La casa de la alfombra secreta. ®.

 

 

La casa de la alfombra secreta. ®.
Novela corta.
Misterio. Parapsicología.
(Con matiz romántico)
Jorge Ofitas. ®.
Relato nº 1 del libro Ámbar y Jazmín. ®.

Sinopsis

La casa de la alfombra secreta nos cuenta la historia de una caserón cerrado desde la guerra civil española supuestamente embrujado o poseído por espíritus atrapados; propiedad de un señor muy rico, llamado don Zacarías Zafirino. El potentado contrata los servicios de Apolonio López un escritor parapsicólogo introvertido y solitario; con la firme intención de que averigüe y solucione el problema de la casa del nº 58.

Personajes.

Zacarías Zafirino.
Apolonio López.
Rodrigo Tabernas.
Mercurio

 

Capítulo. I.

No podía ni debía esperar otra oportunidad como esa. ¿Por qué aquellos transeúntes y convecinos le miraban de aquel modo tan “estre­ñido”? En el pasado hubo transitado por esas calles más nunca paró el paso para resolver algún asunto trivial, ni tampoco para beber algo en las tascas próximas. Se sentó entonces en la placita hacía sol y esperaba a su nuevo patrón o jefe, al menos eso creía. El reloj de la iglesia marcaba las cinco menos cuarto de la tarde y había quedado a las cuatro y media, tal vez no aparezca nadie, discernió, mientras daba un trago a su petaca de oro rellena de brandy peleón. Una voz le sacó de su trago:

  • ¿Es usted el pipiolo? Apolonio…
  • Lo soy. ¿Revende lotería? Don Zacarías…
  • Si. De acuerdo, acompáñeme. Si ha decidido aceptar este trabajo, claro.
  • Cuente con ello.
  • Espere a que le enseñe su ocupación, se lo aseguro. Renunciará de inmediato.
  • No es usted un patrón muy convincente.
  • Y usted aparenta saber menos de lo qué sabe. Tengo informes suyos…
  • Nunca miento.
  • Ya veremos.

Durante largo rato caminaron por aquella avenida con varios teatros, restaurantes de comida rápida y algunas meretrices escondi­das en las bocacalles cercanas, temiendo que las descubriese algún agente de policía; esperando un cliente con vehículo y dinero fresco. Las miró, las meretrices le parecían atractivas más nunca se acostaría con alguna de ellas, estaba deshecho sumado esto a que solo creía en las relaciones a largo plazo. Miró de reojo a su nuevo jefe, rozaría la sesentena, pero era jovial y abierto en el trato, se sentía jo­ven, al menos, eso parecía también por su forma de vestir.

  • Es esta bocacalle. Aquí nos despedimos.
  • ¿Cómo dice?
  • Si, lo qué oye. Esta es la dirección, es el número 58, es hacia allí.
  • Es una calle muy oscu­ra.
  • De lo mejor. Ya sabrá que sin sombra no hay luz que valga. Todos los que viven aquí son de clase media alta, a mitad de la calle hay una pequeña cafetería, podrá reponer fuerzas ahí, si decide firmar el contrato, hágalo ahora. ¿Le interesa o no?
  • Dónde.
  • Encima de ese banco, en el sobre tiene dos mensualidades adelan­tadas sin cargo alguno.
  • ¿Dos mil dice?
  • Si. Así es. Gracias, espero que no se arrepienta. Adiós.
  • ¡Eh! ¿Y la llave?
  • Lo tiene todo anotado en ese papel, no me llame bajo ningún concepto, si quiere dejarme algún recado déjeme una nota en la tasca, adiós señor López.

López contaba los dos mil, trabajar por mil euros mensuales a puerta cerrada en una vieja casa almacén que no se abría desde la posguerra y solo cuatro horas por la mañana de lunes a viernes, era un buen curro, para un parapsicólogo fracasado, con los tiempos que corrían había sido una suerte, sin duda alguna y, enfiló aquella acera con la idea de beber un café e ir supervisando el terreno antes de echar un vistazo a ese desván que debía limpiar sin tocar nada, luego de esto, recibiría nuevas instrucciones, con este pensamiento arribó al coqueto café.

  • ¿Tiene una llave para mí?
  • Necesito la autorización de Don Zafirino.
  • Aquí está. ¿Servido?
  • ¿Así que usted es el nuevo encargado del alma­cén?
  • Sí, he aceptado. ¿Qué ocurre realmente ahí?
  • Don Zafirino me dijo que se lo contase y que aún le quedaba una oportunidad para rechazar este trabajo, acabo de hablar con él, justo antes de que usted llegara.
  • Venga hombre, cuéntemelo.
  • Ahí se suicidó alguien y la persona que le sustituyó desapareció sin cobrar y sin dejar rastro.
  • ¿Y qué tengo yo que ver con esas historias? Allá ellos. Debo ganarme la vida, con todo tampoco creo en fantasmas ni en casas encantadas a priori.
  • Una persona como usted hacía falta, sí señor. Justamente. Aquí tiene, un expreso con poca leche y un poco de nata y whisky.
  • Un momento, ¿cómo lo ha sabido?
  • ¿Bebió café en una ocasión con Don Zafirino? ¿No?
  • Así es.
  • Si logra soportarle le convertirá en un señor muy rico, parece usted un hombre de mucho talento.
  • ¿Cuál es su nombre tabernero?
  • Mi nombre es Rodrigo Tabernas. ¿Y el suyo? No me lo diga, ya lo sé Don Apolonio López.
  • Puede llamarme señor López. Dígame Rodrigo. ¿Qué ocurre realmente ahí?
  • No se sabe con se­guridad. Nadie se ha atrevido a abrir esas puertas desde que acabó aquella maldita guerra, nadie quiere comprarlo ni alquilarlo, circulan algunas historias. En primer lugar vinieron dos sacerdotes de la parroquia de San Miguel para exorcizar y bendecir el caserón al final se echaron atrás sin que nadie sepa el motivo, luego don Zafirino contrató a dos de la parapsicología, vinieron y dijeron que ahí dentro no pasaba nada, después descubrimos que ni siquiera llegaron a cruzar la puerta. ¿Entrará usted hoy? Ya ha oscurecido.
  • Venga Rodrigo, no exagere, que esto no son los Cárpatos. ¿Por qué no se aventura conmigo? Le demostraré que todos son leyendas infundadas.
  • Es mi hora de cierre, durante las mañanas es cuando hago algo de caja, yo ya me voy y de entrar ahí ni en sueños…
  • Está bien, como quiera. ¿Sabe si hay luz eléctrica allá arriba?
  • No lo sé señor López. Le prestaré esta linterna, confío que vuelva sano y salvo.
  • ¿Es la casa que hay tres números más arriba? ¿Una casa gris?
  • Si. Las puertas son de madera, las cancelas se pusieron hace varios años, aquí tiene el manojo de llaves…

Se situó mirando la fachada, parecía en muy mal estado pero se mantenía firme con los últimos arreglos que hicieron desde el exterior. Dio un trago y enfiló la llave en la primera cerradura de las cinco que debía abrir. Antes de continuar comprobó la orientación del solar y vio que el frontis estaba situado dirección sur, nunca dejaba pasar este detalle cuando entraba o se fijaba en alguna casa por vez primera, lo hacía porque le gustaba saber por dónde salía y se ponía el sol en los lugares que visitaba.

La primera cerradura estaba bien engrasada y cedió bien, ensartó la segunda llave en el cerrojo y este se descorrió, la cancela de seguridad colocada por los propietarios en los últimos tiempos sobre la puerta principal había cedido y, otras tres cerraduras le impedían acceder a la casa por aquella vieja puerta de madera pintada de azul cobalto que parecía bien cuidada. Se colocó una mascarilla y aventuró la primera llave, giró la muñeca pero parecía encasquillada, hizo otro esfuerzo y con leve guiño logró hacerla ceder, a sus espaldas se oían ruidos de ventanas próximas cerrándose a cal y canto. No, si al final va a resul­tar que sí, que estoy en los Cárpatos, solo me hará falta encontrar el ataúd del Drácula, ja, ja, ja. Rio mientras lograba abrir la penúltima de las cerraduras.

  • ¡Está loco! ¡No saldrá vivo de ahí!

