JACINTA Y MAYTREYA. ®.

Jacinta y Maytreya. ®.
Novela budista de suspense.
Autor: Jorge Ofitas. ®.

Introducción: 

Un matrimonio budista que vivía en el campo decidió abandonarlo y marcharse  a la gran ciudad para progresar, concretamente desde Oriente a Europa, iban casi con los puesto y muy poco recursos, ella padecía una extraña enfermedad mental que afirmaban los sabios Budistas de sus tierras que era de origen kármico, lo que aquí conocemos como cosas del destino irreparable…      

Capítulo I.

Una vez existió un hermoso lago en la tierra de los hombres. Sus aguas eran cristalinas con la luz del Sol a veces purpurinas y azul plateadas en las noches.  También bailaban con la brisa lejana casi nunca se encrespaban y poseía el don de liberar a las gentes que se acercabas hasta sus orillas; para echar al aire sus lamentaciones mundanas, era aquel tiempo una Era Decadente, junto antes de la nuestra aún peor si cabe.

Grandes Peregrinaciones se organizaban para conseguir llegar al lago y ser así liberado del tormento mundano y todo tipo de enfermedades, tan solo algunos conseguían su propósito,  sobre todos los que poseían una buena evolución kármica y otros que  fueron alcanzados por uno de los brazos del Señor de la compasión Avalokiteśvara. Pero la mayoría moría en el camino y aunque la leyenda afirmaba que el agua del lago te liberaba, nunca nadie jamás regresó, por esto durante largos siglos de retroceso espiritual las gentes de los pueblos dejaron de pensar en el lago, hasta que un día nadie emprendió camino para mirarse en sus aguas...  Había otra leyenda que decía que al dejar de ser visitado por los seres atormentados el lago desapareció bajo las arenas…

El lugar donde antes se suponía existió ese lago era inescrutable en la actualidad por tierra o por aire y su localización exacta no consta en casi ningún mapa. Por mor del  karma un caminante de la actualidad consiguió llegar hasta el lago sin saber aquella historia, se había extraviado mientras cruzaba una zona montañosa y cayó por un lecho de frondosos y milenarios árboles. El viajero quedó tan extasiado con el espejo del lago que se miró en sus aguas cristalinas, se vio a sí mismo con todos los demás reflejos y una luz blanca pareció entrarle por la coronilla sintiendo una paz inusitada y se sentó a meditar lo que le había ocurrido. No estaba seguro  de casi nada y todas sus convicciones y creencias mundanas habían desaparecido, pasados dos días llenó su cantimplora e inició el viaje de regreso a la tierra de donde procedía, si lo conseguía sería el primer hombre Iluminado de nuestra Era tras largos milenios de espera, pero el Viajero no sabía lo que le había ocurrido y solo pensaba en su esposa e hijos y en su trabajo bien remunerado, aunque sin lugar a dudas, ya no sentía esas cosas con la intensidad de antes, sentía que era fuerte y consiguió llegar hasta una aldea donde consiguió transporte de regreso...

Toda la vida cotidiana parecía cómoda para él, nadie notó nada ni él mismo. Pasadas algunas semanas descubrió que no había vaciado la cantimplora y se acordó que aquella agua era del lago. Pensó en arrojarla al aseo luego rectificó y aparcó el asunto dejando la cantimplora arrumbada encima de un baúl, finalmente se imaginó que podía ser curativa y la ocultó…

Capítulo. II

Maitreya apenas contaba cinco años de edad cuando descubrió sin querer aquella cantimplora que su padre dejó arrumbada en uno de los trasteros de la casa donde se crió. Fue un buen hijo aunque su padre por motivos ajenos a su comprensión un día enloqueció de amor quedando en un estado risueño pero como ido del mundo. Su madre cogió entonces a Maitreya y lo envió lejos de allí para que aprendiera cosas del mundo y así sucedió…

Jacinta nació en el valle de una montaña muy lejos del mundanal ruido y apareció apenas siendo un bebé junto a una ciénaga de un bosque profundo, su madre al no poderla mantener la abandonó en aquel lugar próximo a un camino frecuentado por mercaderes y comerciantes. Así que una familia nómada la vio y la rescató apiadándose de ella y criándola, sin que Jacinta supiera nunca quienes fueron sus verdaderos padres.

