso no habrá leña.
- ¿Por qué no? - Respondió Mandra. - Almohadón lanzó un ladrido a unos gorriones que peleaban por un gusano del riacho. -
- Porque no tengo credenciales. Mis padres no me dieron de alta en los archivos de la República para que no me sintiese como ellos, perseguidos todo el día por el temor y los aparatos espías de la policía política de Móndrigo y sus payasos de la muerte.
- Es muy directo. Gracias. ¡Sabe qué los colores están prohibidos!
- ¿Lo dice por lo de mi gorra roja? Usted también incumple. ¿Qué me dice de ese chaleco qué lleva?
- Está bien. Dijo ella. ¿Dónde tiene la leña? ¿Lejos de aquí? –
- Oh no, no. Espere, recojo y vamos.

Gabriel invitó a la prestigiosa política a que le siguiera ella aceptó pero iniciado el camino se dio cuenta que iba dirección a la gran hondonada. – Espere. Quédate tranquilo. Dijo al perro. Almohadón empezó a dar ladridos y se marchó corriendo por un desfiladero que pegado a un rebufo del riachuelo bajaba hasta la gran hondonada. Gabriel quedó sorprendido, al ver como el canino había adivinado la dirección que iban a tomar. Sin embargo, había algo que Mandra no sabía y preguntó al leñador:

- ¿Sabe dónde lleva esa entrada de la hondonada?
- ¡Pues sí! Esté tranquila. ¿Para qué quiere saberlo?
- ¡Lo qué quiero saber es adónde vamos!
- A por leña. – Respondió risueño Gabriel –
- Ni lo sueñe. Adiós.
- ¡Almohadón! ¡Almohadón! –

Mandra, algo nerviosa, comenzó a llamar a su perro qué había desaparecido.

- Creo que ya es demasiado tarde, señora.
- ¿A qué se refiere?
- ¿Ha mirado por el hueco del desfiladero?
- No. – Mandra comenzó a sentirse muy asustada -
- Acérquese, venga conmigo, no tema. Su mascota se habrá matado sin duda.
- ¿Sabe cuál es la pena por lo que ha hecho?
- Sí, lo sé. El destierro en la balsa de maderos. ¡No hice nada! Pero sí sé qué usted va detrás de su perro…

Gabriel la empujó y sonrió mientras apoyaba sus manos para no resbalar cómo ellos, de la Rima se dejó caer por unas ramas que conocía bien. Mandrágora y Almohadón salpicados de arcilla pegajosa le esperaban abajo algo asustados y desconcertados. Mandra estaba algo enfadada y el perro daba vueltas por aquella penumbra silvestre llena de luciérnagas y aroma intenso a bondadosas y otras florecillas menos intensas de aromas deliciosos y sutiles.

Inmediatamente Mandra tras exclamar sin dilaciones qué la sacara de allí, comprobó que su conectador virtual no enlazaba con la señal de la estación orbital y se hacía tarde, aparte de no ver nada. Concluyó. Él siguió andando hasta el fondo y con la mano les invitó a seguirle, el peludo san Bernardo no hizo ascos a la invitación y Mandra algo escéptica y con los brazos apoyados en la cintura se deslizó cautelosa por aquel lecho de bondadosas y otras creaciones naturales y floridas de la madre naturaleza. Los rayos del siempre divino no llegaban hasta el fondo de la gran hondonada y Gabriel sacó una vieja linterna que muy pronto iluminó la cavidad natural.

- ¿Qué me dice ahora de este lugar? ¿Precioso verdad? Señora gobernadora…
- ¿Y mi leña? Déjese de cortejos, me ha secuestrado de un modo muy sutil.
- ¿Cree qué no sé quién es usted? Pues se equivoca.
- Debí suponerlo pastor de locos. Usted me ha engañado desde el principio. Suerte tiene de qué no pueda salir de aquí por mi propio pie.

De la Rima preparó una pequeña fogata con pequeños carbones que traía en el zurrón y dispuso un pequeño banquete sacando un trozo de queso y vino, desconocido en Islabona por casi todos.

- ¿Eso es vino?
- ¿Cómo lo ha sabido?
- Lo probé una vez en la capital del Continente.
- ¿Por qué ha parado aquí a comer? ¡Diga de una vez que quiere de mí!
- Quiero que sepa que por el momento estará retenida.

De la Rima dio dos silbidos y aparecieron unos hombres todos con barba y medio sonrientes. Almohadón en vez de preocuparse por su ama jugaba con aquellos recién llegados a los que no se les veía los ojos y eran muy altos. Mandra preguntó que significaba todo aquello, despreciando la comida y llamando a su perro, pues tenía a las claras que huiría como fuese. En ese instante se agachó y agarró la linterna corriendo hacia la salida, silbó y el perro la siguió. Lo inesperado fue que nadie echó a correr tras ella, estaba claro que aquello no tenía salida, por esto, media hora más tarde volvió de donde había salido. Ellos, seguían allí de pie haciendo bromas y bebiendo algo que llevaban en unas pieles, Gabriel ya había comido y recogido todo. Cuando los vio les dijo:

- Habéis tardado mucho. Aprisa, solo tenemos una oportunidad esta noche de bajar hasta los fondos de Islabona.
- No pienso moverme de aquí, señor de la Rima.
- Es usted muy terca. Dijo de la Rima, agregando que el animal estaba más tranquilo que ella. Mandrágora se soltó el pelo y se sentó en una piedra mirando fijamente a aquel hombre desconocido para ella.
- Necesito hablar con usted.
- ¿Qué le preocupa?
- Dígame para qué me obliga a quedarme.
- Está bien. Pero no tenemos mucho tiempo.
- ¿Mucho tiempo? ¿Qué ocurre?

Almohadón miraba con ojos bondadosos a de la Rima y a su ama qué ahora mantenía un diálogo visual y secreto con el hombre extraño de las cavernas. El perro comenzó a aullar por lo “bajini” como si ya supiese lo que ocurría. Y muy a pesar de que allí casi no había luz y de que la linterna se apagó el beso se veía venir y Mandra con sus dos manos simuló no estar muy interesada. De la Rima sonrió y se cogió su pelo con una felpa echa de ramales que guardaba en su zurrón. Ella le dio la espalda en la penumbra que apenas dejaba ver pero qué no impedía aspirar las fragancias desconocidas para Mandra. De repente sintió mareo y Almohadón se había desmayado. Miró a su alrededor y no veía a Gabriel. Notó que algo se movía bajo sus pies y todo a su alrededor comenzó a temblar, el aroma misterioso había desaparecido y el silbido de una corriente de aire le despeinó el flequillo. El suelo parecía descender y la fatiga se había evaporado. Ahora todo estaba muy oscuro y por unos segundos pensó que había muerto, se agachó y con sus manos en la más absoluta oscuridad, intentó tantear a su alrededor por si localizaba a su amigo, aquel hombre ahora no le importaba, sin duda era el responsable de aquello, aunque en su ínfimo ser reconocía que no debió hacerle caso ni haberle seguido hasta allí, sin duda Gabriel poseía un don magnético muy agudo para haberla hecho llegar hasta allí. Pensó.

- ¿Sabe? Nosotros, también somos pájaros/ y siempre estamos soñando/ o estamos locos de amor...
- ¿Quién es usted? - No puedo verlo. ¿Eso es poesía, señor? Está prohibida por la República. Y muy mal vista por cierto…
-Ya ha terminado señora, tranquila. No se asuste. Hemos llegado. Levante la vista y vea algo inigualable e inimaginable.

Mandrágora abrió los párpados y en su cristalina mirada se reflejó una explosión de luz blanca purísima acompañada de fragancias desconocidas; esto provocó en ella una paz inusitada e ignota.

La luz la cegó y tuvo que cerrar los ojos entonces oyó la voz de Gabriel del que no lograba discernir bien la figura. Mandra se tranquilizó cómo elevada en espíritu y ahora todo nuevamente se tornó oscuro. La voz poética de la Rima le regresaban esos extraños versos; “Nosotros también somos pájaros/ y siempre estamos soñando/ o estamos locos de amor...

Una tenue luz verde apareció como un diminuto punto en la intensa negrura de aquella gran oscuridad que se fue iluminando y a expandir dejando entrever un fondo color azul que se tornaba violeta o celeste, los aromas volvieron por sus fueros.

Mandra parecía recobrar la estabilidad perdida. De la Rima la besó y le soltó el cabello... Ella pudo resarcirse de aquella inesperada situación y él le ofreció su mano para ayudarla a incorporarse, cuando por fin se hizo la luz no pudo evitar otear por si veía a Almohadón.

- No está aquí. - Exclamó de la Rima -
- ¿Y dónde está? – Respondió Mandrágora -
- Su inteligencia no alcanza este nivel mental, pero está bien no te preocupes, volverás a verle muy pronto. Ahora sígueme te voy a enseñar porqué mis padres me mantuvieron oculto junto al rebaño sin dar notas sobre mi existencia. Soy un protector del secreto de Islabona.
- ¿Qué ocurre? ¿Qué es eso?
- Es un viejo aéreo transportable de origen desconocido. No tengas miedo. Ya lo he probado debe haber pertenecido a otras civilizaciones que habitaron la Isla.
- No es miedo. Nunca vi ni imaginé nada parecido. ¿Dónde me llevas? ¡Qué es eso! ¡Increíble! Poeta…
- ¡Cuidado! ¡No te asomes al abismo! Su magnetismo te atraerá y te lanzarás al vacío sin saber el motivo.

Mandrágora sintió temor por primera vez en su existencia y ni en los libros pudo encontrar un ejemplo para describir el pavor qué apreció cuando vio aquel abismo encendido y la sofisticada y misteriosa nave. Preguntó a de la Rima que lugar era ese mas él no atendió a su pregunta pues intentaba poner en marcha la nave extraterrestre que parecía haber utilizado otras veces. Ella se acercó y le dijo que sentía miedo Gabriel le respondió que él también lo sentía que todo se le pasaría pronto. De repente aquel vehículo de unos diez metros de eslora y unos cinco de manga, con forma triangular y de bordes ovalados se encendió y dio un zumbido de lo más sorpresivo, qué sobresaltó a Mandra y relajó a Gabriel.

La “navía” era triangular no tenía ruedas, igual a los autobuses ingrávidos ni cómo los aviones antiguos, aunque menor en dimensión nunca hubo visto ni imaginado artilugio parecido sin embargo no era esto lo que más inquietaba a la Resultónica sino hacia dónde se dirigía siguiendo aquel hombre. Mandra deseaba con todas sus fuerzas poder huir de allí aunque una fuerza misteriosa e inusitada se lo impedía.

- ¿Dónde vamos? Ni siquiera sé cómo te llamas de verdad…
- Mi nombre es Gabriel de la Rima y Beso. Ya se lo dije. Nunca miento.
- Un placer algo enturbiado. El mío Mandrágora del Karma y Desierto. – Ella seguía mirándole con curiosidad -
- Venga, coja mi mano y entre por esta pequeña puerta. No tema.
- Eso es un compartimiento muy estrecho.
- Siéntese ahí y deje qué la maquina haga lo demás. Ahora cuando yo me acople le explicaré qué es esta nave y a dónde vamos. Y por qué…

Mandra no tenía ventanilla pues un blindaje qué activó de la Rima cubrió la nave y quedaron a oscuras.

- Tranquila. La nave está utilizando toda su energía para cerrarse. Cuando se recupere el sistema vendrá la luz.

Tal como predijo el piloto unas luces rojas encendían el control de mandos. De la Rima ya estaba en posición de despegue. La nave daba instrucciones al piloto por la pantalla principal, mientras él iba acatando las órdenes de abordo. Mandra intervino:

- Dígame señor de la Rima. Me tiene intrigada y algo nerviosa. ¿Vamos a salir de aquí? En caso contrario indíqueme el camino para volver a pie y dígame dónde puede estar mi amigo, si, ese precioso animal que carece de nivel mental para estar aquí… ¡Según usted! ¡Estoy muy asustada!
- Lo siento; pero es un poco tarde para eso, sigue desconfiando de mí, no me extraña, a veces ni yo mismo me fio de mí… - Sonrió -

La máquina se levantó en un instante varios metros del suelo Mandra sintió un nudo en la boca del estómago de la Rima le ofreció un comprimido pero ella lo rehusó. La nave según contó de la Rima a Mandrágora la encontró treinta años atrás cuando buscaba piedras preciosas color bermellón y muy cotizadas en el mercado negro de Móndrigo perdiéndose por la senda de la gran hondonada.

Aquel día estaba lloviendo y tuvo que cobijarse bajo las gigantescas enredaderas dislocadas por el viento. Cayó por aquel desfiladero y luego un ruido de cantos angélicos le llevó hasta el borde de aquel precipicio donde estaba cubierto de polvo volcánico el misterioso vehículo ingrávido. Cuando lo vio no se sorprendió pero si se asustó sabedor de que aquel artilugio ni podía ni debía ser construido por humanos conocidos, así que accedió al interior porque la puerta principal de la súper nave estaba abierta. Estuvo días buscando al piloto si existió pues podría haber sido controlada a distancia, sin duda los símbolos que encontró en el tablón de mandos no eran conocidos por su civilización y presto en la seguridad de aquel inmenso abismo día tras día escrutó la nave con muchos sustos y a punto de morir en varias ocasiones.

Finalmente de la Rima consiguió descifrar la nave a priori extraterrestre pero que según sus últimas investigaciones podría no ser de otro mundo sin descartar que procediera de un mundo paralelo. La explicación era la siguiente:

Toda la energía que aquel aparato necesitaba para sus trabajos la extraía del aire con rozar solo con un dedo un sensor de misterioso símbolo; el artilugio extraía alguno de los cuatro elementos primordiales de la naturaleza (a saber, aire, agua, fuego, tierra y un quinto elemento que de la Rima no lograba descubrir y que era sin duda el más importante de todos para el funcionamiento de la aeronave para recargar sus baterías. De la Rima no era un hombre estudiado ni programado en estas lindes solo que intuitivamente logró descifrar aquel extraño y primitivo idioma basado solamente en símbolos en algunos casos parecidos a los encontrados en las paredes del antiguo Egipto o en algunas de las gigantescas figuras de la Isla de Pascua u otras civilizaciones muy antiguas.

Gabriel era una persona rústica sí pero en su época la tecnología iba muy avanzada y cómo cualquier Islabonense poseía conocimientos básicos sobre los últimos avances tecnológicos lo que le ayudó a descifrar aquellos símbolos aunque no fue esto la mejor ayuda para desentrañar el funcionamiento de la nave sino los antiquísimos libros de filosofía y poesía que progenitor le dejó en herencia ocultos en una de las cuevas de Monte Ciruelo para que la Policía Política no lo descubriese, ya que era obvio que Gabriel no llegó a la vida de Islabona con las mismas características morfológicas ni mentales que el resto de los seres que habitaban la Isla; y sabía mucho más de ella que todos los demás juntos. A simple vista era un pastor pescador del bosque que en realidad poseía y representaba el poder en la sombra y ni la poderosa e influyente Mandra lo sabía.

Tratar en público de asuntos genéticos de antepasados o árboles genealógicos en era notoriamente peligroso en Islabona. Por esto nadie sabía que estos Perrancanos existían, solo los “adelantados” lo suponían en el mejor de los casos. En realidad solo quedaban cuatro o cinco hombres de aquellos míticos “Perrancanos” y uno de ellos era de la Rima. Mandrágora tuvo suerte al encontrarle pues gracias a él descubriría secretos de la Isla que ni el mismísimo Móndrigo sabía y que servirían para construir una sociedad mejor la verdad es que la política comercial de la Isla se sentía harto confusa y auto engañada, siempre risueña por los efectos nocivos de sus drogas de alto diseño para la psiquis que en algunos casos acababan en muerte súbita.

De la Rima no lograba poner en marcha la nave entonces la tierra comenzó a temblar, ella no vio nada pues Gabriel la acomodó en un compartimiento aislado de las turbulencias, tampoco tenía Mandra visual del cuadro de mandos, con tan solo dos asientos más un tercer compartimento muy estrecho con un arcón tecnológico.

De repente el objeto volador se levantó del suelo y salió disparado hacia el centro del abismo. La Resultónica había perdido el sentido sin embargo harto feliz y semiinconsciente tatareaba una extraña melodía desconocida. De la Rima logró estabilizar la nave en altura y esquivó lo inevitable, seguidamente avisó a Mandra que estaba libre del resorte de seguridad y podía situarse junto a él.

Antes volverse a sentar junto a él de la Rima la agarró por la cintura de “violín” y la atrajo hacia sí, rodeándola con sus brazos y besándola. Entonces la nave empezó a bajar en picado pues de la Rima con uno de sus codos sin querer activó el desenfreno. Finalmente ella le soltó pero él no lograba enderezar el rumbo y se temió lo peor por unos segundos gracias al amplio conocimiento que el extraño poeta tenía de la nave logró estabilizarla y dejarla en punto muerto. Mandra tardó muy poco en expresar una queja sobre aquel beso impuesto a la fuerza.

- ¿Qué has hecho con tu pene resort? Es delito grave desconectarlo sin permiso previo del consejo médico de la República.
- Ya deberías de saber que no estoy registrado en la República y que no lograron ni inyectarme ni colarme chips de comportamientos ni hacerme beber ni comer nada, tampoco veo los programas que llegan del recinto de gobierno, solo leo poesía, filosofía y otros libros.
- ¿Y confías en mí? Ahora puedo ponerte al descubierto. Te desterrarían a la balsa de maderos en el mal infernal o te harían reír hasta la muerte los payasos de Joe el Aniquilante.
- El único infierno que existe ahora para mí es no poder mirarte o besarte… Y sólo tú me haces reír. Disculpa todo no logré evitarlo…

En esta ocasión fue ella la que le besó durante algunos minutos… Tras el beso:

- ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha sido eso?...
- Póngase estas gafas y cuando le diga mire hacia la luz, pero no se quite las lentes pase lo que pase.
- ¿Me hablas de usted? Ja, ja, ja, ja. Hace siglos que nadie dice esa palabra, ja, ja, ja…

De la Rima hizo un giro de noventa grados y situó la aéreo nave frente a la Ciudad del Norte, como la bautizó cuando la descubrió. Mandrágora del Karma no daba crédito a sus ojos...

La ciudad del norte era de donde supuestamente provenía aquel aparato. No es que la ciudad estuviese bajo Islabona no, simplemente se veía en la lejanía en un inmenso abismo espacial y en cómo y cuánto tiempo tardaría en arribar a ella era algo que de la Rima aún no había podido descubrir. Según los cálculos, el poeta sospechaba que podría ser una ilusión visual y nada más o algo situado fuera de nuestra línea de tiempo. Había llevado a Mandra hasta aquel lugar entre otros motivos para confirmar que su visión era visible para los demás. Ninguno de sus tres compañeros más fieles de la montaña vio la ciudad del norte. Sin duda Mandrágora era una iluminada o esto cavilaba…

- ¿Qué son esas pequeñas luces? ¡Es inaudito!
- Si te quitaras las lentes quedarías ciega.
- Siento, un nudo en mi estómago. ¿De dónde proceden esos aromas?
- Es una larga historia Mandra, algún día te la contaré…

Volvió a estrecharla entre sus brazos e hicieron el amor entre aquellas luces preciosas que procedían de la ciudad del norte…

El lugar era muy húmedo y había corrientes de agua por todas partes también estalactitas y estalagmitas brillantes que goteaban estrellas voladoras que después desaparecían…

- Mandra aquí está el tesoro que liberará a Resultonia, pero no lo digas a nadie.
- ¿Pero qué ven mis ojos?
- Todo esto está lleno de piedras preciosas es una antigua leyenda Salomónica de unos de los libros de mi padre, coge esto.
- ¿Qué es Salomónica? Que palabra tan misteriosa. Además, no puedo aceptar esto si Móndrigo me descubre con diamantes tendrá el motivo que andaba buscando para echarme de Islabona en la balsa de maderos.

- Escóndelo en la perrera, en un lugar que yo frecuento. Te lo enseñaré…
- ¿Cómo se llama este lugar? –

- Estamos justamente bajo el lago de los cipreses, este camino es el único para llegar hasta aquí…

 

Episodio III.
Jardines y leyendas de Islabona.

Aquella mañana de primeros de junio el mercado del recinto administrativo no daba abastos con tanto curioso. Un aéreo transporte había capturado a un pez de más de veinte metros. Hubo ocurrido otras veces y los ricos Catatonios apreciaban esta carne marina hasta el punto que pagaban indecentes cantidades de piedras preciosas por adquirir el animal entero. Aquella carne era la preferida de su señoría, el Juez Supremo y este agradecía sobremanera este presente, pues no se perdería el primer combate. Cada año por esas fechas el vehículo que viajaba cada semana hasta el continente apresaba algún pez, cuando bajaba el nivel del océano y el transporte podía descender y aproximarse hasta la superficie marina, los pilotos activaban la sonda virtual de las profundidades y si había suerte lograban subir a la nave alguna pesca. Estos peces eran muy parecidos a las ballenas aunque parezca algo exagerado y retorcido, lo cierto es que era una mezcla de ballena y calamar gigante. Muchas mutaciones extrañas habitaban aquellos océanos, en especies y tamaños. Aquel día Joe el Aniquilante se hizo con el preciado pez, arrebatándoselo al mismísimo Móndrigo, sabedor que no se quedaría sin probarlo. Esa noche tendría lugar el primer combate nocturno de la temporada y Lascivia andaba muy ajetreada para que en las calas no faltara de nada.

El primer día era uno de los más concurridos en los combates y ella era la primera interesada, no en vano esa misma noche vendría a presenciar el combate el Consejero Presidencial del Gran Continente que ciertamente; vendría agasajado por su larga lista de superfluos y administrativos aspirantes a robarle el puesto. Todos, viciosos y graciosos, pues lo políticos más sobrios y serios del Gran Continente, consideraban una bajeza visitar Islabona, según comentaban sus oponentes en las interminables charlas que tenían lugar por las playas negras cuando concluían los combates.

Estos políticos Continentales eran tratados como Dioses por los políticos de Móndrigo. En el mismísimo seno del Partido Comercial se empezaba a rumorear sobre un posible cambio de candidato, aunque Móndrigo lo ignorara, había un sector en su partido qué comenzaba a dudar de su gestión, sin duda, lo único que pretendían algunos de sus compañeros, era quitarle el puesto. Sobre todos; Ámbar Manía de los Mares, enemiga irreconciliable de Mandrágora del Karma y no sin motivo, temida por ésta. Ámbar Manía era Vicepresidenta del Partido Comercial en toda la Isla y candidata a la Presidencia de La República. Los comerciales no estaban muy seguros si sería positivo para el partido que Móndrigo el Rancio volviese a presentarse a la Presidencia; éste, qué estaba bien informado, no albergaba la mínima intención de dejar la política en Islabona y menos la presidencia, su amigo del Continente le ayudaría, por los intereses que compartía con él, respecto de comisiones secretas, favores ilegales y, apuestas millonarias, entre otros negocios relacionados con los presupuestos gubernamentales.

Móndrigo que controlaba desde su puesto de gobierno los destinos de la República saboreaba un zumo mañanero de frutas cuando sonó el timbre de una de sus secretarias súper hermosas, anunciándole que la alcaldesa de Catatonia esperaba para ser recibida.

- Está bien, déjala pasar.
- Sí, señor presidente, de todas formas no hace caso…

Exclamó la secretaría mientras Móndrigo buscaba información sobre los resultados de las carreras continentales, donde siempre apostaba astronómicas cantidades de perlas del mar Catatonio y rubíes de las minas de Monte Ciruelo. Intuía que había ganado, pero ella lo alertó: Lascivia cruzó la puerta virtual color verde de las profundidades y entró en aquel despacho como si Móndrigo no “pintase” nada.

- Me pregunto para que te sirve la exquisita educación que recibiste. Dijo él.
- Tengo un grave problema, aunque sería más exacta si dijera que ambos tenemos un grave problema. Presidente
- ¿Sabes quienes vienen esta noche a presenciar los primeros combates?
- Pues no. ¿Quién? Debería saberlo. No confías en mí, lo sé. Su excelentísima Nabastronic Pragmatoide, consejero principal de la presidencia continental. Ya está todo preparado, te he puesto junto al Juez y ese Nabastronic.
- Ten mucha cautela con tus eróticos juegos, ese hombre en uno de los más ricos del planeta, según mis informadores. ¿La hora prevista de llegada es la acordada?
- Sí. Aterrizará en la última cala a las ocho de la noche. ¿Y el tiempo?
- El Océano ha bajado diez metros este año, es muy posible que en Resultonia pueda esta vez abrir su playa del sur. Mejor para nosotros. No quiero ver antes de las elecciones a demasiados partidarios del Partido Natural por mi ciudad.
- Recuerda que Catatonia la dirijo yo. Tú, ya tienes bastante con La República.
- Hay algo que debes saber. Ámbar Manía tiene muchas posibilidades de ser elegida candidata Presidencial por el partido.
- ¿Puedes hacerla cambiar de opinión?
- Podría, pero ahora tengo que irme, te veré a las ocho. No te retrases. ¿Y respecto a esos problemas que ambos teníamos?
- Esta noche hablaremos, voy algo apresurada.
- ¿Tal vez sea lo de esos afinados muertos de risa?
- Sí. No ha ocurrido nada alarmante pero uno de los familiares pide más explicaciones y, ¿a qué no adivinas quién será su defensor?
- No. Quién.
- Pues Mandrágora. Aprovechará el caso para las elecciones y puede hundirnos lo hará.
- Hablaré con ella. No te preocupes. Mandra es muy sabia, aceptará cualquier trato que beneficie a Islabona, ya lo hicimos otras veces.

Los Políticos y demás funcionarios privilegiados que vivían tras el muro administrativo estaban eufóricos con la llegada de Nabastronic Pragmatoide. Según los informes de Móndrigo uno de los hombres más fríos e inteligentes del planeta. No se le podía mirar a la cara, al menos había que hacer lo posible y nadie podía hablarle a no ser qué él lo requiriese claro qué otros afirmaban que era muy sencillo y jovial cuando hablabas con él.

Sobre las cuatro de la tarde todo el trasiego desde el puerto al barrio obrero había sido suspendido por Joe y sus ayudantes. Las puertas virtuales fueron cerradas y los ricos Catatonios comenzaban a preparar la fiesta en las calas, probándose modelos de ropas de colores, prohibidas por las leyes. Ese día el “azul de verano” era permitido en las calas por su Señoría y también los cambios de tonalidades con los colores permitidos. También perfumes de Resultonia y dormideras bajo supervisión de Joe. Los “platos fuertes” para la noche de combate los preparaba Lascivia con su inseparable ahora Ámbar Manía de los Mares, de la que estaba enamorado medio Gobierno y se rumoreaba que el señor Juez lloraba por las noches de lo que la amaba. Incluso los más atrevidos decían que Nabastronic solo venía a Islabona a conocer a Ámbar Manía. En uno de los espacios virtuales del puerto ocupado para la publicidad se podía leer que el aéreo bus saldría del puerto con dirección a las calas privadas sobre las siete de la tarde.

Las Calas estaban situadas dirección este a una distancia de cincuenta kilómetros y escondidas tras unos riscos inaccesibles por vía marítima y terrestre. Por esto la mayoría de ricos ejecutivos llegaría hasta los lugares convenidos con vehículos dos plazas, construidos en el Gran Continente; Estos vehículos sólo medían unos dos metros de largo por uno de ancho, eran ingrávidos y podía ir a cualquier parte. No admitían ni equipaje ni tampoco combustible de ningún tipo y solo admitía dos pasajeros, aunque la mayoría lo reconvertía en mono plazas. Funcionaba con ondas electromagnéticas, producidas con rayos solares que eran filtrados por el dispensador de energías y convertía la luz solar en energía limpia y cien veces más efectiva que la energía eléctrica o la de los combustibles fósiles u otros.

En realidad los vehículos ingrávidos que existían en esta sociedad circulaban suspendidos en el aire transitando por raíles magnéticos e invisibles. Solo podías acelerar, pero no podías ir con el ingrávido fuera de las corrientes electromagnéticas. Más adelante escribiré sobre estos y otros vehículos que encontré en esta historia, aunque era la bicicleta la verdadera protagonista del transporte en Islabona, pues todos tenían una e incluso había gentes que clamaban para que prohibieran las ingrávidas. Estos eran la ADI, o sociedad deportiva de Islabona, que regía todo lo relacionado con las carreras de Caballos y Galgos electrónicos y de las instalaciones deportivas, ahora cerradas y deterioradas. Mandrágora albergaba proyectos al respecto.

Aquella noche no sería una noche similar a otras noches de combate ya qué el buen clima acompañaría. El tiempo era y se preveía espléndido y a pesar de no ser normal por aquellos parajes, aquel siete de junio ni una nube amenazaba el cielo, pues durante las últimas décadas siempre cayeron algunas lluvias a primeros de junio. Móndrigo miraba hacia el puerto mientras los afinados salían ordenados a coger sus bicicletas, todos vestidos de blanco con el escudo y el número de ciudadano de la República tatuado en el cuello.

Les miraba como si fuesen de otro mundo, como si no fuese de su incumbencia el destino esclavizado de todos aquellos Islabonenses simpáticos que nunca se quejaban de nada. Las mujeres eran otro asunto. Ellas también estaban programadas y recortadas intelectualmente, sin embargo el hecho de qué tantas mujeres ostentaran cargos públicos, demostró que en muchos casos, ellas eran inmunes a las famosas “inyecciones obreras”.

Móndrigo volcó licor de avellana sobre un cuenco ovalado de fina cerámica con dibujos marinos sobre un fondo color ciruela... Aquel estruendo le puso nervioso, todos los años el mismo día y por la tarde, procedía de los altos riscos del océano y nadie sabía que era. Sus amigos Continentales afirmaban que habían investigado el caso y que descubrieron que era una ola gigantesca que cada año rompía contra los formidables arrecifes volcánicos que rodeaban la isla, Móndrigo sabía que mentían. Dio un sorbo lento y besó un retrato virtual de la mujer qué amo y que falleció en las calas cinco años atrás cuando le cogió la subida de la marea y quedó rodeada de las olas gigantescas.

A ella siempre le gustó la pesca pero ir a las calas en invierno era propio de temerarios. Ya se lo hubo avisado. Aquel incidente volvió al presidente algo arisco respecto del amor y se refugió en las diversiones que organizaba su madrastra, año tras año, a veces la recordaba cuando veía a esos hombres salir de las fábricas, no podía hacer nada. Destapar la verdad e intentar echar a los Continentales de Islabona le costaría en el menor de los casos la propia vida y quién sabe si la destrucción de la República.

- El camarada Nabastronic Pragmatoide envía un mensaje; “despego de la Capital en diez minutos”.

Ámbar Manía de los Mares abordó el despacho cubierto de flores virtuales y besó a su hijastro en la mejilla. Móndrigo no esperaba a la mujer más bella de la Isla que tras Lascivia apareció dando un “pico” en los labios al ilustre político. Este sonrió y dijo:

- No me lo digáis. ¡Ya estáis colocadas!...
- Tú también deberías probar estas hierbas Continentales, te harán reír un rato.
- Prefiero tocar un rato el piano. - Contestó el presidente, mientras Lascivia le metía a la fuerza un par de comprimidos en la boca...
- Traga eso. Te hará falta. Ese Nabastronic viene de camino y tenemos que conseguir su apoyo para salir reelegidos. Ámbar Manía hará el resto...
- Sí, pero la presidencia será para mí.
- ¡No lo toleraré! - Afirmó Móndrigo expulsando a las bellas de su cámara y fue tras el licor de avellana que abandonó momentos antes. -

Volvió a acordarse qué Mandrágora podía presentarse sin avisar, como ya había ocurrido algún año. La Cala presidencial quedaba del recinto de gobierno a diez minutos en el aéreo transporte, pero él poseía su vehículo monoplaza, regalo de los Continentales, más lento que el bus, por lo que tendría que salir a las seis.

Mientras tanto, en Resultonia capital, se organizó una reunión urgente en las dependencias del Partido Natural. Mandrágora del Karma no daba señales de vida y nadie sabía dónde podría encontrarse. Algunos se acercaron en ingrávidos hasta la Perrera pero su cueva estaba cerrada y por los alrededores no encontraron rastro ni de ella ni de Almohadón. Al tratarse de un personaje público de relevancia todos coincidieron en que habría que avisar a la Central, pero el vicepresidente del partido, Flemático Snob dijo que sería más conveniente dejar pasar algunas horas antes de hacerlo público. Nadie allí quería que la desaparición de Mandra llegara a oídos de Ámbar Manía. La tarde caía en Resultonia y sus calles al ser último día semanal de trabajo, se llenaron de Resultónicos que intentaban beber zumos de licor (prohibidos en Catatonia) en los establecimientos de la Pirámide Central de Ocio y Relaciones.

Aquella pirámide estaba construida frente al puerto marítimo y todos los visitantes subían sus doscientos metros para contemplar el océano qué desde abajo era imposible, pues los muros lo impedían. También se realizaban compras con la tarjeta de saldos que la República entregaba como salario, dos en cada matrimonio, pues las mujeres que no trabajaban en las fábricas cobraban igual por no hacer nada. En esta cuestión los dos partidos estaban de acuerdo, ya que ambos sabían sobradamente que la espina dorsal de la sociedad eran sus mujeres. Era de los pocos edificios de Islabona construido piedra sobre piedra e imitando las técnicas y los materiales que se utilizaron en Egipto.

Debemos suponer que Islabona pertenecía o pertenece a la Tierra, pero también hemos de tener en cuenta que muchos ufólogos, criptógrafos, arqueólogos e investigadores de ocultismo y otros muchos de variadas materias, qué han estudiado y profundizado por un motivo u otro esta cultura, han oído rumores del origen extraterreno de la cultura Egipcia.

En la puerta principal que daba acceso a las cámaras de intercambios, había funcionarios con dulces de Resultonia que regalaban a niños y mayores, también repartían entradas y cupones para apuestas para las carreras del domingo. Tras cruzar la puerta principal había tres accesos, uno en el plano de la entrada, para acceder a los lugares de comidas y relajamiento con baños y una oficina para relaciones. Las mujeres y hombres, que no tenían pareja por el motivo que fuese, solo tenían que ir a la oficina de relaciones dar su identificación y dos horas más tarde la República, por Ley, les había encontrado alguien en sus mismas circunstancias y con el perfil astrológico complementario. Estas uniones no solían durar menos de un año, pues la fealdad tampoco existía y como todos estaban contentos con el sistema la cosa funcionaba. Tampoco era muy frecuente este hecho, pues las uniones duraban más en Resultonia qué en Catatonia, que se producía un divorcio cada mes. El sendero que conducía a la parte superior de la pirámide que llevaba hasta el gran mirador era transitado o en bicicleta pues no había otra forma ya que los aparatos tecnológicos estaban totalmente prohibidos

Desde lo alto había una lanzadera de alas deltas con control de vuelo automático, que las hacía volver tras quince minutos sobrevolando el puerto. Una pequeña colonia de extrañas golondrinas color azul oscuro anidaban en las alturas de la pirámide, sus alas eran más largas que las que conocemos y su pico también. La cola era más abierta y el cuerpo, algo mayor de tamaño. Estas jugaban con las alas deltas en las tardes que hacía buen tiempo y se abría la balaustrada, algunos niños y niñas les daban restos de dulces. El otro camino conducía a las cámaras subterráneas, donde Mandrágora permitía a los afinados hacer algunas ganancias intercambiando, sobre todo, libros y ropas de colores o algún chivatazo sobre el caballo o el galgo que ganaría la carrera del domingo o los tratadores de perlas y metales y piedras preciosas al peso. Sólo se abría los viernes tarde noche y el domingo durante todo el día. Móndrigo llamaba a esta pirámide La Golfa y nadie excepto él, sabía lo que significaba esa expresión en la isla, pero suponían que nada agradable.

Resultonia como antes ya expuse, contaba dos millones de habitantes aproximadamente y, no existían los guetos ni los muros administrativos. La distribución arquitectónica de la ciudad estaba dividida en dos barrios y el núcleo central de comercios y diversiones que estaba situado en los aledaños del puerto marítimo. El barrio de políticos y funcionarios de la República estaba en la parte sur de la ciudad y el barrio obrero en la parte este, cerca de todas las plantaciones.

Los políticos, comerciantes, funcionarios y afinados destacados residían en coquetas pirámides prefabricadas que surtía el Gran Continente a cambio de piedras bermellón de alto valor económico pues se utilizaban para la construcción de las aeronaves Continentales.

Estas pirámides contaban con un jardín con el doble de metros cuadrados que los jardines privados afinados. También en este barrio, (según Ley de la República) todos los que alcanzaban ese nivel social, tenían derecho a una bicicleta ingrávida, en realidad estas solo eran concedidas a los militantes del partido del presidente. Aunque en el mercado “negro” de Móndrigo se podía conseguir por un precios exorbitantes, ahí estaba servida la polémica, pues era ilegal hacer estas ventas, claro qué todos sabían que esas ganancias iban a parar a Móndrigo el Rancio y Lascivia la Grande. El resto de políticos ciertamente, incluida la exuberante, sabia y deslumbrante Ámbar Manía de los Mares ignoraba estos “trapicheos millonarios” o fingían muy bien ignorarlos.

La calle principal de Resultonia tenía el nombre del Perrancano más ilustre. Avenida de Satronío el Lanas, que falleció hacía cuatro décadas, cuando Móndrigo entró en el poder e instauró un toque de queda a todos esos Islabonense que comenzaban por si solos a despertar de la manipulación a la que eran sometidos e iniciaron una Revolución en Resultonia, para contraatacar a los Comerciales. Satronío se ganó el apoyo de los Naturales, pero por aquel entonces Mandra era una niña y el líder del Partido Natural era íntimo a amigo de recién elegido y en el último momento lo dejó en la “estacada”. Satronío fue apresado y muerto en extrañas circunstancias días más tarde. Nadie dijo nada, pues en aquella brutal represión cuarenta años atrás, también murieron todos los ilustres Perrancanos revolucionarios que quedaban. La vida siguió su curso, si bien muchos de los mártires dejaron descendencia y entre ellos, Gabriel de la Rima y otros que más tarde conoceréis.

La Avenida de Satronío el Lanas es donde tenía su sede central el Partido Natural, había otras dos sedes en Resultonia, una en el barrio administrativo, otra en el barrio obrero. Los del Partido Comercial solo tenían una amplia oficina cerca del puerto, pues pocos eran los que le votaban. La herida por la represión con muchas víctimas y el recorte de competencias en la actualidad eran los motivos de este desprecio hacia el Partido de Móndrigo y no cambiaría hasta qué la República desvelase el lugar donde fueron matados y enterrados, pero Móndrigo negaba el hecho y al no haber pruebas el caso quedó cerrado. Años más tarde cuando su señoría; el Juez Supremo, Su Excelencia Ilustrísima Don Sanguinuto Balanzadera y Destino, destapó el caso por requerimiento de Mandra, el Juez intentó investigar el gravísimo suceso, pero en los corrillos afinados se rumoreó (por la época), qué se le amenazó y duplicó el sueldo lo que sirvió para cerrar el caso para siempre. El Juez alegó que no encontraba pruebas suficientes y era cierto, pues las pruebas desaparecieron días antes del Juicio. Satronío el Lanas murió cuando subió al estrado en el último mitin antes de las votaciones. Antes que pudiese platicar su primer párrafo se desplomó y murió horas más tarde en el Portal de los Apósitos, como se llamaba al hospital obrero de Catatonia. La nota oficial del hospital al respecto contradecía la que casi todos conocían o intuían. El hospital afirmaba haberle dado el alta, pero nadie lo había visto salir de allí, ni a él, ni a veintitrés Perrancanos más. Todos aparecieron muertos días más tarde cerca de las Calas de diversión. Aquella traición parecía haber sido olvidada entre los Resultónicos confesos. Si hubiese ocurrido en Catatonia, los afinados ya no se acordarían debido a las inyecciones de manipulación.