Vociferó una voz fe­menina que provenía de una de las ventanas de los edificios colindan­tes. Por fin logró abrir la última de las cerraduras, echó el cuerpo sobre la puerta provocando un fuerte crujido, se oían pisadas de pequeños animalejos, a suponer. Esa noche solamente echaría un vistazo, tenía que comprar artículos de limpieza y comprobar si había energía, temía un posible cortocircuito por la ancianidad del cableado y los interrup­tores, encendió la linterna que le prestó Rodrigo dejando la vieja puer­ta de la entrada medio abierta, apenas hubo andado unos pasos por aquel polvoriento y sombrío pasillo, se oyó un portazo, la puerta de la entrada se había cerrado sola y de mala manera. - ¡Lo sabía!, se dijo. No era un buen presagio.

Capítulo. II.

Llevaba en su bolsillo una libreta para anotar todo lo interesante o re­señable que le aconteciera, sus dosis de miedo o terror ante fenó­menos paranormales le habían acompañado desde muy joven debido a sus dones innatos más nunca se achantó. Apolonio había estudiado muchísima parapsicología en un curso intensivo por correo vía Estados Unidos. Seguía solo sin pareja en parte por su extraña profesión en parte porque siempre le dio la sensación de amar a alguien que no existía, tenía sueños turbios con una hermosa mujer que lo miraba fijamente y tras esto todo desparecía. A veces se irritaba consigo verse incapacitado para apartar aquella visión de su vida amorosa que comenzó a tener con apenas diecinueve años.

Ocultó todo esto a Don Zacarías Zafirino, intuyó sin embargo, que el propietario había sospechado o se informó por otros cauces de sus dones llegando a la conclusión que podría solucionarle el problema de su presunto inmueble fantas­magórico. En tal caso, tampoco le preocupaba que hubiese personas que supiesen de sus gracias, como mucho, le tomarían por un loco fantástico. Dio un trago a su petaca de oro y apuntó el halo de la linterna hacia el fondo del corredor donde vislumbró un patio con una pequeña fuente apagada, comprobó que había puertas a ambos lados del pasi­llo, el reflejo de la luna encendía la platea, todas aquellas puertezuelas estaban cerradas a cal y canto, así que apresuró para llegar al patio encendido por la madre de la noche. Reinaba un silencio sepulcral, seguía tranquilo, se preguntaba por qué no esperó al día siguiente con la luz del día para entrar allí, serán cosas de la luna llena, se dijo jo­cosamente, mientras apuraba de un trago el resto de brandy que yacía en el fondo de su inseparable petaca brillante. Se sentó entonces en el borde de la fuente a echar un pitillo y miró hacia las ventanas de los pisos superiores, todo estaba oscuro, la luz blanca de argenta dibujaba un recuerdo plateado entre los podridos marcos de los anchos y viejos ventanales. Don Zafirino le aseguró que en una de las habitaciones de la planta baja había una biblioteca o archivo con la historia de la casa y los que la habitaron, dándole expreso consentimiento a mirarlos o estudiarlos sin reparo, en el caso de que definitivamente aceptara el encargo.

Se sentía bien y cómodo, sabía cómo andar entre aquellas penum­bras sospechosas, era su trabajo y su especialidad, en ese instante su piel se erizó y quedó como petrificado, al girar la cabeza hacia la izquierda vio un cuarto con una luz amarilla encendida. Cogió algo de aire, le habían sorprendido sin duda, o él mismo, albergaba temores escondidos, esto último, poco probable. Debía ser muy valiente, andu­vo hasta la pequeña habitación situada bajo las escaleras que subían desde el patio hasta la planta superior, había una estantería repleta de viejos libros polvorientos, escritos y otras encuadernaciones que por supuesto ignoraba que podían contener en su interior. También encon­tró una mesa de escritorio antigua de abedul con la base despejada y inusualmente limpia, en el centro de la mesa había un papel. Miró a ambos lados del cuartillo, no vio ninguna ventana, una corti­nilla impedía ver la pared del fondo. Se acercó y cogió la nota de la mesa, había algo escrito, leyó;

  • “No quedan habitaciones libres, váyase de aquí o lo lamentará y no vuelva”

Así concluía aquella esquela y tras esto se apagó la bombilla. Con linterna en mano salió al patio y enfiló el pasillo por donde había entrado, no encontrando resis­tencia para abandonar la casa y cerciorándose que todo hubo quedado bien cerrado. Quedó muy sorprendido al comprobar que en el exterior el tiempo había cambiado sobremanera, llovía copiosamente, instantes antes la luna lo encendía todo con la noche despejada desde aquel tétrico patio. Se cubrió con su chaqueta.

Al pasar por la puerta de la taberna comprobó que seguía abierta esto lo contrarió un poco y entró a resguardarse de la fuerte lluvia. Miró al que se suponía era el tasquero amable de la tarde; cuando Rodrigo se volvió para atenderle se le estiró el rostro de la misma impresión quedó contrito pues el careto del tabernero parecía el de un chaval, lo que López no imaginó es que nada había cambiado en su actitud respecto a él:

  • ¿Cómo va el hostal señor López?
  • ¿Tiene un es­pejo?
  • ¿Qué le ocurre? Ya sabe dónde está el lavabo.
  • Claro, claro, contestó López.

Sospechaba algo horrible y con estas se fue hasta el dispensario a confirmar lo inevitable. Parecía un anciano de ochenta años y notó que iba vestido con otras ropas, llevaba encima un me­chero de yesca y un paquete de cigarrillos sin boquilla marca bisonte, entonces, le entró una risa nerviosa que le duró varios minutos, luego perdió el sentido y se desplomó sobre el suelo del cuarto de baño de la tasca. Cuando despertó vio a don Zafirino que llevaba puesta una gabar­dina color azul índigo y un paraguas gris en su mano izquierda.

  • Es digno de mi agradecimiento señor López. No se altere, está en una clínica privada de mi propiedad, se des­mayó al salir de la casa, mi familia también le está muy agradecida.
  • ¿Qué me ha ocurrido?
  • Sufrió una lipotimia. Si se encuentra mejor le invito a un café.
  • Me siento entumecido.
  • Es del calmante que le han administrado, no tema. Ardo en deseos de saber que vio allá adentro.
  • ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
  • Desde anoche. Rodrigo me telefoneó cuando se desmayó.
  • ¿Qué día es hoy?
  • Lunes. Su dinero está a salvo estaba en su chaqueta mojada, le he agregado tres mil euros de regalo por la hazaña.
  • No sé si seguiré con esto señor. Verá, anoche me ocurrió algo muy extraño… - Don Zafirino le interrumpió. –
  • ¡No hay más que hablar, serán mil quinientos mensua­les!
  • ¿Y qué haré cuando se acabe la labor en ese horrible almacén? Si salgo vivo de allí.
  • No se preocupe por eso, le ubicaré en alguna de mis empresas, ya le he dicho que le estamos muy agradecidos, pero nadie excepto usted se atreve a entrar allí. – Dígame. Don Zacarías. ¿Hay algo importante que no me ha contado? ¿Verdad?
  • Tranquilo, no le con­viene alterarse.
  • Yo le informaré de cómo va la investigación a cambio que usted me informe de lo que pasó allí realmente. Ese es el trato y quiero dos mil semanales.
  • Lo sabía señor López, sabe más de lo que aparenta, de acuerdo, trato hecho.
  • Si, ahora debo irme a mi hostal.
  • Le comprendo, he decidido que puede quedarse si así lo ve conveniente, en la casa, mientras encuentra un acomodo estable. Con ese sueldo podría alquilar un apartamento o vivir en un hotel más digno de usted.
  • Demasiada amabilidad, sabe, me recuerda a un personaje de Bram Stoker.
  • ¿Quién es ese Bram? ¿Un escritor amigo suyo qui­zá?
  • Le contestaré definitivamente cuando usted me cuente lo que ha estado evitando contarme desde que me encargó este trabajo.
  • ¿Le viene bien esta tarde?
  • No, he de hacer algunas compras. Mañana a las diez le espero en el centro comercial de la torre verde.
  • De acuerdo, que se mejore, le pediré un taxi.
  • No se moleste, gracias, prefiero ir a pie necesito aire fresco.