La educaron en los principios de Buda y según le dijeron sus padres ella había nacido en Tibet, aunque en realidad nació en la India, su padre le trajo de uno de sus viajes,  siendo muy niña, un colgante con un jacinto precioso y de ahí venía su nombre.  Tenía ella la habilidad natural de gustar a la gente y ya desde pequeña irradiaba simpatía y atracción…

Jacinta y Maitreya llegaron con dos viejas maletas y un niño de apenas un año. Aquella trastienda era lo único barato disponible y se encontraba muy sucia aunque no había ni un trasto, ni muebles, ni una escoba,  toda la superficie de aquel estrecho aposento estaba diáfana, transcurridas un par de horas llegaría un “camionsito” con los muebles y una hornilla a gas para cocinar. En uno de los rincones había un baño con plato de ducha. No olía mal, solo a humedad por la mar próxima que se veía a través de los cristales de una ventana que había en una de las  paredes descoloridas y desconchadas. Se miraron, ella tenía ganas de llorar pero fingía una sonrisa de actriz de cine el día  del estreno de su película. Él se marchó de allí en busca de algún trabajo, aquella guarida parecía el mejor palacio de un sueño, el mejor refugio apaciguador tras las miradas y burlas durante el trayecto a pie con su hijo desde la estación. Cuando él cerró la puerta ella abrazó a su hijo y lo empapó en lágrimas sigilosas. Se sentía como una mosquita atrapada en un vaso boca abajo, bajo aquel delgado cuerpo, sin embargo, había una mujer de extraordinaria fortaleza, sentada bajo la ventana dio el pecho a su hijito y la noche calló sin que él hubiera vuelto, tampoco apareció el transporte con sus enseres, si guardaba una manta de viaje en una de las maletas que le sirvió para acunarlo, con un trapo que improvisó, tras romper una camiseta, limpió un poco de la cristalera y la luz lunar encendió la estancia de color azul...                

Pasadas las tres de la madrugada él no había vuelto y tenía la batería de su móvil descargada, el bebé se había dormido y ella tras una espera larga también. Aquel chaleco de angorina producía a su contacto un “calorcito” tan veraz y cariñoso como inesperado, a pesar de todo, el sonido del mare próximo le sirvió como canción de cuna. ¿Para qué venimos a este mundo? Pensó, que sentido tiene todo eso que llama amor y compasión…

La mañana ávida de niebla no dejaba ver la salina, no hacía frío, el invierno aún no había llegado y el mar guardaba con recelo el calor del verano. Cuando el primer rayo de Sol resquebró la maraña de algodón bajío se le iluminó el rostro y sonrió, alguien abría la puerta, era él, alguien le acompañaba, ambos hombres olían al alcohol aunque razonaban sobriamente.

–  Este hombre es psicólogo no nos cobrará nada, podemos contárselo, tal vez pueda ayudarnos.

–  Chiiiii. El niño duerme.

- Déjeme ver al niño.  – Dijo el terapeuta con mirada tierna -

–  Nooooo, es hipersensible, como su padre.

-  ¿Lo ve?  - Añadió Maitreya -

-   Déjeme ver al niño, le digo…

En ese instante el camión que traía los enseres dio dos pitadas. ¡Nuestras cosas! Exclamó ella mientras agarraba al acompañante de su chaqueta y lo sacaba a la calle de mala manera vituperando:

- Estamos muy ocupados, vuelva otro día cuando nos instalemos le invitaremos a cenar.

Maitreya sin embargo quedó allí dentro arrinconado sin valor para decirla nada y contrariarla, un transportista exclamó:

 - ¡Dónde coloco esto! - Y todos se pusieron a trabajar –

El compasivo psicólogo se alejó calle arriba...

– Dónde quieras ir yo te llevaré y llevaremos a nuestro hijo con nosotros si no te gusta esto iremos a otra parte somos trotamundos, es que no te has dado cuenta.

 – Todo empezó desde que...

– No te atormentes, traeremos otro hijo al mundo.

 – Ya tenemos uno y no quiero traer más para que sufra como mi pequeñito.

 – No sigas con esa historia o te llevará  a la muerte sufriendo y yo moriré contigo, porqué dime tú que haría yo sin ti en este mundo.

Ella lo besó y ahí acabó todo, los transportistas cobraron la otra parte y se marcharon, al caer la tarde ella ya había puesto todo en su sitio y él se había marchado a buscar un trabajo prometiendo regresar para la cena, unos nubarrones taparon la luna y la lluvia llevada por la ventisca roló sobre los cristales...

“Las Almas esperan cuando las parejas hacen el amor o fornican” ; esa frase budista la despertó, sudosa, hambrienta, su hijo parecía dormir, eran más de las dos y la comida se quedó esperando... ¿Dónde estará mi amor?... Era la primera vez en su vida que oía  en sueños una voz profunda y lejana como esa, un segundo antes de tragarse un bote de somníferos llegó él, con aquel psicólogo del día anterior.

 – Cariño, ¿hay cena para dos?

Nunca le reprochaba de donde venía, ni que había tomado, ni que había hecho, pero lo hacía por aquel niño, guardó las pastillas y encendió el escalfador para recalentar las albóndigas con papas, él cogió la cacerola y sirvió la cena fría mientras la miraba como si la hubiese acabado de conocer, el psicólogo se quedó con la copla y miraba hacia la cuna, en ese instante ella se percató.

 -  ¿Porqué mira hacia la cuna? ¿Qué intenta? ¿Calarme?

 – Ha dejado muy bonita la estancia señora Jacinta..

 – Gracias, doctor.  

 Maitreya llenó los vasos de vino y ella pidió un poco.