Resultonia era diferente. Aquí algunos afinados parecía qué se iban liberando poco a poco y cada día eran más los Resultónicos que buscaban libros sobre simbología, matemáticas y un largo etcétera. Mandrágora logró grandes avances para su querido Distrito Natural pero en los asuntos de envergadura estaba vedada por los poderes Continentales. Entre los asuntos más “espinosos” estaba el de la Academia del Pueblo qué llevaba cerrada casi cuarenta años. Los afinados programados de Resultonia tampoco podían ir a estudiar a la Academia Catatonia, sólo para los hijos de políticos del Partido Comercial. Aunque era ilegal negarles la entrada, los Catatonios alegaban que la República no podía pagar el transporte y la manutención de estos estudiantes. Mandrágora retiró sin permiso de la República algunos cerrojos mentales de seguridad de algunos afinados destacados y montó una biblioteca secreta qué llamaría Biblioteca Natural de Madrugada. Los afinados Resultónicos desde qué leían y asistían a la Biblioteca rendían más en los campos e incluso muchos de ellos se volvieron muy creativos, pero se dieron cuenta que muy pronto no habría libros que leer y por esta razón Mandra en la más absoluta reserva decidió construir la Biblioteca Natural de Madrugada.

La Biblioteca estaba situada bajo las cornisas del gran muro del puerto y construida sobre piedra en una cueva subterránea. Ella utilizó a los mejores Ingenieros y albañiles y con todo, las obras tardaron tres años, provocando el murmullo de los Resultónicos paseantes que preguntaban para qué eran las obras que se estaban acometiendo en el puerto. La Guardia Natural contestaba qué se estaban asegurando los muros de contención y, como nadie veían nada todos lo creían. Más adelante se alegrarían sobre manera de que las obras se mantuvieran en el más absoluto secretismo. La entrada se construyó a unos dos kilómetros y estaba situada en el jardín trasero de la pirámide de Mandrágora, que cuando se encontraba en la ciudad era muy raro que no acompañara ella misma hasta la biblioteca a todo el grupo designado para leer, cantar, interpretar, beber, tomar dormideras y escuchar las interesantes y didácticas charlas de la Gobernadora. Lo único que se echaba en falta es qué la húmeda estancia aún no había sido ni acondicionada ni decorada, pero si había asientos, instrumentos y una chimenea para calentarse. La pared del fondo era un muro de cristal a través del que se podía ver la profundidad del océano y el sonido retumbante y sorpresivo que al principio sobresaltaba a los discípulos de Mandrágora, para terminar por ignorar esas amenazadoras abatidas de la misma costumbre. Más adelante contaré algunas de estas sesiones donde cada noche se “apuntaba” alguien más de los Afinados o Afinadas que escapaban en la noche de sus pirámides saboteando los aparatos de control de Móndrigo. Los homosexuales ciudadanos de Resultonia también tenían cabida allí. Ellos pertenecían a una comunidad aparte a la qué Mandrágora ocultaba de la Policía Política de Móndrigo ya que estaban prohibidas por Ley las uniones entre estas maravillosas personas. Esta comunidad vivía fuera de la ciudad cuidando bosques y plantaciones, ella levantó cabañas cerca de los arroyos y entre los árboles y cerros. Nadie se entremetía en esta cuestión, ya que estos cuidadores estaban muy bien vistos por Móndrigo, que ignoraba su condición sexual y que incluso les otorgó un permiso vitalicio para consumir libremente cualquier tipo de sustancia, menos las que no se producían en la Isla. Al ser tan creativos, sensibles y amantes de la naturaleza frutal se les ocurrió plantar alguna vid y hacer vino, prohibido y castigado con el destierro en la balsa de maderos. Construyeron una bodega con más de cincuenta barricas de roble, oculta entre la espesura de uno de los numeroso bosques de la Isla y tras la primera excelente cosecha, dieron cuenta de un vino extraordinario que comenzaron a comerciar en el mercado negro de Resultonia. Nadie diría nada, hasta que una madrugada llevó algunas botellas a la Biblioteca Natural de Madrugada. Los pedidos se dispararon y a punto estuvieron de ser descubiertos, pero no les importó, siguieron con la producción de caldos de la uva.

En la ciudad existía un parque que bautizaron Jardines de Resultonia, era tan bello que los Catatonios exigieron que se llamase Jardines de Islabona, aduciendo que los fondos habían salido de la República. En esto no le faltaba razón. Mandra aceptó el cambio de nombre a cambio de mil bicicletas para el pueblo, ellos aceptaron, más todos en Resultonia lo llamaban Los Jardines de Satronío y esto, sí que era inevitable. Sobre todo existía el rumor de qué había un árbol qué concedía deseos, estos rumores eran peligrosos para la integridad de la gente y casi nadie hablaba del tema del árbol de Luna llena. En su momento os detallaré estos jardines y otras fábulas sobre el árbol qué “correteaban”, por los recintos administrativos cuando lleguemos a este punto. Los Jardines estaban cerrados desde qué una noche la Policía Política apresó a tratantes de joyas y libros haciendo negocios entre los árboles del inmenso vergel. Esto provocó la ira de Mandra que juró venganza política, pero no lo volvieron a abrir y ahora las ramas caídas y el desorden del jardín solo invitaban a limpiar o a pasar de largo.

A los jardines de Satronío el Lanas le rodeaba un misterio qué sólo los gobernantes y algunos Afinados sabían, algunos de ellos eran de la opinión qué la razón por la que el parque estaba cerrado eran por motivos qué nadie lograba entender.

El barrio administrativo o llamado también de gobierno estaba situado en el barrio de los políticos y comerciantes ricos era un edifico de diez plantas con más de cien años de antigüedad y el más antiguo de la Isla, allí se gestionaba a diario la vida de los casi dos millones de Resultónicos.

Debo aclarar a los supuestos lectores que respecto del uso de los colores en esta sociedad algo futurista y surrealista para nuestra cultura y costumbres, ninguna de las facciones políticas tenía un color determinado para identificar su ideología. El rojo estaba prohibido por Móndrigo, pero este si utilizaba el azul para sus diversiones de verano, cuando también por Ley estaba prohibido y solo en las carreras dominicales se permitía el intercambio de ropa de colores, con el fin de aliviar tensiones. Mandra no era de la misma opinión y como hubo escrutado libros antiguos, sabía qué el uso de los colores no era en ningún caso perjudicial. El Presidente alegaba qué la prohibición al uso de los colores venía dada por el hecho que de esa manera las gentes se detendrían más en observar y apreciar la naturaleza y las tonalidades de las cosas. Pero era mentira, pues los Afinados no veían los colores de las cosas por las distorsiones provocadas por las inyecciones de control en sus cerebros. Mandrágora jamás podría demostrar esta teoría en Catatonia, entre otras tantas.

Frente al edifico de gobierno se encontraba la Casa Comercio del Pueblo, donde entregaban las tarjetas de supervivencia a los Afinados y la comida, el calzado, el resto de la ropa y las entradas para las carreras del domingo. También ese año dieron entradas para el partido de fútbol entre Catatonia – Resultonia. Todo el mundo dudaba que en un mes se consiguiese arreglar el estadio Catatonio con capacidad para doscientos cincuenta mil espectadores, si bien es cierto que Móndrigo siempre cumplió todo lo que prometió y él estaba muy interesado en entrar en las ligas Continentales ya que esto supondría para la República una inyección económica bastante importante. El fútbol no era como el de la actualidad, en aquellos partidos jugaban cincuenta contra cincuenta en un campo cuatro veces mayor que los que conocemos. Además, el balón poseía un micro cerebro y tomaba decisiones cuando el árbitro se equivocaba. Si esto ocurría y el juez no pitaba un penalti que si lo fue, el equipo perjudicado era agraciado con un gol imprevisto. Así que si el árbitro fallaba los aficionados se levantaban gritando: - ¡Gol imprevisto! ¡Gol imprevisto!... Como cité anteriormente el campo era redondo y el balón cuadrado.

En la zona de gobierno en Resultonia había otros edificios, como La Casa de la Agricultura; donde se distribuía el fruto de los campos al pueblo y La Casa de las Floristerías; donde se embalaban y preparaban las flores que iban a ser enviadas a la Capital del Gran Continente donde las apreciaban y pagaban al doble de su precio por las flores muertas. Una nave que aterrizaba en la explanada del puerto cada semana, venía expresamente del Continente para recoger las flores. Miles de personas asistían a este acto principalmente niños y niñas pequeños para curiosear cerca de aquella aeronave con más de cien metros de eslora y de un color blanco brillante cuando se perdía entre las nubes grises. Esta aeronave cargaba también las codiciadas plantas dormideras de Resultonia por su magnífico efecto terapéutico. La Casa más importante del barrio administrativo era La Casa de la Mina. Aquí llegaba el porcentaje que le correspondía a Resultonia de lo sacado de la mina de Monte Ciruelo. Mucho menos de lo que le correspondía por estar la mina en territorio del distrito Natural. Esta ilegalidad cochambrosa exhibida con descaro y gozoso desdén por los políticos de Móndrigo, sentaba muy mal allí por las tierras Resultónicas, por lo que antes esgrimí y por esto las dos ciudades estaban muy divididas, incluso los militantes del mismo partido que vivían en diferentes ciudades no se dirigían la palabra.

Los Afinados eran otro cantar. Mandrágora llevaba algún tiempo tejiendo la estrategia política para salir elegida y cambiar todos los sistemas caducados que ya no funcionaban; Los dos estadios estaban cerrados por grietas y desperfectos, los campos de tenis electrónico tuvieron que cerrarse por qué nadie quería aprender a jugar y así todas las instalaciones deportivas. Móndrigo afirmaba qué lo que tenían que hacer los Afinados era pasear más en bicicleta y no urdir en los libros del pasado. Mandrágora tenía muchos proyectos sabía sin embargo que a la menor expresión le quitarían sus ideas los del Partido Comercial, por lo que nunca las desvelaba ni a sus manos derechas. Aquella mañana gris de junio la balaustrada de la Pirámide Central de Ocio y Relaciones estaba cerrada al igual que la Pirámide, rodeada de palmeras gigantes que parecía que iban a partirse cuando las ráfagas de viento apretaban sobre Resultonia.

Los principales cargos del Partido Natural, simpatizantes miembros de la Guardia Natural y amigos y familiares de la prestigiosa política hicieron corro por el puerto para organizar la forma de buscar a Mandra. Mandrágora del Karma había pasado la noche en la Biblioteca Natural de Madrugada oyendo música, tomando dormideras y haciendo el amor con de la Rima, que a esas alturas de la mañana ya había salido de allí por consejo de Mandra, que parecía haberse quitado diez años de encima. Se sentía tan relajada que cogió su aparato de comunicación y conectó con Flemático Snob que se alegró sobremanera de oírla. Ella le dijo que estaba trabajando fuera de la ciudad y que estuviesen tranquilos. Después de esto se recostó en el diván donde había pasado la noche con él y se quedó dormida con su mirada perdida en el océano y su oído soportando felizmente ese ruido descomunal que producían las olas profundas contra los muros acristalados. Aquella mañana otra luz hizo reflexionar a la gobernadora Resultónica sobre algunas ideas del pasado y otras del presente. Todo le había ocurrido tan deprisa qué no le dio tiempo a un planteamiento fugaz sobre si lo que había hecho estaba bien o mal, en realidad, no conocía estas nociones nada más que en los libros. Aquel hombre algo desaliñado y dulce le había devuelto la vida a su alma y ahora incluso se encontraba con fuerzas de plantar cara a todos esos que perjudicaban los intereses de Islabona y destruían la vida de sus amados Islabonenses, tenía tantas buenas ideas, que no sabía por dónde empezar. Se acercó hasta el muro acristalado y acarició el vidrio colorido que dibujaba unos mares añil y disgustados con la calma chicha por demasiado tiempo. Acarició el cristal y con su aliento espetó una pantalla donde dibujó un nombre y una sonrisa, allí justamente bajo las profundidades de un Océano tan fiero como ilusionista.

 

Episodio IV.
Lonas de arena en las Calas

Describir la belleza de Ámbar Manía de los Mares era una ardua labor pues en sí misma era como una constelación de ilusiones. Si la tratabas creías que todos los sueños podían cumplirse y se corrió la voz. Ella terminaba de ojearse en uno de los múltiples espejos montados en gigantescas piedras preciosas donde brillaba más su mirada qué algunos reflejos diamantinos que embellecían su sala de descanso. Sin duda era única y fálica también muy magnética lo qué la convertía en esa persona que todos anhelan ser. Si Platón la hubiese conocido quizá hubiese creído que se escapó del mundo de las ideas.

Contradiciendo las leyes y costumbres, pues en su más ínfimo ser era una auténtica revolucionaria, vestía con finas sedas y perfumes enamoradizos, solo se ponía una joya, pero cambiaba cada día y nunca repetía un diseño igual. Hubo ocasiones que Móndrigo la ayudó a salir de las garras de algún amante obcecado que no admitía su derrota. Hombres considerados únicos y ricos habían perdido todo lo que poseían solo por conseguir los favores de Ámbar Manía o lo que en España sería la zarzamora de lujo sólo que ella nunca se había enamorado. ¿O tal vez sí?

La noche se preveía preciosa al igual que Ámbar Manía. ¿Quién sería más poderosa? Nabastronic Pragmatoide aterrizó en las Calas mucho antes de lo previsto metido en un mono de seda color bermellón que llevaba las iniciales C.A.P, o Continentales al Poder. Sonrió a los dos únicos Afinados Distinguidos que terminaban de ultimar detalles. Cuando estos vieron aterrizar aquel aparato color blanco brillante y salir de él al hombre más poderoso que jamás habían visto uno de ellos se le soltó el objeto que llevaba en la mano. Él, se acercó sacudiéndose y pidiendo agua a lo que se le atendió al instante. Mientras ojeaba, supuso que Ámbar Manía le estaba esperando y del gesto sorpresivo y sonriente, pasó a parecer contrariado. Bebió el agua y regaló a cada uno una bolsita, con algunas diminutas piedras preciosas y otras golosinas... Tras esto se metió en el aéreo y cerró el compartimiento. Los dos Afinados no daban crédito a sus ojos y pensaron de llamar, pero antes de consumar la idea, una aéreo Catatonia con distintivo color azul en una de las alas, indicaba que sin duda era el transporte de Móndrigo el Rancio, tras él cuatro aéreos más, con Lascivia, Ámbar Manía, Joe el Aniquilante y un Afinado Distinguido para servirles.

Eran las siete de la tarde de un día de primeros de junio y Nabastronic salió de su elegante ingrávido y miró a Lascivia, esta se acercó besándole cariñosamente en sus mejillas. Él le dio la mano e intentaba disimular su mirada... Ámbar Manía sólo sonrió y lo engatusó a la primera, no era para menos. Él comentaba que se sentía feliz de estar en Islabona y que era un honor. También qué ardía en deseos de conocer más profundamente la Isla, sus gentes y su cultura. Tras eso preguntó dónde podía hacer las apuestas, dándole una excusa a Lascivia para dejar a Ámbar Manía a solas con él.

En las Calas nunca hubo que lamentar temporales desastrosos, pues como dije anteriormente los grandes muros naturales impedían el paso de las aguas hostiles y grises. Allí el mar transmutaba a azul turquesa en los días y a un azul intenso en las noches claras. Desde allí se podía practicar la pesca, pero solo para expertos, pues debido a lo intransitable de los mares no se podía pescar a escala industrial y los animales marinos adquirieron dimensiones, en algunos casos casi gigantescos. Nadie sabía con exactitud qué tipo de peces habitaban los océanos y veneraban a los Continentales cuando contaban historias de los océanos intransitables. Por esto había que tener cuidado y pescar siempre con cañas electrónicas, sedante incluido y aparejos de acero en todas las ocasiones. De otra manera no servía de nada.

La arena de las calas era de color negro volcánica debido a la proximidad de Monte Ciruelo, qué llevaba apagado unos mil años. Nadie había sentido en Islabona un temblor, si bien sabido era lo de las placas tectónicas y qué la Isla en sí era un sitio de riesgo para vivir.

Las playas de la diversión eran las más limpias y bonitas de la Isla y quién sabe de todo el planeta. Las paredes de las Calas estaban cubiertas de unas pequeñas cataratas naturales que bajaban de un altiplano donde todos debían aparcar sus aéreos sin excepción, menos los diez más influyentes de la noche, que tenían plaza justo al lado de las Calas. Móndrigo estacionó su ingrávido y se dirigió a la cala principal donde terminaban de barrer el cuadrilátero. Joe inspeccionaba con un ayudante la zona. Los jefes de la policía política llegarían en breve a husmear pues ellos eran los designados para informar a su señoría, qué aterrizó minutos más tarde que el resto de autoridades.

El cuadrilátero qué en Islabona tenía la forma de un triángulo, estaba elevado del suelo unos diez metros y los boxeadores no contaban con ayudantes ni había árbitro. El final de la pelea la decidía su señoría o en ausencia de este lo hacía la autoridad más elevada en rango y posición qué en la noche presente sin duda, era Nabastronic Pragmatoide. El triángulo tenía un aforo de diez mil asientos que brillaban luciendo publicidades virtuales en los respaldos aún vacíos. Encima de la lona colgaban unos focos suspendidos en el aire que se apagaban entre asalto y asalto. En la oscuridad aparecía una imagen sonora de un viejo negro virtual enfrascado en una sucia gabardina que hacia largas y bellas notas con su saxo. Esto provocaba el griterío de los aficionados, mientras aquella imagen exclamaba antes de desvanecerse; “Soy de por ahí”. ¡Soy de por ahí! ¡Cómo Larry Bird! Claro qué nadie sabía en esa dimensión quien era ese Larry Bird.

Tras esto las luces la campanilla y los dos boxeadores sudados soltaban derechazos, amagos de ganchos, mientras todos gritaban bajo las luces publicitarias que impedían ver el cielo. Debido a la intensidad de las luces los púgiles eran obligados a pelear con gafas oscuras. A estos se le estaban permitidos ciertos dopajes, pero si alguno de ellos golpeaba al otro con una parte de su cuerpo que no fuesen los puños, era expulsado de las competiciones por cinco años.

Más de seis mil aficionados llegarían sobre las once desde el Continente para animar a su púgil. El resto eran Catatonios ricos o miembros del Partido Comercial qué animarían y apostarían por un Resultónico. El combate se las traía, pues el púgil Continental un imponente hombre blanco boxeaba contra el Resultónico llamado “La Bronca de la Perrera” con ciento veinte kilos y dos metros veinte de estatura. Su apodo lo tenía bien ganado; cuando había combate La Bronca se llevaba a presenciarlo a sus más de cien perros, de todo tipo de razas y todos muy aseados y vestidos. Los sentaba cerca del triángulo y, los canes, cuando golpeaba La Bronca ladraban y aullaban otros. Cuando era el contrario el que intentaba hacer daño a La Bronca, los perros se volvían rabiosos y amenazadores en sus ladridos hacia el contrario. Este grupo de hinchas ya le hubo costado multas y sobornos, pues en algunos sitios no les dejaban ir con los perros. Pero la flor y nata de estos eventos se habían acostumbrado a ellos y reían “copiosamente” ante la hinchada canina propiedad de La Bronca de la Perrera.

Cuando un combate era algo aburrido o parecía a amañado, en contadas ocasiones, los perros de La Bronca fueron el espectáculo. El otro andaba por el mismo pesaje. Era la primera eliminatoria del campeonato de verano con morbo añadido por el hecho que ambos estaban imbatidos y uno de ellos no entraría en el bombo para los cuadres definitivos. El campeonato o gran final concluía la noche anterior a las elecciones de la década y dos de los Vicios y Festejos, que en este año contaba con la inestimable aportación cultural de Ámbar Manía y sus acólitos enamorados. El combate daría comienzo a la media noche cuando a buen seguro casi todos estarían presos de alguna sustancia moderna Continental que solía ponerlos de “aquella manera”... La cena antesala al combate era de un solo plato que esa noche era: “Sardinulias al carbón eléctrico con licor de breva erótica” y licores de frutos secos. De postre un sorbete con psicotropicales vegetales regados con caramelos hechos de hierbas graciosas de Resultonia. Nadie podía escapar “al punto”…

La policía política de Móndrigo llegó en aerobús especial qué los guardianes secretos de la República utilizaban cuando iban de inspección. Joe encabeza el grupo que llegó más tarde y unos extraños animales electrónicos del tamaño de un gato persa que lo escudriñaban todo, dieron un poco de animación a la tarde. También unos payasos enanos que hacían mucha gracia vendían helados voladores por vía magnética.

Ámbar Manía cogió educadamente a Nabastronic del brazo y le llevó hasta la cabina virtual de apuestas. Preguntó a ella qué a cual veía favorito, sin dudarlo le contestó que apostaba por el púgil Resultónico, él sonrió y dijo al pesador de brillantes que apostaba la bolsa de gemas al púgil Continental. Tras esto ella le dijo que perdería poniendo en la mesa de apuestas un zafiro que doblaba el valor de lo apostado por el alto cargo. Pragmatoide sonrió y la invitó a reunir a Móndrigo, Lascivia, Joe y ella, pues irían en su nave a mantener una reunión a la estación orbital con el Presidente Continental.

Mientras caminaba contrariada por aquel gesto, lo vio entre unas cañas de azúcar... Quiso evitarle acelerando el paso por la alfombra instalada sobre las arenas pero él insistió.

- ¡Maransia! ¡Maransia!.

Ámbar Manía quedó parada y se aseguró que nadie lo había visto, entonces fue hacia él y le empujó a la espesura.

- ¡Qué haces aquí! Si te ve Joe te matará. ¡Te ordeno qué te marches! ¿Por qué has arriesgado? ¿Qué ocurre?
- Tienes que parar esto. Los niveles han vuelto a subir, la gente no lo sabe pero queda poco tiempo.
- ¡Márchate! ¡Ahora!

Aquel extraño se marchó y ella se compuso como pudo, Móndrigo la sorprendió.

- Ámbar Manía. ¿Ocurre algo?
- Sí Presidente. Vaya a la aeronave de Pragmatoide. Yo buscaré a Lascivia...

Hacía muchos años que nadie la llamaba de esa manera... Maransia tenía treinta y cinco años en la actualidad y aquel hombre le trajo un recuerdo que le provocó una fugaz lágrima que logró secar a tiempo.

Aquel extraño hombre salido de la nada huyó de las calas y no en una aeronave precisamente. Montó en su jamelgo de pura raza y enrolló los estribos entre sus manos saliendo a toda prisa de aquel paraje marinero. Otros treinta y dos caballos desnudos siguieron la estela arenosa que marcaba el rocín de Goloso Alambiqueño que en aquel día había arriesgado demasiado, pronto estaría oculto, a pesar de estar casi a trescientos kilómetros de Resultonia.

Estos caballos no eran electrónicos y el hecho qué no se vieran estos nobles y legendarios animales transitando por calles y caminos, se debía a qué todos creían que no quedaban caballos en Islabona. Hubiese sido una gran noticia política y un triunfo para Móndrigo poder comunicar a todos que se habían vuelto a ver caballos por la Isla.

Los caballos eran los animales más queridos después de los perros y amados gatos. Fueron los continentales los que dejaron sin caballos a los Islabonenses pues se lo llevaron todos a sus hipódromos, donde sí se podía hacer carreras con rocines de carne y hueso. Un buen día se creyeron desaparecidos.

El problema era que Goloso Alambiqueño Perrancano puro; fue creído muerto por los agentes Continentales y la policía de Móndrigo en las últimas represiones que tuvieron lugar hacia años. Goloso vivía del güisqui de malta. Socavadamente se las apañó para construir un alambique que producía cien botellas mensuales que vendía a un comerciante Continental que volaba cada mes hasta la perrera sin qué en Catatonia tuviese nadie constancia de estos hechos. Fue amante de Maransia cuando ésta aún no había saltado a la palestra política. En realidad ella no volvió a estar con hombres y se volvió lesbiana. Él se volvió alcohólico y casto y solo urdía planes para fabricar más licor. Amigo acérrimo de Gabriel de la Rima soñaba con que volviera la liga continental de fútbol de la que fue expulsada la República de Islabona.

Todo ocurrió cuando unos diez mil saxofonistas borrachos del güisqui del Goloso invadieron el terreno de juego del campo del Resultonia, que se enfrentaba a un equipo del continente. Todos comenzaron a deambular entre los jugadores tocando el saxo cada uno a su nota lo que provocó que más de cien mil personas intentaran saltar al campo. Por suerte para el Alambiqueño nadie sospechó que la embriaguez de los saxofonistas había sido producida por el rico licor de contrabando. Aquella noche no le quedó otra opción que arriesgarse a qué lo detuvieran. Goloso era un excepcional astrólogo, astrónomo y observaba cautelosamente las mareas de las que tomaba, mediciones. Le gustaba pescar y lo hacía desde un risco que nadie conocía. Aquel anuncio significaba que él había advertido algo anormal en los grandes diques de protección. Tras decírselo a Maransia huyó a ocultar los caballos a un lugar que solo Gabriel y él conocían y donde los jamelgos no serían descubiertos. De todas las maneras hacía años que Goloso había olvidado la Revolución y gozaba del descrédito de Maransia ya que ella sabía qué Alambiqueño estaba alcohólico y aun perdidamente enamorado…

Ámbar Manía observó que Pragmatoide la miraba intensamente y Lascivia se dio cuenta. Ella sonrió a pesar de no dejar de girar su cabeza hacia la vereda oculta entre las cañas de azúcar. Nabastronic decidió aplazar el viaje a la estación orbital y Móndrigo le invitó a acompañarle a la sección reservada para máximas autoridades. Faltaban dos horas para que el cielo de las Calas se encendiera con los destellos blanquecinos de los ingrávidos por llegar.

Las otras cuatro calas se abrirían durante las noches siguientes y todas las entradas para la fiesta espectáculo estaban adjudicadas desde el año anterior. Sin duda aquellos combates, que servían como tapadera a los negocios ocultos de ciertos miembros del Partido Comercial, eran un éxito. Algunos monoplazas comenzaron a llegar antes de que el Sol se marchase y Nabastronic fingía oír las palabras de Móndrigo, pero no apartaba la vista de la playa. Maransia se escondió entre unas cañas de azúcar recordando aquellas palabras del Alambiqueño. ¿Sería cierto? Hacía dos años qué le dijo lo mismo y después de hacer algunas investigaciones descubrió que solo fueron las palabras de un alcohólico. Ahora no podía marcharse, sin duda decidió esperar a la mañana. Los zumbidos de los aterrizajes en el altiplano eran cada vez más insistentes, Ámbar Manía se miró en su espejo y componiéndose un poco se dirigió hacia el palco de autoridades. Lascivia, sin embargo, había desaparecido con la excusa del olvido de algunos regalos. En las gradas se podían ver algunos admiradores de La Bronca qué llevaban gorras virtuales con imágenes de algunas de las victorias del púgil Resultónico. Los Continentales nunca llegaban antes de la hora y lo hacían todos juntos. El boxeador Continental era llamado por sus compatriotas Ganchotronic Articulador: A diferencia de La Bronca qué era un hombre de color él era de piel muy blanca. Su fama le venía qué en el 70% de sus combates había tumbado por k.o. a su contrincante con su primer gancho de izquierdas, es decir, en la primera manotada que soltaba. Sin duda era temible. Los Resultónicos presentaron una denuncia al regidor del torneo porqué según ellos Ganchotronic no era humano. Las apuestas estaban del lado del blanco de oro como le decía los Continentales y no era para menos.

Todo estaba ya listo para que diera comienzo la pelea, el palco privado de Móndrigo se había cerrado y unas veinte personas en las que se encontraban; Lascivia, Ámbar Manía, que parecía estar con la mirada en otra parte, Nabastronic, Móndrigo y el personaje qué nadie había visto jamás y qué esa noche acompañó en secreto a Pragmatoide era sin duda el apodado “El gato de brillantes” o, “El felino, tres rubíes”. Era el que mandaba en el comercio de las piedras preciosas en toda la tierra conocida y, además, según decían y a pesar de ser Continental era un buen hombre. Otros le buscaban para matarle...

Tres Rubíes era un hombre de mediana edad muy apuesto y nunca se quitaba sus gafas de cristal negro, así que nadie le había visto nunca la mirada. Llevaba las gafas insertadas en la piel y dormía con ellas. También podía cambiar la tonalidad de los cristales o figurar virtualmente alguna imagen, dependiendo, con quién estuviese. Todos los datos de sus negocios estaban en la memoria de aquellos anteojos con ordenador incluido que se activaba con el pensamiento. Nunca se le conoció secretario ni ayudante, ni dirección fija sólo su aeronave de color turquesa claro que era la envidia de todos los aficionados a la conducción ingrávida. Aquel día no la trajo. Ámbar Manía se enamoró de él cuando lo vio, le había ocurrido antes, pero desde que estuvo con Goloso Alambiqueño no había sentido algo similar.

Lascivia le clavó un pincho en el muslo a la preferida, los celos era claros, Maransia le sonrió y la besó en la boca muy despacio, Lascivia le introdujo con su lengua dos comprimidos de la felicidad, el sonido de unos ladridos de los canes de la Bronca provocó la sonrisa de los Afinados que servían las mesa para la cena en las calas y rompió el muerdo lesbiánico aunque ambas nunca se habían acostado y preferían a los varones, sobre todo si eran poderosos.

Sobre las diez, los aéreos aterrizaban sin cesar. Los púgiles ya estaban en sus “neveras” calentado con boxeadores virtuales, los perros de La Bronca no habían sido admitido esa noche por la policía de Móndrigo, debido a la presencia de Pragmatoide y El Gato de Brillantes, qué dejaron a todos plantados y se marcharon a la nave de Nabastronic a jugar a naipes. Maransia y Lascivia aprovecharon y se sumaron a la partida a la que Móndrigo no fue invitado, pero sobre todas las cosas, lo que el presidente de Islabona ignoraba es que la aeronave de Pragmatoide ya no estaba estacionada junto a las arenas...

El recinto se fue llenando de Continentales y bellas mujeres que le acompañaban, los Resultónicos estaban al otro lado del recinto, pues eran más animosos y a los Continentales no les agradaba intimar con ellos. Las apuestas iban tres a uno a favor de Ganchotronic, La Bronca mientras tanto sonreía en su nevera viéndose ganador. Diez bellas mujeres sin ropa y con un pañuelo de seda al cuello comenzaron a caer con unas alas de mariposa desde una nave que no se veía, montones de pétalos celestes y aromáticos de “bondadosas” caían también, unos fuegos artificiales anunciarían el comienzo de los combates de verano en las calas. Las bailarinas tocaron con sus pies el triángulo” y un cerrado aplauso instauró el ambiente de otros años. Todos estaban muy “entonados y los tratantes de apuestas intentaban “cazar” algún primo de última hora. Móndrigo se mezcló entre los aficionados de su partido. El combate no había dado comienzo pero por los ladridos que provenían de la “nevera de La Bronca indicaban faltaba poco.

Todos los años los combates comenzaban más tarde de la hora acordada y ese año no sería menos. Mientras, Ámbar Manía charlaba en las alturas con Nabastronic de política. Este le preguntó que ideas tenía sobre el futuro de la República, ella no se extendió demasiado afirmando que hacía falta un cambio. Pragmatoide entonces apagó las luces del compartimiento y dijo a su secretario que dejara pasar a Lascivia. Esta se sentó por invitación expresa Continental y tras esto una puerta luminosa se abrió en la pared.

- Vais a conocer al Presidente Continental pero él hablará de espaldas. – Susurró Pragmatoide -

Al lejos, en la luz se veía aproximarse una figura, aunque no se podía distinguir su forma con precisión. El hombre llegó y se sentó en un sillón qué se elevó hasta el techo. Lascivia y Ámbar Manía comenzaron a temblar un poco, Nabastronic estaba compungido pero con la mano y un gesto indicó a sus invitadas qué todo iba bien.

- Decidme. ¿Habéis apostado a mi Gancho? En el segundo asalto ya le había partido ese perrero las gafas. Es un inesperado placer. Enseguida bajo.

Las dos Catatónicas ya se habían tranquilizado y ensayaban su mejor sonrisa para conocer al gran hombre. Pragmatoide conectó una pantalla de visualizaciones y dos caras desconocidas aparecieron. En ese instante el asiento ingrávido de Abusonio Allana, (actual presidente del país Continental) tocó el suelo de la estancia.

Abusonio Allana Crisolado llegó al poder tras más de veinte años de carrera política en la capital Continental. Pertenecía a lo más granado y excelso de la política del gran Continente que rumoreaban en la Perrera que no existía. Era bisnieto de uno de los hombres más rico del planeta y sobrino de la madre carnal de Nabastronic Pragmatoide. El Partido Comercial único con derecho a gobernar, pues el partido Natural en la oposición fue sancionado por el Juez Supremo de aquel país a pasar dos legislaturas en la sombra. Se descubrió que su presidente acumulaba tesoros en una aeronave ingrávida, indefectible, invisible y estática, para cualquier sistema. Estos planos fueron robados a la alta ingeniería aeronaval continental por un espía, que construyó en secreto el prototipo. Abusonio no era un hombre cruel ni sectario, si bien, un espía del Partido Natural Continental descubrió le literatura bélica de la antigüedad. Esto era un grave problema para esa época, ya que las armas estaban prohibidas y cualquier relación con ellas llevaba al portador a la pena de muerte. Este era el único motivo por el que podían ajusticiarte en aquella sociedad. La muerte no era directa. En la República de Islabona era “la balsa de maderos” o la muerte de risa en los bosques; en el Continente era algo diferente. Allí no había posibilidad de regreso, pues el infractor era abandonado en un globo aerostático con una brújula. Pero aquellos vientos no daban oportunidad y ellos lo sabían. Su aspecto no importaba, pues los grandes jefes solían ocultarse en vestiduras virtuales qué eran la locura de aquella sociedad. Los diseñadores de moda de la gran capital usaban telas para las mujeres y complejos microchips para los hombres. Abusonio tenía fama de hombre elegante, aquella noche llevaba un mono color marrón y negro y una gorra con el escudo de fútbol del equipo de su barrio.

- He decidido qué podéis volver a las ligas continentales. – Dijo –

Era lógico, como gran presidente debía llevar un presente un gesto, qué no era otra cosa que la máscara perfecta, para sacar por las buenas, más competencias de la pequeña República.

Abusonio Allana Crisolado sabía que bajo las Isla había importantes yacimientos de bermellones cristalinos, unas piedras preciosas que eran muy valoradas, ya que eran imprescindibles para la construcción de las nuevas aeronaves Continentales. En Islabona el único que conocía el secreto de los bermellones rojos cristalinos era de la Rima y Goloso Alambiqueño y desde hacía poco, también Mandrágora del Karma. El Presidente señaló los dos rostros que figuraban en la pantalla.

- ¿Conoce a estos hombres? Preguntó a Lascivia. “Tres Rubíes”

Este apareció con una cerveza caliente, solo comercializada en el gran continente y salvó a Lascivia de quedar en evidencia, pues esta no conocía a de la Rima ni a Goloso que aparecieron en la pantalla. Ámbar Manía logró disimular el impacto emocional que le provocó ver a Goloso en aquella pantalla. El gato de brillantes dijo con voz grave:

- ¡Yo conozco a ese pescador, el de la gorra roja! Al otro no lo he visto en mi vida, pero tiene gesto cómico y agradable.

Abusonio Allana el presidente fingía oír lo que se hablaba a sus espaldas, aunque estaba más atento al combate de boxeo. Mientras, en Las Calas discurría el sexto asalto que iba perdiendo Ganchotronic. La Bronca oía desde el triángulo los ladridos de sus elegantes caninos (que estaban encerrados), sabedores que su dueño, iba por delante, ya que le había partido las gafas de sol a su oponente con gancho de izquierdas y, esto era medio combate ganado. Pero aún restaban otros cuatro asaltos. Móndrigo ya intuyó que le habían dejado fuera de la importante reunión secreta. Desde que lo visitaron en la mañana Lascivia y Ámbar Manía. De todas las maneras ya estoy un poco cansado. Discernió y, encerrado en su palco virtual comenzó a redactar una carta... En las Calas la verdadera fiesta tendría lugar tras el combate. Los Afinados Distinguidos, soltaban desde Ingrávidos redes electrónicas para que los depredadores marinos no accedieran a las orillas cambiantes de color. Era costumbre insalvable descorchar cavas “encuero” tras el combate y meterse en el agua salina, algunos a hacer el amor, otros a charlar hasta la mañana con una pajarita virtual, los Afinados que servían, llevaban pajaritas virtuales pero con publicidad de la factoría aeronáutica. A estos se les estaba permitido soltar flatos anales en cualquier lugar como premio a tener que servir, era Ley que si algún Afinado era humillado por un Superior, aquel podía bajarse el mono y enseñarle el nalgatorio. Pero esto solo ocurría en las fiestas privadas. El resto hacía negocios con piedras preciosas o tráfico de influencias lo demás importaba bien poco ni nunca importó.

 

Episodio V.
Espías con saxo en las carreras electrónicas.

El ambiente dominical en el hipo canódromo de Catatonia era de los más singular y divertido. Además, en las últimas semanas, Alambiqueño había hecho de las suyas con su güisqui y ya tenía vendido mil botellines para las carreras a la Sociedad Natural de Amigos del saxo. Los miembros de esta sociedad oculta odiaban el fútbol y amaban los animales y las carreras, pues estas también eran un foro para reunir a intelectuales de Resultonia y a tratantes de historia. Los tratantes de historia, como eran llamados los vendedores de libros prohibidos por Móndrigo el Rancio.

Había también un rumor que decía que Pragmatoide quería imponer la pena de muerte para todo el que leyera un manuscrito no impuesto por las normas del estado. El hipódromo lo dirigía una “enchufada” de Ámbar Manía que tenía mucha facilidad para fascinar a casi todos, incluso a gente del mundo Resultónico. La llamaban; La Bella Salitrera, porque Ámbar Manía la rescató de su trabajo buscando manjares marinos por los peligrosos riscos. Este hecho, no iba con la mentalidad de la aspirante a Presidenta de la República, menos, cuando La Salitrera estaba estropeada por el salitre y enferma cuando la encontraron, nadie hubiese dicho que tras los numerosos cuidados qué Ámbar Manía le ofreció, se encontrarían, bien podría decirse; una “Venus de Milo”.

La Salitrera nunca dijo su verdadero nombre y Ámbar Manía no consentía qué nadie contrariara los deseos de ésta. Un Ingeniero electrónico del hipo canódromo la acosó preso de un amor desaforado y Maransia lo recluyó en Monte Ciruelo durante un año buscando rubíes energéticos (casi imposibles de encontrar) a pan bacalao salado y un litro de agua al día por no enviarlo a la balsa de maderos ya que hubiese sido un escándalo sin precedentes y le hubiera costado el puesto.

La personalidad de la directora era un enigma para todos y Ámbar Manía seguía intentando descubrir vía Continental de donde procedía. La explicación que dio la “agraciada” es qué apareció en una playa del norte y caminando encontró a un hombre qué le propuso comida y techo a cambio de pasar todo el día por los picudos y peligrosos riscos atrapando peces para las ricas cocinas del recinto administrativo de Catatonia aunque nunca refirió de quién se trataba.

Aquel domingo no era como otros días festivos en las carreras. Los amigos del saxo (qué estaba prohibido exhibir en público) estaban en contra de la música programada de las cabinas y la pastilla qué todos tenían que tragar antes de abrir las ventanillas de apuestas.

Móndrigo y su servicio secreto ignoraban qué Pragmatoide sospechaba que en las carreras electrónicas de la isla se utilizaban en la sombra piedras preciosas para las apuestas. Por esto envío a uno de sus espías más avezados para investigar el asunto. Si finalmente llegaba a oídos de Abusonio Allana esta trama de tráfico ilícito de joyas, el partido comercial podría ser apartado de la política de Islabona por dos décadas, lo que dejaría el camino libre a la buena de Mandrágora. Lascivia y Ámbar Manía eran las auténticas responsables de esto, que no en vano organizaron bajo la dirección de La Salitrera qué cobraba un buen porcentaje por la ocultación de estas apuestas.