Miró a ambos lados de la transitada avenida la cruzó sin esperar a que el peatón virtual se pusiera en verde, intentaba olvidar la visión de la taberna aquella vejez prematura y el rostro del tabernero rejuvenecido, era más razonable pensar que solamente había sido un mal sueño, una visión onírica o una alucina­ción pero nada más, muy pronto mejoraría su estado de ánimo, pues en el primer bar que pilló abierto se atizó dos lingotazos y llenó la peta­ca, también sorbió un sabroso café expreso y comió un trozo de tarta. Llevaba algún tiempo deseando comprar unas gafas de infrarrojos para ver en la oscuridad de los cementerios abandonados, pensó también en escribir un libro sobre sus experiencias, los sueños de la parapsi­cología se forjan mejor durante el día. ¿Pero qué sueños? Escribir no se le daba mal pero se le daba mejor los fenómenos paranormales, su premisa siempre era no creer nada hasta tener plena conciencia de que el fenómeno en cuestión no era demostrable para la ciencia y tras los análisis pertinentes tener conciencia de ello. Todo lo que no captara el consciente había que investigarlo minuciosamente. Pero lo de la no­che anterior, había sido tan real y a su vez increíble.

Subió al metro aglomerado de transeúntes, en su más profundo an­helo deseaba regresar a aquella casa lo antes posible, quería hacerlo, amaba hacerlo, no podría esperar mucho tiempo. Necesitaba informa­ción fiable de la casa y los fenómenos que allí supuestamente aconte­cían o tuvieron lugar en otro tiempo, don Zafirino le exigiría la verdad. Aplazó la posible compra de las gafas de visión nocturna y llegó hasta su habitación de hostal antes del almuerzo. Tenía que prepararlo todo para pasar la noche en aquel almacén oscuro, como llamaban ellos a la casa del nú­mero 58, sin embargo, una contradicción le roía la sesera, para él había sido muy diferente, pues había sentido buenas vibraciones dentro de aquellas paredes y esto era una absoluta contrariedad desde el punto de vista científico.

Por fin tendría la oportunidad de comprobar in situ si realmente todo lo que hubo estudiado durante los últimos años, le serviría para algo en la casa del 58. Aparcó el espinoso asunto de la visión en el bar la noche anterior y con estas se vistió yendo a la ferretería más cercana a com­prar todo lo que necesitaría para su complicada odisea en el caserón olvidado, Don Zafirino ya le dijo que todo lo que necesitara correría de su cuenta, sonrió en el espejo un poco antes de abandonar el hostal, por fin tenía algo de dinero para investigar y sobrevivir, pagó entonces a la ama del albergue céntrico donde residía quinientos euros de atraso y salió al asfalto.

Adquirió una batería para poner algunas bombillas por toda la casa, un par de linternas y varios metros de cableado, también algunos me­tros de cuerda. El ferretero se hizo cargo de enviar todo a la taberna de Rodrigo, al que López llamó para avisarle, luego de esto, compró unos bocadillos bien envueltos, algo de bebida y cigarrillos, sin olvidar por supuesto una botella de brandy especial que ya hacía algunos años que no probaba.

De vuelta a su morada se tumbó en prenda interior negra mirando por el trasluz del ventanal la boca del metro, las gentes, salían y entraban como inconscientes o eso le parecía. ¿Tendrían conciencia de su vida? Muchos la tendrán y no saben utilizarla, se murmuraba a sí mismo. El precio de la conciencia, podría titular así la historia de su vida. Recordó todo lo que le aconteció mien­tras estuvo en la casa llevaba implícito la terrorífica visión posterior, tal vez, debí ir al médico, se dijo, creía tener dominado su inconsciente y quedó dormido sin apenas probar bocado.

¿Saldría victorioso de aquella investigación? Había leído y estudiado muchísimo sobre fenómenos extraños y estudiado, también tuvo sus propias ex­periencias, en principio estaba subestimando la importancia de aquel asunto. Antes de salir hacia la casa fría del 58 se mentalizó para espe­rar encontrar lo más horrendo e inexplicable en estos casos.

Rodrigo le había dejado un mensaje en el móvil confirmándole la llegada del material y otros artículos de limpieza que don Zafirino ha­bía envió al bar. ¿Le estaría espiando? ¿O sería solamente una horrenda coincidencia? Miró el reloj que marcaba las cuatro y media, luna llena y Saturno en Capricornio, se colgó entonces de su cuello un ámbar montado en plata que guardaba de un amor de antaño, guardó su libreta de anotaciones en su abrigo, encendió otro cigarro aniquila­dor, carraspeo con fiereza el trago que había bebido y salió a andar por el pasillo de la humilde pensión, la ama le vio al salir aunque él no la vio a ella; qué nunca se dejaba ver.

  • ¿Volverá esta noche señor López?
  • No me espere.
  • Diga usted que sí, ya era hora que se divirtiera un poco.
  • Cuídese y salga usted de esa cortina donde se esconde, ja, ja, ja.
  • Lo haré, buenas tardes señor López.
  • Buenas tardes y gracias por aguantarme esa deuda…

Llegó sobre las cinco treinta al bar de Rodrigo con algo de apetito. El hombre le sirvió un poco de carne en salsa y una cerveza fría.

  • Debe­ría saber que la familia de su patrón le considera un héroe.
  • También fui considerado un villano por otras gentes y nunca fue cierto.
  • Tal vez ahora lo sea y por fin haya encontrado su sitio en la sociedad.
  • Mi sitio Rodrigo está ahora en esas albóndigas que diviso humeantes desde aquí.
  • Je, je, je, je. ¿Podría decirme algo de lo que vio anoche en esa maldita casa? Ya sabe, cotilleo de primera mano para mis mejores clientes cotillas.
  • ¿Cotillas como vos? Repuso López en un descanso que dio al gaznate. ¿Me haría un favor?
  • Claro que sí. Es usted un sabio.
  • No exagere.
  • ¿Qué quiere que haga?
  • Si pasada la luna llena no he vuelto, envíe esta carta. Por favor. ¿Lo hará?
  • Ha visto algo extraño, lo suponía. Cierto que sí, no hay nada más que ver su mirada. Cuéntemelo, a lo mejor puedo ayudarle.
  • ¿Qué sabe realmente de esa casa?
  • Pensarlo me da escalofríos, además, no estoy autorizado a contarlo. Lo siento.
  • Le respeto. ¿Me ayudará a acercar estas cosas hasta la puerta del inmueble?
  • Ni lo sueñe, concluyó Rodrigo…

Tras pagar la cuenta y con una carretilla de albañilería prestada lle­vó lo necesario hasta la puerta de la vieja mansión, el sol se filtraba entre los nubarrones oscuros y la luna estaba por llegar, encendió otro pitillo más mirando el cielo con sus nubes que parecían manchadas de grasa. Se sintió feliz con el nuevo trabajo, solo un momento, solo, un momento…

Entró sin apenas darse cuenta que el temor había desaparecido, cuando dejó la puerta tras de sí fue la primera vez que sintió un pavor inusual para él y se quedó quieto y blanquecino como una estatua de mármol…

Capítulo. III.

Todas las puertas del pasillo se encontraban abiertas de par en par y las persianas subidas, podía ver la calle a través de unas cortinillas color lavanda, a su izquierda vio una cocina muy antigua y había algo encima de la mesa, parecía otra nota. Del patio procedía el sonido del canto de un hermo­so pájaro y de un dial de radio que emitía un parte de la guerra civil española, se dio un palmetazo en su frente, no podía ser cierto todo lo que estaba viendo y oyendo, además, se había dejado la carretilla con todo lo que compró en la calle. Recuperó cierta serenidad después de dar un traguito, se acercó hasta la mesa de la cocina, también había té recién hervido y un plato con algunas pastas, la nota decía así:

  • “Hay una habitación reservada para ti. Quédate si quieres, pero no traigas a nadie. Firmado: La gobernanta”.