 – Disculpe señora no pretendo inmiscuirme en su vida privada, conocí a su marido y me ha contado lo que le ocurrió.

 – No me ocurrió nada especial.

 – Harías bien en contárselo.

 Ella apuró el vino y él le “detuvo” el vaso.

 – No empieces a beber.

Charlaron de todo el trasiego que tuvieron que afrontar hasta llegar allí y el terapeuta de la mente se sintió más cómodo de lo habitual cuando descubrió el candor que escondían los ojazos de aquella mujer desconocida. Tras la cena Jacinta sacó de una maleta un licor de almendra y bebieron varios chupitos, luego el psicólogo les dio la mano y se marchó con la paz de la noche marítima, el niño seguía acunado y dormido, ella lo despabiló para darle uno de sus hermosos pechos, el chico volvió a dormirse, Jacinta y Maitreya se acostaron abrazados y se comieron a besos… 

Cuando despertó con el llanto del pequeño él ya se había marchado, tras dar de comer a su hijo lo sentó en una manta que puso sobre el suelo y abrió la ventana para mirar al mar, que rompía plácidamente al final de la ensenada/ donde rompe la andanada de vaciado corazón/ donde hay versos de amor/ y noches de luna clara. El invierno inminente se presumía frío y lluvioso y sacó toda la poca ropa de abrigo que tenía, aún no había reparado en la puerta que escondía aquel armario empotrado, cuando la vio se quedó de una pieza, el casero no le comentó nada, seguramente solo sería un hueco para guardar cosas, pero el escalofrío que sintió le hacía sospechar otra cosa, bueno se dijo, (mientras ojeaba a su hijo jugar con algunas piezas de colorines) tengo que olvidar ese asunto, hace ya algunos años de aquello, entonces oyó algo y un nuevo escalofrío le encendió las pupilas sombreadas de amor materno. Hizo varios intentos por desatrancar la puertecilla pero parecía cerrada desde el interior y esto la desorientó un poco por lo que decidió hervir un poco de agua para ponerse una buena dosis de tila. ¿Por qué Maitreya no estaba allí? Él sabía que ella no estaba del todo bien y temió uno de esos episodios del pasado cuando tuvieron que huir de otros pueblos o ciudades… “Las almas del mundo esperan para reencarnarse”, esa voz interior resolvió no abandonarla con los años y mientras miraba dentro de su taza de tila unas lágrimas se mezclaron con el vaporcillo…  

Antes del medio día se compuso un poco y aseó a su hijito sacándolo a pasear por la playa baja, el día era bueno y aunque soplaba un poco de brisa la tila la había calmado y sonrió al sol tímido mientras se revolcaba con el niño en la arena salina.

 –  ¡Jacinta! ¡Jacinta! - ¡Amor mío! ¡Estoy aquí!

Maitreya había encontrado trabajo como descargador en el muelle y traía un pequeño adelanto de un buen capataz que confió en él.

 – Mira nuestro hijito, le gusta el mar.

 –  Deja que lo bese.

 –  Noooo. Bueno está bien.

 –  Mira traigo algo de dinero.

 –  ¡Cien euros!

 –  Om mani padme hum.

 –  Om mani padme hum, amor. ¿Vamos los tres de compras?

 – Será mejor que vaya yo solo Jacinta, no conocemos este sitio muy bien.

 – Vale, trae un poco de vino bueno.

 – ¿Qué más quieres?

 –  A ti Maitreya y a nuestro hijito.

 –  Y yo a ti…

Maitreya no apareció y al atardecer Jacinta cogió al niño y se aventuró a buscarlo. En su búsqueda por el enclave marítimo la lluvia les sorprendió, sin embargo, pensó, debía estar cerca pues no había muchos sitios donde él pudiese estar.

 -  Hola Jacinta.

 -  Oh es usted. ¿Ha visto a mi esposo?

 -  No, no le vi hoy.

 -  Hace horas que fue a buscar algo de comida y no apareció.

 -  ¿Ha ido al muelle?

 -  Queda lejos y no quiero que mi hijito se moje.

 -  Les llevaré en mi coche está ahí al lado.

 -  No, gracias.

 -  Os llevaré.

 -  No insista.

 -  Como quiera.

 - Ya estamos instalados, mañana por la noche le esperamos para cenar.

 -  Será un placer.

 - Om mani padme hum doctor.

 - Om mani padme hum…

Las calles se habían quedado desiertas por el intenso viento pero la llovizna cesó. Parecía no vivir nadie por aquellas calles si no fuera por lo bonitos y coquetos edificios que bordeaban las aceras limpias ahora alfombradas por la arena correntina. 

 - No llores hijo, lo esperaremos en casa, no llores… 

Continuará… Si os place queridos lectores. 

Autor novela: Jorge Ofitas. ®.
Sevilla. 2006. Europa. 2017. ®.
Todos los derechos reservados. ®.

OM MANI PADME HUM

AvalokiteshvarA
(Señor de la compasión)

 

 

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