La mayoría de Catatonios ricos no asistirían a las carreras tras la juerga viciosa de la noche anterior casi todos estarían durmiendo y otros seguían tras los muros ingiriendo drogas, alcoholes y sexo sin refreno. El estadio comenzó a llenarse de obreros afinados que en cola iban tragando la píldora obligada... Goloso sí estaba enterado de la trama de las joyas que tenían lugar tras los muros del hipo canódromo. Él vendía botellines de su licor a los jefes de apuestas, qué a su vez tenían en nómina a agentes de Lascivia. Estos últimos robaban piedras preciosas de la parte sur de la mina de Monte Ciruelo, a esto, había que unir los intercambios en menor medida de algunos obreros Resultónicos que comerciaban joyas en pequeñas cantidades y también caían en la tentación de aumentar riquezas con intenciones de coleccionista, claro está, pues la piedras ilegales sólo se podían intercambiar en la banca nacional de la República y si no tenías un permiso especial para encontrarlas por parte de la administración Islabonense el destierro en la balsa de maderos estaba asegurado.

 

Episodio VI.
El final de la tiranía

¿De dónde salían todas aquellas pequeñas piedras preciosas con las que comerciaban los Resultónicos? Nadie lo sabía. Sin duda procedían del secreto de Gabriel de la Rima, aquel día se preparaba en la sombra una revolución sin parangón en Islabona y ni Mandrágora del Karma poseía ni más leve sospecha… ¿Serían los Perrancanos del sur? ¿O tal vez el mismísimo poder Continental quería cambiar el orden de las cosas, culpando después a las gentes del sur?...

 

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Zona actual.
Capitulo III.
(Continuación)
El papiro.

Miste siguió desenrollando el resto del papiro pero no había nada más leíble parecía que el resto de ese capítulo o pasaje se había borrado aun así pensó en utilizar algún producto químico, desistió de la idea cuando cayó en la cuenta que el pergamino podría contener la ubicación exacta del tesoro de Salomón… ¿Qué hacer entonces? Las dudas comenzaron azotarle su testa emocional poeta quedó tan intrigado con la historia que acababa de leer que ansiaba saber más para saber de esa civilización extraña de otros tiempos. ¿Quizá del futuro?... ¿Tal vez del pasado?...

Lo que más le sorprendió de la historia futurista es que daba la impresión que podría ser la misma Islabona que pisaba. ¿Y si ya había ocurrido cómo podría ser futurista? Sus ojos se le encendieron. ¿Podría ser el libro del que hablaban los viejos que encerraba el secreto de la Isla y del tesoro según decían otros perteneció a Salomón cuando se enamoró de la mujer más bella que existió? Debía consultar con algún experto en el tema. Él ya hubo leído esas leyendas de los mayores y en el orfanato que se crió los niños no hablaban en las noches de otra cosa. Aunque no las creía. Y si es así, ¿podría tener en sus manos el posible mapa de ese fabuloso tesoro? Siguió desenrollando el papiro y al final había un mapa muy bien dibujado, sin duda era Islabona con algunas connotaciones diferentes, sobre todo le llamó la atención que el mar se había comido algunos litorales, si Peter Vermach viese esto, se dijo. Aún no era perfectamente consciente de lo que tenía entre sus manos, por otro lado, al ver el mapa y comprobar que faltaban franjas de tierras le quedó totalmente claro que era el futuro, pero… ¿Cómo llegó el papiro hasta el presente?.... También podía ser una broma pesada o un libro que alguien escribió y perdió hace años y si no era así, como llegó hasta allí, ¿del futuro?, ¿de otra dimensión?...

Arrampló con todo lo que encontró de comer en la alacena y conectado a Internet buscó y buscó reseñas sobre el posible papiro o algún libro similar pero tras una larga noche no encontró nada. Había sacado algo en claro, la Islabona del papiro era la misma Isla de la actualidad con algunas variaciones, Monte Digno podría ser Monte Ciruelo, claro que el lago de los cipreses no aparecía en el mapa del manuscrito o estaba mal dibujado. Sin había algún tesoro se encontraba bajo aquellas ciénagas de muerte y el experto en la zona no era otro que Peter Vermach. Marcó el número de Peter su celular estaba apagado, de repente oyó pasos en el descansillo de la escalera, alguien forzaba la puerta de entrada a su apartamento... 

 

 

Capitulo IV
Muerte en la laguna.

Según algunos cuentos locales en Islabona había duendes que merodeaban las noches claras por Sadonay Blues. Charly Saboz nunca creyó en ellos y tampoco en otro tipo de supersticiones, solo creía en su trabajo y en la manera de forjar un mundo mejor, claro qué, no contaba con ciertos contratiempos, si, esos contratiempos que sorprenden a cualquier ser humano que cree poder cambiar las cosas y él no sería menos…

El jefe de detectives escudriñaba en el monitor algunas cuentas sospechosas de Internet que podrían pertenecer a presuntos delincuentes de la zona de Puerto Alifa, donde se rumoreaba que se traficaba con joyas, drogas, armas, órganos y todo lo que estuviese prohibido y fuese muy caro. Su opinión respecto del sistema variaba mucho de las de sus compañeros de fatigas y por esta razón era impopular, sin embargo, era fiel e insobornable como un caballo de pura raza y por esto sus superiores le nombraron jefe de detectives. Después de ojear aquellos archivos sospechosos decidió dar un paseo por el parque Wellington donde en las mañanas como aquellas paseaban las adolescentes con dirección al colegio cristiano de Las Esclavas de Nuestro Señor, un posible pederasta merodeaba por allí, según uno de sus informadores en la sombra…

Athenea Marronan observaba el brillo de aquella lámpara de oro puro repasada por una mujer del servicio. Su marido no había llegado, el motor del Ferrari era el aviso de que estaba en casa. Miró hacia el cortinaje del ventanal que daba a la piscina, entre los filos vio al jardinero afanándose por terminar de cortar la hierba y recortar los rosales. Aquella noche había una fiesta que organizaba su marido para varios amigos de negocios y otros conocidos, en total veintitrés personas, incluido el servicio. Todos tenían algo que ver en el último negocio triunfante del señor Marronan que se había embolsado veinte millones de Islabones de una “tacada”, todos, iban a comisión así qué, todos o casi todos estarían felices aquella noche.

La mansión Marronan daba a un tajo por donde bajaba un riachuelo de la sierra, al otro lado el mar, ambas cosas, podían y debían permitírselo. Ahora él era un genio, un experto descubridor de negocio donde nadie ve nada. Todos le adoraban o fingían adorarle...

En ese instante sonó el teléfono del salón y el mayordomo contestó:

- Casa de los Marronan. ¿Con quién hablo por favor?
- Soy el señor Marronan dígale a mi esposa que anule todo y qué esté en la mansión del lago de los Cipreses a las seis, usted y todo el servicio tienen el día libre.
- Gracias señor Marronan.
- Vaya a donde usted sabe e invite a todo el servicio a cenar que lo pongan en mi cuenta.
- ¡Oh señor Marronan muchas gracias!
- No hay de qué querido Soberoz. Pasadlo bien…

La señora Marronan supo de inmediato que significaba aquel cambio de planes. Sonrió y subió a la primera planta de la mansión para preparar una pequeña maleta para ella y otra para el señor Marronan. Podría coger el Porsche color plateado para subir zigzagueando hasta el túnel de las siete luces.

- Señora si no desea nada más nos marchamos de cena.
- ¡Oh Soberoz! Déjame adivinar, os ha invitado él. Estáis muy guapos. Una última cosa Soberoz.
- Lo que mande la señora.
- Deja esta carta en la dirección del membrete cuando pases por El pretil de los lunáticos.
- ¡Claro! Iremos a beber allí después de cenar.
- Désela a nuestra hija, ya sabe.
- Oh si, lo siento señora.
- No importa, venga que se os hace tarde.
- Es usted una enviada del cielo.
- No es para tanto… Pero es bonito… Gracias Soberoz. Buenas noches.
- Buenas noches, señora.

Se esponjó y divirtió en su piscina climatizada mientras tomó unos granos de caviar y unos tragos de champaña mil Islabones la botella. Llamó desde su disfrute de aloes a su amiga Ponchita Macadamia, así la llamaban solamente sus íntimos, su nombre era otro. Su marido se hizo rico con esos frutos secos y de tantas fiestas que dio la Ponchita a sus amigas cada vez que un cheque gordo entraba en su casa, un buen día decidieron llamarla así, a Ponchita le encantaba, pues era experta en colgarle motes a todo y por supuesto, había que predicar con el ejemplo, ¿faltaría más?... Así qué lo de Ponchita era porque le encantaba beber ponche hasta balbucear y lo de Macadamia por ser este fruto seco el origen de su inmensa fortuna.

Antes de bajar al garaje esnifó un poco de coca y encendió un pitillo. Se miró en el espejo, el último que quedaba de los diez que había desde su dormitorio hasta el hall. Sabía que los hombres y algunas mujeres la adoraban por su excelsa belleza y por esto sonría a hurtadillas como la que roba un secreto maravilloso de un cuento de hadas.

Arrancó su potente deportivo y salió algo acelerada y fumando con pasión, al fondo se veía el túnel de las sietes luces, pisó el acelerador y entró a toda pastilla en aquel cambio de rasante. Una vez dentro del túnel comenzó a adelantar zigzagueando entre los tres carriles, el perfume carísimo qué se ponía puso fragancia a los aires de aquella correría. Sonaba en la radio Te amo de Umberto Tozzi y le recordó, como pude hacer aquello, follar con el feo de las bicicletas… Salió del túnel pensando que ya no amaba al Señor Marronan y que quería divorciarse, por supuesto el Porsche plateado que dormía en uno de los garajes también sería para ella. El efecto de la rayita de coca había decaído y las ideas de divorcio empezaron a no ser tan claras y se amontonaban en la cabeza mientras transitaba por aquella autopista de la sierra a más de doscientos... “Te amo, te, amo, al viento te, amo, mi mariposa que muere batiendo las alas”…

- El señor Marronan ha llegado en su Ferrari señor Avaricié.
- ¡Oh es un honor! ¿Dónde se encuentra, querida Magdalenaz?
- Está contemplando la laguna, como todos señor Avaricié.
- Bien, iré a verle. Prepara todo Magdalenaz, están al llegar.
- La sala teatro ya está ambientada.
- Buen trabajo. Retírate.
- También acaba de llegar los hermanos Lou y Graney y el accionista japonés Chin Lux.
- Magdalenaz.
- Si señor Avaricié.
- Ve y acompaña a todos a la sala, diles que yo iré ahora.
- Cómo mande señor Avaricié.
- Saca los manjares y champanes. Lo pasaremos bien sin duda.
- Todo está servido, señor.
- ¿Llegó la señora Marronan?
- No señor.
- Avísame si llega, quiero decirle algo sobre un negocio que me preguntó. El genio Marronan en persona. Ven, dame un abrazo genio. ¿Es cierto eso de que has conseguido cinco para cada uno y veinte para ti?
- Dame una copa de la reserva que no sacas.
- Me alegro de verte.
- Igualmente Lass. ¿Oye? ¿Y tú hija?, tiene que devolverme unos informes.
- Está en el ático. Puedes subir si quieres, pillín. No me la entretengas, prepara un importante proyecto.
- No tardaré Lass.
- Eso espero genio.

El señor Avaricié reinaba aquella noche con absoluto deslumbre, seguidamente recibió a dos personajes que no le caían muy bien, sobre todo porqué los servicios de espionajes de varios casinos de renombre los andaban buscando por usar sistemas para saltar la banca. Los hermanos Lou y Graney sospechosos de negocios sucios comprometían la sociedad Marronan – Avaricié.

- Qué tal, encantado de volver a veros.
- Señor, Avaricié, un placer volver a verlo. .
- Tenéis nombres de modistos elegantes; “Lou y Graney. Muy interesante. Más nuestros negocios se ven comprometidos con ciertos rumores de estafas a casinos de juego, me temo que nuestra asociación va a durar poco, esto puede perjudicar a nuestras transacciones.
- No volverá a ocurrir, se lo aseguró, señor Avaricié. ¿Verdad Graney?
- Le damos nuestra palabra.
- Acabáis de ganar cinco millones. ¡Que hacéis con el dinero!

En aquel instante apareció el inversor japonés Señor Chin.

- Señor Chin. Es un verdadero placer volver a verle. ¿Qué tal el viaje?
- Muy bien gracias. Le presento a mi esposa.
- Chin Aguaz, la belleza oriental personificada, le diré algo al oído con permiso de su marido. ¿Le apetece un suspirito blanco?
- Oh, sí, hacer posible con cava Catalán, Brut Nature sería mejor. Que amable señor Avaricié.

Marronan giró el pomo y entró sin avisar, la joven intelectual estaba tumbada con un libro abierto sobre sus hermosos y contorneados senos. Empezó a buscar sobre el escritorio rastros de su informe para no despertarla, intentó no hacer ruido. Cuando fue a salir ella le puso una zancadilla y el calló en la moqueta color verde azulado. Ella lo abrazó y le dijo que la invitara.

- Yo no tomo esa mierda y lo sabes.
- Pues fóllame.
- Mi esposa está al llegar, esto no es el club.
- No puedes evitarlo, venga, hazlo, mira, estoy cachonda perdida. La jodienda no tiene enmienda, dijo alguien y antes de un examen necesito descargar y tú me gustas aunque nunca te lo creas… - Después rio con sorna encantadora -
- Debo irme... Si tu padre se entera de esto me costará una fortuna…
- Pues cómprame. Ja, ja, ja… Ya nos veremos. – Concluyó la bonita hija de Lass -

Todos los más ricos de la comarca Moñohondo se encontraban allí, también sus enchufados políticos de ultra espionaje, los accionistas con más ceros en sus cuentas y las mujeres más despampanantes y todo lo demás también, incluidos algunos personajes relevantes del servicio como Magdalenaz y Soberoz que declinó la oferta de recibir un extra por ir aquella noche a servir. Un grupo tocaba Jazz del bueno en el salón acristalado que estaba tintado de una luz púrpura salpicada del humo de los cigarrillos de otros invitados, pero aquella puerta se cerró a falta de la señora Marronan, que tardaba demasiado. Nall Marronan subió al pequeño escenario y tomó la palabra del breve discurso de bienvenida:

Hola a todos. Señoras, caballeros Lass, señores consejeros. Tengo el honor de comunicaros que finalmente ha sido posible la presencia de nuestra ya conocida y querida por todos Adelitaz Potroz fiel secretaria y especialista en sacarte de un apuro. El consejo ha decidido que en este último negocio tu comisión será de un millón, te los ha ganado, por favor un aplauso para ella. Todos aplaudieron sin reservas. Nall Marronan continuó: Para los hermanos Lou y Graney propietarios de Satélites y Ultra comunicaciones, diez millones. Muy generosa suma, dijo Lou, muchas gracias a Nall Marronan y a todo el consejo…

Un aplauso para ellos y sus dos señoras Preciosaz y Hermosuraz. Míster Marronan repartió todas las comisiones y todos recibieron su dinero, tras esto se bajó la intensidad de la luz en el comedor acuífero con escenario incluido, donde la pequeña banda tocaba ahora baladas de corte clásico, mientras el resto disfrutaban de una espléndida cena entre bromas, risas y manos perdidas por las piernas escondidas bajo el mantel. Todos estrenaban modelito de las marcas más caras, algunos estrenaban pareja cada día, otros estrenaban Ferrari también algún Roll Royce y la mayoría se estrenaba a sí mismo. Había que seguir en la elite a costa de lo que fuese... Si no, ya no habría homenajes con piedras preciosas para las damas y la absurda pirámide se desvanecería...

Nadie de los presentes se acordó de ella. Todos cenaban y nadie la echó en falta. Athenea, frenó delante de aquel árbol y vio a su hija allí arriba colgada de un madero como Judas Iscariote, solo que la bonita Azulí nunca había vendido a nadie…

La señora Marronan frenó en seco. Hacía frío y la neblina densa, miró hacia arriba y dio un grito qué se llevó el eco de la laguna. Era Azulí su hermosa hijita, colgada y aún con vida.

- ¡Socorro!

En vano pues estaba a varios kilómetros de la mansión Avaricié y ella se encontraba a mitad de camino entre el cruce con la carretera interestatal y su destino. Tiró de ella con todas sus fuerzas subida a aquella piedra, de repente una mano delgada salió de la neblina y de un esfuerzo bajó a la niña. Respiraba, más Athenea no se percató de la ayuda salida de la oscuridad del bosque denso. Oyó un ruido procedente de la laguna, mientras le hacia el boca a boca a su hija...

- Asesinos, asesinos, qué habéis hecho a mi hijita.

Se tranquilizó cuando escuchó su corazón. Podía oírlo perfectamente.
Azulí volvió en sí con la carta que Soberoz le entregó.

- Por qué lo has hecho corazón. –
- Una amiga me enseñó en Internet lo qué papá y sus amigos le hacen a ese poeta, me dijo, voy a decirte como se gana el dinero tu padre. Humillando a ciertas personas para robarles sus ideas…
- No es cierto, hija, te aseguro que no es cierto.
- Miste ha muerto.
- ¡Miste! ¿El poeta de las bicicletas?
- Sí, y ahora lo haré yo, pienso tirarme a esa laguna de los Cipreses y morir ahí, Miste era mi vida.
- Y la mía.
- ¡Y no era muy guapo!, ¿verdad mamá?
- No, no lo era. ¿Recuerdas aquellos versos que susurraba en el lago mientras arreglaba las flores? “Nosotros también somos pájaros/ y siempre estamos soñando/ o estamos locos de amor”… - A Athenea se le escaparon dos lágrimas…-
- Vete madre, debo morir, me dije un día qué sin él y su poesía, no querría vivir.
- Busca otro poeta, hay muchos. Debes reiniciar tu vida tienes un bonito futuro lleno de prodigios… Nunca debí déjate leer Romeo y Julieta…

No debió decirle eso, por qué se lanzó a la laguna oscura sin miedo y desapareció en la noche callada. La bella y ahora triste señora Marronan no sabía dónde buscar, fue hacia el coche para pedir ayuda y puso los faros mirando hacia la laguna para iluminarla, tras esto se acercó a la orilla y se perdió entre los juncos acuíferos, sin duda alguien o algo se la llevó.

En la mansión Avaricié todos se encontraban excelsos, repletos y sumamente gloriosos. “No se besaban por qué no se llegaban”. Lass Avaricié invitó a un caro habano a Nall Marronan en la privacidad de su despacho; alguien qué había llegado el último y se había puesto el primero, vendiendo tratamientos falsos a las chicas obesas de Internet. Hizo varios millones y se retiró una temporada, luego se dejó ver trabajando para Tour Operadores Internacionales, hasta que conoció al multimillonario Lass en aquel crucero e intercambiaron grandes vinos reservas e ideas robadas; por su propia red de espionaje. Tras esto hicieron un intercambio de parejas claro qué todos se encontraban demasiado borrachos y nadie se acostó con nadie y, sólo por complacer ese morbo caprichoso del tabú dónde las esposas se prestaban a cualquier cosa que empecinara la mente millonaria de sus cónyuges; pasados de rosca en algunos casos…

Se divertían y cada vez ganaban más dinero, pues Lass y Nall estaban echando del negocio a muchos de la competencia barata qué estropeaban las grandes operaciones de contraespionaje.

- Dime, Nall, cuantas veces has deseado a mi hija, golfo sinvergüenza
- No consiento que pienses eso de mí. Tu hija es una chica llena de vida, le resta mucho por descubrir.
- Creo que es una romántica.
- Ardiente si es. Cómo el fuego de los Dioses… - Repuso Marronan -
- Eres un golfo, sinvergüenza, te has salido con la tuya. Tu mujer y tu hija están muertas y desaparecidas, como deseaste aquel día medio borracho y mira quién está aquí. Los rumores dicen que sois amantes… - Dijo, Lass. Nall lo tomó a broma macabra -
- ¡Margaz! Te dije que yo te avisaría. – Exclamó Nall algo sorprendido, ignoraba que su socio lo había preparado todo. -
- Hola amor. Qué tal si me dais un trago. Dame un besito Nall. ¿Cuánto hay para mí?
- Margaz, Margaz... Si llega Athenea y te ve aquí pedirá el divorcio. – Lass dijo algo a su socio -
- Ahora ya eres miembro del club al que tanto anhelabas pertenecer. Lo has hecho. Has cumplido tu palabra de llevar tu ambición y tu egoísmo hasta el límite, lo que has hecho con tu familia demuestra que ya estás preparado.
- Gracias Lass.
- Por favor, um, dame un besito.
- Márchate a la fiesta Margaz, ¡enseguida! – Margaz se marchó a la fiesta -
- Dime una cosa Lass. ¿Por qué has dicho todo eso de la muerte de mi familia para que lo escuchase Margaz?
- Quería saber qué opinaba.
- Eres macabro y malo. A todo esto, ¿dónde está mi esposa?
- ¡Es cierto! No olvidamos de ella. ¡Magdalenaz!.
- Señor Avaricié.
- Llame a la comandancia y páseme la llamada.
- Como mande señor Avaricié.

El potentado Nall Marronan siguió sincerándose con su socio en la soledad de la lujosa estancia:

- Ya no la amo Lass, ni a esa hija suya que no es de mi sangre.
- Pues déjala.
- Tendría que darle la mitad.
- Coge esta copa y el suspirito.
- Gracias Lass.
- De nada genio.
- Señor Avaricié las comunicaciones están interrumpidas por un temporal
- Bien, subiremos arriba a mi ático, tengo un gran equipo de telecomunicaciones. Coge la botella y el bote y sube conmigo, deja que se diviertan, tengo que hablarte del próximo negocio. ¡Te gusta la vista por encima de la bruma!
- Espléndido y aquí no hace frío.
- Con una botella de mil Islabones, dudo que tengamos frío. Mira esa laguna, tiene un montón de historias.
- Déjame ver por el telescopio.
- ¡Señor Avaricié! Señor Avaricié Adelitaz Potroz ha desaparecido.
- ¡Pero qué está diciendo usted Magdalenaz!
- Ha empezado a llover, aprisa, vayamos al habitáculo Nall. Aquí estamos bien y no hemos perdido la vista de esa Laguna de los Cipreses, quería hablarte de ella.
- Pues bien, problema solucionado, quédate con las dos.
- De la laguna, Nall, de la laguna, el otro asunto puede y debe esperar socio.
- Lo que tú digas. Que decías de esa Laguna.
- Dicen que hay una tonelada en piedras preciosas en esas ciénagas a unas cien millas de aquí.
- Bien. Cuanto hay que poner, primero quiero saber la fuente de esa historia.
- La fuente de esa historia es un cuento aldeano.
- ¿Es muy largo?
- No, oye bien: Según cuenta en estos parajes vivió hace milenios una mujer de una belleza y un poder comparable a las Musas. Cuentan que con solo mirar a una persona la hacía feliz y dicen también que volaba y que el mismísimo Salomón en persona visitó estos parajes para pedirla en matrimonio.
- ¿Y qué ocurrió?
- Él judío se presentó con una caravana de bestias cargadas con las bellas piedras preciosas y aquella noche de luna apareció un Ángel en la laguna y le dijo a Salomón; “Si quieres a la muchacha como has demostrado, debes hundir todas esas riquezas en el fondo de esta laguna”
- No jodas, Lass. Eso no hay quién se lo crea. Lo podía haber escrito mi hija.
- ¡Qué no! Mira esto… - Magdalenaz interrumpió -
- Señor Marronan el coche de su esposa ha aparecido a unas pocas millas de aquí, en la parada de la piedra azul.
- Vamos. ¡Aprisa!
- Si enseguida.
- La señorita Adelitaz tampoco aparece señor Avaricié.
- Bien Magdalenaz, haga como si nada hubiese pasado, yo informaré a la policía. No diga nada, volveremos dentro de un rato.
- Señor Marronan espero que la señora aparezca sana y salva.
- Seguro que sí, seguro que Dios se apiada de nosotros.
- Le habla Nall Marronan. Vamos hacia allí. – Minutos más tarde -
- Puesto de control, me recibe, aquí el Capitán Mandenoz. No hay nada que hacer. Señores, señor Marronan. Su esposa ha caído a la laguna parece ser que ha tropezado, sus huellas están hasta esos juncos.
- Capitán aquí hay otras huellas más pequeñas y un pañuelo. Es este.
- ¡Es de mi hija Azulí! Dios mío estaba con ella. Tengo que llamar a Soberoz.
- Se refiere a Soberoz, su mayordomo.
- Si Capitán.
- También ha desaparecido. Decidió venir a servir al saber que la casa Avaricié estaba corta de personal. Hemos encontrado su motocicleta en la vereda.
- No me gusta cómo me miran esos árboles. No hay nada que hacer, esa agua es espesa y profunda como el hoyo de un volcán.
- Si desea dar aquí mismo un responso no habrá pega. Es imposible adentrarse ahí no hay medios para ello, morirían todos mis hombres. Es imposible que su mujer y su hija sigan con vida en estas circunstancias.
- Está bien, Capitán.
- ¡Caso solucionado todos a sus casas! Lo siento mucho señor Marronan.
- Lo siento Nall. Te acompaño en el sentimiento.
- Gracias, Lass. Voy a coger el coche, nos vemos en la casa…

Capítulo. V.
La trama Marronan

Efectivamente Adelitaz desapareció; sus huellas llegaban hasta el puentecito derruido que estaba situado a solo media milla de la mansión. Lo peor es que cuando Lass Avaricié y Nall Marronan volvieron a la mansión todos habían desaparecido. El agente que les acompañó para investigar lo de Adelitaz quedó sorprendido pero no tanto como los ricos potentados. Sabía una historia del Lago de los Cipreses.

- Esto es otra maldición de la bruja maligna del lago.
- ¿Quiere una copa sargento?
- No gracias señor Avaricié.
- Malas noches por estos lares. Soy el jefe de detectives Charly Saboz. Todo esto es muy extraño.
- Hola Charly, ¿te han informado ya?
- Un poco. ¿Dónde están todos?
- No sabemos aún, explícito Lass.
- Bien. Vayamos a la sale de baile y sentémonos a charlar un rato. Sargento, eche un vistazo por la casa, mientras hago unas preguntas a estos señores.
- Claro Teniente.

En el exterior comenzó a llover con fuerza y unos truenos rompieron la madrugada.

- ¿Quiere algo detective?
- No perderé la oportunidad de probar esa coñac. Nunca podré pagarla.
- Um, aquí si qué podemos pagarla. ¿Verdad Nall?

Nall miraba hacia la laguna a través de la cristalera verde del salón de reuniones.

- Está muy buena está coñac. ¡Señor Marronan!. No ha contestado al señor Lass.
- Lo siento, detective. Margaz ha desaparecido también.
- Teniente, está todo limpio. No hay pruebas concluyentes.
- Papá, papá. ¿Qué ha pasado?
- Oh mi niña. Gracias a Dios está bien.

Santaz miró con ojos simpáticos y picarones a Nall, qué tenía profundas ojeras, parecía estar sufriendo.

- Señor Nall. ¿Su esposa y usted tenían problemas?
- ¿Es un interrogatorio detective?
- Es una invitación a que colabore, no está obligado hacerlo, pero puedo citarle.
- No estamos para interrogatorios.
- ¿Ha hecho el recuento sargento?
- No hay sangre, ni cuerpos, parece que poco a poco todos fueron saliendo a pie y las pisadas se pierden en el camino a la playa del sur. No podemos inspeccionar la zona ahora, hay arenas movedizas pero si han tirado por ahí estarán todos muertos.
- Buen trabajo Sargento. ¿Falta algún vehículo?
- Si, el de ese matrimonio oriental el señor y la señora Chin.
- Se despidieron de mí antes de irse.
- Se despidió alguien más señor Avaricié, o debo llamarle Lass.
- Eh, policía hambriento, deje a mi padre en paz.
- Eh, niña mimada, hay gente desaparecida. ¡A callar!
- Padre como dejas que esta gabardina con patas nos mande callar en nuestra propia casa.
- Calla cielo. Está bien, que quiere saber.
- Dígame señor Marronan. ¿Quién es el hombre de la foto?
- Es mi mayordomo Soberoz.
- Sus huellas se pierden en el camino, venía hacía aquí. ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando para usted el señor Soberoz?
- No sé, quizá dos años. ¿Puedo, ir al servicio detective?
- Puede ir si lo necesita. Vaya.
- ¿Usted también lo necesita?
- No, yo me conformo con un pitillo.
- ¿Quiere otra coñac detective?
- No, gracias. ¿Usted conocía a Soberoz, señor Lass?
- No. Solo de varias veces que le vi allá en casa de los Marronan. –
- ¿Sabe quién es Soberoz en realidad?
- Sí, el jefe de servicio de mi socio y amigo Nall Marronan.
- No. Es el jefe de vuestras operaciones encubiertas y el encargado de colocar los aparatos en los sitios requeridos, en realidad he sido muy inocente con ustedes dos. Verá señor Avaricié, me han subestimado. El señor Soberoz huyó de Cuba y después fue reclutado por la inteligencia conservadora yanqui para la operación en Bahía Cochinos. Tras esto, se le dio otra identidad y pasó a formar parte de los servicios de inteligencia en Europa. El señor Marronan hizo un negocio con él vía Internet y Soberoz empezó a venderle material.
- Todo eso es una sarta de mentiras. Quiero que salga inmediatamente de mi casa.
- No, eso no será posible. Ha muerto gente honrosa, ciudadanos respetables. Poetas, intelectuales, visionarios, mientras ustedes dos se hacíais multimillonarios. ¿Sabe quién es el hombre de esta foto?
- No tengo porqué seguir colaborando. No tiene nada contra mí.
- Le llamaban Miste.
- No lo he visto en mi vida...
- ¡Sargento! Venga aquí. ¡Sargento!.
- Seguro que algún espía lo ha matado. Papá este tío está chalado, échalo ya.
- Señorita, haga el favor de ir a buscar al señor Marronan.
- No me órdenes tío sucio.
- Tiene suerte, señorita…
- Usted la va a necesitar. Enseguida vuelvo, padre.
- No se preocupe señor Avaricié, sé que usted no estaba al tanto de las operaciones del señor Marronan.
- Entonces, le ruego qué nos deje descansar.
- No me es posible hacerlo, señor, hay siete coches ahí afuera sin sus dueños y debo esclarecer este asunto. Esperaré a los servicios de la mañana, cuando escampe y la densa bruma de la laguna aclare un poco, hay que rastrear en la medida de lo posible. Me pregunto por qué todos se fueron hacia la orilla.
- Detective, papá, Nall ha huido en su Ferrari.
- ¡Maldición! Las comunicaciones están interrumpidas. Me pregunto que habrá sido del sargento. Espero qué no haya sido tragado por esa extraña laguna. ¿Conoce la verdadera leyenda de la laguna?
- No creo en leyendas. Soy cuadriculado.
- ¿Cuánto hace que tiene esta casa?
- Dos años. Pero solo hace un mes qué mi hija yo y la señora Avaricié nos mudamos.
- ¿Dónde está la señora?
- De viaje de placer con uno de sus amantes.
- La leyenda dice que esta Mansión está maldita. Y usted que roba información privilegiada va y la compra.

Avaricié empezaba a estar harto del detective, el gran reloj de la entrada marcó las doce de la noche y dos truenos inquietaron a la joven que se abrazó a su padre.

- Tiene que irse ahora mismo. Estamos hartos de usted.
- No puedo ni quiero irme. Acostúmbrese a mí, voy a pasar la noche en este espléndido salón hasta qué me diga quién tiene el plano para llegar sano y salvo al centro de la laguna. - Avaricié, lo miró con odio. –
- Parece usted un niño que acaba de leer La Isla del Tesoro.
- Le estoy apuntando.
- Papá has lo que dice.
- ¡Todo esto no hará falta!
- La Ilustre de Moñohondo. Es un honor.
- ¿Qué ocurre aquí? ¿Dónde están todos? ¿Quién es? Este no es de los nuestros. A propósito, dónde está mi millón y medio en billetes.
- Enseguida no puede ser. Marronan ha huido y la caja central está a cien metros de profundidad bajo su Mansión.
- ¿Qué guarda en esa caja?
- El dinero de todos los socios. Los negocios de ultra espionaje generan mucho dinero, alguno lo empleamos en turismo, diamantes, pero allí está el noventa por ciento de todo el capital.
- ¿Cuánto diría que hay? Preguntó Charly Saboz, pidiendo un cigarrillo, en toda la noche, se le había visto inquieto.
- Diría que hay unos mil millones de Islabones, sin contar las joyas. En diamantes unos quinientos millones.

Todos miraron a la mampara que tenía como trasfondo el oscuro lago.

- Les presento a mi secretaria la señorita Mantelitoz.
- Hola a todos.
- ¿Quieres un puntito cielo?
- Oh sí ama.
- Toma. ¡Anda detective, prueba un poco, vamos hablar de negocio!
- Lo siento, no suelo.
- No suele pero hubo un tiempo que si solía.
- No contradiga a la Ilustre, ella sabe todo de usted y de todos nosotros. Me permite que le dé fuego señora. – Agregó Lass -
- Claro Avaricié, claro.
- Puede traer el plano y la fotografía del satélite, Lass.
- Un momento. He oído un ruido que viene de la cocina.
- Vaya Charly y compruebe que todo va bien
- Eh, no me hablé así no soy un empleado suyo señora Moñohondo.
- Señora Ilustre si no le importa.
- La noche se ha despejado, parece ser qué ahora sí que podemos avisar a la central.
- Marronan puede huir con todo nuestro dinero.
- No con el mío, querida Ilustre.
- Olvidaba que tiene usted señor Avaricié su propio banco. Podría haber guardado el mío ahí.
- Viene gente de la cocina, se oyen pasos, murmullos.
- ¡Oh, querida Adelitaz Potroz! ¡Soberoz!.
- Han sido sedados con el champaña.
- Los hermanos Lou y Graney, siento lo ocurrido.
- No se preocupe. Nos marchamos…
- Parece que están todos. Tengo que llamar a la central de inmediato.
- ¿Qué motivos tiene para seguir con este juego en mi propia casa? Ya ha descubierto a Marronan, aquí tiene a Soberoz.
- Señor Soberoz queda detenido. Tiene derecho a...
- ¡Usted no va a detener a nadie! Le relevo del cargo de detective. Lass marque el número del primer ministro.
- Será un placer señora ilustre de Moñohondo…
- No hará falta Charly. Soy ex agente de los servicios de inteligencia. No Tiene nada contra ellos y lo sabe detective. Por favor señor Lass despida a esta gente. Ahí viene Magdalenaz.
- ¿Ella también es un agente infiltrado?
- No. ¡Magdalenaz!.
- Señor Avaricié. Y mi dulce amor.
- Hola Magdalenaz.
- Hola mi niña.
- Magdalenaz diga a esta gente qué se marche y usted puede irse a casa.
- Ya se han ido casi todos, enseguida señor.
- Sargento, qué bebió para quedar dormido como el resto.
- Me duele la cabeza.
- ¿Quiere un puntito sargento?
- Es usted una sinvergüenza y una guarra que ni siquiera se molesta en disimular.
- Eh, es a Marronan a quién hay que coger ahora, Charly.
- A usted tengo que soportarle porqué es el ejército invasor, pero esta mujer queda detenida, por muchos y varios motivos.
- ¡Sargento!
- ¡A la orden Teniente!

- Bloquee las carreteras que detengan a Marronan y usted Soberoz vaya con él. Yo voy a quedarme aquí con esta pistola hasta que lleguen los refuerzos.

- Está bien, iré con el sargento…

Athenea despertó recostada sobre aquel borde arcilloso bajo un gran ciprés. Azulí estaba a su lado. Había agua por todas partes y pensó si no estaría muerta. La luna había vuelto a dejarse ver, y la noche era clara. Al lejos la mansión Avaricié. Supo qué había acabado la fiesta cuando vio todos esos coches salir de la entrada. Intuyó que sería las dos de la mañana. Azulí estaba dormida, no hacía frío, aquellas aguas pantanosas rodeadas de exuberantes cipreses parecían caldear el centro de la misteriosa laguna con sus islotes y árboles milenarios. Recordó todo. Aquel hombre las rescató y las llevó a una canoa, luego las dejó allí. Recordó a Miste el poeta y miró a Azulí, de repente sintió algo en el cuello y esa voz:

- Ahora, señora de la alta sociedad, tendrá que pagarme mi comisión por salvarla a usted y a su hija de la muerte en esas aguas y barros movedizos.
- Haré lo que usted diga.
- ¡Vamos levántese!

El extraño le colocó una capucha en la cabeza, ella dijo;

- ¿Qué pasará con mi hija?
- Las he salvado. No voy hacerlas daño, solamente quiero mi comisión.
- ¿Qué quiere que haga?
- Pórtese bien, siga caminando, yo tiraré de ti Athenea
- ¡Eh no me tutee! ¿Quién es usted? Su acento no parece de por aquí, me suena su voz. ¿Y cómo sabe mi nombre? ¿Es un espía de mi marido?...
- Entre ahí y túmbese, aquí y no haga tantas preguntas…

Aquel hombre maniató sus muñecas a dos palos, luego separó sus piernas atando sus tobillos.

- ¿Qué piensa hacerme? Haga lo que quiera conmigo pero salve a mi hija, tengo mucho dinero le daré lo que me pida.
- No quiero su dinero, ni hacerles daño, sólo una cosa deseo… Hacerle el amor…
- ¿Hacerme el amor? Va a violarme… Es usted un vulgar violador.
- ¿Prefiere estar con su hija en el fondo de la laguna? Lo siento, su dinero no me interesa, siempre he soñado hacerle el amor a una mujer como usted y no habrá otra oportunidad de poseer a alguien como tú.
- Pues termina rápido capullo.
- Oh, también dice palabras vulgares.
- Ah. No se le ocurra besarme.
- No puedo hacerlo.
- Pues quítame la capucha.
- No puedo permitirme que vea que mi rostro, ah. Usted gana, no sirvo para esto…
- ¿No puede follar?
- Lo siento, no puedo hacer el amor a alguien que no me corresponde…
- No lo entiendo, es cómo si me conociera. – Susurró la señora Marronan… -
- Mamá, mamá he oído gritar.
- ¡Estoy aquí Azulí! ¡Estoy, aquí mi cielo!
- Puede incorporarse. Lo siento, cuando la vi aun sabiendo que era una psicópata la desee sobremanera. Estamos en paz por lo que me ha hecho usted y su familia y todos sus amigos poderosos, les he salvado la vida y esta es mi forma de demostrarle que no soy cómo vosotros…
- Me suena su voz. ¿Dónde la habré oído antes?...
- Sabe es muy extraño. Mi voz le suena últimamente a casi todo el mundo y mi cara igual.
- No entres aquí, niña –
- ¿Mi madre está bien? Prométamelo...

El sargento y Soberoz salieron en busca de Marronan que aún no habría podido llegar hasta su mansión para huir con el dinero y las piedras preciosas, una vez descubierta su trama El sargento fue a llamar a los servicios de seguridad pero Soberoz lo dejó sin sentido, lo ató y lo dejó en el aseo de una gasolinera, parte de ese dinero era de él. Unos diez millones, para retirarse del mundo del espionaje e irse con Ágata Sinclair, su obsesión, a una isla preciosa y hacerla el amor y tomar puntitos con mojitos junto a dos palmeras con alfombra de arenas blancas y aguas cálidas y transparentes, éste era el único sueño del ex-espía ahora mayordomo distinguido.

En la mansión Avaricié, Charly Saboz comenzó a interrogar a la Ilustre de Moñohondo.

- ¿Conoce a este hombre de la foto?
- No sea iluso. Todo el país se ha mofado de él.
- Y ahora está muerto. ¿De quién fue la idea de elegir a la víctima? Señora Moñohondo.
- ¡Es Ilustre hijo de puta!

Mantelitoz se levantó y le clavó un estilete a Charly en una pierna y le daba puñetazos qué el detective no esperaba mientras su pierna seguía sangrando. La niña de Marronan se acercó y se unió a Mantelitoz dándole golpes y diciéndole obscenidades, hasta que Charly quedó sin sentido. La Ilustre entonces abofeteó a Mantelitoz.

- Estás loca y tú niña de Marronan también, pero es cierto que empieza a ser un incordio. Ponle algo en la pierna y una mordaza en la boca, amárralo bien y déjalo ahí hasta que vuelva en sí. Asegúrate que se corta la hemorragia.