Quedó dubitativo y acelerado, no sentía miedo ahora, solo perplejidad y asombro, durante unos minutos permaneció paralizado. Miró el té, ansiaba beber un poco y así lo hizo sorbo a sorbo, sabía que su próxima parada era el patio, tras el caldo caliente, llegó a la firme conclusión que algo o alguien le estaba toman­do el pelo. Comenzó a sentir miedo, al girarse desde la cocina vio la habitación contigua del otro lado del pasillo, no tenía ventanas y las pa­redes estaban pintadas de color ocre, una bombilla amarillenta similar a la del día anterior estaba encendida, fue hacia allí después de beber el té. ¿Quién preparó aquel té? Te encontraré, se dijo. El murmullo de la música radiofónica seguía en el aire pero el canto del pájaro cantor ha­bía cesado, ahora oía el sonido de una ducha, su mirada se encendió mientras comprobaba que todo se encontraba realmente limpio y orde­nado. La casa estaba llena de vida y podía percibirlo perfectamente. Sin duda don Zafirino lo ponía a prueba o era un montaje para cachon­dearse de él a cambio de una bonita suma de dinero. Decidió sentarse en una silla de diseño clásico y algo barroco, era como una salita de estar, había también un sofá de dos plazas de principios del veinte y un pequeño arcón de lata que contenía álbumes, en otro lado vio unos recortes de periódico y muñecas de papel descoloridas. Dio un largo trago. Pensaba en marcharse, la puerta de la calle se encontraba muy cerca, correría y huiría de la ciudad, con varios miles de euros podía aventurarse, este pensamiento pasó tan fugaz como una estrella plateada que no conoce el viento, una extraña fuerza seguía retenién­dole allí. Cogió uno de los álbumes y lo abrió por el centro. Había fotos antiguas de una familia muy acomodada económicamente eran fotografías del siglo pasado. Un joven apuesto era la protagonista en casi todas las fotos. Lo abrió por el principio y vio a un matrimonio jo­ven fotografiados con su bebé y luego fotos de bautismo y comunión. Se veían parques y coches antiguos, aquellas imágenes le hicieron sentir algo aturdido. Cogió otro de los cuadernos forrados de piel y se veían fotografías de balnearios y de la joven que se había convertido en una bella mujer, también se la veía en la universidad junto con otros estudiantes de la época. Cuando se decidió a abrir el tercer álbum notó que tenía las manos manchadas de sangre y salió espantado de allí, al salir al pasillo la sangre había desaparecido.

La tarde parecía caer por la vislumbre que precedía del patio. ¿Quién era aquella chica? ¿Y sus padres? Sintió por un momento que se había enamorado de la joven, sin duda había experimentado una alucinación de lo más consciente, no podía culpar a su inconsciente y el hecho en sí podría tener una explicación desde el punto de vista de la parapsicología, aparcó el asunto de la sangre, pues necesitaba investigar y ahondar más la cuestión. Dio otro sorbo a su licor y se acordó del carretón que dejó en la puerta, pronto no habría luz ni tendría nada que beber. Miró su reloj se había parado. Encendió un cigarrillo, había otras dos puertas en el pasillo que debía escudriñar, una a cada lado, si quería descubrir que ocurría debía dejar de dudar y subir de una vez a los pisos superiores para atrapar al mentecato o mentecata que le estaba haciendo pasar por aquel trance absurdo y sin sentido. Muy pronto anochecería. Se tocó su colgante de ámbar, caminó unos pasos y comprobó que la habitación de la derecha era una sala de música con fotos y pequeños cuadros colgados de las paredes forradas de tela. Entonces, el gramófono co­menzó a girar y se puso en marcha, sonaba un tema de Ella Fitzgerald, lo sabía porque le gustaba el jazz y Ella. No pudo evitar mirar a la ha­bitación de la izquierda, era una coqueta biblioteca, el disco se había parado y comenzaba a forjarse la idea de que algún suceso paranormal estaba teniendo lugar entre aquellas paredes, encontró otra nota sobre un cojín color carmesí que adornaba el diván de sala de lectura. Pensó en ignorar la esquela y seguir hasta el patio, cuan­do solo anduvo unos pasos, oyó una voz de ultratumba un eco aterrador invitándole a leer la nota. Fue la primera vez que se asustó de veras, más que por la sorpresa por el metal de aquel susurro ingrávido que parecía provenir de lo alto del patio. Dio el penúltimo trago y cruzó hacia la librería, la nota decía así:

  • “Márchate ahora, si te quedas esta noche no volverás a salir, no digas nada de lo que has visto, si te quedas pensando en mí, tengo una habitación reservada para ti”…

Nunca fue Apolonio López hombre de arrugarse ante los desafíos y menos de sucesos desconocidos, si bien no se tomó a la ligera aquella adverten­cia y no por el miedo sino porque en caso de ser una broma macabra podía acabar peor. El fonógrafo bien pudo ser puesto en marcha a distancia y las notas puestas por alguien que era muy consciente del efecto que causarían en alguien tan sugestionado de antemano, deci­dió ponerse en guardia y más alerta. La luz del sol se extinguió, tragada por la noche y el reflejo de la luna hizo aparición, pudo ver reflejos del destello zafirino antes de llegar al centro del patio y había luz en el último piso…

La habitación de la noche anterior donde encontró la primera nota estaba cerrada, intentó abrir la puerta pero le resultó imposible, la llave estaba echada, otro misterio por resolver, ya que supuestamente nadie había accedido a la mansión excepto él, la idea de una farsa iba toman­do fuerza. Vio la escalera, y puso el pie en el primer escalón, de repente una luz verde intensa destelló en sus pupilas, agachó la vista y contem­pló una bella esmeralda que brillaba en la noche, estaba puesta en el segundo escalón, la piedra no era tallada y la dimensión del pedrusco era considerable por lo que se agachó para cogerla, sin duda valía su peso en oro, pensó, pero se quemó las yemas de los dedos cuando fue a cogerla. Se sentó entonces en el escalón cerca de la gema, mirando la piedra preciosa con alevosía y nocturnidad, la joya, resplandecía al cobijo de la luz violada de la luna. En ese preciso momento oyó unos pasos que provenían de los pisos superiores y parecían apresurarse.

¡Debía echar a correr sin demora! Pensó. No lo logró, petrificado se encontraba. Cuando reunió fuerzas para incorporarse, una voz cá­lida y fina que emanaba detrás de él, exclamó:

  • Márchate y no vuelvas a menos que quieras quedarte para siempre, amor mío”

Intentó girar el rostro para ver de quién se trataba no podía mover el cuello y la piedra preciosa había desaparecido, tras esto pudo levantarse decidido a no regresar jamás por aquellos lares, sin duda, Don Zafirino, no gastó su dinero en balde…

La noche era preciosa en el exterior aunque algo no iba bien. Casi no podía andar, miró sus manos y eran las de un anciano de avanzadísima edad, vio la luz de la taberna encendida y también otros edificios que antes no existían, no podía darse la vuelta para regresar a la casa, tal vez si lo hacía aquella horrible visión de sí mismo desaparecería. Se tocó, sin duda era de carne y hueso, una fuerza similar a la que sintió en la escalera le impedía volver la vista hacia la casa, esa misma inercia le empujaba hacia la tasca mugrienta con su cuerpo de anciano y con unas vestiduras desgarradas y mal olientes. ¡Era un mendigo! Cuando Rodrigo lo vio entrar lo echó a la calle de inmediato llamándole borra­cho asqueroso. López no lograba acompasar aquella visión horrible a su realidad y sintió unas profundas náuseas, vomitó y se desmayó.

Cuando despertó a la mañana siguiente se encontraba echado so­bre un reducido catre en la trastienda del bar. Rodrigo Tabernas le había dejado una esquela:

  • “Apareció usted tirado en la acera borracho y sucio esta mañana. Han robado la carretilla. Don Zafirino dice que le llame. Váya­se cuando despierte, puede coger lo que se le antoje. Rodrigo”

Necesitaba un café lejos de allí y salió del bar dejando las llaves de la casa y una nota disculpándose por abandonar el trato, ahora ya no albergaba dudas, aquel asunto le superaba. Antes de salir de la tas­ca sonó el teléfono, no pensaba descolgarlo pero lo hizo:

  • Espere. No cuelgue. No abandone, al menos hasta que oiga lo que tengo que decirle.
  • Lo siento. No quiero saber nada más de su maldito almacén, no puedo decirle nada más.
  • ¿Aún no lo sabe?
  • ¿El qué debo saber?
  • Alguien cometió un asesinato en esa casa, uno de mis ancestros, no puedo decirle nada más.
  • Sin duda que algo malo y diabólico ocurrió ahí, le aconsejo que avise a un sacerdote, tal vez ellos puedan solucionárselo.
  • No, tiene que ser usted. ¿Es qué no lo entiende? Ella lo ha aceptado.
  • ¿Ella? Le denunciaré don Zafirino, va a salir en la prensa. Esta broma no tiene para mí ninguna gracia. Está utilizándome, jugando con mi vida.
  • Le comprendo, si no me cree vaya a los archivos municipales o a la policía o hable con alguno de los profesores de parapsicología que contraté. Pregunte por Romanoski en la universidad. Adiós señor López.

Salió de allí deseoso de beber algo fuerte y sin haber reparado en la magnífica estantería de licores, nece­sitaba antes que nada, un trago largo…

Deambuló largo rato por aquel bulevar sin apenas ganas de beber alcohol ni de fumar, ni de café ni de nada, daba vueltas pensativo cerca de una tienda de alquiler de automóviles, mientras sostenía en uno de sus dedos un cigarro corrido por el olvido. Su único problema radicaba en si devolver el dinero o no, si lo hacía no podría irse de la ciu­dad, de todas formas no tenía ataduras con nadie. Paró un taxi y pidió al conductor que lo llevara a la facultad de parapsicología, decidió ir a ver a algún profesor de los que supuestamente don Zafirino había con­tratado en el pasado y así de paso comprobar lo que el patrón le había dicho, si era cierto tal vez reconsiderara la idea de encausar de nuevo aquella investigación.

La tarde se tornó lluviosa y gris con rayos y truenos que retumbaban en sus oídos de forma ancestral, recordándole aquellas viejas novelas de terror que leyó cuando era más joven. Bajó de aquel coche y buscó la cafetería de la universidad. Las nuevas mentes, se dijo, chicos y chicas noveles intercambiaban saludos y bellos rostros y se sintió aún más viejo de lo que era. Preguntó a un joven alumno que estudiaba sentado en un banco bajo una enredadera si conocía al profesor Romanoski.

  • Creo que desapareció sin dejar rastro la semana pasada, señor.
  • ¿Dónde pueden informarme?
  • En recepción, pregunte por M.
  • ¿M dice? – Si M.
  • Gracias.

M era una parapsicóloga de unos treinta y pocos que en realidad se hacía llamar Mercurio y que le invitó a pasar amablemente a su despacho nada más que le vio.

  • ¿Quién eres? – Le espetó mientras encendía un pitillo dándole la espalda.
  • Soy Apolonio López. Pregunto por Romanoski.
  • Lo siento, no puedo hablar de eso, no se me está permitido. ¿Es policía o periodista?
  • Soy escritor parapsicólogo estuve recientemente dos veces en la casa del número 58.
  • ¿Cómo ha dicho?
  • Lo que oyes Mercurio, bonito nombre.
  • Ella le sonrió y dijo: - No me lo creo. Nadie ha salido con vida de allí desde que murió él.
  • Espere, ¿quién era él?
  • ¿No conoce la historia de la alfombra secreta amigo López?
  • ¿Qué me está diciendo?
  • Le invito a café. ¿Lo acepta? Tiene usted problemas de hígado lo veo en su aura.
  • Lo sé, lo sé, intento atajar ese problema.
  • No se preocupe he oído hablar de usted, enhorabuena, ha sido el único que ha sobrevivido.
  • ¿Ha estado usted en América, verdad Mercurio?
  • Buen acierto, si, largo tiempo. ¿Cómo lo ha sabi­do?
  • Tengo la extraña sensación de haberla visto antes.
  • ¿Qué vio allí dentro señor López?
  • Primero cuénteme lo de esa alfombra.
  • ¿Cómo toma el café?
  • Sólo, gracias.
  • Yo creo que no debe enamorarse de mí.
  • No sé preocupe, somos muy diferentes.
  • No tanto como cree.
  • Ya. Será por lo de ese perfume de almizcle. Entonces.
  • ¿Se fumaría un canuto de marihuana conmigo ahí en el campus?
  • No me va esa mierda…
  • Verá, ella lo amaba tanto que maldijo a todos y creemos que tiene retenidos a todos esos desaparecidos que entraron en la casa.
  • Hábleme de ella.
  • Tuvo lo que quiso, y más, hasta que le conoció, su padre no lo aceptaría y su madre siempre estaba de fiestas, entonces viajaron a Egipto y compraron una alfombra muy antigua que perteneció a un Ca­lifa Andalusí y a partir de ahí cambió la historia de la familia. Todo esto que le cuento es gracias al esfuerzo de muchas personas que desapa­recieron por intentar esclarecer el caso de la casa del 58.
  • ¿Cree que ahí dentro hay alguien atormentado?
  • Lo creo, sin duda. Sé que don Zafirino le contrató y ansiaba conocerle por si podíamos ayudarnos, no puedo hablar mucho más porque los de inteligencia siguen con la investigación de las desapariciones y nos puede salpicar.
  • La invito a comer Mercurio.
  • Invito yo.
  • En ese caso que cada uno se pague lo suyo y dio un trago a su petaca mientras la miraba de soslayo.

Pa­searon y se atrajeron muchísimo había un magnetismo ensordecedor entre ellos pero la doctora tenía pareja femenina, según le dijo.

  • Eres lésbica. Le dijo López a Mercurio sarcásticamente.
  • En mi caso solo busco cariño, soy una traición para las lesbianas. Perdí a mi compañero en esa casa, debería saberlo.
  • De veras que lo siento Mer­curio.
  • No me he recuperado del golpe. Sabe, tampoco he tenido valor para volver a entrar allí, me siento, no podría explicarlo. Hablemos de esa alfombra…

Una lágrima furtiva bajó por la mejilla de la doctora mientras le clavaba su mirada honda.

  • ¿Aceptaría un pañuelo de papel de un machista arrepentido?
  • No diga bobadas y lo abrazó fuertemente, echando después a correr por la avenida lluviosa. En ese instante bebió el resto de licor que le quedaba sin apartar la vista de su esfinge preciosa y tras esto regresó a su mundo impregnado ahora por aquel perfume misterioso y secreto.

No podía dejar pasar el resto del día sin saber por qué había echado a correr de esa manera, regresó a la universidad pero una vez en la entrada le dijo al conductor del taxi que siguiera. Para él, había llegado el momento de hacer lo que debía. Solo le quedaba un cabo por atar e ir a ver a Rodrigo. Sonó su móvil y descolgó.

  • Lo siento de veras.
  • ¿Estás mejor?
  • No mires la alfombra y saldrás con vida de allí. Adiós.
  • ¿Mercurio? ¿Cómo ha sabido mi número? Intentó llamarla pero el número venía oculto. Tenía casi la certeza de que alguien lo estaba manipulando.

¿Qué habría querido decirle con eso de que no mirara la alfombra? Comprobó que la lista de desaparecidos era de 54 según los informes policiales, otras fuentes hablaban de 57. No encontró obstáculo a la hora de obtener información de la casa gracias a un ex policía amigo de don Zafirino que se acercó hasta la tasca. Llevaban varias horas charlando y habían bebido en exceso, López lo llevaba bien. El otro hombre algo mayor pensó en retirarse y lo dejó allí con Rodrigo que le advirtió de su mala cara.

  • Dime Rodrigo. ¿Tú también perdiste alguien ahí dentro?
  • Creo que sí, así es.
  • Ahora que me he puesto al día, ¿has oído hablar de una alfombra misteriosa?
  • No.
  • Si no estoy de vuelta al amanecer ¿me prometes que enviarás esta carta?
  • Pro­metido.
  • Bien, adiós amigo.
  • Hasta luego querrás decir, siempre vuel­ves. Ah, se me olvidaba don Zafirino dejó esta nota en sobre cerrado para ti. No ha querido decir de qué se trata.
  • Bien, la leeré más tarde, gracias por todo. A todo esto. ¿Me ha llamado una mujer que se llama Mercurio?
  • No López, nadie…

Cerró los ojos cuando cruzó el umbral de la puerta carcomido por los años. Fuese lo que fuese lo que ocurriera dentro de aquella vivienda lo descubriría. A esas alturas creyó intuir con casi toda certeza la razón de los fenómenos, al menos inesperados. La tarde caía y no conseguía borrar de su mente algo cansada la imagen de Mercurio, ella le había dejado una extraña sensación aromática. Entonces, al pasar de refilón por la cocina la vio allí sentada de espaldas y creyó oírla decir algo:

  • Revisa esos álbumes, revísalos…

En cierta manera aquella visión estúpida le tranquilizó, prefería creer que todo fue producto de su mente agotada, la volvió a oír:

  • Te dejaré una nota en la sala de música, concluyó.