- Sólo ha sido un pinchazo ama. No se repetirá…
- Señor Avaricié, veamos esos planos. Tomaré un puntito para mantenerme en pie. Ustedes dos vigilen al sabueso “romanticón”.

La Ilustre y Lass Avaricié inspeccionaban un extraño plano de la laguna de los Cipreses y la comparaban con la fotografía de un satélite para buscar puntos y nexos de tierra firme a algún indicio del terreno. El plano tenía al menos tres mil años o más y aunque guardado celosamente y en perfecto estado, aquel terreno tuvo que sufrir alteraciones durante tantos siglos.

- ¿Qué tiene ahí en esa bolsita de terciopelo señora Ilustre?
- Es un Rubí qué ha aparecido en la zona norte de la laguna. Lo encontró uno de mis vigilantes cuando vigilaban las lindes de mis tierras. Allí la laguna es influenciada por las mareas, es posible que el enclave de ese tesoro inigualable esté cerca, pero no se puede transitar la laguna, solo es posible a través del camino de Salomón. Así lo indica la leyenda. Por aquella zona no hay tierra para adentrase, ese acceso tiene que ser por sus tierras, es decir cerca de aquí.

- ¿Y qué pasará con los permisos? Ilustre Señora de Moñohondo.
- Mire señor Avaricié. Esto es el plano del camino de Salomón, se lo he fotografiado a los ecologistas que lo guardan con mucho celo. Referente al permiso estas son mis tierras y además, esa Ninfa era antepasada mía. En los libros que narran la historia de mi familia ya se habla de esa leyenda.
- He leído algo. ¿Sabe cuántos hombres han muerto en esa laguna?
- Por este camino llegaremos hasta el tesoro y luego bajaremos por la parte de la laguna que desemboca en el estuario. Según mis informes ese tesoro de piedras preciosas está bajo tierra sobre la zona central de la laguna. Aquí.
- Es usted increíble. ¿Dónde ha conseguido toda esa información? ¿Y cómo la ha conseguido?...

 

 

 

 

Capítulo VI
Atraco frustrado.

Athenea Marronan a salvo miraba la mansión Avaricié desde los aledaños del lago de los cipreses mientras saboreaba una chocolatina junto a su hija. La luz del ático de Lass Avaricié seguía encendida. Se preguntaba de quién sería el auto barato que estaba estacionado en los aledaños del jardín. También estaba el lujoso coche de la Ilustre y su Porsche plateado. A esas horas todos la habrían dado por muerta, nadie se atrevía a indagar en las tierras lagunosas de aquel jardín nebuloso, ahora estaba a salvo con Azulí. No Sabía cómo salir de allí y aquel extraño hombre se marchó hacía rato tras haberla intentado violar sin apenas forzarla…

- ¿Te ha violado, verdad mamá?
- No llores Azulí. Estamos vivas gracias a él. Y no, no me ha violado.
- Me pregunto cómo lo habrá hecho.
- Sabes Azulí, dijo Athenea mientras echaba el brazo por encima a su hija, me suena la voz de ese hombre.
- No tiene clase ni modales, nos salva y luego quiso violarte…

Soberoz no consiguió atrapar a Nall Marronan. El ingenioso y tramposo supuesto empresario de prestigio huyó al parecer con los mil millones y las joyas. Los contactos de Soberoz en Virginia no consiguieron alinear a tiempo el satélite y se consiguieron pocas imágenes de su huida. El ex de la central de inteligencia volvió a la mansión Marronan con gesto estirado y serio. - ¿Qué ha ocurrido aquí? Exclamó cuando vio al detective maniatado y herido. La Ilustre Moñohondo lo apuntaba y dijo.

- Al suelo Soberoz las manos en la nuca. Lass apunta tú también. Mantelitoz amordázalo y ponlo junto a esa breva podrida.
- Usted es la breva podrida.
- Mantelitoz le dio una patada en el hígado y Soberoz se tronchó de dolor.
- ¡A callar perro! Te voy a picar hijo puta mulato.
- ¡Mantelitoz!
- Me tranquilizo ama.
- Vamos a limpiar este país de gentuza. ¿Qué os parece Soberoz? Ya no puedes hablar. ¿Verdad?
- Ama. John Portadaz está al teléfono.
- Dile qué mañana pienso pasarme por el Diario. Tengo una exclusiva, pero voy a demorarla. Les diré algo y usted lo sabe Soberoz. Yo soy la que manda en estas tierras. Eso de la democracia es para los pobres, al igual que en su país, aquí el ministro me llama a mí antes que al gobernador. ¿Por qué cree que se llama esto comarca Moñohondo?

- ¡Pringados!

Gritó Mantelitoz, dando una patada en la cara de Charly Saboz...

- Desátalos y qué se vallan, no tiene nada contra mí.
- ¿Me deja que me folle al mulato, ama? Ja, ja, ja…
- Te voy a cruzar la cara Mantelitoz. ¡Desátalos he dicho!...

El detective se encontraba mal herido en un muslo tenía un torniquete y Soberoz lo ayudó a salir de la casa, ambos se marcharon en el coche de Charly.

- ¿Habrá escarmentado? Ama…
- Le voy a meter un marrón como vuelva a columpiarse qué se le quitarán las ganas hasta de incautar porros.
- ¡Llama al ministro ama!

En ese instante la Ilustre abofeteó a Mantelitoz ferozmente, Avaricié la separó y se llevó un arañazo.

- Que sea la última vez que pegas a alguien sin que yo te lo ordene. Ahora ponte de rodillas pídeme perdón y bésame los pies “putilla”, que te he sacado del tugurio apestoso en el que vivías.
- Vamos Mantelitoz ven conmigo al baño.
- Si ve con Santaz antes de que te arranque esa faz de muñequilla linda que Dios te ha dado.
- No se preocupe Lass, Soberoz es mío y en referente a Marronan no se ha llevado ni un penique. Tiene cien millones ocultos por ahí, no le dolerá demasiado...

Faltaba poco menos de una hora para que saliese el Sol. Soberoz conducía serio mientras Charly Saboz estaba algo dolorido si bien, la brecha era pequeña y no había peligro.

- ¿En qué piensa Charly?
- Pienso en porqué lo repudió la central de inteligencia y pienso que juega usted a dos bandas.
- ¡No tome la vida de esa manera Charly Saboz! La central no me repudió fui yo quién me fui.
- ¿A si? Que otra mentira tiene en espera.
- En serio. No estoy de acuerdo en que mi país tenga ese bloqueo a mis compatriotas aunque como sabe poco podemos hacer. Me fui, estaba harto de recibir órdenes para controlar a personas de otras culturas, de otras religiones. Me situé aquí. Es cierto tengo amigos en América pero sólo para algún favor, nada más.
- Creo que necesito un médico.
- Tome esto por ambos lados, le calmará.
- ¿También le pega usted a esto?
- No Charly pero los de la central estamos hechos a prueba de todo. Una cosa es la cocaína que se vende en la calle y otra cosa bien diferente la que toma esa gente detective Saboz. Oh sí, bastante diferente. Con su permiso beba un chupito de este Bourbon.
- Gracias, es muy compasivo. ¿Cuánto le paga la Ilustre?
- Le diré que yo no he matado a nadie. Es cierto sí, yo mismo coloqué esos aparatos de vigilancia en casa de esos intelectuales pero yo no les maté.
- ¿Conoció a Miste? - ¡Quería a Miste! Es entrañable. Ya se lo he dicho yo no le maté.
- Su móvil está sonando.
- Diga señora Ilustre. Si, se lo diré. Un millón para el señor Saboz si olvida todo este asunto querido Charly, enhorabuena. Es mucho más de lo que deseó. ¿Verdad?
- Tiene razón, está buena esta cosita.
- Beba otro trago. ¿Un cigarrillo?
- ¡Claro! ¿Cuánto tiene ahorrado?
- Ya me retiro Charly. Me iré con la señorita Sinclair, sueño con irme a vivir a Cuba con ella. Me llevaré mi dinero claro y ayudaré a los que están allí. Compraré una casita humilde frente al malecón y besaré a Sinclair cada día, comeré Langosta y beberé mojito. Quiero tenerla a mi lado pero necesita un hombre rico. Si Charly, lo hacemos todo por amor.
- Si Soberoz, pero yo tengo cuatro muertos en el alguarín y el último me caía demasiado bien. ¿Qué me dice a eso? ¿Me ayudará a coger al asesino? A cambio yo le ayudaré a irse con Sinclair y podrá también llevarse su dinero.
- No tiene opciones Charly Saboz.
- Pare aquí, por favor.
- ¿No quiere que le deje en algún hospital?
- No, esto me ha sentado bien, voy a la playa a ver las gaviotas y saludar a alguien, la mañana está apacible. Gracias Soberoz, nos veremos.
- No lo creo Charly. No lo creo...

Lass Avaricié supo por la Ilustre que Nall Marronan huyó sin el dinero y que este se encontraba oculto en los sótanos de su mansión. La aristócrata terminó de pasar la noche en la residencia Avaricié junto a su inseparable Mantelitoz. El señor Lass dormía plácidamente, Santaz estaba en el exterior fumando un cigarrillo y mirando hacia la laguna. Una sensación extraña la hacía mirar hacia la frondosidad. Athenea la veía desde aquel ciprés sabiendo que no podía ser vista. Azulí dormía en una cabaña improvisada cubierta de ramas y aquel hombre de la noche no regresó. Pensaba que estaba atrapada para siempre y cómo saldría de allí. Si iban a dar un responso por ellas sería ese día sobre las diez. Azulí la llamó y se recostó con ella entre las ramas que hacían de abrigo.

Sobre las ocho de la mañana Lass Avaricié y la Ilustre de Moñohondo se fueron juntos en la lujosa limosina de la ponderada. Mantelitoz se quedó con Santaz, algo se estaba cociendo y Nall se fue en la noche...

Charly Saboz andaba entre las callejuelas del barrio marginal donde residía y donde la mayoría lo había visto crecer. Cruzó aquel gallinero para buscar a Pilozi tenía que saber dónde tenía el club de su viejo amigo Nize Ritman.

- Qué tal Charly. ¿Tienes algo para mí?
- Venga Pilozi levanta, es casi la hora de comer.
- Tienes algo...
- Ahí hay veinte. ¿Sabes dónde está el club de Nize Ritman?
- Oh, eso no vale menos de cien. Lo siento no puedo ayudarte.
- Está bien, tus cincuenta.
- Está en el muelle en la zona norte, en la antigua fábrica salmonera.
- No esnifes, ve al gimnasio y trabaja. O el día menos esperado te meteré entre rejas.
- Gracias Charly me has alegrado la mañana.
- La mañana o tus narices…

Cogió un taxi allí mismo, no quiso ir hasta la mansión para recoger su coche y alguien ya se había encargado de ir a recogerlo. Había dormido poco y mal y se acordó de Soberoz. ¿Dónde estaría? Si el asesino era Nall, el asunto estaba cerrado, pero no encontró ninguno de los cuatro cuerpos supuestamente asesinados. Miste fue el último, no había rastros de sangre, solo su zapatilla junto a la laguna, debía indagar en la laguna. Había que encontrar primero las pruebas de grabación de la intimidad de los humillados y robados y después la grabación de la difusión y quién dio permiso para difundirlo. Ahora la telaraña era más grande, la figura de la Ilustre aparecía entre las bambalinas de sus sospechas. Debería investigar más aún la organización Marronan y compañía. Le hubiese servido de mucha ayuda hablar con Soberoz, pero este estaría ya en Cuba con su bella Sinclair. Con estas llegó hasta el callejón del muelle.

- Déjeme aquí.
- Tenga cuidado.
- Gracias.
- Le espero diez minutos, ni uno más…
- No hará falta. Gracias… Váyase…

La Moñohondo y Lass no pudieron acceder a la mansión y decidieron localizar a Soberoz que tardó una hora en aparecer por la casa Marronan.

- Muy rico, sí señor. Eso será usted, un hombre muy rico señor Soberoz.
- No quiero estar aquí más del tiempo necesario.
- Será fácil, él no volverá por aquí y su esposa y su hija han muerto.
- ¿Cuál es la escalera para bajar al ascensor blindado?
- La de la derecha.
- Gracias Soberoz y perdone por lo de anoche, había que fingir un poco.
- Lo de anoche es historia.
- Yo también le pido disculpas Soberoz. ¿Un puntito? ¡Vamos a ser ricos!
- Dame Lass, dame un poco. Ahí está el ascensor. La clave.
- Aquí está.
- Insértela Avaricié.
- Enseguida... Ya está, se abre.
- Vamos, rápido. ¿Cuantos pisos?
- Cinco, Ilustre.
- Estaremos en breve. Prepare todo, la misión hacia el centro de la laguna saldrá mañana por la mañana, lo tengo todo preparado. Antes vamos a poner este dinero a salvo. La mitad para mí, un veinticinco para cada uno. –
- Lo que mande la señora. –
- ¡Vaya Soberoz! 250 millones de Islabones. ¿Irás a Cuba ahora?
- Cierre la boca, Lass
- Ya estamos.
- Está todo tal como lo recordaba. Ve este hueco que va hacia arriba, en realidad es una plataforma que sube y baja. Supuestamente ha cargado su caja una furgoneta blindada y después se ha largado en un avión privado rumbo a su paraíso fiscal. ¡Pero!, la verdadera caja está justamente ahí, detrás de usted señor Avaricié. Je, je, je. Ju, ju, ju. Ji, ji, ji, ji, ay, que risa. Pulse el botón rojo y deme ese teléfono. - A los pocos segundos contestó alguien. –
- Transportes Mundial. – Somos el número 1289. –
- De acuerdo, le envío el transporte. Tiempo estimado de llegada diez minutos.
- Aquí corremos peligro. ¿Podemos inspeccionar la carga en su fortaleza, Lass?
- Así es, allí repartiremos.
- Aprisa, suena el helicóptero. Llame de inmediato a Santaz que abra la compuerta de seguridad.
- Enseguida señora Ilustre...

Alguien se había llevado el Porsche plateado de Athenea pero ella pudo ver de quién se trataba. Cuando arrancaron el sonido del motor alertó a los de la mansión, fue cuando vio a Santaz y Mantelitoz salir casi desnudas y subir al auto. El vehículo salió lanzado por el ribete de la laguna y desapareció entre las curvas de la montaña. Entonces llegó él con una capucha para que no se le viese la cara y dijo:

- Voy a sacarlas de aquí. He encontrado un camino, pónganse las capuchas. Bien, síganme, cuando lleguen al final verá su coche la carretera está cerca. ¡Huyan! y no vuelvan por esta mansión, nunca. ¡Prométanlo! Si no...
- Lo prometemos, lo prometemos.
- Andando.
- ¿Puedo saber su nombre aspirante a violador?
- Candelón, así me llamo.
- Candelón, me gusta.
- Ahora tendrán que seguir sola por esa veredita. Adiós.
- ¿Usted no viene con nosotras?
- No Azulí, yo me quedo. No se retrasen, pueden aparecer en cualquier momento, creen que estáis muertas...

Mientras tanto el detective Charly Saboz había dado con el paradero de Nize Ritman. Dos hombres fornidos y con cara de pocos amigos pararon al detective.

- ¿Dónde cree qué va?
- Dile a Nize Ritman qué Charly está aquí.
- Espere. Sí, sí, sí. Disculpe señor Saboz, puede pasar. Lo siento no le he reconocido.
- ¡Vale ya! ¿Dónde está Nize Ritman?
- Pregunte a Zianna es la jefa de sala.
- Hola Zianna.
- Cuánto tiempo, polizonte de mis entretelas ¿Qué haces tú por aquí pobre rata?
- He venido a ver a Nize Ritman.
- Nize Ritman está encerrado le han metido un marrón. Se lo tiene ganado, le dije que no comprara esos mapas estudios ni esos guiones, pero le gustó esa tía y se los compró. Habla con él.
- Gracias preciosa, ahora beberé algo contigo.
- Ya sabes que si puedes y le tiró un besito.
- Hola Nize Ritman.
- ¡Charly Saboz en persona! Qué tal colega. ¿Cómo va? ¿Un tiro y una copita?
- No, gracias. Mal Nize Ritman. Alguien roba y mata genios desconocidos y tengo cuatro muertos o desaparecidos. Tienes que ayudarme si no estoy acabado.
- Somos amigos de la infancia pero tú y yo pertenecemos a mundos diferentes. Lo siento ni puedo. ¡Ni debo ayudarte! ¿Quieres un punto?
- No.
- ¿Y un trago? Tequila, ¿te va? Antes te iba.
- Si, va. Dime quién te vendió esos guiones.
- Eso si te lo diré, fue una tía que estaba tan buena que creí que iba reventar. Elegante unos treinta y cinco.
- Echa otro.
- Quieres un cigarro.
- Lo echaré, qué más da, me van a matar igualmente.
- Pues, vino a jugar a la ruleta, gastaba mucho y fui a saludarla. Me llevó a un rincón y me besó, me puso como un cohete, luego se fue y me quede dando vueltas por el local como un mosquito “drogado”.
- Qué interesante, y qué más.
- Intenté localizarla para pasearme con ella en mi Lotus, pero fue inútil, ni servicio de espionaje no logró dar con ella. Una semana después me llamó para preguntarme si conocía a alguien que pudiera comprar unos guiones para cine muy buenos.
- Le pregunté si los había escrito ella y me contestó que sí. Me tenía embrujado. Dijo que tenía su número de registro de la propiedad intelectual, que necesitaba dinero rápido para deudas de juego. Vino a verme y llamé a un editor amigo mío y confirmó que sí que podrían tener salida en el mercado negro a más bajo valor. Cogió varios miles de euros por cada uno, vendió unos cinco. Una cadena de televisión se los compró. Follamos y ya no la vi más. Ni quiero verla.
- ¿Recuerdas su nombre?
- Si, tenía un nombre, si se llamaba Potroz.
- ¿Potroz? ¿Está seguro?
- Si colega. Me suena, Adelitaz Potroz, ¡claro! ¡Charly!
- Qué Nize Ritman.
- Hubo otras cosas raras.
- Sí. ¿Conoces a este tío de la foto?
- Y quién no, es Miste el poeta.
- Dime. ¿De qué lo conoces?
- Cómo, ¿no lo sabes? Todo el país se ríe de él. Ahora están esperando que se muera, es una especie de Show de Truman pero con mala leche.
- ¿Y la Ley aprueba esas prácticas?
- Eso depende.
- ¿De qué depende Nize Ritman?
- De quién las ponga en práctica.
- ¿Tienes alguna grabación echa de la casa de Miste?
- Eso es imposible.
- ¿Imposible?
- No puedo decirte más, pero esa gente controla la vida privada de cualquier miembro destacado de la sociedad y después trafican con la información valiosa. Destruyen y venden. No me gusta esa gente, son todos licenciados engreídos que no sopesan los daños.
- Si lo sopesan. Tienen menos escrúpulos que tú, te lo aseguro. Espera es mi móvil. Sí, con quién hablo. Señora Ilustre, que ocurre. Si lo he sopesado y he decidido hablar con usted. ¿En la mansión a las seis? Allí estaré. Te llamaré Nize Ritman. Cuídate. Te debo una…
- Eh Charly. John Portadaz, apúntate ese nombre. Pero ya está.
- Te recompensaré...

Athenea decidió no ir a la policía, antes debía pasar por su mansión y con esas se dio prisa en llegar. Azulí no dejaba de vigilar la carretera. Cuando llegó todo estaba en orden, ella ignoraba que Soberoz pertenecía al entramado empresarial de su esposo, ni siquiera sabía de donde salía el dinero, aunque el dinero siempre lo custodió Athenea. Nall siempre confió en ella, solo qué su amor se apagó y en las últimas semanas ni intercambiaban palabras. Llamó a Soberoz pero no estaba. Entonces una alarma del cuadro de seguridad la alertó. Se había dejado la puerta del garaje sin cerrar. Conocía todo muy bien porqué solía bajar a la cámara muy asiduamente. Cantidades de cientos de miles de euros diarios, ella lo contaba y almacenaba, anotando en los archivos el pagador y el destinatario de la comisión. Encendió el ordenador y bebió un vasito de güisqui tomando también un suspiro blanco. Azulí se marchó a la piscina climatizada. Athenea activó el sistema de seguridad para trabajar más tranquila. Debía prepararlo todo con presteza y rapidez. Sonó el teléfono, no sabía si cogerlo quizá no fuera lo más conveniente, dilucidó. Su desaparición debió haber salido en las noticias. Se fue a Internet de inmediato y allí estaba en la portada del Diario del día anterior; “La esposa del multimillonario Marronan y su hija Azulí mueren al ser tragadas por la laguna de los Cipreses”. Sonrió. ¿Dónde estaría su esposo? Comprobó que tenía un mensaje en su correo electrónico. Era de él:

“Querida Athenea: Me he ido para siempre me llevo el dinero, ya sabes dónde tienes tu parte, eso no lo toqué”. Adiós. Besos a tu hija”

Diez millones de Islabones era su parte, la mansión también se la quedaría y ahora podría ir a su aire y dejarse de pareja durante un tiempo y nunca más estaría implicada en nada, se lo prometía a sí misma mientras preparaba pasaportes y credenciales para salir del país, pero antes debía bajar a la cámara. Faltaban dos cajas por lo que fue precavida. ¿Quién se habrá llevado la otra? Miró la tercera caja y seguía allí en su compartimiento protegido, nadie pudo verla y siempre la utilizó para guardar todo. Retiró la puerta y con una visual comprobó que nadie había tocado nada. Ahora era riquísima tendría que desaparecer muy rápido. Salió a correr para llamar a Azulí, debía llamar al transporte...

Charly Saboz tomaba un café solo caliente mirando a las gaviotas en el despedir del día. Tenía un dedo de la mano dolorido y pensaba en Adelitaz Potroz. Era bella, inteligente y rica, además de manipuladora. Cómo aborda un gris detective como él a una mujer como esa. Tenía que encontrar valor para interrogarla. ¿Dónde estaría? Se levantó para subir a su auto y se dirigirse a la mansión del Lago, tenía una cita con la Ilustre de Moñohondo. La haría creer que aceptaba su dinero y así podría llegar hasta el final de todo el entramado. O tal vez, no fuese conveniente aceptar su dinero y huir, huir muy lejos en busca de una bonita mujer y olvidarlo todo. Comenzar de nuevo en otro lugar que no estuviese tan podrido. Al menos intentarlo. Alguien le sorprendió.

- Buenas tardes detective.
- ¿Quién es usted?
- Me llaman John Portadaz. Dejó un mensaje en mi contestador.
- Si, lo recuerdo. Siéntese. ¿Un poco de café?
- Si gracias. Bonito paisaje.
- Es de las pocas playas que quedan donde queda arena para ellas.
- ¿Para ellas?
- Sí. Para ellas.
- Ah. ¿Qué quiere de mí?
- Información. ¿Conoce a la Ilustre?
- Pues sí, es muy buena amiga mía. De sus negocios no sé nada. Solo paso algún domingo con ella en el campo riéndonos desnudos en la piscina con otros amigos. Algún fin de semana lo pasé en su mansión.
- ¿Conoce al hombre de la foto?
- Es Miste, ese tío qué sale en el wáter masturbándose. Alquilaba bicicletas en la urbanización del lago de Monte Digno.
- ¿Conoces algo de su obra?
- ¿A qué obra se refiere?
- ¿No es poeta?
- No, no. Es una especie de mendigo que vive miserablemente y está colgado en Internet, solo lo he visto una vez.
- ¿Sabe qué ha muerto?
- No me extraña con la vida que llevaba.
- ¿Le gusta la poesía señor Portadaz?
- Sí. Me gusta.
- Le gusta este poema de Goethe.
- Si es bello. ¿Me lo deja?... Es precioso. Me gusta Goethe.
- No es de Goethe, señor Portadaz es de Miste.
- ¿De dónde ha sacado ese poema? Debo irme.
- ¿De qué tiene miedo? Parece que haya visto un fantasma.
- Le veré en la mansión...

La Ilustre se encontraba harto contrariada, cómo Lass. Apenas mediaban palabras, no terminaban de creerse lo que les había ocurrido. Soberoz afirmaba que lo ocurrido era de esperar y rio, rio durante un rato a pesar de haberse quedado sin su dinero y sin su viaje con Sinclair a su amada Cuba. La Ilustre tenía ansias de venganza e hizo muchas llamadas intentando localizar a Marronan. La reunión prevista en la mañana para preparar la expedición a la laguna se aplazó, además el jefe de la policía Capitán Mandenoz había llamado al señor Avaricié para comunicarle que dos patrullas y algunos especialistas irían a realizar una batida por las inmediaciones de la Mansión a lo que Lass Avaricié no puso reparos...

Se buscan seis cuerpos, los tres poetas, a Miste y Marronan madre e hija. Van hasta la zona dos especialistas en ese tipo de terreno, espero que colabore señor Avaricié, el detective Charly Saboz lleva el caso. El cree que todas las desapariciones están relacionadas.

- Capitán, con todo mi respeto, creo que es una pérdida de tiempo.
- Señor Avaricié.
- ¿Si señor Mandenoz?
- Hay más de mil denuncias de desapariciones en la zona donde usted tiene su mansión. ¿No lo sabía?
- No, llevo solo un mes en la zona Capitán.
- Es cierto. ¿Está la señora Ilustre por ahí?
- Está aquí, sí.
- Por favor que se ponga al aparato.
- ¡Capitán Mandenoz! ¿Aceptaron al final a su hija en la universidad privada?
- Oh sí, señora Ilustre. Muchas gracias señora y un saludo afectuoso de mi mujer.
- Dígale qué su bizcocho de pasas estaba muy bueno, salúdela.
- Señora Ilustre alguien ha puesto una denuncia a usted y al señor Avaricié, alegando qué ustedes dos no hacen nada por encontrar los cuerpos de sus seres queridos y debo ir con mi equipo a realizar una batida a la laguna, están seguros que sus familiares están allí.
- No quería decírselo pero me han diagnosticado una enfermedad y me queda poco tiempo, quería que lo supiera.
- ¡Nuestra más insigne ciudadana! Lo siento señora, de veras que lo siento. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
- Creo que si Capitán.
- Sus deseos son órdenes para mí.
- Verá. Van a venir a visitarme unos especialistas extranjeros y trasladaré algún tiempo mi residencia a la mansión Avaricié. ¿Le importaría aplazar esa batida? Con una semana tendré suficiente. ¿Puede hacer eso por mí?
- Usted es quien manda en estas tierras, así ha sido y así seguirá siendo mientras Dios lo quiera. Cuente con ello y espero que haya mejoría.
- ¡Capitán! Hay un pequeño sobre que alguien ha dejado en mi mansión para usted vaya y recójalo.
- ¿De qué se tratará?
- Le dejo, hasta otro momento. Gracias Mandenoz, gracias.
- Le deseo una pronta mejoría.

Se quedaron dormidas viendo el televisor y se hizo tarde. Dejó algunas luces encendidas para que la casa no pareciera deshabitada. Azulí, había recobrado la normalidad ahora más que nunca al saber qué no volvería a ver a su padrastro, al que odiaba sobremanera, siempre ocultó este sentimiento a su madre, que tampoco quiso decirle quién era su verdadero progenitor. Sabía el procedimiento a seguir. Conectó los aparatos de escuchas que Nall le colocó a Avaricié, debía obtener información si quería salvar la vida de su hija.

Athenea nunca fue consciente del todo de lo que Nall hacia a sus espaldas, si bien, comenzó a sospechar al ver tantas cantidades ingentes de dinero y aquellas joyas que luego salían del país por vía diplomática. Al parecer había cuatro cámaras en la mansión Avaricié, una en el despacho, otra en el servicio de la planta baja, otra en el ático y otra junto al jardín donde tomaba muchas mañanas o noches su licor. Un golpe de ansiedad mezclada con miedo provocó que apagase aquellos aparatos. La brisa con aroma a playa se coló por el ventanal y le endulzó el gesto, oyó un murmullo...

- Miste... Miste... Miste... Amor mío…

Se le erizó la piel. Era la voz de ese encapuchado que las salvó y forzó, porque en realidad no se sintió forzada y esto la confundía, sentía que había estado con aquel hombre en algún otro lugar…. ¿O sería su imaginación? ¿Cómo pudo relacionar aquella aventura veraniega con todo lo que estaba ocurriendo? Sin duda el asunto la desbordaba, sobre todo el temor a qué le ocurriese algo fatal a su amada Azulí. ¿Y si alguien descubre que estamos vivas? Conocía el distrito Moñohondo y al gobernador Tull, pero no era suficiente. ¿Dónde pediría ayuda? Si se desataba el asunto del dinero ella iría también a la cárcel y su hija aún no tenía la mayoría de edad, por lo que la perdería para siempre. Pensó en Ponchita Macadamia, pero desistió, era demasiado habladora. Miró su listín y su agenda para buscar a la persona adecuada que la ayudara a salir de allí. ¡Soberoz! ¡Qué ilusa he sido! ¡El bueno de Soberoz! Tecleó su número y en ese instante alguien llamaba a la puerta principal, enseguida el sistema de seguridad puso la imagen en la pantalla grande. ¿A quién pertenecía esa figura sombría? Nunca conoció a nadie parecido. Aquella figura volvió a intentarlo, pero ella no se decidía a contestar entonces tuvo una idea y cambiando la voz habló:

- ¡Quién es usted! ¡Está casa está cerrada!
- Quisiera hablar con alguien de la familia Marronan, soy el detective Charly Saboz y colocó su credencial cerca de la cámara.
- ¿Sobre qué?
- Sobre la desaparición de Athenea y Azulí Marronan.
- ¿Promete ser educado?
- Lo prometo.
- Espere en el jardín.
- Gracias, es muy amable.

Charly estuvo pendiente que nadie se había percatado de su presencia y si había perros agresivos; no había canes defendiendo la zona, distinguió algún roble y algunos alerces en el camino del fondo del majestuoso jardín. La puerta blindada se cerró a sus espaldas y de repente todo quedó a oscuras. Las luces de la calle ayudaban a no tropezar. Vio unos ventanales en la planta baja y alguien hacia señales con una luz. No era de ese tipo de detectives, era la primera vez que en aquella tranquila comarca de Moñohondo, se daba en su distrito un caso tan enrevesado. Solo solía investigar delitos menores, tenía sus pros y sus contras, sin embargo le empezaba a entusiasmar la idea de descubrir al culpable de aquellos asesinatos y humillaciones públicas. Avanzó por el césped con la pistola bien agarrada dentro del bolsillo de su gabardina color verde aceituna, la luz se apagó y una voz le sorprendió en el silencio.

- Venga aquí, aquí.

Y le hicieron una nueva señal de luz. Se acercó y vio una silueta, no sabía si era hombre o mujer.

- ¡Señora Marronan! Esta usted viva…
- ¡Silencio! Sígame...

Mientras tanto en la mansión Avaricié…

- Señora Ilustre, señor Avaricié, se ha interceptado un correo de Nall Marronan a su esposa Athenea. - Expuso el Soberoz para todo -
- ¿Y qué dice?
- Confirma el robo del dinero y hay otro asunto.
- ¿Qué otro asunto? – Vociferó la bella Ilustre a punto de sorber el té.-
- Dejó una cantidad de dinero oculto en otra caja para su esposa.
- ¿Dinero? ¿De cuánto podrá tratarse? – Intervino Lass -
- No mucho, Lass, no más de diez millones.
- Es posible. Tampoco yo hubiese dejado a mi familia sin nada…
- Soberoz. ¿Quiere ir a la mansión Marronan y registrar la cámara acorazada?
- Si, señora salgo de inmediato…
- Doctor, Medrabyz, póngale un transmisor si no vuelve que explote con él.
- Yo nunca le he fallado, señora Ilustre. No tiene por qué hacer eso.
- Se han perdido mil millones y estoy muy enfadada. ¿Lo entiende Soberoz? No vuelva con las manos vacías. Cuando salga destrúyalo todo. ¡Aprisa!. Lass, ponme con Adelitaz Potroz, creo que tenemos un problema.
- ¡Me tienes aquí a mí ama!
- A ti te tengo para mirarte. Mantelitoz…
- No tema nada. Además, a ese hombre le vendrían bien unas vacaciones.
- A mí, también me hacen falta unas vacaciones, tengo muy avanzada la expedición, será cuando rescatemos ese milenario tesoro. Hay cosas que usted no sabe de ese tesoro Salomónico querido Lass.
- Papá yo no pienso perderme esa aventura. ¿Me das tu permiso para formar parte de la expedición? Si la Ilustre da su visto bueno, por supuesto.
- Ven, siéntate en mis rodillas, Cuando eras una niña eras más cariñosa conmigo. Ve a la parte de atrás, me he adelantado al comprar tu regalo de cumpleaños.
- ¿Qué es tía?
- Ve y lo verás. Mantelitoz ve con ella debo hablar con mi Lass.
- ¿Estás mejor?
- Un día de estos voy a dar una fiesta. Ese suspirito me anima un poco, eso es todo. ¿Por dónde va Soberoz? Quiero ir a mi casa y explayarme en una de mis piscinas y comer algo con champaña.
- Mis instalaciones no están nada mal. Si lo deseas puedes animarte, me ocuparé de todo.
- Sólo espero a ese Charly Saboz, le prometí un millón y picó el anzuelo.
- ¡Qué éxito! ¡Pero qué éxito! Esto merece un aplauso y una copa de cava. Es usted la mejor, doy gracias a Dios por haberla encontrado.
- ¿Te parezco mayor Lass?
- No es mayor, solo tiene cuarenta y pocos. Yo soy mayor que tú.
- Lo mismo me tuteas que me hablas de usted. ¿A qué juega conmigo? Ven, vamos a bebernos ese cava dándonos un baño cálido.
- Creí qué no me lo pediría nunca señora Ilustre.
- Dame uno aquí.
- Um, su perfume hechiza mi alma…
- Ah, no entiendo tu tolerancia todos estos años, ah...

 

Capitulo VII
El regreso de Athenea.

Charly Saboz cruzó el umbral de la Mansión Marronan con la supuesta desaparecida y muerta horas antes…

- Aquí estaremos a salvo.
- Tienes aquí una central de inteligencia. Estos sí que son instrumentos sofisticados.
- No sé de donde sacaba esto mi esposo, yo solamente contaba el dinero. Estoy en un grave aprieto, sé quién es usted. Es honrado, tal vez el único.
- Hubiese preferido qué me hubiese dicho atractivo.
- ¡Déjese de sandeces hormiga!
- No le va nada esa forma de ofender, a usted le va más eso de esclavizar. ¿Me sirve una copa? Detective. Conozco mi trabajo. Ahora me va a contar todo.
- ¿Qué quiere saber?
- Espere. ¿Usted conoció a Miste? ¿Por qué llora?
- Lloro su injusta muerte, es por eso.
- No. Usted sabe algo más, lo intuyo. Coja este pañuelo.
- ¿Me sirve una copa por favor?
- ¿Lo ve? Será un placer, me serviré otra.
- Le conocí en el lago de Monte digno hace dos años. Me acosté con él, me gustaba, Nall no me tocaba y él me recitó un poema en la oscuridad de aquel cuarto de invitados.
- ¿Me habla del lago de Monte Digno?
- Si, detective, teníamos una pequeña mansión allí pero Nall la vendió para comprar esta.
- ¿Qué ocurrió?
- Alquilaba bicicletas cerca del lago, así le conocí.
- Entiendo, beba un poco.
- Me sentía muy sola, sabe.
- Sí, claro, lo comprendo señora Marronan.
- No me llame así por favor. Athenea es mejor.
- De acuerdo Athenea. Continúe.
- Un día le abordé.
- ¿Cómo lo hizo?
- Bueno, le dije que estuvimos juntos en el pasado, ya sabe, un truco para ligar.
- ¿Y él qué dijo?
- Me siguió la corriente. Y luego nos acostamos, yo le dije que no ocurriría más pero fue tan tierno, tan profundo me hablaba como si me conociese de toda la vida, me contó sus aspiraciones, no puedo seguir.
- Debe contarme la verdad Athenea.
- Tuvimos una segunda noche y fue tan intenso, yo cogí sus señas y luego, ahí acabó todo entre nosotros, le traicioné. Nall lo descubrió y me obligó a revelar su identidad, Soberoz colocó aquellos aparatos y el resto ya lo sabe.
- ¡Entonces tiene alguna grabación!
- ¿Grabación? ¿A qué se refiere?
- Si ese programa humillante era servido a la carta. ¿De quién fue la idea? ¿Por qué llora tanto? Eh, tome mi pañuelo. Vaya con el Miste.
- Lo siento detective, la idea fue mía, ay, ah, mía, me dejé manipular y mire como acabado todo. Gracias por el pañuelo.
- Y que hicieron.
- Alguien nuevo entró en el ministerio de cultura, allá en la capital. Al parecer las obras de Miste eran muy buenas y alguien ofrecía dinero por ellas, pues su escritos eran considerados perniciosos por la nueva política, era mentira, Nall estaba detrás de todo. Hace años mi marido por entonces era un actor de teatro en sus ratos libres, en los otros ratos me saqueaba la cuenta y me engañaba con otras mujeres, actrices en su mayoría. Tuvimos a Azulí y todo pareció ir bien hasta que la niña empezó a tener ataques de ansiedad, tras una infancia un poco complicada. Me fui de vacaciones y conocí a Nall, tan elegante y risueño, seguro de sí y un prometedor multimillonario. Me divorcié de inmediato y nos casamos, Azulí pareció aceptar de buen grado hasta que un día.
- ¿Qué ocurrió?
- Azulí le rompió una colección muy apreciada de espadas antiguas y otras cosas. Lo hacía porque a veces, el disfrutaba dándome hostias y se rebelaba de esa manera. Su padre era muy diferente a él. Después de esto dejaré por fin de consumir. ¿Quiere un suspirito?
- Es usted una verdadera mujer, me cae bien tomaré ese puntito si me da un buchito de tequila y un cigarrillo y una sonrisa.
- Me apunto a eso. – Continúe
- Entonces Nall montó una agencia de publicidad y me puso a mí de directora de creatividad y presidenta de la empresa. Conocí gente de la nobleza, yo siempre había sido muy rica, pero nunca me había movido en esos ambientes empresariales en los que él se batía con una soltura asombrosa Nall Marronan, el hombre de aquel momento. Estaba casi todas enamoradas de él yo la primera. Y hacía todo lo que me pedía y ocurrió aquello. El y unos socios decidieron espiar a la gente sin mojarse, ningún riesgo todo ganancia. Primero fue Miste, el mejor. Eran unos sádicos.
- ¿En qué consistía exactamente el negocio?
- No lo sé. Yo solo dije, ¡qué se habrá creído!
- ¿Por qué dijo eso Athenea?
- Al parecer Miste encontró algo muy valioso en Monte Digno. Alguien se lo quitó y llegó a mis manos, en un momento de poder y días felices en mi corta existencia. Y decidimos espiarle hasta los calzoncillos.
- ¿Por qué?
- Quiere la verdad.
- Si. – Eso es lo que necesito…

En aquel instante apareció el espía en otrora mayordomo e interrumpió el interrogatorio de Charly. 

- ¡No diga nada más señora Marronan, la está metiendo en un lío!-- ¡Soberoz que alegría veros de nuevo!
- Un abrazo señora Marronan, sabía que estaba usted bien. ¿Y mi angelito revoltoso?
- ¡Soberoz!
- Ven niña dale un beso al viejo.
- Qué alegría. ¿Te quedarás a cenar, si, si, si? ¿Verdad mamá?
- Azulí ve a tu cuarto tengo que hablar con tu madre y este señor de algo importante.
- De acuerdo, ahora vas a verme.
- Si corazón.

Charly siguió el juego sin desenmascarar a Soberoz.

- Athenea, te lo preguntaré sólo una vez; ¿tienes dinero aquí que le haya dejado Nall?
- Dímelo tú, eras el mayordomo. ¿Por qué esa pregunta Soberoz?
- Unas personas están dispuestas a hacer mucho daño a ti y la niña si no me das el dinero que haya en la cámara subterránea.
- Llévatelo todo, si quieres dejarme algo vale, si no, pues nada.
- No llore Athenea. Lo siento señora Marronan no es justo lo sé.  -         - ¡Deje de llamarme señora Marronan!
- Les estoy apuntando... Nunca fui el Soberoz que creían…

Charly Saboz no podía hacer nada, Soberoz les apuntaba con una metralleta y decidió guardar silencio hasta que fuese posible, miró a la señora Marronan y de repente:

- ¡Azulí! ¡Ahora hazlo ahora! Corran detrás de mí aprisa, exclamó Charly.