Sin duda aquel aroma era el perfume de almizcle que inhaló en la tarde, era ella sin duda. Miró a la ventana y cuando reparó de nuevo en su imagen se había esfumado, así que sin demora fue a repasar aquellos álbumes. Había fotografías hechas añicos dentro de una bolsa de papel, a otras, le faltaban trozos o la otra mitad. Se afanó en la búsqueda, dio un traguito y siguió cuando de repente vislumbró un pequeño cuaderno a forma de diario que tenía una llavecita en su portada, era como un diario perfumado y con el mismo perfume que llevaba puesto Mercurio. Lo abrió, al parecer la humedad de la hacienda le había borrado mu­chas páginas. Leyó:

  • “Hemos regresado de Egipto. Mi padre me ha regalado una alfombra muy cara, aún no la he sacado del cofre donde viene embalada, sé, que antes de desenrollarla debo leer unos pergaminos antiguos y al parecer muy sagrados relacionados con la luna. No podré hacerlo hasta que la luna no esté llena, la historia de esta alfombra está muy ligada al Arcángel San Gabriel y yo ando medio fascinada por todo este asunto”…

Ya no había nada más escrito en aquella página y si lo hubo lo ha­bía borrado el tiempo, tampoco constaba ni firma ni fecha. Encendió un pitillo mientras lagrimeaba debido a un hilillo de humo que se coló en su ojo… “Luna de zafiros plateados/ me amas y me vendes/ silueta azul zafirina”…

Capítulo. IV.

Con un poco de suerte encontraría alguna otra página y halló otro cua­derno en el arcón en mucho mejor estado que el diario misteriosamente perfumado:

  • “Por fin esta noche podré abrir el cofre y sacar mi al­fombra para ponerla en mi habitación. Comienzo estas anotaciones a fecha”…

Tampoco había anotada ninguna fecha, y si la hubo la borró la humedad. Se frotó los ojos y puso unas gotas de licor en su boca. A partir de ahí las anotaciones eran dispares y descoordinadas o borrosas. En otra página ponía:

  • “Él y yo somos muy felices. Nos hemos hecho muy ricos pero empiezo a ser infeliz aquí. Desde que descubrí lo de mis otras vidas ya no soy la misma, de todas maneras me gusta ver a la gente contenta, creo que he encontrado al amor de mi vida mi alma gemela, mi padre me matará si se entera mi madrastra; qué no repara en mí, solamente en gastos y en fiestas”

Tuvo la idea de abrir otro de aquellos álbumes de fotos, tarde o temprano lo haría, quedó harto perplejo cuando contempló la foto de aquel joven, supuestamente el amor de ella, su amor, su insignia, su alma gemela, comenzó a sudar copiosamente, el parecido de aquel joven con él mismo era casi exacto. ¿Quién sería? Era igualito a él, orejas, nariz, mirada, complexión, altura, solo la vestimenta de la época lo diferenciaba de él mismo. Lo peor es que López no creía en las ca­sualidades sino en las causalidades. Se repuso, siempre hay personas muy parecidas a nosotros en cualquier parte del mundo. ¿Por qué no? Pasó otra página y encontró un sobrecito de papel que contenía dos fotografías, eran de aquel joven y la chica tirados en la hierba, la otra era de ambos fotografiados bajo una estatua de Mercurio. Pero, ella era… Oyó la voz de M suspendida en el aire decía algo como:

  • Mi amor, te quiero siempre serás mío aunque pase una eternidad te encontraré…

Se suponía extraordinariamente sugestionado y ni por un momento pensó que aquel joven de las fotos tuviese alguna relación con él, en el peor de los casos, habría una relación de linaje sanguíneo. Pero nada más. Comenzó a hacer cábalas y a reconstruir todo lo que le había acontecido desde que entró en la casa, una pregunta le golpeó la mollera. ¿Quién sería la gobernanta que supuestamente firmó aquellas notas que encontró? Y, ¿por qué aquellas visiones de la doctora dentro de la casa? Bueno, pensó, tal vez había una conexión poderosa entre la doctora y él y esta intentaba ayudarle desde fuera, no en vano ambos estaban entrenados en po­deres paranormales, esto último podría tener una explicación desde el punto de vista de la parapsicología. Salió de aquella habitación, tenía que comprobar si la nota que prometió Mercurio estaba allí donde dijo y si así era, el asunto tomaría un cariz mucho más enrevesado. En efecto había una nota y decía así:

  • “Cuando salga la luna te espero en el último piso, no subas si no has encontrado la alfombra y sus papiros. Mercurio”.

No podía ser cierta la teoría que comenzaba a darle vueltas por todo su ser, intentaba eludir el tema, a cada paso, a cada hálito de vida que respiraba, sentía que estaba más implicado en aquella historia de lo que jamás podía haber imaginado.

La luna aún no había paseado su rostro por aquellos confines el sol ya se había ido. Miró el cielo rojizo de la tarde desde el patio y encendió un cigarrillo, estaba confinado allí, tal vez, por el efecto de un poderoso hechizo o magia negra, se consumía intentando dilucidar aquel asunto, quería inevitablemente eludir su propio destino, se veía incapaz de soltar aquellas ataduras. Entonces se acordó de la nota que le dejó don Zafirino, la sacó de su bolsillo y la desdobló, decía así:

  • “Un amigo me ha llamado hoy, es un investigador y me ha dicho que le han visto hablando solo por el campus de la universidad y por las calles adyacentes. Tenga cuidado, espero que se encuentre bien, comprendo sin embargo el valor de su empeño y todo lo que tiene que estar pasando para desgranar este caso. Le deseo suerte en su labor, le pagaré bien. Zafirino.”…

En aquella nota no había escrito nada más. ¿Hablando sólo por el campus? Era imposible, comenzaba a aceptar que algo no iba bien en todo aquel entramado ¿se habría vuelto loco? Se dio perfecta cuenta de que no estaba sólo en aquella casa, se esperanzó pensando que tal vez Mercurio si fuese real y las visiones desaparecieran, la luna, venía por su caminito…

Regresó a la búsqueda de información sobre la misteriosa alfom­bra y sin esperárselo encontró un papel gastado muy antiguo que se encontraba trabucado entre otros papeles, parecía una traducción rea­lizada por la propia joven, a saber por las anotaciones que había en los márgenes, decía así: “Yo el moro judío sigo en la búsqueda de la alfombra que su excelencia el Califa me ha encargado encontrar si es necesario removiendo el mundo conocido. Esta gran alfombra divina ha sido custodiada durante siglos y debo encontrarla “…

Encontró otro escrito en otra página del segundo cuaderno, redac­tado a suponer, con la misma letra del primer diario propiedad de ella, de la que no halló reseñas de su nombre, decidió entonces salir de la casa pero cuando fue a girar el pomo de la puerta principal se quemó la palma de la mano, el resquemor pasó de inmediato y no tenía marcas en la piel. Se sentía desesperado y triste y ya no quería estar allí, sintió entonces un pañuelo de seda pasándole por el cuello, olió una fragan­cia somera a rosas que le detuvo de su intención de abandonar, una voz siguió a aquel aroma de seda:

  • “Encuentra la alfombra antes de que la luna pase”.

Susurró aquella dulce voz, nada amenazante y tras esto sintió el roce de una melena aromática. Se aligeró entonces por llegar al patio y miró al cielo. Aquella voz tan preciosa susurró algo más en el aire:

  • “Solamente queda una hora para encontrarla”…

Quedó como en trance y una serie de imágenes le golpearon la mente y el alma y vio cosas extrañas, sueños estrambóticos, sucesos de sus vidas pasadas relacionados con su persona. Consiguió rehacerse y se envalentonó, repasó a velocidad de estrella plateada su memoria y halló evidencias suficientes para sospechar que aquellos sucesos estaban relacionados y ligados a su espíritu irremediablemente. Activó la linterna de bolsillo en ese preciso instante todas las luces de la casa se encendieron. ¿Dónde estaría guardada aquella alfombra milenaria?...

Necesitaba más información y no acertaba donde buscar, y queda muy poco tiempo, sobre sus pasos volvió a registrar todo el arcón y no halló nada revelador que pudiese ayudarle. Escudriñó con sus ojos todos los álbumes que le restaba por mirar y releyó todos aquellos nombres que no le decían nada, encontró una fotografía de los tres en Egipto cuando adquirieron la alfombra; Padre, madre e hija, pero no aportaba nada significativo. Revisó otra vez las páginas de los diarios y al no hallar nada esclarecedor decidió aventurarse al primer piso, el tiempo se le iba, ya solo le quedaban unos cuarenta minutos para en­contrarla… “Luna de zafiros plateados/ me amas y me vendes/ por el amor lavanda/ silueta azul zafirina”…

Le pareció que la luz de la estancia donde encontró la primera nota parpadeaba o eso creyó ver de reojo. Ya no le quedaba ni licor ni ta­baco y entró en la habitación había una cajonera cerca de la cortinilla que divisó al fondo de la reducida estancia. Contenía documentos en­garzados por grapas mohosas, escritos a mano y a tramoya, aún se podían leer, aunque la tinta estaba casi extinguida…

  • “Estoy muy asus­tada y apenas como ni duermo después de haber descubierto qué”…

Estas palabras que hubo leído en uno de aquellos diarios le vinieron a su mente aquel nuevo descubrimiento eran documentos relacionados con fincas y documentos propios de bufetes de abogados, un leve ruido le hizo girarse hacia la cortinilla, había un baúl y encima una copa de plata. Aquel rincón no tenía salida. Las luces de la casa se apagaron de repente y quedó a oscuras, alguien estaba a sus espaldas.

  • No me ves pero estoy aquí, oyó. No tengas miedo no voy hacerte daño,

La voz preciosa sin duda era femenina y tampoco era de este mundo, le pareció la voz de Mercurio.

  • Mercurio, ¿eres de carne y hueso?
  • Seré lo que tú quieras que sea, vuélvete y mírame, pero López estaba muerto de miedo, aun así, logró volverse sobre sí.
  • Dime, si no te recuerdo a na­die.

López miró aquellos ojos, los más bonitos que hubo contempla­do jamás, su pelo, sus labios, todo era amor, sin embargo aquella mirada no parecía real, era como una imagen láser de arco iris.

  • Por Dios bendito, ¿quién eres tú? - Exclamó. –
  • Óyeme, bajo ese baúl hay una trampilla, encuentra los papiros y la alfombra y sube al último piso. Y tras esto la mujer desapareció.

Tras esto las luces volvieron a encen­derse y un grito desgarrador proveniente de los pisos superiores le hizo languidecer. Siguió leyendo la nota antigua amarillenta por el tiempo…

  • “No pararé hasta vengar su muerte, si es necesario utilizaré los poderes mágicos de mi alfombra aunque esto me cueste la vida”…

Estas otras palabras que había leído con anterioridad en otros pape­les podrían determinar muchas cosas, se dijo algo temblón, comenza­ba a reconocer que tal vez él mismo fuese la reencarnación de aquel hombre que vio en las fotografías y que aquella mujer (de la que aún no sabía el nombre) amó hasta jugarse el alma…

No quería o no podía enlazar los acontecimientos con todo el entramado de la investigación y aunque López estudió esoterismo y era muy objetivo con todo lo relacionado con las religiones o creencias mundanas en ese ins­tante nombró a Dios asustado como estaba hasta el límite, tardaba demasiado en reaccionar y quedó parado allí junto a la cortinilla más de diez minutos, finalmente pudo reaccionar y accedió los dos resortes de la tapadera del baúl, comprobó que la extraña presencia no le engañó y encontró una trampilla en el fondo del arcón, retiró otro pes­tillo y la puerta del fondillo cayó hacia abajo, había una escalera que daba acceso a un sotanillo, de repente se encendió una luz allá abajo, bajó con cuidado, había mucha suciedad y telarañas, el miedo le em­bargaba, la muerte se presentía y hacía demasiado frío allí… La reconoció nada más la vio, un susurro inexplicable salió de sus labios: “La alfombra secreta, por fin la encontré”…

Capítulo. V.

¿Cómo salían esas palabras de su boca? Se sintió entonces más mo­tivado de lo normal y sudaba en exceso a pesar de lo gélido que se encontraba el lugar. Se acercó entonces al arcaico cofre, muy despa­cio, no se oía nada, aquello tenía una cerradura muy segura, también había un tapiz sobre el cofre que retiró, eran los papiros, los extrajo, eran tres. Se puso a ojear, el primer papiro trataba sobre el bien, el segundo contenía fórmulas para hechizos y encantamientos secretos y el tercer papiro trataba sobre el mal, no pudo discernir mucho más en aquella penumbra, todo estaba escrito en griego. ¿Cómo haría saltar aquella cerradura? Decidió indagar en el libro de los hechizos, ape­nas quedaban quince minutos para que la luna entrara en la zona de influencia, cada vez que intentaba abrir el papiro este se replegaba, probó con los otros dos y ocurría lo mismo, entonces vio algo más, era un pequeño cuaderno con inscripciones coránicas, leyó, había que hacer una promesa poderosa al mismísimo Arcángel San Gabriel que había que cumplir religiosamente con bondad plena y sin odio ni ira, solo cumpliendo aquella premisa, en cinco minutos, tal vez, aquello se abriría o no se abriría, se sentía exhausto y muy nervioso, rio nervio­samente, en cierto sentido no podía terminar de creerse todo aquello, pero allí se encontraba, muerto de miedo y esperanzado en no sabía qué. ¿Enamorado tal vez? ¿Pero de quién? ¿De su alma gemela de otro tiempo?... Aspiró un poco de aire que provenía de la puertecilla su­perior y se puso de rodillas, realizó una promesa en silencio y cerró los ojos mientras pronunciaba aquella palabras que venían anotadas en aquel cuadernillo, tras cinco largos minutos la cerradura se abrió sola, había funcionado, se abalanzó sobre el cofre, de repente el baúl desapareció antes de que pudiera tocarlo, a su vez toda las luces de la casa volvieron a apagarse y el silencio sepulcral se hizo más intenso, si cabe. Sacó una pitillera de plata que siempre llevaba encima con un papel doblado en su interior, donde tenía anotadas unas oraciones muy antiguas en Arameo, la pronunció con ocultación verdadera, aún seguía creyendo, que solucionaría el problema de la casa y saldría indemne, o tal vez no, o tal vez no era el problema de la casa, era un problema de su alma… Una luz tintineó entonces entre las sombras del patio, la vio en el último piso, sin duda era su figura luminosa, ya no sentía miedo y recobró la intensidad de sus facultades, otrora bloquea­das. Recordó que hacía pocos minutos había hecho una promesa al Arcángel San Gabriel. ¿Funcionaría? ¿Le habría oído?...

Sin demora subió los escalones hasta llegar a la tercera planta. En el rellano del pa­sillo de la última estancia distinguió una figura femenina confundida con los reflejos de la luna que venía.

  • Aprisa, no queda tiempo. – Dijo ella -

López corrió hacia allí y la vio, era la misma mujer bellísima de las fotografías pero en cuerpo astral, ella le dijo:

  • Lo has conseguido, la alfombra y los papiros están aquí. Tienes que pronunciar unas palabras mágicas y se abrirá el papiro del medio, tras esto te pedirá una información y debes dársela a la primera si no, no volverá a abrirse hasta dentro de un año y para entonces ya no habrá solución para todos nosotros.
  • ¿Qué ocurrirá?
  • La alfombra abrirá otros mundos paralelos y podrás rescatarme a mí y a los que se perdieron, es decir nuestras almas.
  • ¿Qué ocurrirá conmigo?
  • Todo se acabará para ti, deberás cumplir tu promesa o morirás. Compruebo que ni te acuerdas de quién soy.
  • No puedo recordar a alguien que parece una figurita preciosa de neón, soy muy consciente de lo que veo. ¿Cuándo active la alfombra podré marcharme?
  • Yo no puedo activar la alfombra solamente ponerme en contacto contigo. Nada más.
  • Llegado el momento tendrás que ayudarme con esa alfombra, tiene que ser muy grande y pesada.
  • No será necesario, actívala y márchate.

En esos instantes unas letras color zafír comenzaron a aparecer en la cubierta del cofre, pedía unas coordenadas. Lo primero planeta y constelación alineados con la tierra, López, escribió Saturno en Capricornio.

  • Ella lo sabe todo, solo te pone a prueba.

Seguidamente signo del zodiaco del amo, López es­cribió Cáncer. Luego el cofre pregunto:

  • ¿Quién es Mahoma? López contestó; El gran divino Profeta.
  • ¿A qué personas les gusta el aroma de jazmi­nes?
  • A las mujeres y hombres que son de la luna.
  • Que Alá sea conti­go, zalamelé. Zalamelé respondió López.

Tras esto, y después de unos segundos la alfombra se estiró a lo largo del pasillo desde López a los pies de aquella mujer luminosa y etérea.

  • Ahora puedes acercarte a dos metros de mí, no temas, seré de carne y hueso durante diez minu­tos, luego de esto si no respondes a las otras preguntas se cerrará para siempre, ven, abrázame y todo lo verás claro.

El bueno de López hizo lo que la mujer le dijo, estando muy cerca vio que era la misma mujer hermosa y misteriosa que conoció aquella tarde en las inmediaciones de la univer­sidad, lentamente se abrazaron a así quedaron magnetizados durante más de cinco minutos, se besaron peligrosamente con una ternura y un amor inexplicable para los hombres orgánicos, después de esto López marchó hacia el baúl y escribió: Nivel 1 de mundos paralelos, pasarían otros diez minutos antes de que volviera a cerrarse para siempre.