Dos ráfagas dieron en el marco de la puerta de la cocina. Soberoz les siguió pero se habían esfumado.

- Buena salida.
- Abróchate el cinturón cielo mío.
- Es usted una gran mujer Athenea, se lo aseguro.
- Nunca me acostaré con usted.
- Lo sé. Pero no es eso, su valentía tal vez.
- Está fingiendo, le gustan mis tetas, entre otras cosas, veo como las mira.
- ¿Ha oído ese estruendo? Parece el de una explosión.
- Sí, lo he oído…
- Déjeme en esa parada. Adiós y suerte. ¿Dónde irá Athenea?
- Azulí quiere descansar en una playa segura, al menos eso me ha dicho. Adiós Charly.
- Adiós Azulí. Hasta siempre señora Marronan, que sean felices. No soy el hombre que cree, la miré sí, es usted muy bella pero nunca me acostaría con alguien cómo usted…
- Lo sé. Tome, coja esto es para usted.
- No, lo siento no puedo aceptar... eh, eh, ¡qué hace!, ¿Qué hay aquí?... ¡Vaya despacio!...

Athenea y Azulí enfilaron la autovía interestatal con destino incierto bien blindada por la inmensa fortuna que llevaban a bordo, en la radio del auto sonaba “Misty” de Ella Fitzgerald…

Charly Saboz sintió pena por la muerte de Soberoz. Por suerte lograron escapar minutos antes de que la Mansión Marronan saltara por los aires tras una deflagración, intentó acercarse a la mansión pero no hubo manera…

La policía gubernativa y algunos mandos militares tenían la zona acordonada y ni él, con sus treinta años de servicio podía acercarse. La parte baja de la casa no fue afectada solo los pisos superiores. Esto dirían las portadas de los diarios por la mañana. Sacó un cigarrillo y bebió el café de la noche portuaria, había faltado a su cita con el millón de euros y con aquella mujer manipuladora y poderosa, le daba igual. Se volvía a lamentar de no haber cogido todas las pruebas importantes de la casa para ir a ver a su señoría el Juez Don Luiz Leyz y de preguntarle a la señora Marronan qué ocurrió la noche que supuestamente ella y su hija cayeron a la laguna. Tenía que haber unos archivos por alguna parte. La playa estaba bonita de noche, el café sabía bien. Eran las mujeres más bellas que había visto. Pensó en Athenea, pero a ella no le gustó él, tampoco a Charly le gustó demasiado Athenea Marronan...

La Ilustre amaneció de buen humor. Desayunaba en el esplendoroso jardín de la mansión Avaricié con su mascota preferida y leyendo algo de prensa mientras se entonaba con el caviar beluga. Bebería un par de tazas de café, fumaría un cigarro y luego la cubitera y sus charlas con quién correspondiera. 

La portada del El diario de Moñohondo; “La mansión Marronan sufre una explosión en plena madrugada”. Se desconocen las causas... No sabía si Soberoz seguía vivo, le había llamado pero nada. Sonó entonces su timbre.

- Si.
- ¡Te estás quedando atrás guapa! ¡Panzela! ¿Eres tú mi Panzela?
- Sí, he vuelto.
- Aaaah. Me alegro, entonces daré la fiesta antes de salir de viaje.
- ¿Sales de viaje?
- Es una aventura, digamos, selvática.
- Que interesante. Te aconsejaré. ¿Cuándo es esa fiesta?
- Mañana comenzamos al medio día, hará buen tiempo, ven y quédate esta noche en mi Mansión y me ayudas.
- Te llamaré.
- Eres mi estilista preferida.
- Soy, diseñadora de alto standing Ilustre.
- U. Tomaré otro sorbo. Hasta luego entonces.

Tenía un día duro pero se sentó en el banco oxidado con la mirada extraviada en aquella bajamar sinuosa cubierta por las gaviotas mirando al horizonte. ¿Por qué miran las gaviotas hacia el horizonte? Parecía una gaviota con su jarrita de café. Eso pensaba. Una gaviota no puede vivir sin las otras, ¿dónde iría? ¿En qué playa contemplaría el horizonte? Y sola, nadie quería su compañía. Su móvil sonó.

- Hola. Usted no me conoce pero yo he oído hablar de usted. A las diez en el parque Wellington.

Charly, estaba acostumbrado a ese tipo de bromas. Cuando se divorció su hijastro le dio su número de móvil a sus amigos y los jóvenes le llamaban haciéndose pasar por espías o gastándole guasas lúgubres. Tendría que ir a comprobarlo. Miró atrás, en otro tiempo la gente iba allí a bañarse tomar el sol y beber limonada. Entonces Los Moñohondo construyeron la autopista interestatal de seis carriles y partieron la reserva natural en dos. Aún seguía en pie el establecimiento de las limonadas, nadie paraba en aquella curva, ni siquiera a mirar la bella estampa de la naturaleza, qué tantos recuerdos le traía de su niñez. La esquina de Sadonay Blues, siempre quedaba allí con los chivatos, algún amor nuevo o consigo mismo.

Soberoz quería irse al malecón a beber mojitos con Sinclair, él se hubiese conformado con abrir aquel establecimiento de chapa y cristal y poner un cartel que dijera. “Charly Saboz Club”. Limonadas para los amigos y jazz en la noche… Se dio cuenta que todos estos años había sido una marioneta. Llamó al despacho del Fiscal Brey y atendió su secretaria.

- Fiscalía del estado del estado Moñohondo.
- Con el Fiscal Brey por favor.
- ¿Tiene cita?
- Dígale que soy el detective Saboz. – Un momento, detective.

Si Athenea Marronan con sus riquezas e influencias se marchó, tal vez estaba buscando una aguja en un pajar, como en las novelas y películas policíacas y su tiempo de vida ya no dependía de su dieta y buenas costumbres.

- Señor Saboz. ¿Qué quiere?
- Me urge hablar con usted.
- ¿Va todo bien?
- No Fiscal Brey, temo que no.
- Hoy hay una fiesta en la mansión Moñohondo, irá el Juez Luiz Leyz, también el Alcalde por supuesto, el jefe Mandenoz, la flor y nata, ya sabe lo que significa eso.
- Si Fiscal Brey.
- Vaya a partir de las cinco, estaré allí y hablaremos, es el mejor sitio para hablar.
- No he sido invitado.
- Le invitará, ha llegado a mis oídos que le ha causado usted muy buena sensación a la Ilustre, le invitará.
- ¿Y si no me invita?
- Usted vaya a las cinco. Hasta pronto Saboz.
- Hasta pronto Fiscal Brey.

Peter Vermax extraía un poco de agua de la laguna de los Cipreses. Hacia la prueba cada cierto tiempo. Pertenecía a un destacado grupo ecologista que intentaba proteger la laguna de los Cipreses del poder devorador del progreso en forma de plástico y muerte. Conocía el camino para cruzar la laguna sin mojarse los pies pero mantenía el secreto oculto como si no existiera. Lo plasmó en un plano, pero la gente de la Moñohondo se lo robó y él no se había percatado. Entonces vio aquel dedo humano y lo cogió. Allí no había animales depredadores y estaba a casi cien millas del enclave humano más cercano. La corriente que se dirigía al estuario lo habrá traído hasta aquí, discernió mientras miraba entre los pinos aromáticos...

El capitán Mandenoz por orden expresa del Fiscal Brey llamó a Charly, pero su tono daba comunicando. Saboz andaba por los aledaños del parque Wellington, era las diez menos cinco de la mañana. Observó a dos jóvenes haciendo flexiones bajo un árbol, el día estaba gris y llovería en breve. Había un puesto de flores y otro de perritos calientes en la verja de la entrada. Las gentes utilizaban el parque para llegar al centro a pie y así dar un paseo sano entre los milenarios, otros hacían deporte por caminos y los turistas visitaban el monumento “a los hombres vencidos”, una obra vanguardista de una artista local qué era famosa en todo el país. Supuso que sería en la entrada del parque, pero a las diez quince decidió marcharse.

- No mire y sígame hasta la casetilla del Cisne tuerto.

Había empezado a llover con fuerza y siguió los pasos de aquel hombre canijo y alto que llevaba un paraguas negro con mango color pistacho. Cuando subió la colina del pirata errante aquel hombre se paró, Saboz llegó a su altura.

- Debajo del cisne hay una nota. Adiós.

Y dicho esto se marchó entre la lluvia buena. Fue hasta allí, había un envoltorio de plástico con un sobre, lo guardó de inmediato y salió del parque. Una vez dentro de su coche abrió el sobre y vio una nota:

“Van a asaltar la cámara del banco central”. – Un amigo.

Miró su reloj, eran las once de la mañana, el banco central estaba justamente frente a sus ojos, nadie podría ya robar ese banco, entonces empezaron a sonar todas las alarmas. Charly se bajó del coche, a los pocos segundos la alarma se paró. Salió corriendo hacia el banco y resbaló dándose un fuerte golpe, se repuso y llegó hasta las dependencias bancarias donde se guardaban los fondos estatales y casi todo el montante que movía la agricultura de la zona. Allí también se ingresaba el dinero al Ministerio de Hacienda.
Sacó su placa y se la enseñó al guardia de seguridad de la entrada.

- ¿Qué ha ocurrido?
- Alguien ha entrado en la cámara y se ha llevado pagarés del Tesoro por valor de mil millones de Islabones.
- Ahí viene el jefe de seguridad y el director de la entidad.
- Teniente.
- Director. ¿Qué ocurre?
- Oh nada solo que se han disparado las alarmas.
- Este guardia me ha dicho que han robado mil millones en pagarés.
- ¡Señor detective! Mi banco no desea publicidad gratuita de este asunto.
- Usted queda relegado del cargo en esta empresa por violar secretos.
- ¡Charly es la autoridad competente jefe!
- Váyase y no vuelva. ¡Entendido!.
- Está bien.
- Por favor teniente. No estamos seguros si se ha perpetrado el robo o no. Daremos una nota de prensa. El guardia de seguridad que acabo de despedir ha oído algo pero no es la verdad.
- De acuerdo, de acuerdo. ¿Puedo ver la caja?
- Traiga una orden del Juez Luiz Leyz.
- Lo que faltaba. Adiós, espero que los mil millones sigan ahí director...

La mansión Moñohondo tenía tres siglos de antigüedad. La construyó el primer Moñohondo que no poseía por aquellos días, título nobiliario. Él bajo tres pisos más y el tejado, reconvertido en un moderno piso de verano con todas las comodidades y lujos imaginables. Desde el ático movía las manijas la Ilustre de Moñohondo, dueña de todo aquello. El piso bajo estaba dividido en tres partes, la zona del servicio con la cocina incluida y tres dormitorios dobles anexos a la casa para el personal. La zona de la piscina y tenis con un gran bar y la zona de reuniones o sala de estar con vistas al jardín. En los pisos superiores había cincuenta habitaciones en cada uno con baño incluido y todo lo demás, referente a saunas, gimnasio, bar, etcétera lo había en cada planta, con flores frescas cada mañana en todas las entradas. Veinte personas formaban el servicio de la casa con Ravoz al frente, mayordomo general. En otro tiempo la decoración clásica predominó en el interior de la lujosa morada pero ella lo cambió todo cuando heredó la potestad, fue cuando conoció a Panzela Morkinton, diseñadora y modista, que revolucionó en cierta manera la forma y el color de la vida de su amiga. Ravoz era el jefe del servicio de la casa Moñohondo y mayordomo, también se le daba bien lo de matón, si se daba el caso. Había dejado embarazadas a tres compañeras y la Ilustre las echó. Si alguna persona del servicio no le caía muy bien a la señora, esta comentaba a Ravoz en tono distendido; “a ver si le haces una barriga a esa, ju, ju, ju... – Y Ravoz se tronchaba de risa con su ama y señora.

Los de la limpieza con sus trajes blancos sus cofias y quita polvos dejaron toda la plata y los objetos decoración limpios para la revisión de Ravoz. Los invitados comenzarían a llegar a las doce, pero a las diez los del servicio de seguridad estaban allí. Los de siempre. La mansión Moñohondo estaba en un bosque junto al mar, los servicios de seguridad no tendrían muchos problemas para proteger a sus políticos o estrellas de alguna cosa o de otra. Casi todos muy delgados y lustrosos, los más mayores observadores y sonrientes, otros de mediana edad con sus barrigas indecentes y los espíritus jóvenes los dueños de la fiesta...

El día amaneció lluvioso en la ciudad sin embargo allí el Sol iluminaba los prados salinos y el gran estuario al lejos, bordeado por la laguna de los Cipreses. La recepción sería en el exterior en la piscina sur y a las doce en punto dos guardias de seguridad y cuatro policías al mando del Capitán Mandenoz se pusieron en la verja principal para dar acceso a los invitados, en la puerta ya estaban John Portadaz y el fotógrafo Milo Sos Flash, ambos en nómina del Diario de Moñohondo. No tenían acceso a la fiesta y esto contrarió al fotógrafo que nunca fue despreciado por la que él consideraba su mejor amiga. Con todas probó. Se hizo el remolón e intentó cruzar la verja pero Ravoz le paró.

- No estás invitado, el ama está enfadada contigo. Ponte allí enfrente Portadaz, hace tiempo que te conozco no quiero trifulcas.

Se volvió hacia el periodista que le alargó un cigarrillo.

- La culpa es mía por salir un día de mi humildad. ¡Te convertiré en una estrella! ¡Te convertiré en una estrella!
- Milo o te silencias o te vas de aquí, ¡eh!
- Está bien Ravoz, está bien...

¿Quién sería ese amigo que le dejo la nota? Aún no había salido del parque cuando su teléfono sonó.

- Hola. ¿Eres el detective Charly Saboz?
- Si. Que voz más bonita tiene usted. ¿Con quién hablo?
- Estaré en el banco de Sadonay Blues dentro de media hora, no se retrase.

Casi nadie conocía aquel sitio y él nunca se lo dijo a nadie, bueno, pensó, Nize Ritman sí que lo sabe. Aquella sorpresa le gustó, por esas cosas a veces ama uno esta profesión. Se dijo. Le picaba la nariz, antes de coger la autopista compró café para llevar y se enfundó en su viejo coche dirección Sadonay Blues. En la radio del coche sonaba una canción titulada “Hurricane”. Justo antes de salir de la cafetería alguien se le sentó en el asiento de al lado. Sacó su pistola pensando que tal vez ya era demasiado tarde, pero el improvisado pasajero habló e iba desarmado;

- Hola me llamo Peter Vermach alias “huevo frito”. Si no le importa iré con usted hasta la próxima curva, justo antes de cruzar el puente me bajaré.
- ¿Usted es ese huevo frito? ¿El ecologista?
- Sí señor.
- ¡Bien! ¿Qué quiere de mí? Tengo bastantes problemas.
- ¿Se sabe ya algo de las desapariciones detective?
- Aún no.
- Me encontrado esto a unas cien millas de la laguna de los Cipreses, sigo el caso por prensa porque Miste defendía nuestras creencias.
- ¿Qué es eso?
- Investíguelo usted, yo me bajo aquí, le llamaré, no intente localizarme o nos relacionaran. Hasta pronto. – La radio policial sonó entonces -
- Señor le llaman de la comisaría, es el capitán.
- Póngame...
- Saboz, la noticia no saltará a la prensa pero es cierto, se han llevado mil millones del Banco Central.
- Lo suponía. ¿Algún sospechoso?
- Ni uno. Lo hizo alguien con las llaves dobladas y conocedor de todas las claves, supongo que no te suena nadie.
- No, capitán. No tenemos una tradición de robos de banco.
- El gobernador vuela hacia aquí en estos momentos.
- ¿Tull Omalajan en persona?
- Así es Charly. Y no vamos a decirle nada del robo. ¡Entendido!.
- Usted me paga.
- Yo pago y destierro es cierto. A las cinco quiero verte en la Mansión Moñohondo y bien arreglado, alquila un smoking. Adiós Charly...

Ya solo le restaba cruzar el puente para llegar. Diez millas más y sabría de quién era la voz preciosa. No le gustaban las prostitutas y odiaba ese negocio, Mantelitoz ya le conocía de sus redadas. Una vez tomaba café con el último propietario del despacho de limonadas de Sadonay Blues y le dijo que allí conoció a la mujer que amó toda su vida, había otra leyenda que contaba aquel viejo, decía que los antepasados salvajes de esas tierras llevaban a sus mujeres a Sadonay Blues para declararse. Sonrió, estaba a mitad de camino. Sin duda son leyendas que gustan a mayores, demasiado azúcar para mi corazón se dijo Charly. Salió de la curva y aparcó en la duna. Sin bajar del auto sacó aquel dedo humano del sobre y unas gasas que había dentro de unas bolsitas. Estaban manchadas y el dedo era de una persona joven. Debía poner esas posibles pruebas a buen recaudo y se acordó de la nevera que mantenía con hielo dentro del esqueleto de chapa de lo que fue la tienda de limonadas. Ahora hacia un poco de calor allí, pronto serían las doce del mediodía. Miró a la marisma mientras bebía un poco de café del termo y oyó unos pasos a su espalda.

- ¿Es usted, detective?
- Tal vez. ¿Quién es usted?
- Soy Adelitaz Potroz, encantada.
- Tal vez.
- ¿Tiene miedo de mí? ¿Verdad?
- ¿Por qué me mira así a sabiendas qué sé que es así como mira a todos los hombres?
- No soy actriz, es la mirada que tengo. ¿Por qué? ¿Le ha parecido seductora?
- ¿Qué edad tiene Adelitaz?
- Y que importa. Tenía que matarle desde ayer.

Charly agarró su revólver y ella sacó su pistola y se la puso en la cabeza, Charly quedó a su merced...

Nadie esperaba al Gobernador Tull Omalajan ni la misma Ilustre lo tenía entre sus invitados. Lass Avaricié la llevó en persona junto a Mantelitoz, prometiendo estar puntual a la cita. Ravoz dejó pasar el primer coche donde llegaba junto con su esposa el capitán Mandenoz. A los pocos minutos llegó el vehículo de Panzela Morkinton con su inseparable amigo Doctor White. En un coche negro deportivo llegaron el Doctor Medrabyz y la doctora Mary Black. Después el Alcalde Mantoz y señora y así hasta el último invitado. Charly no asistió al almuerzo y cuando llegó, Ravoz le dijo que no se lo ocurriera acercarse a la puerta. Le enseñó la placa pero no sirvió de nada, hasta que se acercó ella y le dijo;

- ¡Vamos Charly!
- ¡Un momento!
- No me vaciles Ravoz.
- Está bien perdona Adelitaz, ha sido una broma.
- ¡Qué honor! ¡El detective en persona! ¡Y qué elegante! Sí, si...

Estaban todos en el jardín tomando el sol y bañándose, mientras charlaban sobre dinero, política o actualidad. Cuando la Ilustre vio a Adelitaz y a Charly Saboz se levantó y exclamó:

- ¡Vengan aquí ahora! –
- Mantelitoz trae a John Portadaz y su fotógrafo.

En ese instante hizo su aparición el Gobernador Tull con unas diez personas que le acompañaban, todos se pusieron en pie, pero él que ya fue informado se quitó un batín deportivo y saltó a la piscina con los otros invitados que disfrutaban del baño. Evidentemente hubo un aplauso.

- Ahora cuando hagamos unas fotos podéis ir a cambiaros. Os he puesto en la suite de mi ático.
-  No pienso salir en ninguna foto, Ilustre.
- ¡Harás lo que yo diga! Adelitaz le agarró la mano y se la apretó, mientras le decía algo en el oído.

El periodista del Diario de Moñohondo y su fotógrafo Milo Flash accedieron a la mansión y a una señal de la Ilustre estaban disparando fotos aquí y allá, cada una tenía un precio, cada foto estaba acordada. Cuando Adelitaz fue a buscarle para ir a cambiarse al ático Charlie ya se había marchado. Había tenido una charla con Mandenoz y con el Fiscal Brey que le ordenó por requerimiento del Capitán que cerrara el caso Miste. Y así lo haría no sin antes pensar en lo que había ocurrido con Adelitaz Potroz...

Ella le conminó a qué se dirigiera a su coche un Porsche Turbo color azul oscuro y subió, luego guardó la pistola y dijo:

- La Ilustre me ha pedido que sea tu pareja en la fiesta y qué te ayude a vestirte.

Lo llevó a varias boutiques de hombre pero él no accedió a aceptar nada y de su propio bolsillo alquiló un smoking a bajo precio. Luego almorzaron juntos en casa de ella. Tenía un espléndido ático frente a las marismas Moñohondo, al otro lado el parque Wellington. Se sentó frente al mar agitado y revisó su buzón de voz. Ella le trajo varias cosas para comer, todo de alta calidad, descorchó un champaña Catalán y le quitó el móvil.

- Come, estás paliducho. ¿Te masturbas mucho?
- Eres, una descarada.
- Me preocupo de ti, ahora mismo cobro por eso. Pero créeme, mientras esté contigo te amaré de una forma tal que cualquier hombre se lo creería, no te sientas mal por creerte engañado a todos les pasa, pero me aman. Dame un beso.
- No quiero enfadarme, deja ya esa historia. No me gusta la prostitución y tú tampoco. Crees que eres superior a las demás chicas porque te paseas en ese coche de alta gama, esnifas coca y con lo que gastas en lencería bastaría para un plan de pensiones para todo un hogar de ancianos.
- Eres cruel. Soy muy joven, tengo derecho a disfrutar de lo que tengo.
 ¿Qué hora es?
- Las dos.
- Te importa que me eche un rato en el sofá.
- Ve a la habitación para invitados, es aquella.
- Gracias Adelitaz. Tú no tienes la culpa de todo esto, como yo, eres otra víctima del círculo vicioso del 99.
- Nunca me gustó ese papel. Que descanses.

Se tumbó sin ganas de nada. Ella cerró el balcón y puso el aire climatizado con algo de música de fondo, bajó la luz y se puso un camisón de gasa.

- ¿Puedo pasar?
- Ni lo sueñes.
- Ah no. No aguantarás ni un minuto.
- No estoy para gastos.
- Yo voy a conseguirte un crédito a muy bajo interés.

Le decía estas cosas mientras le desabrochaba su camisa barata.

- ¿Te gustan mis senos?
- Eres perfecta.
- No estás mal, pero podrías estar mejor.
- Me gusta como soy.
- Ah. Si. Vale...

Sobre las cuatro se fue a duchar, él se marchó a otro baño y ahí quedó todo. A una mujer como aquella nunca podría pagarla ni amarla, ni satisfacerla y esto lo hacía un poco más sabio que los demás hombres que se creían que ella les pertenecía o que podrían complacerla. –

- ¡Charly estoy lista! ¡Estoy guapa y elegante!
- Estás preciosa. No tengo ninguna joya que darte, lo siento.
- Tú eres la mejor joya que podría llevar hoy.
- No lo conseguirás.
- Antes de que acabe la tarde estarás loco por mí para el resto de tus días, Charly Saboz.
- Me subestima, pero contigo es posible.
- Vamos a la fiesta de esa bruja.

Ahora comprendió porqué su amigo Nize Ritman sucumbió ante esa musa aromática y bondadosa…

Al día siguiente tenía que estar en la central a las diez en punto e hizo lo de siempre, se compró café y se fue a Sadonay Blues, también llevó tequila. Dejaría su puesto a otro con ganas de dejarse sobornar. Aquellas personas llevaban años buscando a sus parientes, en muchos casos niños pequeños, más no había forma de conseguir una orden para inspeccionar el lago de los Cipreses. No jugaría con su vida, aún tenía sueños, pequeños y cumplideros. Pobre Miste, pensó, un novelista atacado por tiburones de las altas finanzas sin piedad ni remordimientos. ¿Y la señora Marronan y su hija Azulí? Se preguntó que habría sido de ellas. Al menos sabía que no se habían encontrado ningún resto animal o humano en la explosión de la mansión Marronan, por lo que Soberoz podría estar vivo.

Faltaba una hora para que se fuese el sol, bebió dos tragos y saboreó el café. Las gaviotas llegaban poco a poco, como los hombres cuando van a un espectáculo, ¿vendrán a despedir al Sol? Poco probable, dedujo. Se quedó dormido en el banco gastado, la arenilla voladora le daba en el rostro, el Sol parecía deslizarse de su marco celeste y él a punto estuvo de caer a la arena.

- Hola Charly.
- Adelitaz. ¿Qué te ocurre? ¿Cómo me has encontrado?
- He perdido la cabeza por ti, eso me ocurre. Sonrío. Y le dijo que era mentira.
- Vete y no vuelvas más a mi vida.
- Es nuestra noche, la última no puedes quitármela. Tengo algo para ti en mi apartamento, te gustará, vamos...

La fiesta duró hasta alta horas de la mañana. Todos los invitados destacados de rango inferior en la escala social fueron saliendo de la mansión Moñohondo con dirección a la ciudad, se dirigían a local de moda; “El pretil de los lunáticos”, también llamado “Lunaz Bourbon”. La plana mayor se marchó en la tarde a tomar té a la mansión Avaricié, a unas cincuenta millas de distancia de la mansión Moñohondo. El gobernador Tull, el Alcalde Mantoz y el Capitán Mandenoz charlaban con Lass y la Ilustre en uno de los hermosos patios de la casa.

- Señora Ilustre. ¿Está mansión no era de usted?
- Se la alquilé al señor Lass hace un par de años.
- Creí que la había vendido, repuso el Fiscal Brey, muy cerca ya de la jubilación.
- Bueno, eso dicen los que no saben. Nunca venderé la Villa que fue de mis antepasados.
- La señora Ilustre es nuestra primera contribuyente en el Museo de arte contemporáneo del parque Wellington. –
- Es algo más que eso, es la más rica del país.
- Eso es bueno, dijo el capitán.
- Si, si qué lo es.
- Mantelitoz.
- Si ama.
- ¿Dónde está Adelitaz Potroz?
- Se fue de la fiesta ama.
- Bien, dile que venga, el Gobernador Tull quiere conocerla.
- Enseguida ama.
- Gobernador.
- Señora Ilustre.
- ¿Hay alguien en la capital que sea capaz de darme un permiso para secar esa Laguna y hacer un centro vacacional entre el estuario y la sierra?
- Lo veo poco probable, aún así hable con el enlace comercial del partido, tal vez convenzamos a esos Ecologistas que tienen bloqueado el proyecto.
- ¿A qué huele?
- ¡Es cierto! huele como a...
- A formol, lo recuerdo de cuando estuve en los laboratorios de la Universidad.
- El hospital está allá detrás de esas montañas, es inevitable.
- Claro, claro, dijo Tull Omalajan.

Mandenoz y el Fiscal Brey se miraron. Mantelitoz se sentó frente a la pantalla de la sala de seguridad y contactó con Adelitaz, que contestó de inmediato.

- ¿Qué ocurre Mantelitoz?
- La Ilustre te envía un helicóptero en unos minutos. El gobernador Tull espera.
- De acuerdo…

Charly Saboz no tuvo tiempo de desvestirse y se fue inesperadamente desilusionado. En parte porque ahora entendió que era bonita, educada y culta, en parte porque perdió la oportunidad de registrar el piso. ¿O no? Adelitaz despidió a Saboz y pocos minutos después apareció un helicóptero en el helipuerto de la zona residencial de alto standing.

- Toma las llaves de mi coche, llévatelo.
- Estás loca, soy policía.
- Pues date una vuelta.

Ella le dio un beso en la boca y él se fue hasta el aparcamiento, debía ver a Nize Ritman. A Charly se le había olvidado que ya nada sería como antes, ella sin embargo volaba a la laguna de los Cipreses, hacía algún tiempo que el Gobernador quería conocerla...

La prensa de la mañana se fraguaba ya en los talleres periodísticos de la ciudad. Charly sobre las ocho de la tarde apareció con aquel bólido en la puerta del local de Nize Ritman pero se lo encontró cerrado. Un hombre subía a la calle y le vio.

- ¿Dónde está Nize?
- Nize murió está tarde cuando iba a comprar tabaco. Lo siento, sé que era su amigo.
- ¡Cómo dice!
- Así es. Tengo qué cerrar, la policía ha precintado lo de abajo y yo debo cerrar esta puerta.

Su móvil sonó y descolgó.

- ¿Quién es?
- Le espero en el Lunaz Bourbon dentro de media hora.

Era la misma voz de la mañana, la misma voz que le llevó hasta el parque Wellington antes del atraco. 

- Hola Charly.
- Ven cielo, llora en mi pecho. Te llevaré a tu casa.
- Esta noche tengo miedo Charly.
- Tengo que ir a un sitio Zianna. Es algo importante.
- Me quedaré en el coche. No me dejes sola Charly.
- Te llevaré a mi casa y esperarás allí, no tienes enemigos Zianna, no hay nada que temer.
- Ah, pobre Nize, le dije que no tratara con aquella mujer, cuando la vi, supe que nos traería desidia. Ay, ay, ah...
- ¿Sabes Zianna? A Nize le gustaba pasear por la ciudad las noches como esta en su descapotable, le encantaban los coches.

Zianna seguía sollozando por Ritman.

- Oye, ¿de dónde has sacado este coche? Tú eres un asalariado del estado.
- Me lo he encontrado en la playa.
- Gracias Charly me has hecho reír, estoy muy asustada, no viste como disparaban a Nize a sangre fría. 
- ¿Cómo fue?
- Llegó la policía y le dijeron que saliera fuera.
- ¿Iban de paisano?
- No, de uniforme.
- ¿Te acuerdas de sus nombres?
- No, pero si les viera les reconocería. Pues le dijeron que saliera y Nize al llegar a la puerta salió a correr hacia su coche.
- ¿Le dieron el alto?
- Sí. ¿Él sacó alguna arma?
- No. Me dio la sensación de que venían a por él porque no le dieron tiempo a volverse cuando levantó las manos.
- ¿Crees que fue aposta?
- Ni siquiera sé si esos tres hombres eran policías.
- Y la gente de la puerta.
- Aún no había llegado el personal cuando ocurrió.
- ¿A qué hora fue?
- Sobre las cuatro y media, abrimos a la cinco.
- ¿Conoces el Lunaz Bourbon?
- Es de Copetinez de Limoz, alguna noche cuando cerraba iba al local a jugar a póker en nuestro salón vip. No me gusta el ambiente, es de gente muy rica, rica en el peor de los casos. Ya sabes dónde me críe y estoy muy orgullosa.
- ¿Entonces, si les vieras les reconocerías?
- Sí Charly.
- Ya llegamos.
- Ten cuidado ahí dentro, hay muchos engreídos.
- Tengo una cita con alguien. No tardaré. Pon la radio de la policía y me cuentas. En la guantera hay una pistola...

Charly entró en el local donde no cabía ni una lagartija. No sabía dónde buscar en aquel club con tres niveles diferentes y pistas acristaladas qué subían y bajaban, humo seco, lujuria, perfumes de Ninfas, risas descontroladas y amor en exceso. Fue al guardarropa y preguntó si había un sitio para tomar el aire.

- Si, en la cuarta planta hay una cafetería al aire libre, también se puede comer algo.
- Gracias, aquí tiene.
- Gracias señor. ¡Señor!, señor
- ¿Qué ocurre?
- Le esperan en la cafetería.
- ¿De quién se trata?
- No lo sé, señor. Me lo acaban de comunicar por el teléfono interior.
- Entiendo, gracias.

Charly llegó hasta el restaurante que estaba poco concurrido. Miró y uno de los camareros le hizo una señal con el brazo. Se acercó y le dio una nota que leyó secretamente: “Baje a la cocina del sótano por el ascensor de servicio”.
- ¿El ascensor de servicio por favor?
- Es la puerta que hay junto a la barra.
- Gracias.

Antes de que se cerrase las puertas del ascensor una voz gritó:

- ¡Es una trampa! ¡Es una trampa!

Una nota se coló por entre la pequeña ranura de las puertas. Charly intentó parar el ascensor pero fue inútil. Leyó la nota: “Adelitaz Potroz va a sufrir un accidente”. La Ilustre le espera en el sótano, vaya con cuidado. Solo quedaba un piso que bajar para saber si era la muerte lo que le esperaba allá abajo. El ascensor se abrió y Ravoz lo estaba esperando. Lo cogió por un brazo y lo sentó en una silla, lo ató y le enfundó en su cabeza una capucha negra, bien ajustada. Diez minutos después apareció un hombre que comenzó a dar vueltas alrededor de la silla.

- Sabemos que un tal Peter Vermach estuvo hablando con usted sobre algo que encontró en las aguas de los Cipreses. ¡Hable!. Ponle la toalla.

Ravoz retiró la capucha y le puso a Charly una toalla un poco húmeda en el rostro la apretó contra la cara y el hombre le endiñó un puñetazo que le partió el pómulo y lo dejó cao.

- Está sangrando señor.
- Tíralo al callejón, con suerte se lo comerán las ratas. ¿Es vengativo?
- ¡Noo! Solo es un detective romántico, borracho y sin agallas, además le gusta la coca.
- No le mates, déjale en la calle, alguien le reconocerá.
- Buen trabajo. Puedes marcharte y tu Ravoz también. Déjalo ahí, tengo que hablar con él cuando vuelva en sí...

John Portadaz y Milo Flash rondaban aquella noche por los aledaños de Lunaz Bourbon, Zianna seguía oyendo la radio de Charly. Ya hacía más de media hora que se había marchado, encendió un cigarrillo. Zianna bajó del auto y se dirigió al tumulto de la puerta del Lunaz Bourbon. Si uno de los de seguridad la veía no tendría problemas para acceder al local. Charly volvió en sí y se encontró con la mirada de Mantelitoz que sonreía al verle con la cara doblado y dolorido. La Ilustre fumaba apresuradamente.

- Adelitaz Potroz ha muerto Charly. Lo siento, sé que te gustaba.
- ¡Ha sido usted verdad! ¡Verdaaaad!.
- No, no hemos sido nosotros, somos empresarios y aventureros pero no somos asesinos.
- Adelitaz Potroz era la última persona que tenía pruebas sobre las desapariciones de Miste y los intelectuales.
- ¿Y usted? ¿Nos dará lo que le entregó Peter Vermach? O, prefiere la muerte civil.

Mantelitoz le arreó de repente una patada en sus partes a Charly. La Ilustre le dio un revés a la joven que se dio la vuelta dolorida.

- Levántalo.
- Tiene el pómulo fracturado ama.
- Bien, llama a una ambulancia, que lo lleven al hospital del sur, no a otro, me espera un helicóptero. No le pegues más, está mal herido.

La Moñohondo le tiró un beso a su secretaria y se marchó de allí.

- Mi ama está loca si piensa que no te voy a hinchar a hostias.
De repente la puerta del ascensor se abrió y apareció Zianna, que vio a Saboz sangrando y la cara partida, Mantelitoz estaba a punto de arrearle un puñetazo pero Zianna se echó sobre ella y le dio un bocado en unos de sus pómulos hasta arrancarle buena parte de la mejilla, luego le clavó unas tijeras en una pierna y la dejó grogui de un cabezazo.

- Vamos Charly, o serás el próximo.
- Llévame a cualquier hospital menos al del sur.
- Bien amigo, así lo haré…

Peter Vermach andaba oculto de la gente de Moñohondo que intentaba lidiar el asunto de las denuncias a base de mucho dinero y desapariciones extrañas. La trama había trascendido porque cada vez era más gente la que denunciaba abusos de poder por parte de personas próximas al entramado empresarial del nuevo presidente Don Lass Avaricié, la estrella en curso.

- ¿Por qué no te han matado ya? Charly.
- No sé, quizás aún les sirva para algo.
- Y después, cuando ya no sirvas morirás. ¿Es eso?
- ¿Tú aceptarías un millón por hacer la vista gorda?
- Y menos. – Ja, ja. Por favor Charly, ¿harás algo por mí? He visto a muchos hermanos morir en las calles, no intentes salvar al mundo y quédate vivo.
- ¿Me das un beso?
- ¡Voy conduciendo Charly! Ahí se ve el hospital...

Charly Saboz estaba contra las cuerdas. Iba mal herido y triste, la noticia del fallecimiento de Adelitaz le acució el alma más de lo que imaginó. Zianna callejeaba buscando un hospital que indicaba el GPS entonces Charly dijo:

- ¡Para aquí! ¡Aprisa!.
- ¿Qué tramas?
- En esta mansión vive el Juez Luiz Leyz voy tener una charla con él.
- ¡Charly estás mal herido!
- Estoy motivado y eso es mejor. No te quedes aquí, da vueltas o esconde ese coche.
- De acuerdo.
- Te llamaré.
- Ten cuidado amor.

La cámara de seguridad le estaba delatando. Muy pronto una mujer con un potente can amarrado a una correa apareció por la calle qué venía de la casa de su señoría. El perro no ladró.

- ¿Quién es usted?
- Soy el detective Charly Saboz de la policía, debo hablar con su señoría, es algo muy urgente.
- Espere que le abra.
- Gracias.
- Apresúrese comienza a llover con fuerza.

El reloj de la Iglesia más próxima tintineó la señal de las diez de la noche, el detective se adentró en la mansión esperando tener suerte. Su señoría tomaba una cálida y exquisita coñac cerca del fuego, ojeaba unos documentos cuando vio entrar en su caldeada salita a Charly Saboz maltrecho e inquieto.

- Pase detective, no se quedé ahí. ¿Quiere qué llame a un médico?
- No, gracias señoría.
- ¿Qué le ha ocurrido?
- Un pequeño percance, nada más señoría.
- Aquí tiene su copa. Creo que ahora le recuerdo, usted declaró en ese juicio del robo a... si mal no recuerdo...
- Fue el robo a la joyería de la calle Long.
- ¡Eso es! Buena memoria. Je. ¿Una copa?
- Tequila.
- Reposado o...
- Reposado, reposado.
- Claro. ¿A qué ha venido Charly?
- Estoy en un grave aprieto señoría.
- ¿Y cuál es ese grave aprieto qué tiene que venir a mi casa a las diez de la noche? No ha podido hablar con el Capitán.
- ¿Y el fiscal Brey?
- Ellos tal vez no puedan ayudarme señoría.
- ¿No será un asunto turbio? Ya sabe, juego, drogas o prostitución.
- No, señoría.
- Bien. ¿Quiere otra?
- Si por favor señoría.
- Le oigo.
- La Ilustre de Moñohondo me está coaccionando para que haga la vista gorda en el caso Miste y en el de las desapariciones de Pueblo Alifa.
- ¿Coacción? ¿Puede demostrarlo Charly Saboz?
- Creo que ella destruye mis pruebas. Por no decir algo más señoría.
- Charly, no estamos hablando de un hombre común estamos hablando del apellido más antiguo que existe por estos lares y de la propietaria de justamente, casi la mitad de toda la extensión de la región de Moñohondo. No puedo creer eso de la Ilustre, lo siento Charly.
- Señoría, ¿y si yo aportara pruebas que la incriminasen en el asesinato de esos desaparecidos?
- Qué Dios le coja confesado señor Saboz. Verá, cuando acepté la judicatura creí qué sería más fácil ser juez aquí que en Monte Digno, pero no fue así. Las personas van al juez y creen que es Dios, nadie lo es. Charly. ¿Ve aquellos libros de derecho? Son leyes inventadas por hombres como usted o como yo. En algunos casos, muy pocos, esas leyes son hechas por personas que no están en sus cabales, porque nadie está exento del error. ¿Oye llover Charly? Podría ser Dios, esa lluvia, podría ser Dios, pero las leyes que contienen esos libracos no son Dios. Ni los jueces tampoco. Intuyo lo que le ocurre detective y si, conozco el caso Miste, pero esa aberración no ocurrió en mi jurisdicción, que quede claro. Me informé cuando comprobé lo que estaban haciendo con ese hombre, hasta que descubrí el origen, entonces me retiré.
- ¿El origen señoría? ¿Qué quiere decir?
- Tal vez el verdadero responsable Charly o tal vez no, llegué a mi limitación. ¿Lo entiende detective?
- Creo que no, señoría.
- La Ilustre de Moñohondo es solo la punta de una gran corporación mundial que comercia con joyas, petróleo, cosméticos, clínicas de rejuvenecimiento, otras clínicas, empresas farmacéuticas, inmobiliarias, agencias de viajes, compañías aéreas, cadenas de televisión y de radio, portales de Internet y sospechamos qué también con armas, prostitución, drogas y tráfico de órganos. ¿Quiere más detective? Esa señora y sus amigos tienen tanto poder que podrían embalsamarnos y después, pedirían al juez la reconstrucción de los hechos y una indemnización porqué simplemente no les gustara como trabajó el embalsamador. Y el juez se lo concedería, no le quepa duda ¿Lo entiende ahora Charly Saboz? No ponga esa cara, también tengo mis opciones. Disculpe. Señorita por favor, póngame con la Mansión Moñohondo.
- Enseguida, no cuelgue...
- ¡Señora! Es un placer oírla. Llamaba para disculparme por no asistir a su fiesta. No Señora. Si señora. Si, oh no sabe cuánto lo siento. Verá también llamaba para preguntarle que le parecería esta semana para sondear la laguna de los cipreses. Si me lo sé Ilustre señora, y lo siento mucho pero tenemos que cerrar este caso. ¿Quién lleva el caso? Un tal Charly Saboz, si, le conozco, es un apreciado amigo y un buen detective, necesitamos muchos como él, Señora. Está bien, esperaremos un poco más. Que haya mejoría para usted y su secretaria. Buenas noches Señora. Su secretaria ha sufrido un accidente y una de sus accionistas y mano derecha ha fallecido en un accidente de helicóptero cerca de Pueblo Alifa.
- Adelitaz Potroz. ¿La conocía señoría?
- No. Váyase, estoy algo cansado.
- Muchas gracias señoría.
- Cuídese Charly... Tenga mucho cuidado…
- Sí, señoría, muy agradecido y discúlpeme…
- No hay de qué. Vaya con Dios.

Charly acercó a Zianna al barrio y la dejó en casa. Luego, se aproximó hasta el hospital más cercano, donde le diagnosticaron una leve lesión en el pómulo y una pequeña brecha cerca del labio. No había cicatrices. En el mismo aparcamiento del centro sanitario registró de cabo a rabo el coche de la Adelitaz y no encontró nada interesante que ayudara a su caso. Encontró ropa interior de ella, un maletín de belleza, dos pares de zapatos marca Manolos, una botella de champaña, un pequeño tubo de ensayo con coca y un manojo de llaves también una foto de ella cuando se licenció en la universidad, el pómulo herido se humedeció, tal vez si la amaba. ¿Por qué un hombre normal no puede enamorarse de una mujer como ella? Ahora podría ser su amor eterno, nunca podría decirle que no. Montó en el potente coche y enfiló la autopista hacia el sur rumbo a Puerto Alifa, a unas cincuenta millas del lago de los cipreses. El viento descorrió el encapote y él abrió el techo eléctrico, tomó dos puntitos con un trago de la petaca de Bourbon que encontró en la guantera, puso la radio, las farolas iluminaban la orilla del mar, sus pupilas estaban iluminadas por otra cosa, no podría dormir nunca más, si no visitaba el lugar donde tuvo lugar el trágico incidente, en la radio sonaba “muñequita linda” al saxo...

La radio interrumpió su emisión musical para dar el boletín de las doce de medianoche. Accidente de helicóptero en las cercanías de Puerto Alifa, aún se desconocen las causas, fallece el piloto y un viajero... ¿Por qué iba hacia el sur? ¿Qué buscaba realmente Charly Saboz? A ella, su recuerdo, su aroma, o quizá solo buscaba qué alguien le matase para acabar de una vez. Ambas cosas tal vez. Llamó a la central:

- Hola Charly.
- Hola Central. ¿Puedes decirme la hora del accidente de helicóptero y la cuadrícula?
- Lo siento Charly, esa información no ha sido transferida.
- ¿Dónde debería estar esa información?
- En principio en la gendarmería del aeródromo de Puerto Alifa. Llegará de madrugada. Te llamaré.
- Gracias, central.

El Porsche entró veloz en aquella oscura curva de montaña. La noche era estrellada en exceso, demasiado clara para no ser visto. Charly empezaba a hacer acopio de recuerdos militares para reunir valor y adentrarse solo en aquel valle. Algunas millas hacia el sur estaba situada la mansión Avaricié, pero él solo se preguntaba dónde habría sido el accidente. Dejó el coche camuflado en unos arbustos, vio la torre del aeródromo, estaba todo apagado, si había un guarda estaba dando vueltas por allí. Entonces vio una bengala surcar la noche callada, venía del monte que había justo al fondo. Se asustó. No sabía cómo llegar hasta ese lugar de donde parecía proceder la bengala. Estaba seguro de una cosa, aquella bengala no había sido tirada desde el mar, pues este quedaba a su espalda. Tuvo un presentimiento.

- ¡Alto o disparo! ¿Quién es usted y que hace escondido aquí?
- ¿Ha visto esa bengala amigo?
- Ande despacio, levante los brazos. Ahora dese la vuelta. Yo a usted le conozco. De la fiesta Avaricié. Usted es ese detective que cae mal a Santaz Avaricié.
- Puedo explicárselo.
- No hace falta, sé que es buena gente. Venga hacia mí.
- Hola.
- Serví allí aquella noche. Soy hermano de Magdalenaz, soy el maestro Pinzelo
- Charly Saboz. Encantado. ¿Qué hace usted por aquí?
- Cazo conejos.
- No hay tráfico aéreo maestro.
- No, en estas fechas poca cosa. ¿Quiere un cigarrillo detective?
- Claro. ¿Ha visto la bengala o no?
- La he visto, pero no tengo coche para llegar hasta allí, antes le he visto aparcar, pensé que sería alguna pareja de amantes.
- ¿Sabe ir hasta ese sitio?
- Si.
- ¡Aprisa! Puede ser alguien que necesite ayuda.
- Es posible.
- Espere, debo decirle algo. La zona es un coto cerrado y hay guardias con perros.
- En ese caso sería mejor.
- No lo crea detective. Son gente de muy mala saña y la zona es muy extensa. –
- Ya llegamos, suba.
- ¡Qué coche! Supongo que es de los sobornos. Un momento. ¿Este no es el Porsche de Adelitaz Potroz?
- Si. ¿La conocía?
- Poco. Pero se vino un día conmigo a cazar. ¿Extraño verdad? Fumaba sola un cigarro frente al lago de los cipreses y me vio salir a cazar cuando acabé mi servicio en la cocina, tenía ojeras y parecía triste aunque a mí me resultó encantadora. Yo ya la conocía del Lunaz Bourbon.
- ¿Del Lunaz Bourbon?
- Si. Soy pintor, artista, hago retratos a carboncillo de la gente vip. Me gano un poco, debo echar horas en la mansión para seguir adelante, necesito el dinero para terminar la casa que me estoy haciendo cerca del estuario. Me vio, me dijo. Maestro Pinzelo. ¿Puedo ir contigo? Espere, coja ahora esa desviación que va hacia arriba.
- Continúa.
- Charlamos y me contó cosas de su vida, andaba algo entonada, ya sabe. Me dijo que un día nos veríamos en el pretil, pero no fue así. Siga, siga por ahí y en aquella curva suba por un camino estrecho y polvoriento, veamos primero el bosque de sorna.
- Esto está muy oscuro.
- Llevo una buena linterna, es decir tres. Paré allí en aquella “calva”.
- Eso está hecho Pinzelo.
- Aquí central, tengo los datos que me pidió detective Saboz. Está usted justamente a unos cincuenta metros del siniestro.
- Gracias, central. -¿Eso es otra bengala maestro Pinzelo?
- ¡Así es! ¡Aprisa!. Parece que hay alguien con vida.
- Baje por ahí señor Saboz. Cuidado, el terreno tiene muchos desniveles. Péguese a mi espalda.
- Huele a quemado.
- Parece que alguien hace señales con un mechero. Nos ha visto.
- ¡Es el piloto, es el piloto!
- No sé Saboz, espere un poco. ¡Cuidado!. Hay un agujero. Parece una mujer, es... ¡Es Adelitaz!
- Esto es un puto milagro.
- No cante victoria, no sabemos en qué estado está.
- ¡Charly! ¿Eres tú? Sabía que vendrías a buscarme…
- Dame tu mano.
- Charly, me ha castigado Dios por puta, mala y avariciosa. ¿Verdad Charly?
- No, cielo, no digas eso. ¿Tienes heridas? No veo sangre. ¡Maestro Pinzelo!
- Hola Adelitaz. Parece un milagro. ¿Puede moverse?
- No siento el cuerpo, me duele la pierna derecha, mucho.
- Toma cariño, toma un poco de esto.
- Gracias Charly.
- Hay que llamar al hospital que manden una UCI móvil.
- No hay sangre Charly, creo que tiene una pierna fracturada.
- Aquí el detective Charly Saboz central.
- Aquí central.
- Llama al hospital y que envíen un helicóptero a la cuadrícula que me diste antes, hay dos supervivientes, el piloto y una bella joven destacada miembro de la sociedad, para ser más exactos. Su vida, depende del tiempo que tarde ese helicóptero. ¡Entendido central!
- Tranquilo Charly, te envío el rescate.
- Adelitaz, sabes si el piloto... Allí está, hace señales con un brazo…
- Saltó el muy cabrón, no me avisó, yo salté detrás de él, luego explotó el aparato Charly, alguien nos disparó, gracias al piloto y su pericia salvamos la vida
- ¡Aquí! Aquí.
- No puede ser. ¡Ya vamos! Adelitaz, había alguien más en el aparato.
- No, sólo el piloto y yo…
- Charly ahí vienen unos vehículos… - Dijo Pinzelo –
- ¿Quiénes crees qué son maestro?
- Los guardas Moñohondo.
- Ayúdame a levantarla.
- Es peligroso.
- La he tanteado, no tiene nada en el torso superior, te lo aseguro.
- Charly sácame de aquí.
- Una dos tres y arriba.
- ¡Aprisa, subámosla al coche!
- Yo me quedaré cuando hayáis subido, los entretendré. Esperaré hasta que rescaten al piloto no pueden tardar. No bajes, sigue el camino y saldrás a la autopista interestatal.
- Gracias Pinzelo.
- Me contarás porqué viniste hasta aquí.
- Lo haré.

La mañana en Sadonay Blues amaneció cubierta de nubarrones hinchados y espumilla revuelta. Adelitaz Potroz perdió el conocimiento y entró en coma leve, aunque su vida ya no corriera peligro, estaba grave. Sufría rotura de tibia y peroné en una de sus piernas, un brazo hecho añicos y rotura parcial de clavícula. Por fortuna no sufrió golpes dignos de reseñar ni en la columna ni en el cráneo. Charly la dejó al amanecer con una escolta, solo por un rato, para pasarse por Sadonay Blues a recoger las pruebas que Peter Vermach le hubo facilitado. Tenía que localizarlo pues era evidente qué no se fiaba de entregar aquello a la policía científica después de lo que su Señoría el Juez Luis Leyz le había dicho la noche anterior...

Charly paseaba por el parque Wellington comiendo buñuelos y bebiendo café entre las aves del lugar que revoloteaban con los primeros albores del día. Aún no se había “encendido” el trasiego de los peatones cruzando el parque con dirección a los centros de negocio. Al final de la calle peatonal rodeada de álamos y bancos de madera vio el kiosco de prensa, decidió comprar el Diario Moñohondo sin saber, qué ya era un héroe, un héroe calculado, lo era. Pensaba en ella, no era su tipo, pero le ganó, ya que el detective se negaba a reconocer que tal vez, estuviese enamorado de la rica ejecutiva. –

- Me da un autógrafo.
- Miró hacia otro lado, aquella joven con sus patines le hablaba a él, sin embargo seguía buscando a la persona que iban dirigidas esas palabras.
- ¿Es usted Charly Saboz?
- Si, lo soy. ¿Que se te antoja?
- Un autógrafo.

La miró, la joven sonrió y entonces ojeó la cabecera de los Diarios:

“Detenidos los dos supuestos ladrones del Banco Central. Uno de ellos murió en su local de apuestas cuando intentaba huir, el otro permanece detenido”... “Charly Saboz el héroe de la ciudad”. “Te queremos Charly Saboz”. “Charly Saboz el mejor”. “Se encuentran los mil millones perdidos”. “La noticia se conoció en la tarde noche”. “Charly nuestro Héroe”. “Charly Saboz héroe de leyenda” o “El teniente Charly Saboz salva a Adelitaz Potroz y a un piloto de la muerte”. En la foto junto a ella el mismo día del accidente aéreo”

Miró hacia ambos lados del camino, el kiosquero le pidió que le firmara un ejemplar del periódico Saboz salió corriendo...

La maniobra había sido perfecta. Llamó a la central;

- Si Charly. Enhorabuena, eres nuestro héroe muchacho.
- ¡Charly! ¡Soy el capitán acabo de leerlo! ¡Te ordeno que vengas! Tus compañeros quieren verte y colgó…

No iría a la central para ser agasajado debido al montaje maquiavélico y se fue hacia el hospital, no estaba preparado para eso, pensó por unos segundos que solo era un mal sueño. Su móvil sonó:

- Vaya al museo de pintura, le espero junto a un retrato de Velásquez que hay en la segunda sala a la izquierda.

La misma voz, nuevamente, del día del atraco, la voz macabra que siempre le comunicaba malas noticias. Intentó localizar el número origen pero no fue posible. El Museo de Pintura se encontraba algo apartado del parque, fue al aparcamiento a recoger su coche, antes de abordarlo, sonó de nuevo;

- Buenos días Detective Charly Saboz.
- ¿Señoría es usted?
- Enhorabuena por la hazaña. Le felicito.
- Gracias señoría.
- Se le prepara un homenaje en la ciudad, váyase a casa y no salga de allí.
- Lo haré señoría.
- Sea feliz, Charly.
- Lo intentaré señoría.
- Cuídese Charly...

La fortuna favorece siempre a la mente preparada, dijo alguien por ahí. Es posible... La heroicidad de Charly dejó el asunto del robo del banco en un segundo plano y ni siquiera saltó a la prensa. Nize Ritman fue tiroteado por la policía. Decidieron detenerle cuando vieron su rostro en una cámara de seguridad instalada de una de las calles, por donde supuestamente había pasado el caco. ¿Cómo entraron sin ser vistos? El otro detenido era ni más ni menos que Soberoz, al que se creía muerto. Charly no sabía que Soberoz estaba en prisión, posiblemente se refugió en la casa del Lago tras la explosión y tuvo que hacer el trabajo del banco para consolar a la señora que estaba intratable desde lo de Marronan. Muy pronto el Juez ordenaría la inspección del lago en la zona que lindaba con la mansión Avaricié. Por esto dio la fiesta para intentar ganarse al Gobernador Tull, pero Omalajan conocía bien el terreno que pisaba y supo escurrirse sin tener que comprometerse a nada.

 

 

 

 

Capitulo VIII
Héroe inesperado

Peter Vermach llamó a Saboz cuando este limpiaba su 45 y oía el radio sentado bajo una sombrilla que compró. A esa hora no había gaviotas. Decidió no acudir a la cita del museo de la pintura, aquel hombre siempre era la antesala de una tragedia y no quería ni siquiera, imaginarse quién podría ser, pero si atendió la llamada de Peter Vermach, que dijo que se acercaría a Sadonay Blues para recoger las pruebas de la nevera y charlar un rato. Después de esto tuvo que apagar el móvil, pues a esas horas, sobre las diez, toda la ciudad conocía el incidente de Puerto Alifa. Charly salía en todas las portadas con Adelitaz de la mano. Eran las fotos que se hicieron a en la Mansión de la señora Ilustre y ni siquiera le habían llamado para pedirle permiso, ya estaba pensando en ponerle una demanda o coger algo de dinero a cambio para meterse a vendedor de limonadas.

- Qué tal Peter.
- Hola Charly. Eres todo un héroe. Me alegro por ti, ahora podrás elegir llevar una vida diferente a esta.
- ¿Quién eres tú para juzgar mi vida huevo frito?
- Veo como miras al mar, y también sé cómo trabajas, mi hermano es telefonista en la central y me dijo cosas de ti, buenas eh.
- No sabía que tuviese admiradores.
- Los admiradores perjudican.
- Está claro...
- ¿Te has enamorado Charly? O alguien por ahí te gusta.
- No digas sandeces, no me van esos idilios. Todo esto es debido a chica del accidente.
- ¿Esa tal Adelitaz? Una muñeca es…
- Estuvimos juntos antes del accidente y entonces alguien la llamó un helicóptero la recogió cerca del Parque Wellington.
- Qué mosqueo. Yo tengo algo que decirte; Esperaba que tú hicieras esas pruebas, por mi cuenta analicé otras similares y hoy han salido los resultados...

Tras aquel encuentro Charly se acercó al hospital para ver a Adelitaz y cerciorarse que todo iba bien. Ella le miró con una ternura inusitada:

- Tú magia me salvado Charly Saboz
- No se trata de magia Adelitaz y tampoco la poseo…
- Tienes muy mala cara.
- Es qué no he encontrado los filetes a menos de 20,22.
- Me haces reír en medio de este infierno. Eres un cielo.
- No tienes nada que temer, ahora si quieres puede protegerte mejor que antes, ya sabes por qué.
- Mucha gente cree que estamos enamorados.
- Sabes que no es así y será mejor olvidar lo nuestro. Seamos buenos amigos. Hubiese hecho lo mismo por otro ser humano, no te engañes.
- Dame un beso antes de irte...

A ella en lo más ínfimo de su “alguarín” le había dolido esas palabras de; “Hubiese hecho lo mismo”...

El ayuntamiento de la ciudad le preparó una comida festival en la plaza mayor. Los niños le sonreían y decían su nombre, los viejos querían besarle, otros, le saludaban y al final fue condecorado y abrazado por la ilustre de Moñohondo delante de todos, ella misma le puso la medalla al mérito civil. Ahí parecía terminar el calvario, pero al día siguiente el juez dio los permisos oportunos para sondear el lago de los cipreses en las lindes de la mansión Avaricié y las ocho de la mañana un helicóptero con Charly Saboz, el Capitán, buzos especializados, perros adiestrados, aparatos de sondeo y otros artilugios, tomó tierra delante de la mansión con todo el equipo. Charly miró hacia los balcones y no vio a nadie, encendió un pitillo y sonrió levemente. Albergaba una teoría. Entonces hizo aparición un personaje algo siniestro.

- ¿Qué ocurre detective?
- ¿Quién es usted?
- Disculpe que no me haya presentado. Soy el Doctor Medrabyz.
- ¿Es médico de la casa?
- Si.
- Pues sólo vamos a inspeccionar un poco ese lago misterioso que nadie se atreve a cruzar por mor de esas leyendas, eso es lo que ocurre doctor. ¡Adiós doctor!...

El capitán Mandenoz no consiguió ayuda militar de alta tecnología y en la comisaría los medios eran escasos. Ningún buzo se atrevió a sumergirse en las aguas inhóspitas y espesas y todos eran suboficiales. Midieron la profundidad de una de las hoyas y mil metros de cabo no bastaron para tocar fondo. Al parecer una corriente subterránea absorbía todo hacia al fondo... Los cipreses parecían tener ojos entre la neblina mañanera y casi todos tenían ganas de irse. Pasado un rato, Magdalenaz apareció con café para el nutrido grupo de agentes que discutían sobre si cerrar o no el caso. Charly estaba en otro mundo, ¿en el mundo de su cabello balsámico tal vez?... Miraba hacia los cipreses y oyó una voz que le provocó que se pusiese andar con dirección al bosque. .

- ¡Ahora vuelvo!, dijo a los otros...

Se adentró un kilómetro entre aquellos abetos y cipreses. No debía ir más allá, al menos no parecer demasiado interesado en resolver el caso. No era un héroe y no se consideraba como tal. Había dejado el vicio esporádico de los suspiritos, pero la petaca de tequila casi siempre era fiel compañera de bolsillo, también echaba un cigarro de vez en cuando.

- Miste... Miste...

¿Que será ese murmullo que proviene del lago? Miste parecía estar en el aire. Caminó un poco más, no podía creerlo, vio el caminito que días atrás transitó la señora Marronan con su hijita. ¿Y si era una especie de arena movediza? No se conocía a nadie qué hubiese atravesado por allí. Tenía que meditar rápido si entrar o no entrar. Peter no quiso darle su número de móvil y éste sí que sabía deambular por aquellos parajes, nunca están cuando te hacen falta, pensó mientras fue a echar el pie hacia delante, pasara lo que pasara.

- ¡Teniente! Charly hemos encontrado algo.
- Voy enseguida.

Lo mantendría en secreto, le extrañaba sobremanera que la gente de Moñohondo no conociera esa traviesa después de poseer aquel enclave más de tres siglos. Y si lo supieran, qué sentido tendría ocultarlo. Ahora no podría ir a la mansión y preguntar a esos ricos si tenían conocimiento de aquel descubrimiento o habían mentido desde el principio, en cierta manera también tenían derecho a salvaguardar su territorio de posibles espías, curiosos o maleantes. Se sobresaltó, le pareció haber visto a ese doctor Medrabyz entre la arboleda. Ojeó un poco más pero no volvió a verlo… Con estas, se marchó hasta el camino de la entrada donde le esperaba el sargento.

- Huele a formol en esas aguas, hemos recogido muestras.
- Muy eficiente. ¿Dónde están esas pruebas? Entréguemelas.
- El capitán Mandenoz ha dicho que él las custodiará.
- Habrá que verlo, este caso es mío.
- Ahí viene la señora ilustre Charly, con ese médico que parece el que le hace la cama al hombre lobo.
- Eso es muy antiguo sargento y no es gracioso.
- Van a hablar con el Capitán. ¿Le dirá lo del formol?
- Sería un grave delito. No, no creo que el capitán sea corrupto.
- Ni yo. Ya se marchan.
- Parece ser que nosotros también y para no regresar, al menos a investigar. Mire, ahí llega un helicóptero de las fuerzas armadas.
- ¿Quién es ese hombre?
- Su rango es de General. Le dice algo a Mandenoz, vaya como se ha cuadrado.
- Voy hacia mi coche, ya nos veremos sargento.
- Eso espero héroe...

Debía ingresar en su cuenta el millón de dólares qué como premio le dieron varias entidades e instituciones de la ciudad por su proeza. Antes pasó a recoger las pruebas a la central, Mandenoz le estaba esperando:

- Cierre la puerta.
- ¿Qué quería ese General?
- Me dijo que no volviéramos por allí, que ellos se harían cargo del caso Miste y de esos desaparecidos.
- ¿Qué hará ahora Capitán?
- Cerrar el caso.
- ¿Y ese agua con olor a formol?
- ¿Las pruebas?
- Si, capitán las pruebas.
- No tuve más remedio que entregárselas a ese tal Medrabyz. Me obligó el general.
- Raro tipo.
- Frío y calculador. ¿Lo conoce, Charly?
- Lo conocí ayer en la fiesta, nunca lo había visto, iba con una tal doctora Mary Black.
- Muy bella y elegante.
- Son gente demasiado poderosa.
- ¿Quiere una birra Charly junto al puente de madera?
- Me coge de camino.
- ¿Sabe ya de lo de Soberoz?
- Si. Pero me gustaría revisar el caso de Nize Ritman, ahora que el caso Miste se va de nuestras manos.
- Soberoz ha salido libre sin cargos, nadie sabe dónde ha ido. Que extraño personaje…
- Yo sí sé dónde está.
- ¿En la mansión Avaricié?
- No, en la Moñohondo.
- ¿Dejará la policía Charly?
- No lo sé.
- Es rico. ¿Qué coche se comprará?
- No sé, tal vez cambie de aires.
- No es mala idea, puede permitírselo.
- Si algo me ocurriera capitán hay un apartado de correos con una información. No en esta ciudad.
- No debería confiarme esas cosas ¿Y si yo fuese un asalariado de esa mujer? La Moñohondo da de comer a tres cuartas partes del distrito. No puede engañarme Saboz sé lo que piensa, fui yo el que le descubrió y le trajo a este cuerpo.
- No lo sabe todo. Capitán…
- Dígame, si tuviese oportunidad; ¿estrangularía con sus propias manos a la ilustre?
- Nunca lo pensé, desde ayer tal vez haya cambiado de opinión.
- Es guapa y elegante, como gusta decir a usted. Debe ser difícil matar a alguien así. ¿Verdad señor Saboz?
- No lo sé capitán.
- ¿Por qué no se busca una piba?
- Ya estamos.
- Esta noche doy una fiesta, quiero que conozca a mi hija. Es abogado y soltera, algo más joven que usted.
- Se lo agradezco pero no.
- ¡Dos birras grandes!
- Capitán. ¿Cuántos, clubs tiene en la ciudad ese tal Copetinez de Limoz?
- Menudo pajarraco.
- ¿Le conoce en persona?
- Lo he visto por cámara.
- ¿Trata de blancas?
- De todo, pero a alto nivel. Está bien relacionado. ¿Irá a mi cena para cuatro?
- Iré Capitán, antes debo pasar por el hospital...

Algunas personas le esperaban cuando llegó al hospital. Gente con gesto de tristeza mezclado con indignación. Era un matrimonio sexagenario, su hijo un hombre de unos treinta que parecía en los rasgos a Adelitaz. Charly fue a enfilar el limpio y esterilizado pasillo del centro sanitario.

- ¿Detective Charly Saboz?
- Sí.
- Somos la familia de Adelitaz Potroz.
- Hola.
- Hemos intentado que nos explicasen porque nadie revisó la zona tras el avistamiento de la explosión. Soy su padre.
- Vengan conmigo a la sala de espera charlaremos.
- Soy Flizia Potroz, su madre, encantada detective. Gracias, deme un abrazo.
- Yo soy su único hermano llámame Ruzi.
- Señor Saboz. ¿Cree que alguien quiso matar a mi hija?
- Ustedes deberían de saberlo mejor que yo. Fue un fallo de los servicios de emergencia, no había el equipo adecuado para adentrarse en la zona de la caída del aparato.

Charly intentaba eludir el tema de la conspiración.

- ¡Es indignante! Una persona tan relevante como nuestra Adelitaz. Vociferó su madre.
- Afortunadamente somos muy ricos, señor Saboz, dijo su hermano.
- ¿De dónde son ustedes?
- Viajamos por el mundo constantemente.
- Si, somos internacionales. ¿Tendremos el honor de contar con su compañía para comer en otra ocasión?
- No señora Potroz, no es posible. Tengo demasiado trabajo acumulado.
- Voy a llevarme a mi hija de esta maldita ciudad.
- El problema no es la ciudad señor.
- Lo sé, es esa mujer.
- Cállate padre, alguien puede oírte.
- ¡No me importa!
- Señor Potroz, el helicóptero está en camino. Su hija ha sido sedada, ya está preparada para el traslado. - Agregó un enfermero - 
- Pero cómo, ¿se llevan a Adelitaz?
- No hay otra alternativa.
- Todo listo señor.
- Me deja darle un beso. Muchas gracias, señor Saboz, le estaremos eternamente agradecidos. 
- No hay de qué, señora Saboz.

Charly le dio un beso y le acarició la frente, sabía que estaba muy mal pero su familia podía protegerla, él no.

El capitán Mandenoz había dejado un sobre con su dimisión en el despacho del Fiscal Brey. Mandó una copia al Juez y otra al Gobernador Tull, vía Internet. Motivos afectivos y familiares era la causa que alegaba para abandonar su actual puesto al mando de los servicios de seguridad en el distrito civil de Moñohondo. También habló con sus superiores de Monte Digno vía telefónica...

Charly durmió esa tarde tras tomar unas píldoras. Los días anteriores había estado sometido a presión por el entorno Moñohondo. La muerte de Nize Ritman le hizo tomar aquellos comprimidos. Intuía que no vería más a Adelitaz Potroz, como a los Marronan. ¿Quién sería aquel hombre que le llamaba al móvil? Peter y ella, ella o Peter… Todo le daba vueltas hasta que se durmió abrazado a su almohada…

Tras descansar se puso un café e hizo cuentas. Un millón de euros y aquel paquete que Athenea Marronan dejó caer antes de acelerar hacia la libertad con su hija. No quería abrirlo. Intuía que aquel paquete contenía algo que le haría la vida aún más incómoda. Qué más da, se dijo. Y retiró al cuerdecilla anudada que ajustaba el envoltorio. Había una caja de zapatos y un sobre grande. Abrió el sobre grande y encontró un sobre más pequeño con una nota:

“Estas son las únicas pruebas que he podido conseguirle sobre el caso Miste, aunque le aconsejo que se marche de la ciudad lo antes posible. El dinero me sobra y le hago un regalo, acéptelo. Suerte. A.M”.

Contó el dinero en billetes nuevos. Eran billetes de mil, había justamente quinientos mil Islabones. El destino le gastaba una broma, nunca había tenido nada, su trabajo que adoraba le bastó y ahora todo ese dinero. No sabía nada de la dimisión de su jefe, salió a la azotea y miró la ciudad, la noche marítima se veía al lejos, su recuerdo parecía haberse desvanecido, ¿volvería algún día por allí?... Ya tenía asimilado que su sueño de desvaneció sin duda era demasiado bella para él.

El capitán Mandenoz era un judío muy metódico y aquella noche quería dar la impresión de alguien más tolerante. Mrs. Mandenoz preparaba una asado de cordero con almendras y patatas, la hija de ambos prometió llevar el vino. Charly estaba algo descompuesto de sus dietas callejeras.

- ¿Tiene calor Charly?
- No señora Mandenoz. Solo es que llevo una temporada algo desarreglado respecto a la alimentación.
- Espero que le guste el asado de cordero. Deme su abrigo.
- ¡Charly! Gracias por venir.
- Capitán.
- Venga conmigo a la salita, quiero enseñarle algo en el ordenador. Mi hija llegará pronto.
- ¿Es abogado?
- Sí, de las mejores.
- ¿Civil?
- No. Penal.
- Tome una copa de vino.
- Gracias señora.
- He dimitido Charly. Me he agotado persiguiendo fantasmas en la más absoluta oscuridad.
- De veras qué lo siento.
- ¡Dice que lo siente! No diga eso Charly, vamos a celebrar esa dimisión. Si detective, lo he dejado. ¿Qué hará usted? Ahora es respetado y rico.
- Tal vez yo también lo deje.
- Tocan al timbre, será ella.
- Yo abriré, el asado está casi hecho.
- Beba, le pondré otra.
- Gracias. Bonita casa.
- Me la dejaron mis padres, tiene buenos cimientos. Eso es lo importante.
- Shalom.
- Shalom Vastiz.
- Charly te presento a mi única hija Vastiz.
- Shalom detective.
- Shalom Vastiz.
- Encontré este vino a buen precio, esos almacenes siempre tienen buenas ofertas.
- Shalom hija.
- Shalom Madre.
- Vamos a agradecer a Yahvé el día de hoy y pedir salud y paz para nuestro amigo hoy en nuestra mesa Charly Saboz.

Cabizbajos y silenciosos dijeron sus oraciones y concluida la acción de gracias el ex oficial puso vino en las copas y cortó el asado.

- ¿Qué le parece? ¿Está lo bastante hecho?
- Está jugoso señora y la guarnición muy buena.
- Beba vino Charly, parece como si fuese un día normal para usted cuando es un héroe en esta comunidad.
- Ahora entiendo por qué me sonaba su cara. – Dijo Vastiz -
- Ha salido en todos los diarios. Y un millón más rico. Ahora necesita una esposa digna de usted.
- Padre le está agobiando.
- Conozco a este desde que era joven. ¿Verdad? Diles como nos conocimos.
- No, cuéntelo usted mejor Capitán.
- No me llames así. Pues, su barrio es el que está al oeste del río
- ¿Se crio usted en las casuchas señor Saboz?
- Así es, no me avergüenzo.
- Pues fui a allí a detener una pequeña revuelta por asuntos de loterías y va este hombre y él solito consiguió qué hubiese concordia, a partir de ahí no hubo más trifulcas. Luego su madre me lo confió para prepararlo y a partir de ahí hizo bien su trabajo.
- ¿Y su familia señor Saboz? – Susurró la letrada-
- No tengo familia señorita Vastiz.
- Porqué, le abandonaron o se crio en un hospicio.
- ¡Hija!
- Lo siento señor Saboz, hoy estoy un poco malhumorada.
- No, no. Mi madre era prostituta a mi padre nunca lo conocí, es decir no tuve padre, solo amigos o clientes de mamá.
- No sabe cuánto lo siento, no debí, soy una lengua floja.
- No se preocupe, nunca hablo de mi vida con nadie, está bien qué de vez en cuando se hable de ello.
- Disculpen, iré a la cocina a llevar estos platos.
- La ayudaré. ¿Es judía confesa?
- Digamos que sí. En asuntos serios ultra ortodoxa.
- ¿Puedo hacerle una pregunta?
- Qué tipo de pregunta detective. Déjelo ahí yo lo enjuago.
- Un hombre como yo, sin raíces, sin religión, respetado sí, pero desarraigado, ¿podría un hombre así casarse con una mujer como vos?

Vastiz se puso colorada y luego sonrió un poco y le miró mientras terminaba de aclarar un vaso.

- Primero tendría que abrazar nuestra fe para casarse con una chica judía.
- No me refería a eso exactamente abogada. Pero me sirve...
- ¡Charly Saboz la hora del Tequila!
- ¡Voy, capitán!... Capitán, que sabe del asunto del robo al banco central.
- No puedo decírselo. Lo siento Charly.
- Pero, ¿apareció el dinero?
- El dinero casi nunca aparece, aun así gracias a Soberoz los pagarés han sido devueltos.
- Ese Soberoz es extraño, parece ser un hombre de la frontera. Siempre juega a todas las bandas.
- A veces en este entramado hace falta gente como esa.
- Soberoz me confunde, creo que prepara algo a solas.
- Olvide el asunto de Nize Ritman.
- No creo que lo haga.
- Pues lleve dos pistolas.
- ¿Qué sabe realmente de ese multimillonario Copetinez de Limoz?
- Ya se lo dije, aléjese de esos ambientes y limítese a delitos menores.
- Finalmente las desapariciones, el caso Miste, las pruebas del formol, todo eso pasó a mejor vida y mi amigo enterrado. Creo que voy a retirarme.
- Padre, debo irme.
- Un beso hija.
- Aquí tiene mi tarjeta detective Saboz, si necesita mis servicios jurídicos llámeme.
- Adiós señorita Vastiz. Creo que yo también me iré. Mis más sinceras felicitaciones. Y muchas gracias a todos por vuestra hospitalidad nunca me había sentado en una mesa judía.
- Venga a comer, ahora tendré tiempo de contarle algunas anécdotas que podrían servirle en su trabajo, si decide seguir...

Charly Saboz llegó a la central sobre las once de la noche. Había disfrutado de una agradable velada y hubo cenado como es debido, a lo que no estaba habituado.

- Aquí está mi placa y mi pistola. Me voy de vacaciones.
- Te lo mereces Charly.
- Cuando vuelva dimitiré.
- Vaya, hay fiebre por largarse de aquí. Después del capitán lo hace usted.
- Ya veremos, suerte.
- Suerte detective. ¡Detective!.
- Sí.
- La familia Potroz llamó preguntando si estaba usted.
- Extraño, no he tenido llamadas de ellos. ¿Qué querían?
- Preguntaron si podía dejar el coche de su hija bajo su custodia hasta que ella misma decida si va a regresar a la región. Ella quería que se lo quedara usted, pero no pudo despedirse.
- ¿Dónde está el vehículo?
- Aquí están las llaves, lo trajo un compañero tuyo desde el hospital.
- Me lo llevo y dejo el mío.
- Pillín.
- Os llamaré.

El mar rompía con fuerza cerca de la Central. El rompeolas iluminado por la luz de los focos del puerto y la noche armoniosa, eran motivos suficientes para ir a tomar una copa con Zianna, estaría triste. Pero sonó el móvil y hubo cambio de planes. Era Peter Vermach, pidiéndole unos Islabones prestados para coger el autobús de la madrugada hasta Puerto Alifa y de allí un ferry hasta el muelle de madera del Estuario, donde tenía, según dijo, una cabaña construida con ramas y troncos.

- ¿Dónde estás Peter?
- En la cafetería del kilómetro 25. Una amiga me ha dejado aquí en la parada del autobús, me he dejado la cartera en casa.
- Sé que tienes dificultades económicas. Voy hacia allí. Tengo asuntos importantes que contarte. He dejado de ser el detective Charly Saboz.
- ¡Buena idea! Me alegro por ti. Yo también debo hablar contigo.
- Creo que vamos hacer un viaje, juntos...

Charly llegó a la hora que dijo a Peter. Había un bar de carretera y decidieron pasar y poner rumbo al sur.

- Pero cómo, ¿te vienes conmigo?
- Eso creo.
- Tendré que ampliar el chozo.
- No me importa, voy buscando un poco de paz para mi espíritu si es que lo tengo… Hace diez años que no cojo días de asueto.
- ¿Y con el dinero que has conseguido? ¿Qué harás? ¿No piensas invitarme a cenar como es debido?
- Vale Peter, no me mires así.
- Vaya, espero que no cambies, a casi todos les ocurre cuando pasan de pobres a ricos se olvidan de las promesas que hicieron a la naturaleza o a los Dioses. –
- Esa es una de las cosas que quiero meditar allá en el estuario.
- ¿Has ido al entierro de Nize?
- No podía dejarme ver. Me ha dolido mucho, pero no tenía más opciones.
- Eso de las opciones siempre acaba por romperlo todo. ¿Te importa qué me fume una marihuana?
- Abre el techo y pon música, pero no me eches humo.
- Gracias Charly.
- No hay de qué Peter.
- ¿Sabes quién será el próximo capitán de la gendarmería?
- No.
- Un tal Soberoz, de origen cubano.
- Sé quién es.
- Cuéntame algo…
- Es imposible para Charly…
- Ja, ja, ja…

Charly calló para sí lo que sabía de Soberoz y también lo qué sospechaba. Ahora debía probar otra vida y pasar página, aquello era demasiado grande para él, mejor vivir un tiempo sabático y de paso intentar también olvidarse de ella, empezó a sonar en la radio “Can`t my eyes off of you”, versión jazzística…

Peter iba estirado en el asiento mirando hacia el cielo, el móvil del detective sonó:

- Charly.
- Le hablaba una voz rota.
- ¿Adelitaz? ¿Cómo estás?
- Mal Charly. Esta situación acabará conmigo, los ansiolíticos no me hacen nada y tiene que inyectarme, sácame de aquí, tú eres el único que lo haría.
- ¿Dónde te han llevado?
- Muy lejos, Charly, ven, Charly se corta, estoy en...

La señal se fue y Charly quedó en ascuas mientras seguía sonando esa canción que le recordaba a ella.

- Qué te ocurre. Has palidecido. ¿Quién te ha llamado?
- Era Adelitaz Potroz desde algún hospital Está mal, ojalá supiese dónde se encuentra…
- ¿Crees que la matará como a los otros?
- No quiero pensarlo Peter. Si te digo la verdad creo que sí, ella sabe mucho de la trama Moñohondo. Hazme un favor.
- Lo que quieras.
- No me hables del caso Miste. Deseo estar unos días tranquilos, lo entiendes.
- Disculpa amigo, pero el coche me lo tienes que dejar, una sola vez, por saber cómo anda un bólido de estos.
- Ni lo sueñes. Tú eres un buen ecologista, estáis en contra de la contaminación y todo eso.
- Como quieras.
- ¿Una calada?
- Voy conduciendo no es aconsejable.
- Aquello es Orión y Venus cerca de la Luna...
- Está bueno el porrito eh Peter, ves estrellas por todas partes...
- No está mal, me acaba de convertir en astrólogo. Y tú estás enamorado…
- Dame una calada, a ver si pueden crecerme alas.
- No fumes y conduce… Detective…

“Bienvenidos a las tierras de la familia Moñohondo”. Figuraba en un inmenso cartel que colgaba de un puente que cruzaba los dos lados de la autopista interestatal. De allí a Puerto Alifa había una hora. Una vez en el puerto un ferris que llevaba gente a la ciudad les podría dejar en el estuario, pero el coche donde ocultarlo, ese era el problema, Charly se acordó del maestro Pinzelo y le llamó.