  • Ven, ¿tienes algo que decirme?
  • Sí, no recuerdo a esas personas.
  • Pero me has sentido, lo sé. Y lo has recordado todo. Pronto me iré a mi dimensión.
  • ¿Estás muerta?
  • Claro que sí, mi cuerpo ya no existe, este es mi cuerpo astral atormentado por algo terrible que hice, he sido configurada a tus ojos por los poderes de la alfombra secreta por el poder del maestro San Gabriel.
  • ¿Y si yo cruzara el centro de la alfombra y me colocara allá a tu lado?
  • Morirías conmigo, pero la vida que tienes te ha sido dada y es sagrada, debes completarla. ¿Por qué me lo preguntas?
  • No estoy muy seguro…
  • Deberías de estarlo, solo te quedan cinco minutos. Pronto estará aquí.
  • ¿Quién?
  • Mi padre, está atormentado. Él te mató a ti y yo después a él, luego la maldición hizo el resto.
  • Veo imágenes turbias en mi mente de vidas pasadas todo es muy confuso y debilita mucho.
  • Fui tu gran amor, morí por ti y tú por mí, pero de mala manera, solo fue eso, no te preocupes, después de esto podrás seguir tu vida.
  • ¿Me dirás tu nombre ahora?
  • Mercurio, así me llamaba.

Se besaron con una belleza inusitada…

  • Entonces, saliste ahí fuera, Mercurio.
  • Sí, sabía que te reencarnarías y eras el único que podías arreglar esto, sabía que volverías a nacer y que regresarías a esta casa a liberarme.
  • No me acuerdo de nada de todo eso, tal vez vagamente. Pero sé, que estoy perdidamente enamorado de ti.
  • Es la hora de la despedida, dame un beso.
  • hasta siempre, amor.

De repente, él quedó envuelto en un halo azulino con deste­llos blancos que cegaban y toda la escena desapareció, la alfombra, el cofre los papiros, ella y todos los seres atormentados de la casa del nº 58.

Cuando despertó era media mañana los vecinos de las ca­sas colindantes hacían un corro a su alrededor, aplaudiéndole y vitoreándole no entendía a que venía tanto alboroto y debido a lo conmocionado que se sentía por la experiencia tan profunda que había experimentado intentó zafarse para huir de allí.

Don Zafirino acababa de llegar con Rodrigo, el rico ponderado portaba una sonrisa amplia que le hacía parecer incluso bo­nachón.

  • Ninguno de los de aquí se hubiese atrevido señor López. ¡Cuánto talento! Mi más profunda y sentida enhorabuena. Bendito sea, lo ha logrado.
  • Dígame. ¿Qué hace toda esta gente aquí? Creía que era un secreto entre usted y yo.
  • Este barrio estaba maldito la gente lo percibía en su día a día, todos conocían la historia, era inevitable, mire la mañana el sol parece distinto incluso la casa ha tomado otro tornasol, mire qué alegría… ¿Tiene mi informe?
  • No habrá informe. La casa está limpiada y todos ellos se han ido, como ve las puertas están abiertas y podéis pasar sin temer nada, en realidad sola­mente he tenido que pasar miedo a destajo…
  • Coja esto. Es el premio final acordado, lo he doblado.
  • ¿Qué?
  • Diez mil, extras. Gracias señor López. Muchas gracias. ¿Qué hará ahora?
  • Abandono definitivamente este tipo de trabajos, lo que me ha acontecido me ha sobrepasado, ahora intentaré publicar una de mis novelas.
  • ¿Necesita algún tipo de ayuda? ¡Poseo varias editoriales! A su servicio…
  • No, gracias por la oportunidad cuando nadie creía en mí don Za­firino, me tomaré mi tiempo. Hasta siempre a todos, exclamó mientras intentaba huir de allí abriéndose paso, le aterrorizaba los encumbramientos súbitos de los desconocidos, tanto como las difamaciones de los obtusos, sentía profundas ganas de llorar a solas y nunca le hubo ocurrido…Además, se le cubrió el rostro de lágrimas nada más dobló la esquina…

Arribó a su habitación de hostal pútrido y barato e intentó dormir. Lloró mucho por el amor perdido en el tiempo al recordar su vida anterior. ¿Recordó aquello dema­siado tarde quizá? Ahora se había ido y nunca más volvería a verla.

Se levantó de la cama, había dormido muchas horas, sin duda no tendría ganas de nada durante algún tiempo. ¿Qué haría a esas horas? Pensó. Se acordó de la dueña del hostal, se quedaba hasta el ama­necer chateando por Internet y viendo DVD y según oyó siempre estaba sola. Los cotillas de las tascas adyacentes comentaban que no tenía pareja porqué era casta y gor­da, lo que podría ser cierto pues López, nunca la vio, hablaba con ella a través de una cortinilla nunca se dejaba ver. López bromeaba con la señora, le decía cosas como; “Ave María Purísima” y ella contestaba; “Sin pecado no concebida” y ambos reían por estas nimiedades. Bajaría y le propondría beber unas copas y charlar, necesitaba hablar con al­guien y desahogarse, habían pasado varios meses desde que llegó, era hora de bajar y abrirse un poco a los demás. Como se consideraba un ser poco pasional, todo iría bien. Cuando hubo bajado las escaleras desconchadas de cal, envuelto en su batín oriental, oyó música desde el pasillo, tocó el timbre, al no funcionar dio varios golpes suaves con los nudillos, alguien giró el pomo desde dentro. El asomó la voz al entorno íntimo de la estancia y dijo susurrando:

  • Soy López. ¿Ave Ma­ría Purísima? – La puerta se abrió sola…

Decidió entrar y cerrarla, allí en el hostal vivían algunas personas indiscretas que podrían haberle visto en plena noche en batín y con una botella en la mano intentando seducir a la propietaria del hostal o eso dirían. Todo estaba oscuro un pequeño foco psicodélico azul turquí que daba vueltas se hizo con el mando en la oscuridad. De repente miró sus manos y tocó su rostro, era como si fuese veinte años más joven pero se lo achacó al reflejo de las luces psicodélicas. Segundos después todo volvió a apagarse y unos hachones antiguos que colgaban de las paredes se encendieron como por arte de magia de un pasillo procedía una luz y oyó el susurró de unos pasos, no podía pensar, qué estaba realmente ocurriendo, fue cuando apareció ella que invadió el ambiente con un fragor intenso a ámbar gris y vainilla, quedó hechizado aun así seguía sin poder verle el rostro:

  • Hola, señora, soy López, pensé que tal vez le gustaría tomar una copa conmigo, nunca nos hemos conocido y necesito hablar con alguien, disculpe mi atrevimiento, no suelo ser así.
  • Es cierto, nunca dejo que mis inquilinos me vean. – Ella iba acercándose, majestuosa y López fue adivinando su rostro –
  • No me mires a los ojos o quedarás hechizado para siempre, perdidamente enamorado, pero bailemos juntos esta balada…
  • No imaginé que fuese tan hermosa… ¿A qué te dedicas a parte de regentar este hostal?
  • Soy parapsicóloga y otras cosas. Por favor, guarda silencio y siente esta canción conmigo.
  • Sabes, me suena tu voz de haberla oído en otro lugar.
  • ¿Dónde estuviste todos estos días? – Susurró ella –
  • ¿Por qué dices eso?
  • ¿Guardaste bien la alfombra secreta? - Una risa preciosa siguió a la pregunta -
  • La alfombra desapareció y todo acabó… Un momento. ¿Cómo sabe eso?
  • No te preocupes está a buen recaudo es mía, es nuestra, siempre lo fue. Cómo tú… Volvemos a encontrarnos… Dame tu mano, mira, siente como laten nuestros corazones…
  • Mercurio, amor mío, eres tú, estás viva… No puede ser…
  • Es cierto mi amor, bésame y llévame a la luna….

Sonaba: “Fly me to the moon por Tony Bennet”

 

FIN

Autor relato: Jorge Ofitas. ®
Spain. 2011. ®. Europe. 2020. ®.
Escrito en 2007. Publicado en 2008. ®.

 

Nota:
Este relato forma parte del libro Ámbar y Jazmín (serie relatos cortos) Tomo I, publicado en el año 2011. Sinopsis http://bit.ly/2tTMjLE

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