- Charly, hola.
- Estoy llegando a Puerto Alifa para coger el ferry, estoy con Peter Vermach, ¿le conoces?
- ¿Huevo frito?
- El mismo.
- Saludos para él.
- Bien. ¿Podemos vernos dentro de media hora en el puerto?
- De acuerdo, de acuerdo...

Habían llegado justo a tiempo para coger el de las dos de la mañana, pero en realidad los planes de Saboz eran otros y por esto necesitaba a Pinzelo, tal vez él supiese del camino que descubrió en el lago de los cipreses. Pinzelo subió al auto y comenzaron a charlar tuvieron algunas discrepancias antes de que decidieran que hacer, pues el maestro Pinzelo se había apuntado a las vacaciones de Charly sin decirle que en realidad iba a buscar más pruebas e indicios sobre la extrañas desapariciones y de paso reconstruir su chozo tumbado por la última tormenta. Entonces Charly se lo dijo:

- Creo que he descubierto una vereda para entrar en el lago por la mansión Avaricié.
- Había oído hablar de una historia que contaba eso mismo. Dijo Peter. Pinzelo se calló como si el asunto no fuera con él.
- El problema es como cruzar la zona de seguridad de las tierras de la Ilustre. Con los nuevos sistemas no tardarán en localizarnos ni un minuto. Veo más responsable coger ese ferry. Yo sé ir desde el estuario hasta la mansión cruzando los pantanos de arenas movedizas. - Agregó Peter -
- En esa zona dice la Ilustre que se encuentra bajo las aguas un descomunal tesoro de piedras y brillantes. –Dijo Pinzelo -
- Sí, pero ese tesoro pertenece al pueblo, en caso de ser descubierto hay qué entregarlo al Gobernador Tull. – Infirió Charly - ¿Entonces? Pues vale por votación: Tú Peter.
- Yo ferry.
- ¿Y tú Pinzelo?
- Yo también ferry. Amén, dijo Charly y se subieron en el barco...

Sólo iban siete pasajeros, los tres amigos, más el patrón Marray y dos marineros. El mar estaba un poco agitado, ellos miraban el estrellado esporádicamente y Charly se quedó dormido en el hombro de Peter. Pinzelo se marchó a la cabina a charlar con la tripulación a la que conocía de los bares del club de Puerto Alifa. Peter también cubría el trayecto dos o tres veces por semana. Todos en la zona del estuario tomaban a Peter Vermach como el guardia de la reserva natural, no era así. Las autoridades no tenían a nadie vigilando, pues la Ilustre Moñohondo se negaba a dejar entrar en sus lindes a nadie y menos para husmear por sus territorios. Hacía tiempo que Peter ponía dinero de su propio bolsillo para hacer esos viajes con tal de ayudar a preservar el ecosistema.

Pasada una hora y pico el patrón avisó a Pinzelo y le dijo que en poco minutos echarían un cabo en Puerto Estuario, qué en realidad era una estructura de madera saliente al mar, que en otrora sirvió a los pescadores de la zona para amarrar sus canoas o barcas de menor calado.

- ¡Ya está patrón!
- Adiós Pinzelo hasta la próxima.
- ¡Hasta pronto Peter!...

El estuario desembocaba en el océano. Las aguas que confluían allí en su mayoría procedían de la sierra de Moñohondo o la comarca de Monte Digno. No era un río propiamente dicho, eran muchos pequeños cauces subterráneos que volvían a emerger por los alrededores del lago de los cipreses. También había bastantes árboles milenarios, fruta salvaje otras plantas y sotos venenosos, por esto era tan peligroso por no decir intransitable para los desconocidos que no conocieran el terreno. Todos estos condicionamientos sumados a las inesperadas y ocultas variaciones del terreno que ocultaban arenas movedizas podrían resultar fatales si no se iba con un guía o algún experto conocedor de la zona pantanosa. Muchos curiosos y aventureros murieron allí y no precisamente por los rumores del tesoro de Salomón, también por desconocimiento del terreno; de una belleza poco frecuentes, e inesperada. También había otros rumores entre los vecinos humildes de Pueblo Alifa, a cien kilómetros de distancia rumbo oeste y estos rumores decían que alguien raptaba niños y ancianos y después de matarlos lo echaban allí, tras haberlos descuajeringados para el tráfico de órganos. Ni una prueba y tras las más de mil desapariciones en la zona en los últimos veinte años los habitantes comenzaban a estar inquietos e inseguros, con sus niños y sus mayores. El caso de Miste no tenía nada que ver con todas estas desapariciones, solo qué se encontró una zapatilla del poeta al borde del lago y en plena propiedad Moñohondo. Una de las teorías de Charly era que el cuerpo del poeta estaba hundido en aquella zona o ¿había visitado la mansión? Peter aún no le había dicho lo que descubrió de su análisis a los restos que halló ni si el formol salía en el informe como uno de los componentes del agua, era poco probable, pero si estaba claro que los que tendieron la trampa a los intelectuales pertenecían al entorno empresarial de la casa Avaricié estuviese la Ilustre implicada o no. Primero hubo una explosión en la mansión Marronan y las pistas con ella, el robo callado del banco y la muerte de Nize Ritman, las extrañas idas y venidas de Soberoz y lo más inesperado, el gobierno militar había precintado la casa de Adelitaz Potroz, como comunicó el Maestro Pinzelo a Saboz entre aquellos árboles mientras preparaban sus tiendas y Peter limpiaba el chozo casi derruido por los últimos temporales. La mansión quedaba lejos de allí y los tres amigos estaban bastante cansados, por lo que pronto quedaron dormidos cortejados por el canto nocturno de los búhos, de los grillos y otras aves y otras aves de la nocturnidad…

La Ilustre Moñohondo se encontraba ausente del país. Mantelitoz tuvo que ser ingresada tras el repaso que le dio Zianna y juró por sus ancestros matarla a ella y a Charly Saboz nada más se repusiera de la fractura de tabique nasal, los veinte puntos que le dieron en el muslo y sobre todo el desgarro de la cara que la llevó al doctor de la cirugía plástica. La Moñohondo mientras tanto iba de allí para “cá” con sus tres aviones que volaban a la vez. Recorría el planeta varias veces al año. Ahora su nuevo proyecto era desenterrar de una vez por todas la historia del tesoro del lago, que la perseguía desde que era muy niña. Sin embargo el señor de la casa Avaricié pasaba desapercibido para casi todos y esto lo convertía en una persona más grata al trato de los pobres y nada huraño con el dinero cuando se trataba de salvar vidas aunque todo fuese una puesta en escena. Tenía una caja blindada en los sótanos de la mansión, pero en realidad todo era de ella y ahora fingía habérsela alquilado a él, sin que ninguno de sus próximos o consejeros entendiera esta pantomima. Bien es cierto que Avaricié poseía una gran fortuna de dinero en metálico todo limpio, pues se podía permitir el lujo de apostar sobre seguro y siendo de otra nacionalidad en los últimos tiempos él, su hija y su promiscua esposa residían allí, en la mansión del Lago de los cipreses. El doctor Medrabyz, era la gran incógnita, pues su presencia en Moñohondo House se debía a la fingida delicada salud de la ilustre, que no padecía de nada; era muy bella, rica y gozaba de buena salud. Su rostro blanquecino y sus ojos “destruidos” no invitaban a mirarla por segunda vez. Ella podía tener gente ociosa dando vueltas por sus casas y ni siquiera percatarse de qué paseaban por allí. Poseía más de cincuenta coches de alta gama, al menos veinte aviones y un servicio que atendían más de trescientas personas, durante las veinticuatro horas del día, joyero propio y muchas cosas más. Tenías islas en propiedad, sin embargo, no gozaba en el amor y se desquitaba con borracheras a escondidas o fingiendo ser bisexual o muy ardiente, nada de eso era cierto. Podría pensarse que tal vez, echase de menos otra cosa... ¿Amore tal vez?... Quién lo sabe... De lo que pocos ya no tenían duda era del origen sucio o sangriento de su dinero, claro qué había que demostrarlo…

El maestro Pinzelo preparó café con las primeras luces del día que se filtraban entre las ramas de aquellos viejos árboles. Peter Vermach bostezaba mientras era observado por un búho que regresaba de relamer la madrugada por los atrios boscosos de lago y luna. Charly estaba de mala leche, siempre le ocurría al despertar y se le pasaba cuando el café negro entraba en su paladar...

- Este sitio es mágico, diría una bella muchacha.
- ¿Vas a pintar?
- Si.
- Gracias por este magnífico café, Pinzelo.
- ¿Sabéis? Creo que lo del tesoro es otro acto de distracción a la “española”…

La primera mañana discutieron. Charly acostumbrado a la rutina cosmopolita cuando guardó su saco de dormir se sintió inquieto. El maestro Pinzelo se hizo una tostada con un pan en el rescoldo de la noche y se marchó con su jarra de viaje su cuaderno y sus carboncillos a tratar de pintar algo bello.

- ¡Si colaboramos los tres a la caída de la tarde podremos gozar del cobijo de esta vieja cabaña!

A Pinzelo no le agradó la idea sólo qué dormir a la intemperie tampoco era posible en aquellos parajes grises de árboles hambrientos de sol. A Saboz le entusiasmó sentirse ocupado y pronto los tres comenzaron a reparar la choza.

Sobre las seis habían terminado la primera parte de la reparación, esperarían al día siguiente para concluir con los ajustes y algo de decoración dentro de lo posible. No llevaban armas, si bastante comida, como máximo para una semana. A la segunda noche la coqueta chimenea ardía con chasquidos de buena madera. Saboz sacó una botella de coñac y Peter aportó algo de frutos secos, el maestro se quedó dormido cuando cayó el sol.

- ¿Has pasado muchas noches aquí?
- Bastantes.
- Este sitio es raro y la vez encantador.
- Charly, ¿te atreverías a buscar ese tesoro conmigo? Yo sé cómo sacar ese tesoro, si es que está ahí. Un barco nos esperaría en el estuario. De allí a África, América, Asia, a quitar hambre y vivir bien haciendo buenas obras. Dicen algunas fuentes que hay más de una tonelada de piedras preciosas otros que más, no sé, tal vez alguien con buenos proyectos esté autorizado a descubrirlo.
- Lo siento Peter. No necesito más de lo que ahora tengo qué es mucho. Además, ese tesoro está en las tierras de esa mujer.
- Yo sé cosas de esa mujer Charly. Cosas que podían mandarla a la cárcel hasta el final de sus días, podría reunir pruebas aún no sé si mi teoría es cierta.
- Dime lo que sabes.
- No, no es el momento. Que dices del tesoro, ¿crees que el Maestro Pinzelo se apuntará?

Me apunto, exclamó jocoso desde su litera bohemia y soñadora.

- Y tú. Detective…
- Primero quiero inspeccionar la zona del centro del lago mi intuición puede revelarme algo, quiero estar cerca de donde posiblemente podría encontrarse ese poeta, te diré si es cierto o no.
- Mañana iremos. Pasaremos la noche fuera, a unos cincuenta kilómetros de aquí. Hay que ir bien alimentados y seguir a mis dos pies, el camino es difícil un solo fallo es mortal. Un trago en las paradas y nada más, os daré una carne seca por la mañana. ¡A dormir!...

Peter fue claro y conciso con las estrictas normas a seguir para llegar hasta el centro del lago. Solo había una veredita colmada de piedras marinas de unos cincuenta centímetros de ancho. A los lados todo era barro y pequeñas hoyas cubiertas de agua que burbujeaban debido a las corrientes subterráneas. Según Peter era un mal momento para adentrarse pues con la luna en su fase de llena las mareas traen más agua y la veredita se ocultada por la marítima, por esto escogió la hora. Se veía el camino a través de la niebla sinuosa de algodón figurado y los brazos y abrazos que los cipreses de daban en las aguas. Había sitios donde no había árboles y todo era arena movediza y extrañas ramas naranjas. Pronto aparecía otra laguna boscosa y olvidada donde en algunos parajes callaban los animales y animalillos. Ninguno de los tres podía imaginar la tragedia que se avecinaba. Habían parado para reponer fuerzas en una anchada del caminito. Bebieron comieron fumaron y reprendieron el camino algo más fortalecidos pero no veían animales ni pájaros, solo oían los sonidos que provenían de los altos árboles. Sólo restaban unos veinticinco kilómetros para llegar al sitio marcado en el mapa cuando de repente Charly Saboz resbaló y cayó en una hoya acuífera, Peter le lanzó una pequeña cuerda pero fue inútil porqué si se extralimitaban en ayudarle caerían ellos también, se quedaron allí de pie mirando la tragedia, mientras Charly se fue hacia el fondo sin que pudieran hacer nada por ayudarle. No podían volver porque la marea venía subiendo y el camino desaparecería y quedarían atrapados por las aguas. Siguieron su curso entristecidos y temerosos al andar, había sido todo tan rápido...

El maestro Pinzelo caminaba muy apenado, Peter Vermach estaba algo habituado a estas situaciones, pues ya había perdido amigos en aquel paraje, tal vez llevara años buscando ese tesoro y estuviese engañando a ambos, ya había costado la vida a Charly Saboz...

Charly calló a unos cincuenta metros de profundidad y vio una abertura por donde entraba el agua a la hoya, se deslizó apenas sin oxígeno bajó vio un canal natural y arcilloso por donde bajaba el agua de otro nivel y volvía a subir, vio como una pared, había luz que se colocaba por la inmensidad de grietas y agujeros consecuencia del terreno de barro y ramajes secos del exterior, creyó en él, llegó hasta allí, su estrecho cuerpo apenas pasaba por aquellas aberturas, había tragado demasiada agua pero consiguió salvar la vida, aunque no sabía por cuanto tiempo. Se quedó allí echado en aquella pared marrón de arcilla natural por donde corría el agua de los techos agujereados. Oía pisadas por encima de él tenían que ser forzosamente Peter y el maestro.

- ¡Estoy aquí amigos!,

No le escucharían porque el agua de las hoyas aislaba el sonido del fondo.

- ¿Me parece haber oído voces? – Dijo Vermach. –
- ¿Has fumado? Yo solo oigo murmullos de agua y cantos de pájaros. Sigamos antes que el agua cubra todo esto.
- Si.

Charly gritó hasta la extenuación más no sirvió de nada. Se levantó y vio una vislumbre de esperanza al comprobar que aquello era un pasillo qué podría conducir a la salvación. Por fortuna la luz no faltaba y caminaba rápido sin dejar de vigilar el suelo que parecía de piedra seca. Pasada más de una hora oyó unas voces delante de él, había jolgorio y risas. La expedición de la Ilustre de Moñohondo se había adelantado a sus amigos y ahora serían descubiertos, no podía volverse, recordó lo que dijo Peter sobre que el agua lo cubriría todo. Anduvo un poco más...

Aquella expedición estaba formada por Lass Avaricié, Ravoz, la doctora Mary Black y nueve colosos de gimnasio que llevaban un arcón cada uno. Había un montículo de diamantes y piedras preciosas que se reflejaban en el trasluz de aquellos techos enramados. Se ocultó tras una de las paredes y vio como llenaron nueve arcones con piedras y diamantes. Luego silenciosos se marcharon por un estrecho pasadizo rumbo norte. Les siguió teniendo muy en cuenta que ocurriría si era descubierto. Le extrañó no ver a la Ilustre entre los expedicionarios. Sin ser todo aquello como contaba esa leyenda era la mayor fortuna que había visto.

- A partir de ahora no me alejaré de ti, comentó la doctora Mary Black a Lass Avaricié.

Charly no pretendía ni una piedra de ese tesoro, aunque despertó su curiosidad respecto de donde llevaría aquel pasillo subterráneo. Siguió un poco más, se oía un rumor de agua nueva que circulaba por otra parte. Cuando se iba a volver vio un resto de piedras esmeraldinas y dos diamantes Naifes, una veintena de zafiros y unos cientos de diamantes más pequeños. Lo cogió todo y lo guardó en una bolsa de paño y salió a correr en dirección contraria. No tomó en cuenta ni siquiera la advertencia sobre la marea, corrió como nunca lo había hecho y llegado al punto donde cayó, encontró una pared que le impedía el paso, advirtió también, que el nivel del agua estaba subiendo. Se preparó para aguantar el trance lo mejor posible, tal vez descansar para siempre no sea una mala idea, se decía mofándose de sí mismo. Quedaba un palmo de agua para que esta llegara al techo y de repente el agua empezó a bajar y salió expulsado de allí, apareciendo en un inmenso lago, del que logró salir por uno de sus costados. Había tragado mucha agua, por lo que estuvo recostado sobre un viejo ciprés más de media hora. No debía estar muy lejos del mar, por la intensidad de la brisa. Posiblemente ahora esté perdido. Se decía. Miró a su espalda y vio verde firme, no le quedaba otra alternativa que arriesgar. El móvil, estaba a salvo pues precavido lo colocó dentro de una funda aislante con cremallera. Lo encendió y pudo llamar a puerto Alifa, desde donde calcularon su posición y un helicóptero de rescate le recogió una hora más tarde dejándolo en Pueblo Alifa donde alquiló una modesta habitación, se desvistió tras haber dado cuenta de un buen asado. ¿Qué habrá sido de ellos? Se consideraba tan dichoso que le daba vergüenza de sí mismo. Miraba las piedras preciosas, había una fortuna tal, que sería un hombre lo bastante rico como para permitirse a una mujer como Adelitaz, porque una chica como Vastiz jamás le querría…

La búsqueda no sirvió y Peter Vermach y el Maestro Pinzelo se daban por desaparecidos, pero a la mañana siguiente se encontraron los tres en una cafetería de Puerto Alifa. Ya lo sabían por el piloto, disfrutaron mucho con el reencuentro y alguna lágrima también la hubo, Charly tenía la codicia dibujada en sus ojos, aquellas piedras parecían estar embrujadas o fue la mirada de la doctora Mary Black cuando dijo aquello de; - Ahora ya no me alejaré de ti. ¿Para eso sirve el poder? Para que te digan esas cosas las mujeres bonitas y por todos deseadas. O casi todos.

- Y ahora qué me decís. ¿Es cierta la historia de esas piedras?
No podemos hablar aquí, tenemos una noticia muy importante que darte. – Dijo risueño y en voz baja el maestro Pinzelo.
- Charly, hemos descubierto parte de ese tesoro, solo que las pequeñas corrientes subterráneas llevan las piedras de un lado a otro.
- ¿Habéis conseguido alguna?
- Un saco de esparto hasta el nudo.
- ¿Y qué habéis dicho al piloto?
- Qué eran moluscos y almejas.
- Ahora tenéis que ser cautos, porqué el mercado de los diamantes está muy controlado.
- ¡Silencio viene alguien!
- Señor su coche. Repostado y limpio.
- Tome, quédese con el cambio.
- ¿Alguien va para la ciudad?
- Esas piedras van a ser entregadas al pueblo de Moñohondo, dijo muy cabreado Peter, una vez que el potente bólido se deslizaba por el alquitrán de la tarde hastía...

 

Capitulo IX
La esquina de Sadonay Blues

En el primer repecho vieron al lejos una pareja haciendo autostop, aminoró, su trabajo había sido ese, era un acto automático, hizo lo qué nunca debió, frenar en seco. Alguien le colocó una pistola en la sien y ordenó a los tres que se bajasen.

- Lo he oído todo.
- ¡Soberoz!
- Charly no quiero matarte pero ese saco de diamantes es para mí gatita y para mí.

Ella llevaba un pañuelo en la cabeza y una gabardina verde. El coche desapareció y pusieron la denuncia, sin poder decir nada del saco de “almejas”. Cuando iban los tres hacia la ciudad en un coche alquilado que conducía Charly, Peter y Pinzelo no paraban de reír. Charly preguntó a que venía tanta risa y dijeron que pensaban gastarle una a él broma con lo de los diamantes y aquel tipo se había llevado un saco de cáscaras de almejas. Saboz sonrió. Se dio cuenta que Soberoz había colocado un transmisor y oyó la conversación del bar, también dilucidó que algo anormal había ocurrido o Peter Vermach estaba mintiendo.

- Peter. –
- Di Charly.
- ¿Conoces a ese tal Soberoz en persona?
- No. Solo leo la prensa y oigo los cotilleos en las tabernas.
- Mejor así. ¿Dónde leíste lo de que Soberoz sería el próximo capitán?
- Era una posibilidad.
- No lo creo Peter. –
- ¿Por qué?
- Por qué Soberoz es el hombre que nos atracó y se llevó el coche.
- No le había visto en mi vida.
- A mí me cae bien, porqué os mentiría. Es un romántico. Me pregunto que tendrá esa Ágata Sinclair, afirmó el maestro Pinzelo… -Y rio a carcajadas -

Cuando llegó a su viejo apartamento estaba molido, le dolía el pómulo y la herida de la pierna parecía haber cedido un poco. Fue al baño y se curó y refrescó, quedando dormido frente al televisor tras haber tomado media docena de calmantes que rima con diamantes, sonrió y quedó dormido pensando en desayunar con ella...

El auto de Adelitaz fue recuperado, el propio Soberoz lo dejó cerca de la central, las cáscaras de almejas estaban rociadas por todo el interior del coche.

Tenía una fijación, conocer a Copetinez de Limoz y hablar con él. Despertó con esa idea y con la imagen de la playita de Sadonay Blues. Iría al registro de la propiedad para comprar la parcela donde se ubicaba el kiosco de limonada. Dejó en olvido al capitán, siempre sabía escurrirse de las preguntas. No sabía “vestirse” ni sacarse partido, seguía utilizando la misma ropa de siempre, compraba en los sitios más baratos, siempre fue un segundón, y no tenía pensamientos de cambiar. Salió aquella mañana a disfrutar de un café pero antes alquiló una caja de seguridad en alguno de los bancos cercanos al parque Wellington. Intentó llamar al padre de Adelitaz para informarse sobre su estado de salud. Nadie le descolgó y se cortó la comunicación repentinamente. Estaba inquieto e ilusionado, si compraba aquella esquina abriría el antiguo kiosco y pondría asientos para ver las puestas de sol con cócteles y música de jazz. Lo demás era cemento y pantomima. Aún no era consciente de lo rico que era y sin embargo a veces el dinero no basta. La propiedad resultó ser de Copetinez de Limoz. ¿Querría vendérselo? Le dieron su dirección y marchó a verle, Zianna lo llamó:

- Hola Charly.
- ¿Cómo estás?
- Muy deteriorada y triste.
- ¿Recuerdas aún el rostro de los que dispararon?
- Perfectamente.
- Te espero esta noche sobre las doce en el Lunaz Bourbon.
- De acuerdo Charly, allí estaré.

Dudaba si comprarse algo de ropa y perdió un poco de tiempo en un centro comercial mirando trajes y zapatos. De repente alguien le sorprendió.

- Shalom señor Saboz.
- Señorita Vastiz. Shalom.
- ¿Quiere un consejo? Tire lo que lleva puesto, pantalones negros le irían bien con esa camisa blanca. Y un corte de pelo antes que nada claro. Soy una entrometida, no puedo evitarlo.
- No, señorita Vastiz, no. ¿Me permite invitarla a un café? Tengo algo que consultarle le abonaré su tiempo.
- Doscientos Islabones la hora. ¿Le parece bien? Le llevaré yo a un lugar a tomar café.
- De acuerdo.

Dijo Charly que quería preguntarle sobre la compra de la esquina de Sadonay Blues.

- No me gusta la gente cómo usted.
- ¿Por quién lo dice por la policía o mis principios?
- Por todos los que han perdido el espíritu. ¿Qué se le ofrece?
- Necesito qué me aconseje sobre la compra de un terreno que linda con la playa.
- Soy abogada de derecho penal. Necesita un abogado mercantil o uno civil.
- Vaya qué iluso.
- Debo marcharme he de pasar por la sinagoga a ver al Rabino, gracias por el café no le cobraré la minuta.
- ¿Señorita Vastiz?
- ¿Qué señor Saboz?
- ¿No conoce a nadie que pueda ayudarme en este embrollo?
- Mi bufete solo es para judíos he aceptado escucharle por que ha sido compañero de mi padre, pero lo siento allí no representamos a gentiles. Buenos días.

Cortante como el filo de un iceberg se dijo Charly, mientras ella desaparecía con el murmullo del café al cerrar la puerta...
Copetinez no recibía a nadie y mucho menos a los que no eran multimillonarios como él. Sólo tenía un nexo con Charly, se había criado en las casuchas y progresó, gracias al emparejamiento que un buen día hizo su madre con un rico comerciante...

La dirección parecía ser la correcta y miró aquella fachada con desconfianza, aquello no parecía ser la casa de un hombre como ese, claro qué allí no estaba el gran hombre. Había un secretario en una mesa de escritorio en una de las habitaciones que daban directamente al patio roído por los años. Cuando vio a Charly se levantó y le dio la mano.

- ¿En qué puedo ayudarle?
- ¿El señor Copetinez de Limoz?
- No. Solo soy un empleado. ¿Qué desea?
- Quería saber si el señor Copetinez estaría dispuesto a venderme la esquina de Sadonay Blues.
- ¿Usted es ese detective que salvó a dos personas ayer?
- Sí, pero no tiene importancia.
- Enhorabuena.
- Gracias.
- Siento decírselo señor Saboz pero esa esquina no está en venta. Ni lo estará.
- ¿No hay ninguna posibilidad? Ni por un millón.
- ¿Cómo dice?
- Lo que ha oído, un millón a tocateja.
- Estaría muy sobre pagado del precio estipulado. El motivo de no venderse es simplemente sentimental.
- ¿Estudiará mi oferta?
- Le llamaré señor Saboz.
- Gracias. ¿Podría pedir una cita con el señor Copetinez de Limoz?
- Me temo que eso es imposible.
- Llévele esto de parte de Charly Saboz y le entregó liado en un trapillo uno de los diamantes Naifes que encontró en el lago.
- Muy bien señor Saboz le daré su mensaje. Buenos días.

Cuando salía de aquel caserón sonó el móvil.

- ¿Señorita Vastiz?
- He hablado con mi jefe, es un viejo judío, ha accedido a que se sirva de nuestro bufete.
- Oh. Gracias señorita Vastiz.
- De nada señor Saboz.
- La dirección es la que está en mi tarjeta. Le daré un consejo, no haga ninguna transacción sin un letrado que le asesore.
- Muy bien, así lo haré.
- Adiós buenos días…

Había pasado a pertenecer a la gloria humana pero para él todo eso era insípido y mal sano si no se sabe tener los pies en el suelo. Guardó en aquella caja de seguridad los diamantes y el estuche con aquellas supuestas pruebas sobre el caso Miste que Athenea Marronan dejó caer en la acera antes de irse. Oyó una melodía de trompeta que salía de un balcón con sus paredes pintadas de marrón desconchadas y agrietadas por la erosión de la mar cercana... Su móvil volvió a sonar.

- ¿Quién es?
- Señor Saboz el señor Copetinez de Limoz está a la espera.
- Hola Charly. No puedes vivir sin la esquina de Sadonay Blues, yo tampoco, por eso no vendo.
- Discúlpeme. ¿Nos conocemos?
- Le espero allí dentro de una hora. Sea puntual.

La comunicación se cortó. Estaba justamente frente a la entrada del Museo de Pintura y sintió curiosidad cuando recordó aquella cita con el misterioso hombre. No entró a ver a Velásquez y si disfrutó del segundo café de la mañana con Diario antes de ir al encuentro con aquel insigne magnate del distrito de Moñohondo...

Llegó a la hora acordada y allí no había nadie, ni siquiera sabía a quién tenía que ver. Solamente conocía al señor Copetinez, de la prensa y de fotos pasadas de fecha. Retiró la tablilla que cubría la puerta del kiosco.

- Buenos días Charly. ¿No me recuerdas?
- Es un placer señor Copetinez.
- ¡Señor Copetinez, señor Copetinez! Jugábamos juntos en las casuchas y por las tardes en verano, nuestras madres venían aquí a organizar sus citas de por la noche. La mía también era puta. Fumábamos a escondidas soñando encontrar el tesoro de Salomón…
- ¿Ronsolitoz?
- Ja, ja, ja. ¡Si ese soy yo! Un abrazo, amigo.
- Es increíble cuántos años han pasado. Ya me contarás cómo te has enriquecido…
- Me alegro de verte Charly pero si me traicionas o me vendes te mataré.
- No gasto de eso. Lo sabes…
- Ya lo sé, te conozco bien, por eso he venido. ¿Sigues sólo en la vida? Toma un cigarrillo.
- Gracias.
- ¿Me venderás esta parcela? Quiero abrir el kiosco de limonada, y tal vez un poco de jazz en la noche.
- Me emocionas Charly Saboz. Pero no puedo vendértelo, le gusta a mi amante.
- En ese caso, me lo alquilarás. Podrás pasar desapercibido bebiendo limonada y cócteles en mi establecimiento, a ti también te gustaba el jazz. .
- Ya veremos. Charly, ¿de dónde has sacado este Naife?
- No puedo decírtelo.
- ¡Charly! ¡Este diamante tiene más de tres mil años de antigüedad y su perfección es poco frecuente!
- Me lo ha regalado una amante rica.
- No Charly. No me mientas.
- ¿Me lo compras o no?
- Yo no colecciono diamantes perfectos, ni siquiera me dedico a las piedras preciosas. ¿Es cierto que has dejado la policía?
- Estoy de vacaciones, solo eso, pero sí, está en mis pensamientos.
- He venido por qué quería verte y me has cogido en la ciudad, dentro de una hora mi avión se dirige a Asia, tengo un importante negocio que cerrar allí. Sé sincero, ¿hay más diamantes? Por qué si es así puedo ayudarte.
- Tal vez amigo.
- Dame un abrazo Charly, te devuelvo tu diamante y ve a esta dirección y pregunta por ese nombre. Te llamaré, si así lo deseas puedes ir arreglando ese kiosco. ¡Sólo limonadas eh! Ja, ja, ja. Dime una cosa, que nombre tienes pensado ponerle.
- La gaviota saxofonista.
- Me gusta, aunque hay más nombres…
- ¿Cómo cuáles?
- ¿Jositoz Prenda, quizá?
- Para mí ese nombre no significa nada…
- Nos veremos, amigo…

Nunca supuso tal coincidencia. Tampoco Copetinez parecía un pajarraco como afirmó Mandenoz o tal vez debía andar con cuidado. Sacó una petaca de su bolsillo “llenita” de tequila reposado y se arreó un trago qué le estiró el rostro, ni que hubiera visto un monstruo... Su amigo de la infancia, quién lo hubiera dicho, podía confiar en él, al menos a priori…

La dirección de la tarjeta le llevo hasta el barrio Judío. Para su sorpresa se encontró a la señorita Vastiz a la entrada del bufete, salía con su maletín y pareció algo sorprendida al verlo allí.

- Le dije que no tratábamos con gentiles, pero el Rabino accedió por su heroicidad.
- ¿Le suena el nombre que está escrito en esta tarjeta?
- Por supuesto. Al final de la estancia la última puerta, tendrá que esperar. Buenos días señor Saboz...

Mantelitoz tomó dos puntitos de coca y después encendió un cigarro. Miró hacia los cipreses burlones y aguados, llovía torrencialmente y seguía dolorida y hambrienta de venganza. La Ilustre había salido de viaje y ella era el ama de la casa hasta su vuelta. A Avaricié no le hacía gracia aquella invasión de su intimidad mas no tenía elección. Cerrado el caso Miste ahora se podían centrar en las ambiciones políticas de la ponderada, que interpretaba todo como un juego. El gobernador Tull no era del agrado de la Ilustre, uno de sus escollos para el proyecto urbanístico del estuario de Puerto Alifa era la persona de Omalajan. Santaz Avaricié era la persona idónea para el cargo de Gobernadora de Moñohondo, pero para eso aún quedaban al menos diez años y en veinte tal vez pudiera hacerla presidenta del país. La capitanía de la gendarmería seguía vacante a la espera de que la central de Monte Digno decidiera el sucesor de Mandenoz. Soberoz había sido descubierto por algunos consejeros del gobernador y en círculos políticos se especulaba con la idea de pedir serias explicaciones a la Ilustre de Moñohondo por inmiscuirse en asuntos de Estado. El ex mayordomo de los Marronan resultó ser un espía y vendedor de material de espionaje, gracias a él, Nall Marronan controló por un tiempo toda la información privilegiada del país, pero fue hasta qué ella se cansó del juego. Sin duda Soberoz nunca sería capitán de la policía del estado de Moñohondo…

Aquellos cuatro arcones repletos de diamantes y otras piedras a buen seguro quedarían olvidados en una de las esquinas de la caja blindada de los sótanos de la mansión. Cincuenta por ciento para ella, veinticinco para Avaricié, un diez para el doctor Medrabyz y el resto para la subvención de una clínica para niños enfermos y desamparados del tercer mundo, eso decían. A Soberoz pensaban proponerle el negocio de las piedras a cambio de cierta cantidad de material militar de alta tecnología, pero se encontraba en paradero desconocido y el tasador experto se encontraba de viaje con la señora por algunos países del Mediterráneo por lo que una vez incautado el famoso tesoro y tranquilizadas las aguas del espinoso e incómodo caso Miste, ahora uno de las prioridades es qué Charly Saboz tuviese “un accidente” y Adelitaz muriese en extrañas circunstancias si no había muerto ya. Mantelitoz insistiría en ello...

Tuvo que esperar más de cuatro horas para que aquel judío le recibiera. Estaba sobradamente acostumbrado a esperar. Finalmente, aquel secretario pulcro vestido de blanco y negro le indicó educadamente la puerta del despacho decorado con muebles antiguos, se podría decir perteneciente a otras épocas... Se levantó y tendió la mano a Charly:

- Viste usted bastante mal, es una buena táctica para pasar desapercibido cuando se lleva estas maravillas. Soy el Rabino Isaac. Usted es ese detective que encontró a Adelitaz Potroz y a ese piloto. ¿Charly Saboz?
- Así me llamo Rabino. He de decir que mi acompañante merecía más reconocimiento que yo y sin embargo, nadie lo llamó. –
- ¿Ha venido a hablarme de diamantes? O a contarme su vida.
- Disculpe Rabino. Este es el diamante.
- Veamos señor detective que tiene usted aquí. ¡Es asombroso! Podría tener más de... ¿Señor Saboz tiene otro similar a este?
- Pues, sí. ¿Cómo lo ha sabido?

El Rabino creía haber encontrado dos diamantes gemelos que se creían leyenda y cuentos de niños...

- Tráigame el otro naife señor Saboz, se los pagaré bien. Nadie le comprará estos diamantes en Moñohondo excepto yo.
- Con una condición, los diamantes no vienen solos, también están estos otros y unos cuantos que me quedo yo.
- ¡¡Oh, oh, oh!! ¡¡Es inaudito señor Saboz!! Es la colección de la Egeria de Salomón. Faltan algunos zafiros y esmeraldas, a ver cuántos diamantes pequeños. Tráigame el resto y venga mañana. Esta colección le reportará una verdadera fortuna, se lo aseguro.
- ¿Podría ser discreto al máximo con la transacción?, Rabino.
- Es una de nuestras virtudes. Shalom señor Saboz.
- Shalom Rabino. Volveré en una hora.

Al salir de acordó de Soberoz y de aquello que dijo; “Si Charly, lo hacemos todo por amor”. O la frase de la doctora Mary Black al potentado Avaricié cuando se ocultaba de aquellas gentes; “Desde ahora ya no me alejaré de ti”. Nunca tendría conciencia de rico, tomó otro café cerca del banco y vio pasar a Vastiz erguida con su maletín y con su vestido negro. No se veía como un padre de familia religioso, sin embargo, intuía que detrás de aquella extrema seriedad había una mujer dulce y compasiva en extremo. Será mejor que olvide las faldas y menos religiosas. Después de dejar el resto de las piedras en el bufete de la señorita Vastiz se marchó a una ferretería y compro gran cantidad de madera y otras herramientas también tequila y algo de ropa deportiva, hielo y colocó la sombrilla. Se prometió dejar el vicio esporádico apurando antes dos puntitos de un “restillo” que quedó por allí, bebió un mojito recordando a Soberoz junto a su kiosco de limonada y sus gaviotas saxofonistas de Sadonay Blues...

Los arreglos del pequeño establecimiento quedaron muy avanzados en cierta manera tenía dotes de carpintero o de lo que el momento requiriese. Nunca llamó a un fontanero ni a un electricista y vivió solo demasiado tiempo solía refugiarse aprendiendo cosas, sencillas sí, pero encantadoras, como pudiera serlo pintar un cuadro o escribir un bello poema. Marchó a casa cansado y sabedor qué a las doce Zianna lo esperaba para ver al Maestro Pinzelo. Recordó esas pruebas guardadas en el banco, le dio miedo abrirlas, aquel asunto le producía escalofríos y ese rostro del doctor Medrabyz le inquietó, había conocido muchos tipos de hombres, en el sentido psicológico, y ese doctor le daba mala espina, ¿de dónde habría salido? Se hizo una crítica severa de sí mismo al recordar todo, ahora era muy rico y había dejado el cuerpo de policía, bastante tenía ya con administrar su fortuna, no llegó a imaginar que fuese tan cansino. La muerte de Nize sin embargo, no podía olvidarla y por eso quería comprobar por última vez, si los hombres que dispararon eran policías, en la central, alguien, le impidió leer esos informes. Mandenoz fue claro y le advirtió. Vería esos retratos y luego intentaría olvidarlo todo, tal vez un viaje, cuando terminara de reparar el kiosco y concluyera la negociación de los diamantes. Sobre todo, le extrañaba mucho que la Ilustre no hubiera tomado represalias por lo que ocurrió a Mantelitoz...

Abrió la puerta de su apartamento y vio una sombra en el trasluz nocturno de la ventana.

- Cierre la puerta y siéntese Charly Saboz.
- ¡Soberoz! ¿Siempre es usted tan imprevisible?
- Sigo aquí Charly, sin mi viaje a Cuba. Sinclair me ha dejado por un traficante de armas que hace pasteles de nata en su tiempo libre. ¡Maldita sea Saboz! ¡Siéntese he dicho!
- No tengo nada Soberoz, solo problemas, desde que intenté esclarecer el caso Miste. Es usted un cobarde, juega a dos bandas.
- No me provoque señor Saboz.
- Soy sincero. ¿Qué quiere de mí?
- Usted estuvo en el lago el día qué la Ilustre y Avaricié salió de expedición en busca del tesoro. Estoy enterado.
- Fui a reparar una choza con dos amigos y descansar. Olvida qué he pasado una mala racha.
- ¿Qué hacía hoy en el bufete del Rabino Isaac?
- He ganado un millón de euros por mi supuesta heroicidad, y quería asesoramiento jurídico para adquirir una pequeña propiedad, eso es todo.
- Está bien. Encienda la luz e invíteme a una copa.
- Váyase, ahora. No vuelva más por aquí.
- No me subestime. No le caigo bien a Avaricié, pero cuando ella vuelva las cosas cambiaran. Adiós señor Saboz.
- ¡Fuera he dicho!... ¡Fuera de mi casa, cabrón!

Desde su ventana se veía un estupendo restaurante que nunca pudo visitar por el alto precio del cubierto. Le encantaban los asados de cordero y no comía cerdo. Empezaría a cuidarse y no perderse una comida como tenía por hábito. Miró el reloj, las once y media, tendría que aplazar su opíparo homenaje de asado y vino. Zianna llamó en ese instante y le dijo que si podía pasar a recogerla a lo que accedió. Se miró en el espejo y salió con un buen fajo de billetes de quinientos Islabones. Se bebería unas copas con Zianna y olvidaría por esa noche al menos lo del caso Ritman, era lo mejor. Ahora no dependería de su paga de jubilación y no arriesgaría más de lo necesario. Sin contar el susto que le había dado Soberoz al que no terminaba de conocer...

Zianna le dio un abrazo cuando le vio él se lo devolvió tiernamente y tras esto entraron en “El Pretil de los lunáticos” para localizar a Maestro Pinzelo que ya había ganado algunos Islabones con sus retratos cómicos a carboncillo.

- ¡Charly!
- Hola Pinzelo. Te presento a Zianna.
- Es un placer.
- Igual. Un beso.
- Vayamos a un reservado vip y descorchemos una botella del mejor cava.
- Es cierto, ahora eres rico. Dijo Pinzelo qué no dejaba de sobar con la mirada a la ex camarera.

El champaña fue servido con un poco de caviar, charlaron largo rato, hasta que Saboz dijo a Zianna si podía trasmitirle a Maestro los rasgos de los hombres que dispararon a Nize. (Había vuelto por los fueros de la investigación peligrosa)

- ¡Claro! Dijo ella tras haber bebido un par de copas...

El artista rio cuando vio aquel rostro tan familiar, no le causó la misma impresión el dibujo al detective pues se asemejaba a la cara de Peter Vermach alias huevo frito, cosa poco probable, pues el bueno de Peter era incapaz de matar una mosca, cosa bien sabida por todos.

- ¿Estás segura?
- Sí Charly.
- Bien, ahora dime cómo era el otro policía...

El segundo rostro sin duda alguna pertenecía al doctor Medrabyz. Charly se quedó mudo y sacó rápidamente a los dos amigos del local. El maestro quitaba importancia al hecho de los parecidos.

- No es la primera vez ni la última que alguien recuerda otras caras a las que eran realmente. Deberías de buscar esos informes sobre el tiroteo, seguro que todo es un malentendido.
- ¿Tienes el número de móvil de Peter? Nunca quiso dármelo.
- A mí tampoco. Zianna, cierra bien las puertas y ventanas.
- No seas paranoico Charly, yo no he hecho daño a nadie.
- Si has acertado y descubren que tú los has reconocido, vendrán a por ti.
- Yo me quedaré contigo esta noche.
- Lo siento Pinzelo pero no es posible, tengo tres hijos.
- Da igual, me encanta pintar a los niños.
- Está bien Pinzelo, puedes venir porque estoy muy asustada pero no habrá nada más entre nosotros…
- Tú mandas, bonita…

Charly regresó a su apartamento corroído y desordenado, atrancó la puerta, luego tomó sus calmantes y se echó a dormir...

Nunca había tenido problemas para dormir con ayuda de sus calmantes milagrosos. Aquellos rostros esbozados por Maestro le quitaron el sueño y las ilusiones con sus nuevos proyectos de vida. No podía seguir durmiendo y se levantó del viejo catre para ir a buscar información, tenía que encontrar los informes sobre el día de autos, pero en la Central levantaría sospechas si volvía a preguntar por el caso Nize. Tal vez fuese mejor hablar con Mandenoz. Llamó a Zianna y pasados unos minutos descolgó. Al parecer Maestro se marchó en la madrugada porque le llamaron.

- No tienes que preocuparte Charly, es posible que el champaña me jugara una mala pasada.
- ¿Me ocultas algo Zianna?
- No, solo qué.
- ¿Qué ocurre?
- Qué dije que sí, pero esos rasgos no son los que le trasmití. Cuando llegamos a casa me fijé en los dibujos. Le dije que tal vez se hubiese equivocado al dibujar por qué no tenía seguridad. Entonces se levantó y se fue, no le llamaron, lo siento había mentido.
- ¿Estás segura de lo que me dices?
- Tal vez, no recuerdo el rostro de esos supuestos agentes.
- No sé si tranquilizarme o preocuparme aún más. ¿Estarás en casa por la mañana?
- Ya sabes que puedes llamarme cuando quieras.
- Lo haré Zianna, hasta luego...

No encontró nada abierto para abrevarse el gaznate y sin cafeína no podría ponerse en marcha, así qué se conformó con un negro café de gasolinera servido en vaso de plástico. Encendió un pitillo, la mañana estaba aguada y somnolienta, el boletín radiofónico indicó con su pitido recalcitrante (e imposible de bailar como la música del telediario), las señales de las cinco de la mañana. Pinzelo no cogía el teléfono, aun así fue hasta la casa y le despertó.

- ¿Qué ocurre Charly?
- Dame los dibujos.
- Para qué.
- Venga, no me lo compliques.
- Está bien, espera...
- Aquí los tienes y ahora me voy a dormir.

Los miró en la luz de la escalera con sumo cuidado, eran ellos sin duda, pero ¿y si los rostros salieron de la mente de Pinzelo? Tal vez Zianna tuviera razón. Debía despertar a Mandenoz y con esa idea torció en la intersección con el semáforo en ámbar...

El ex capitán de la central tardó más diez minutos en abrir el portalón del antiguo caserón.

- ¡Charly Saboz! Terminaba de asearme. ¿Sabía que yo me levantaba a estas horas?
- ¿Usted también estaba en nómina? ¡Eh!.
- ¿Qué le ocurre? ¿Ha dormido mal esta noche?
- Sus evasivas empiezan a hartarme.
- Pase le invitaré a un café.
- Lo siento Mandenoz, hay algo que quiero contarle. Es muy importante y no puedo ir a la Central.
- Suba, suba, ahora tengo mucho tiempo libre. Me hace mucha gracia cuando le entra el “pronto”.
- ¿Conoce personalmente a Peter Vermach?
- ¿De quién me está hablando?
- ¿Le suena huevo frito?
- Con patatas tal vez.
- De acuerdo. ¿Qué sabe del doctor Medrabyz?
- Nada. Se está volviendo paranoico…
- Pero, usted, ¿ha mirado en los ficheros?
- No. Una de mis normas era no investigar a nadie que perteneciese al círculo de la poderosa.
- Ahora entiendo porque me mandaron a patear las calles con los delitos menores.
- Usted no entiende nada señor Saboz. Yo soy un hombre religioso y sé que eso molesta a muchos otros. No haría daño a nadie. Si le hubiese plantado guerra a una persona como ella, hubiese costado la vida a seres inocentes, que siempre son los que pagan “el pato”. No señor Saboz. Me prometí salvar vidas y mi método era ese, de todas formas fue ella la que me puso en ese puesto, la que me condecoró, la que en suma, me ayudó a mejorar mi nivel de vida. Si hubiese intentado desenmascararla no habría ganado nada. Ella, suele ocultar muy bien las pruebas de sus supuestas fechorías, es una experta.
- Shalom padre.
- Shalom hija.
- Señor Saboz parece que le gusta esto de los judíos.
- Buenos días señorita Vastiz.
- Buenos días señor Saboz. ¿Podría hacernos el favor de dejar a mi padre en paz con su jubilación?
- El día no empieza bien para mí, capitán.
- Déjanos hija, yo le llamé.
- De acuerdo padre.
- Charly tú eres un buen hombre, no estás echo para pelear con gente como esa. Eres rico. Cuántas veces quieres que te lo diga. Vive y deja vivir.
- Voy a dispararle ahora. Usted, ¡siempre me da evasivas!
- Por favor guarda eso. Está bien, quería salvaguardarte pero si te empeñas te diré lo que quieras. Por favor, está mi mujer y mi niña.
- No sirvo para esto, es cierto. Pero una voz dentro de mí me impide dejar el caso Miste y el de esos desaparecidos en el olvido. Nize se me aparece en sueños llorando por su familia –
- Ha trabajado veinte años seguidos, descanse. ¿Le apetece una copita de algún licor?
- Lo acepto.
- Tomemos un café. Su copita. Fume un cigarrillo si le apetece.
- Gracias por servirnos Vastiz.
- De nada padre.
- ¿Por dónde íbamos?
- Señor, ¿quién disparó a Nize Ritman en la puerta de su local?
- Gente de la Central. ¿Eso es todo?
- Lo investigó, miró los informes, es decir, hizo su trabajo.
- Si señor Saboz, pero no le diré el nombre de los hombres que dispararon.
- Intenta protegerles.
- Es mi deber. Ese tal Nize Ritman, tenía gente detrás que lo protegía, tal vez ahora quieran venganza. Vaya y hable con ellos.
- Tengo un testigo que afirma que los dos agentes dispararon cuando el sujeto levantaba las manos para rendirse y usted sigue dándome evasivas. Ahora conteste. ¿A qué fueron esos dos agentes a ese local de juego vip?
- Yo no di esa orden.
- ¿Cómo dice?
- Alguien llamó a la Central, yo estaba ausente.
- ¿Alguien llamó a la Central y usted? No. ¿A quién protege usted señor Mandenoz?
- A todos nosotros señor Saboz, a todos nosotros...

El detective no logró sacar muchas cosas en claro. Mandenoz no quería complicarse y finalmente, Charly se marchó enfadado de la casa sin ni siquiera despedirse. Pasaron semanas desde qué Charly Saboz olvidó el caso Miste y a Nize. Intentaba ocupar su tiempo en el nuevo kiosco que inauguraría en los primeros días de la temporada estival.

El salón del pequeño local no tendría más de ciento cincuenta metros cuadrados, incluido el mostrador y un coqueto escenario. Tenía un pequeño Alguarín bajo las tablas detrás de la barra que utilizaba para guardar botellas y herramientas, el diminuto sótano tenía la misma dimensión que el sobre suelo. Allí pasó su tiempo pensando en los millones que ganaría con los diamantes pero el Rabino Isaac no lo había llamado desde qué se apalabró el trato. Cinco, diez, veinte, qué más da, ya era suficientemente rico. No tuvo más noticias de Copetinez de Limoz, si bien mantuvo contacto con uno de sus secretarios para conseguir los permisos oportunos...

Inesperadamente una mañana antes de inaugurar “La gaviota saxofonista” confuso cansado y maltrecho cayó muy enfermó, encamó víctima de una posible depresión aguda. Una tarde que andaba mejorado alguien golpeó a su puerta.

- ¡Señor Saboz ábrame soy el Rabino Isaac, traigo buenas noticias para usted!
- Estoy muy enfermo Rabino, vuelva otro día.
- Traigo su dinero Señor Saboz. Siento la demora pero mis hermanos debían ponerse de acuerdo.
- Está bien, pase.
- ¡Oh se nota qué está enfermo!
- Por favor Rabino, espéreme sentado allí delante del balcón.
- Gracias señor Saboz. ¿Qué le ocurre? ¿Una crisis espiritual?
- No lo sé Rabino, no hay ganas de nada.
- Es cierto, está muy enfermo.
- Tal vez muera Rabino.
- ¿Le ha visitado algún doctor?
- No. Tampoco tengo ganas de eso.
- Ciertamente está mal. Verá, veinte millones es nuestra oferta, nadie le comprara esa colección, salvo nosotros.
- Está bien. ¿Eso es todo?
- Le dejó este cheque conformado y firme aquí por favor.
- Bien, ya está.
- Le enviaré un médico. Es de mi confianza. Haga lo que le diga y vaya a verme cuando esté mejorado. Shalom señor Saboz.
- Shalom Rabino, pero no se moleste, me recuperaré... Muy agradecido.
- Debería hacerse judío y venir conmigo a la sinagoga, Vastiz sería una buena esposa, déjese ya de esas libertades de los gentiles que enferman el alma…
- Quizá lo piense Rabino…

En toda su vida había padecido algo similar, incluso se solía mofar de los que padecían depresión. Tampoco esto le provocó remordimientos si bien, aquella enfermedad le había emboscado por sorpresa o tal vez, solo tal vez padecía algo que llaman mal de amores o realmente se estaba muriendo…

Tuvo una fiebre muy alta aquella noche, soñó con su local de limonadas por el día con parejas apostadas frente al mar jurándose amor eterno y sus gaviotas mirando al horizonte, también vio su club de jazz en las noches marítimas y la vio, entró a buscarle, él ayudaba a servir cócteles mientras sonaba en el escenario “Misty” y aparecía ella restablecida y ambos bailaban en la orilla del mar hasta las primeras luces del día, con aquellas notas mágicas de jazz de fondo… Pero solo fue un sueño…

La magnífica mansión del lago de los cipreses había sido construida a principios del siglo XVIII. Un antepasado de la gran dama se hizo fuerte en aquellas tierras y acotó casi todo el territorio. La mansión fue el colofón a una época de epopeyas victoriosas por parte del primer Moñohondo que se hizo riquísimo y compró un título nobiliario según había escrito en los anales históricos de Islabona, dejó oro suficiente para cien generaciones. En la actualidad se desconocía la realidad de las posesiones poseídas pero aun así, lo que se sabía se salía de la lógica humana de lo estrictamente necesario.

Los Portolifeños decían que la mansión del lago estaba maldita, aunque casi nadie creía tales cosas, si la oímos, pero no las creemos. ¿Por qué afirmaban esto los aldeanos? Tal vez solo fuesen cotilleos mal intencionados, como afirmaba el portavoz de la casa, el mayordomo Ravoz.

Las lindes de la mansión estaban a cincuenta metros de la orilla del lago. No poseía un jardín interior porque estaba construido en medio de un jardín natural, al sur el lago al norte la montaña. La primera planta era una entrada y una sala de reuniones, una cocina anexa y varios cuartos de baño. En esta planta de unos cinco mil metros cuadrados durante muchos siglos estuvieron expuestas todas las joyas de la pintura que la familia había acumulado y los retratos, (como es costumbre en las familias de abolengo) de todos los antepasados desde el primero hasta la Ilustre de la actualidad que llevaría pintado unos cien retratos de su persona en todos los estilos posibles. Las esculturas no abundaban si muchos bustos que acabaron en los inmensos jardines de la nueva mansión. Por lo demás, Avaricié no pudo hacer muchos cambios, pues la inquilina actuaba como si la casa no estuviese alquilada. Por este motivo, Santaz quería huir de allí a otras casas que poseían, los negocios de su padre con la noble rica impedían esto. Pronto, habría cambios...

La segunda planta contaba con diez habitaciones, al igual que la otra Mansión, cada una tenía su cuarto de baño con todas las comodidades, lujos y adelantos posibles. Y dos grandes salones, el de música y baile y la gran biblioteca. La tercera planta estaba cerrada desde hacía cien años, había que pasar por ella para subir al ático de lujo y recién modelado y redecorado por Avaricié, fue lo único donde ella dejó hacer ciertas reformas. Visto de otro modo, no era tan grande como las mansiones de otros amigos o socios, pero su historia estaba cargada de recuerdos Moñohondo para la Ilustre...

Tuvo fiebre muy alta durante algunos días, gracias a los analgésicos y otros medicamentos que le recetó aquel médico, mejoró su estado de salud, pero seguía muy depresivo. Esa lucha interna estaba más viva que nunca, en sus delirios soñó con Miste y Nize, pedían a Charly que aclarase la verdad si no sus espíritus vagarían por la tierra hasta qué se hiciera justicia. Cuando despertó del sueño, dilucidó que debía haber muchos espíritus vagando por la tierra...

Se incorporó con una vieja idea, decidido solamente investigar el caso en la intimidad depresiva, iría al banco y sacaría aquellos informes que Athenea Marronan le dejó. Debía dar buena imagen, de paso ingresaría su cheque de veinte millones y haría creer a todos que estaba mejorado, pues corrían rumores de que se estaba muriendo. El teléfono sonó durante esas semanas y no descolgó ni una vez, le extraño que Zianna no pasara a verle, ni Peter, ni maestro, ni Mandenoz, ni logró saber nada más de Adelitaz a la que soñaba una noche si y otra también. Pensarían que se había ido de viaje, algunos, otros, dejaron de interesarse por él. Logró olvidarse de la Ilustre y sus manipulaciones...

Llegó al banco sobre las diez de la mañana la última semana de aquel mes de julio. Pidió su llave y bajó a la cámara de seguridad extrajo su carpeta y subió. Tras retirar algunos fondos e ingresar aquel talón, todos en la entidad bancaria empezaron a mirarle de otra manera. De allí volvió a su apartamento con algunas compras y se metió en la ducha durante más de una hora. Comió y al atardecer se sentó cerca del balcón para ojear aquellos documentos y grabaciones. Leyó:

“¿Quién me ha hecho esto? Era como una memoria escrita a mano, había también unas fotos robadas, un DVD y algunos poemas: ”Parece como si la gente que da las noticias me estuviese viendo como yo a ellos, a veces, me parece qué me sonríen, y me siento confuso. Luego se me pasa y pienso que todo es producto de mi imaginación”.

Esto fue lo primero que leyó de aquellas memorias tituladas; ¿Quién me ha hecho esto? Se dio cuenta que debía comer algo o beber un poco de sopa o algo caliente, se encontró débil y fue a la cocina. Debería de haberlo leído antes, pensaba mientras calentaba un poco de café de hacía unos días, algo recuperado, encendió un pitillo y miró a la tarde...

“Esta mañana pensé qué tú habías vuelto y me desataste una alegría desconocida”.

Apuró la sopa desmesuradamente, el espíritu de Miste parecía reconciliarse con él.

“Si pudiese encontrar la forma de adorar a mis Dioses”...

Eran notas sueltas, más que unas memorias eran pensamientos. Pasó algunas páginas y leyó;

“Creo que me están vigilando”.

Se acordó de Athenea, quién se culpó de haber tenido la idea. Dejó de leer y se frotó la frente, la fiebre había desaparecido. Su mentalidad no entendía por qué se le montó esa humillación pública, no sería más consecuente intentar hablar con Miste, buscarle, en realidad nadie sabía dónde estaba. Seguiría informándose, leyendo. Repasaría esos informes y después decidiría si rastrear sus huellas. Tuvo un lapsus. ¿Hacia dónde me dirijo? Debería haber leído más y callejear menos. Pasó otra página;

“Creo que esa chica me ha estado engañando. Me pregunto de quién se tratará”.
“Salgo a la calle y todos me conocen algunas mujeres me insultan y hacen risas”

La fecha de aquellas notas era de dos años atrás, sin duda no sabía lo que estaba ocurriendo. Qué más da. Quién soy yo para arreglar el mundo. Tuvo un bajón anímico, aún no estaba completamente restablecido y comenzó a sudar un poco, hasta mojar aquellos papeles. Se recostó en uno de los sofás, su aparato de DVD no funcionaba. La cobardía le impedía seguir leyendo aquellas notas que comenzaban a carecer de sentido para él. Entonces pensó en su cuenta bancaria y en buscarse una piba como dijo Mandenoz. Volvió a la mesita junto al balcón la tarde ya se había marchado algunas golondrinas dibujaron con su vuelo el trasfondo del cemento armado y la mar estaba lejana, no llegaría a tiempo para alcanzar el sueño...

Despertó con ganas de comer y muy mejorado, siguió en la cama con vistas a recuperarse para estar por la mañana en forma. Tenía cierta ansia por saber que contenía el disco, la confusión que llegó aquella tarde se había acrecentado...

“No debería haber escrito ese libro”… “Quién será toda esa gente que me expolia”
¿Tal vez alguien tenga una copia? Un momento, se había olvidado tontamente qué tenía un portátil que no usaba, su mirada se encendió en la habitación cual gato escondido en la oscuridad...

Todo parecía en orden. La luz del sol no había salpicado aún los arenales acuíferos y Charly Saboz fue a buscar un poco de aire puro. ¿Y si intentara colarse en la mansión Moñohondo? Cerró los ojos e inhaló la brisa acompañada de las primeras luces, hacía semanas que no salía del apartamento, a lo mejor era cierto esas palabras de un sabio; “Sin amor no se puede vivir”. Él no conoció ese amor, no le enseñaron a eso. ¿O era simplemente naturaleza viva? O sólo había que buscarlo. ¿Cómo se enamoran las personas? Demasiados porqués... Ni siquiera caía en la cuenta que uno de los motivos de aquel bloqueo emocional era esos veinte años de rigidez que le había mantenido siempre al margen de cualquier sospecha razonable por parte del resto de compañeros y personas del pueblo. Charly Saboz es buena gente, era la frase para describirle. Pero nadie decía nada más. ¿Que era la sociedad? Un congelador de sonrisas heladas. Muchos colores, pocos amores...

- Buenos días Charly.

Miró y no había nadie. Parecía la voz de una mujer hermosa. La brisa marina a veces trae voces de la mar lejana, o solo había sido la voz de una de esas brujas qué según los cuentos locales, “rulaban” por Sadonay Blues...

Necesitaba irse nuevamente a aquellos parajes de cipreses que se besaban con el agua. El sol había asomado la ciudad se encendió, el viento de la mañana balanceó los ramales del parque Wellington. Un coche negro se paró en la esquina no vio a sus ocupantes, alguien parecía rondarle. Su espíritu estaba sedado de malas costumbres, tal vez no fuese nadie, solo gente que quería ver la mañana reflejada en el mar. Se marchó de Sadonay Blues con la firme intención de no volver allí hasta resolver los casos Miste y Nize, tampoco se sentía muy seguro, podría cambiar de opinión antes de llegar al aparcamiento. Lo que había visto en aquel disco le hicieron sentir náuseas no del pobre Miste y su forma de vida, sino de esos qué le había tendido tan cruel y cobarde trampa al poeta. Alguien golpeó en el cristal del coche, era el maestro Pinzelo. ¿Qué hará por el parque? Maestro tenía su residencia fijada en Pueblo Alifa.

- ¡Baja el cristal Charly tengo que hablarte!

Pero él salió de allí a toda prisa, no sabía si Pinzelo también formaba parte del entorno Moñohondo y preso de un exceso libertario enfiló la autopista con dirección al sur, debía ser valiente y adentrarse por la vereda descubierta, estaba casi seguro que cerca de la mansión podría estar Miste.

Charly Saboz parecía haber perdido parte de su anterior cordura y ni siquiera se planteó, con el dinero que tenía cambiar de coche. Daba la impresión que se había quedado catatónico...

No se demoró demasiado el regreso al lago que le dio las riquezas económicas pero que por otro lado lo sumergió en una extraña contradicción de vida. Pensaba una cosa y a los diez minutos otra diferente. Sin embargo, aún, mantenía el suficiente equilibrio para desafiar aquella intriga que le corría las entrañas. El día estaba precioso en la laguna, es como si de repente esa Egeria del cuento de Salomón, hubiese vuelto a recoger sus tesoros prometidos. Dejó el auto camuflado bajo unos altos arbustos. Avanzó lentamente entre los árboles, si alguna cámara o algún sensor lo detectaban estaría acabado. Por esto intentó entrar por la montaña, bajando entre riscos y agotado por la falta de alimento.

Mantelitoz muy recuperada sirvió un té a la Señora en su mesa del “jardincillo” en la entrada de la Mansión Moñohondo. Avaricié desayunaba, después de haber pasado la noche allí, charlando hasta altas horas de la madrugada con la rica mujer de abolengo y su inseparable secretaria y supuesta amante, a la que Lass Avaricié odiaba sobremanera y llamaba guarra en secreto. Estaba claro desde hacía años el loco amor que profesaba a su Ilustre socia. Ella se acostaba con él pero no le dejaba penetrarla, solo, algo de besos y nada más, argumentando que Mantelitoz lo mataría, esto enfurecía a Avaricié, que sin embargo volvía más enamorado. Lo escondía muy bien, pero las miradas crudas entre la secretaria y el rico empresario empezaban a fluir como el qué sé yo. Ruido de sables. Los dos sabían que a ella le encantaban esas confrontaciones y los dos le hacían el juego. ¿Por qué le temían? Se acerca la hora de elegir un candidato para la presidencia.

- No hay nadie preparado para competir con ese hijo de marinero.
- Ganamos mucho dinero con su gestión, Avi.

Cuándo estaban solos le llamaba así. Esto ponía a Mantelitoz a revienta calderas.

- Vamos a tener problemas con las gentes del pueblo, nos culpan, es decir, te culpan a ti de esas desapariciones.
- Nada más lejos, puedo comprar lo que se me antoje. No aceptan qué posea tantas tierras, no entienden lo que es la sangre. Con todo lo que hago por ellos en la sombra…
- Ni falta qué nos hace. Que digan o crean lo que quieran, desgraciados. – Dijo Lass -
- Por mí que se extingan… - Agregó Mantelitoz -
- Tomemos un cóctel. Dame un pico. – La ilustre parecía feliz -
- Ya empezamos, ama, no te preocupes.
- Gracias amorcito. ¿Qué opinas de ese detective que hacía tantas preguntas?

Mantelitoz no dejó que Avaricié contestara.

- Está acabado, alguien lo ha envenenado y anda por ahí como loco.
- Olvida tu odio, se ha retirado, al parecer salvó a nuestra Adelitaz y al piloto.
- Les salvó el maestro Pinzelo, sin embargo no le ha dado la mitad del millón. - Dijo Mantelitoz. –
- ¿Quién ese tal maestro? ¿Cómo has dicho?
- Pinzelo, ama.
- No hay nada como el clima de estas tierras para vivir fortalecido. Llevadme entre los dos hasta la piscina... Os amo…

 

Capitulo X
La gaviota saxofonista

El doctor Medrabyz lo vio en la pantalla por suerte no lo reconoció el aspecto degradado que presentaba el ex detective le camuflaba. Por supuesto alertó a Magdalenaz de la presencia de una persona en el perímetro de seguridad de la finca, pero cuando esta avisó a seguridad Charly había desaparecido por la senda del lago. Llegó a estar en medio de unos de los marjales abriendo los brazos y catatónico se puso de rodillas mirando como un loco a un lado y a otro. No se acordaba que hacía allí. Tal vez Mantelitoz o algunos de sus secuaces lo había envenenado... Medrabyz conocedor de la pequeña senda fue a comprobar si alguien merodeaba por los alrededores. Charly se levantó y oyó;

- Miste... Miste...

Tras esto se adentró entre los cipreses, rodeados de agua. Tocó su bolsillo, no llevaba su revólver, lo dejó olvidado. Parecía como poseído por el espíritu de aquel poeta. Desde que visualizó aquel disco y vio esos archivos y la humillación pública, dejó de ser el Charly conocido. De repente una gran tormenta amenazó la campiña de Pueblo Alifa y todos corrieron a sus casas. La arboleda reseca del estío comenzó a cubrirse de barro con las lluvias torrenciales. Saboz abrazado a uno de los árboles y cubierto de barro comenzó a gritar al cielo en medio de la tormenta, cual brujo atormentado dejó que la lluvia lo cubriera al regazo de aquel lago lleno de leyendas absurdas, ¿o tal vez no?...
Desde aquel momento nadie volvió hablar de Miste el poeta humillado. ¿O tal vez si?

- Señora, tiene una llamada.
- Ahora no puedo, por favor ponga esto al 35 negro.
- Mamá, no sé quién es….
- Venga ya. Dame ese teléfono…
- Señora, cuelgo o espero.
- Espere, espere, la bolita está al caer…
- No va más… Treinta y cinco negro.
- Vaya, me traído suerte… ¿Quién era?
- No sé señora, dijo algo muy raro de las aves o pájaros, los sueños…
- Nosotros también somos aves/ y siempre estamos volando/ o estamos locos de amor…
- Eso ha dicho. ¿Sabe quién es?
- No puede ser… - Dijo Athenea -

De repente despertó sudando en la playa. Miró hacia el kiosco, no había nadie, solo tres personas en los últimos dos días. Podía permitírselo. Copetinez de Limoz apareció con su sombrero y su bastón de improvisto y sin guardaespaldas, nunca lo llevaba. Ronsolitoz vio a Charly sentado cerca de la orilla de Sadonay Blues, aún no había llegado nadie, su amigo le vio de inmediato y se acercó con dos sorbetes de limón y charlaron de algunas anécdotas de la infancia.

- Justamente ahí estaba el Lunaz Bourbon, luego lo compré y me lo llevé al Pretil. ¿Te acuerdas de la leyenda de aquel fabuloso tesoro?
- Sí que lo recuerdo, también de mi pobre madre.
- Si, que buena mujer. Al final fuiste tú el que lo encontró. Dónde esté se sentirá feliz…
- Solo encontré unas cuantas piedras.
- No Charly, no eran solamente unas cuantas piedras y gemas, eran cientos de kilos de ellas.
- Eso se lo llevaron ese ricachón de Avaricié y la gente de Moñohondo. ¿Cómo lo encontrarían?
-¿Te suena el nombre de Miste?
- No sé, siento algo especial por él y me da escalofríos cuando pienso lo que le hicieron. Que salvajes, las propias autoridades manipuladas por el poder Moñohondo…
- Está vivo Charly. Um, que bueno está este sorbete, así lo preparaba Ami, tu madre y a la mía le encantaban…
- ¿Has dicho que sigue vivo? No puede ser. ¿Dónde está?
- No puedo decírtelo.
- Entonces. Me dejas en ascuas… Pero feliz. ¿Está bien?
- Sí. Hay algo más que deberías saber.
- El que Ronsolitoz.
- Miste es tu hermano.
- No, tú y yo sabemos que eso no es posible. Es una broma, te conozco…
- Lo es. Tu madre trajo gemelos al mundo, uno de vosotros desapareció en el paritorio, luego de eso, nadie sospechó nada, un día una de las monjas que lo cuidó se lo contó a un sacerdote que visitaba las casuchas para llevar comida, al parecer la religiosa no podía vivir con aquel cargo de conciencia, él nunca supo nada, no obstante, tras las humillaciones y robos que sufrió desapareció.
- Es cierto, todos lo dábamos por muerto.
- Tu hermano encontró el papiro de La República de Islabona, cuando alquilaba bicicletas en Monte Digno; ahora en mis manos, ese papiro antiguo relata la historia de nuestra Isla en una época oscura y lejana, en pasado presente o futuro qué más da.
- ¿A qué te refieres? Ronso.
- Ese papiro contiene el mapa del fabuloso tesoro que todos creían leyenda.
- Encontrado por los Moñohondo.
- Ja, ja, ja, ja, no.
- Yo mismo vi como cargaban aquellos arcones.
- Todas esas piedras eran falsas.
- ¿Y las mías?
- Falsas también. Llegué a un acuerdo con ese Rabino, todo formaba parte de un plan, el dinero que recibiste salió de mi bolsillo.
- Me he perdido Ronso. ¿Me has engañado?
- Alguien robó el papiro a tu hermano. Los mismos que le humillaban ante la sociedad…
- Si, en efecto.
- Luego siguieron humillándole y expoliándole hasta la saciedad…
- Si eso parece ser. Aun no alcanzo a comprender cómo no murió de angustia o mató a alguien…
- Miste es súper especial, él memorizó el mapa y llegó antes al lago de los cipreses con mi ayuda, cogimos todo el tesoro. Le conté nuestra infancia y lo de la monja, por supuesto se sometió a una prueba de ADN que confirmó que es tu hermano. Adelanté una expedición que extrajo el tesoro y deje un montón de piedras falsas, juguetitos de películas para esa gentuza.
- Ronso, porqué.
- Hay más Charly, hay más, la auténtica heredera de Moñohondo era vuestra madre y no murió de pulmonía, la mataron ellos a sabiendas que algún día podía descubrirse todo el pastel. Ella era la auténtica aristócrata de estas tierras, la que se hace llamar Ilustre y esa porquería que lleva al lado son delincuentes groseras que le tendieron una trampa con el apoyo de quién imaginas…

Charly se tapó la cara con las manos, Copetinez le alargó un pañuelo. Así estuvo durante unos largos minutos…

- Tú abuelo fue estafado y tu abuela murió de sufrimiento, pero se acabó, yo no quiero nada, hay mil millones de Islabones esperando en el banco que te pertenecen, esta mañana se ha cursado una orden de busca captura para esa mujer malvada y sus acólitos, ahora todo os pertenece, adiós Charly, tengo cosas que hacer.
- ¿Ronso, sabes quién fue nuestro padre?
- Jositoz Prenda. Un saxofonista muy famoso, Charly, rico además, por eso os gusta tanto el jazz, ¿por qué crees qué a tu hermano y a ti os gusta tanto el saxo? Me pasaré esta noche y te enviaré una carpa suntuosa, la vas a necesitar pero la pagas tú, ahora eres el más rico de Islabona, después de mí. Una historia increíble, hermano… Con final feliz… Nos veremos…

Charly se quedó absorto mirando el mar, tenía dentro un mar de lágrimas para subir la marea pero las retuvo, encendió un cigarro y echó un trago… Jositoz Prenda siempre había sido su músico preferido en sus ratos de soledad que habían sido demasiados…

- Hola Charly.
- Soberoz. ¿Viene a amenazarme? Le aseguro que no es buen momento.
- Oh no. En realidad vengo a disculparme, me equivoqué de bando. Me he convencido que lo de Sinclair era un sueño inalcanzable. ¿Y usted?
- Ahora me hablas de usted. Ya ves, he reformado este antiguo kiosco, he puesto estos bancos y estas sombrillas y de vez en cuando bebo una limonada y echo un pitillo. Esta noche inauguro “La Gaviota saxofonista”
- Yo también tomaría una.
- Sírvetela. ¿Qué hará ahora?
- La Moñohondo se ha portado bien, me ha regalado un millón antes huir, me lo debía, empezaré. En realidad necesito poco más, todo lo hacía para complacerla.
- ¡Eh Miste! ¡Miste!.
- ¿Quién es usted?
- Lo mismo digo.
- ¡Eh Miste! ¿Me dejas tocar esta noche aquí, un pequeño concierto? Me suena tu cara.
- Ja, ja, ja. Lo siento, Miste, pero por aquí, en la noche no suele venir nadie y ya he contratado a alguien. Si quieres, hoy, nos quedaremos los tres hasta la madrugada.
- ¿Y tú qué sabes tocar con ese saxo?
- Bueno, solamente sé tocar “muñequita linda” en una versión mía como de jazz, bueno también suelo tocar “acércate más”…
- Ahora nos duele la cabeza. Bebamos una limonada.

Cruzó la puertecilla del kiosco y la vio allí, sentada en una silla del local con las piernas cruzadas encendiendo un cigarrillo y mirándole fijamente…

- Hola.
- Adelitaz. ¿Cómo estás?

Eso soñaba. Allí no había nadie. Soberoz se mordía las uñas en secreto mirando a la mar, soñando que tal vez Sinclair apareciera, el mendicante saxofonista apuraba una de las limonadas que preparaba Charly.

- ¡Eh Miste! ¡Déjame tocar algo!

Algunas gaviotas, se asustaron, con las primeras notas, de aquel músico poeta que dijo que venía de por ahí, pero se fue entonando, tal vez, le inspiraron esos duendes de los cuentos locales, que según algunos, las noches claras merodeaban por Sadonay Blues...

Al caer la noche Charly ayudado por Soberoz y el personal contratado consiguió tenerlo todo a punto para inaugurar la Gaviota Saxofonista, antiguo Lunaz Bourbon ubicado en la actualidad junto al pretil de los lunáticos y propiedad de Copetinez de Limoz. Dónde siempre tocaba su padre cuando visitaba la ciudad…

Todos los aficionados al jazz y los que de alguna manera conocían la heroicidad de Charly Saboz, unidos a los que en la tarde conocieron la noticia de la detención al completo de la casa Moñohondo y sus cómplices llenaban la Gaviota Saxofonista, el local se quedó pequeño y se abrió una carpa en la playa.

En alguna penumbra del local se encontraba Charly con su amigo Copetinez, este muy bien acompañado, el presentador rogó silencio y se hicieron las luces.
- Ven, Charly, vamos al reservado, te presentaré a tu hermano.

Miste se encontraba sentado en una hamaca anotando algún verso o componiendo alguna nota para su actuación, se levantó cuando vio a Charly y se dieron un abrazo intenso.

- Gracias por todo lo que has hecho por mí, hermano, sin ti ahora estaría muerto…
- No digas eso, todo ha sido gracias a Ronso, él nos ha salvado la vida a los dos…
- Y a Islabona. Gracias señor Copetinez, ha devuelto el honor y la dignidad a nuestra familia… Siempre estaremos en deuda con usted… - Dijo el feo de las bicicletas -
- Llámame, Ronso. Los tres somos hermanos, venimos de la misma simiente y ahora vamos que Islabona nos espera, toda la historia es conocida ya por el país y nos toca, os toca dar la cara…

Miste se puso el apellido de su padre y Charly hizo lo mismo, las paredes del local estaban llenas de retratos y conmemoraciones, actuaciones del mítico saxofonista muy querido en Islabona por los amantes del jazz al saxo puro y también de su madre cuando enlataba sardinas en la fábrica del puerto. Los camareros y camareras comenzaron servir cócteles y viandas y Miste Saboz Prenda subió al escenario…

- Buenas noches Islabona… - Un cerrado aplauso cimbreó los corazones… -

“Hay una historia preciosa de amor detrás de todo esto que ven, una historia desgraciada también, que gracias a mi hermano Charly que ya todos conocéis y a mi otro hermano Ronso sin olvidar a esos duendes de Sadonay blues se ha tornado feliz, esta noche barra libre para todos los amigos de Sadonay Blues nuestro antiguo Lunaz Bourbon dónde mi padre el mítico Jositoz Prenda ahora desaparecido y mi Madre Ametaira Saboz se conocieron una noche preciosa del mes de Julio. Hoy sólo tocaré esta pieza versión jazzística que mi padre dedico a mi madre, se titula: “Tres palabras”…

Otra ovación intensa tuvo lugar, entremezclada con gritos de emoción, flashes y cámaras de televisión, después se hizo el silencio para oír al hijo de aquel músico que llegó de por ahí…

Tras la actuación la prensa se echó encima de Miste para entrevistarlo pero él se fue por la puerta de atrás preso de una emoción desmesurada, mirando una fotografía de sus padres a los que nunca conoció. Ya no había caballos percherones rondando por allí, ni coches con amantes presos del litigio etílico sólo un Porsche plateado y una mujer apostada en la puerta del conductor con los brazos cruzados mirándole fijamente…

- Entonces fuiste tú el que no salvó la vida en el lago de los cipreses…
- ¿Cómo lo has sabido?
- Nunca olvido a un hombre cuando hago el amor con él…
- Era necesario, no podía revelar mi identidad por el bien de todos…
- ¿Y ahora qué? – Dijo Athenea -
- No sé, que quieres que hagamos…
- Dímelo tú feo de las bicicletas… - Miste se acercó y la besó –

Ambos subieron al auto y se perdieron en la noche iluminada por la luna mágica de Sadonay Blues…

A la mañana siguiente Charly Saboz Prenda se encontraba en la playa leyendo el papiro que su hermano encontró y aquella extraña y misteriosa historia de aquel país que existió, existe o existirá, una voz lo sacó de su asombró para asombrarlo aún más…

- Hola. No pude venir a la inauguración, lo siento…
- No creí que volviese a verte…Hola, Adelitaz…
- Me acompañas a dar un paseo por tu mágica playa de Sadonay Blues…
- Claro, vamos, la marea está baja, es un buen momento…
- ¿No vas a besarme?
- Delante de mis empleados, ni lo sueñes…
- Ya, entonces te besaré yo.

Tras esto, ambos se perdieron caminando por la bajamar cogidos de la mano sombreados finalmente por la inminente puesta de sol anaranjada y los duendes que según decían los viejos del lugar merodeaban por la mágica playa de Sadonay Blues…

Pon el fondo violeta lavanda, dame otro trago, no seas boba, me gusta que seas provocativa, es decir, enciéndeme el puro, ajusta esos carteles antes de irte, apague las luces. ¿Hay gente esperando en la calle? Dime cuanto me quieres, sóbame el trasero, enciende el pitillo por mí, manda por cambio y que se afine esa banda ¿Ha llegado el niñato? - Comentaba sin resuello el elegante dueño del local de jazz situado en la mágica playa de Sadonay Blues. – No, no ha llegado. – Respondió Ametaira -

Entonces, deja pasar a la gente. Por favor acomódense, el camarero ya está esperando. ¡Qué se animen esos músicos! Vamos a qué estáis esperando. Para lo apartado que está este tugurio mal sano ha venido esta noche mucha gente…

- Él no vendrá. ¿Verdad?
- Iré a buscarlo, no te aflijas Ametaira. Anda y ven, vamos junto a los músicos, tocan algo de Jositoz Prenda, ese músico genio qué decían llegó de por ahí.

Ami como la llamaban en las casuchas se gastó todos sus ahorros para ver aquella misma noche a Jositoz Prenda en el Lunas Bourbon y se colocó un vestido color violeta púrpura algo arrugado pero a juego con la luna. ¿La recordaría?...

 

FIN

 

 

Nota del autor
Muchas gracias a todos por vuestra lectura. Espero que la novela haya sido de vuestro agrado.
Jorge Ofitas.

 

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