El licántropo de las alamedas. ®.

 
 
Extracto de la obra. 
 
[…] Sin ninguna duda aquel acto criminal no lo pudo realizar un ser humano. Lo restos que quedaron de aquel cuerpo parecían haber sido desmembrados por una explosión, aunque en principio esta hipótesis había que descartarla. Cogió con sus guantes un pequeño trozo de carne ensangrentada y la introdujo en un recipiente, en ese preciso instante el barco entero comenzó a zarandearse y supo enseguida que era él. No se oía nada y le quedaba muy poco tiempo  para huir de allí, entonces tuvo una arcada de asco, ahora ya no albergaba vacilaciones, el bicho venía a por él y se encontraba muy cerca. La puerta de la sala de máquinas fue golpeada tan brutalmente que salió desplazada con enmarque y todo, a punto estuvo de arrancarle la cabeza al detective, que portaba un arma de cañón largo, preparada para vaciarle el cargador en todas sus entrañas, si es qué las tenía, una inmensa sombra se acercó a la abertura de la entrada ahora  destrozada, sentía que estaba a punto de desmayarse. […]
 
Capítulo I. 
 
Las gaviotas bailaban en la corriente de aire cómo una hoja crujida. Anastasio Labrador había dejado aquella mañana  el cuerpo de detectives  y sonreía, sabedor de que pronto estaría en la playa de la caleta echando el cigarrillo  de alborada con coñac y café.
 
No había nadie pescando con caña desde el pretil del paseo de la alameda frente a la punta san Felipe; la fuente que reposaba bajo al drago milenario no tenía agua y mostraba sus azulejos  y pequeñas ramas que el viento de levante llevó hasta el interior  de la artesa preciosamente alicatada.
 
Anastasio se recogió la gabardina y tanteó sus bolsillos, finalmente encontró el pitillo, justamente cuando el primer rayo de sol le besó las pupilas; que reflejaban cansancio y pena escondida. Fumaba apresuradamente, aún tenía su perfume pegado al cuello de la camisa, marca italiana. 
 
Sentado en el pretil de la azul y baja fuente con espléndidas vistas a la bahía de Cádiz, junto a uno de sus árboles preferidos, discernió que aquella hermosa mujer no era para nada serio y con la sensación de arrepentimiento por no haberse quedado a dormir con ella despachó el cigarro. El sol ya había salido de su “cama” y la bahía parecía recobrar su plata robada. 
 
Miró hacia atrás, el bar había abierto sus puertas y el sonido de las noticias televisivas le llegaron vía viento de levante; que soplaba aquella mañana machacón y con arenas volanderas  en sus alforjas marineras. Prefirió seguir andando hasta la caleta y mojar allí su paladar temprano, junto a la glorieta de Carlos Cano, el poeta. Después cogería un taxi allí mismo para regresar a su casa… 
 
A pesar de que el fuerte viento le venía de cara, merecía la pena el trayecto. Esa mañana, dejando a un lado lo de aquella prostituta de seiscientos euros, se sentía bien, fue cuando vio en la parada del autobús público  aquel cartel anunciando una película española, sin duda iría a ver aquel film en la tarde. Si podía y el tiempo se lo permitía, casi nunca se perdía ni una película de terror de estreno, no era muy amigo de la televisión ni de vídeo club, le gustaba el ritual cinéfilo en sala con palomitas y todo eso, aunque tuviese que guardar una larga cola para sacar la entrada. 
 
Había divisado los primeros árboles del parque; qué parecían esbozos dibujados por un artista jardinero, éstos, se mecían con negación por el empuje del fuerte viento. El grito que oyó le dejó “helada” el alma y la sangre de sus venas. Un guardacoches del aparcamiento lindante al jardín echó a correr, Anastasio le siguió, el grito de horror venía del interior del parque Genovés y sin duda no llevaba sones de chirigota… 
 
Llegó medio asfixiado por la carrera hasta la verja del vergel público, la cancela estaba cerrada a cal y canto. El empleado del parking le reconoció, cuando le vio se acercó a él y le preguntó si debía llamar a la policía, Anastasio le preguntó si había oído más de un grito a lo que respondió con un no tembloroso el modesto mozo de aparcamiento. Un vehículo de la policía local hizo su aparición sin la sirena conectada, estacionando en la misma puerta del parque. Uno de los agentes saludó efusivamente a Anastasio, preguntándole si había oído un grito aterrador, una llamada anónima nos ha alertado. Yo diría qué más que  eso, contestó el detective ahora retirado del servicio.  
 
- ¡Bueno, vas abrir esta puerta o invitas a café y copa! Exclamó Anastasio. 
 
Fue cuando otro grito más largo y aterrador que el primero provocó que los cuatro allí presentes quedaran compungidos. El sargento llamó con inmediatez para que el funcionario encargado del parque abriera las altas y negras puertas enrejadas que protegían el espacio público de los desalmados de la noche… 
 
La tramontana apretaba con la subida de la marea y casi no se podía encender un cigarrillo, un taxi llegó apresurado y paró allí mismo. Traía al encargado del parque con lagañas en los ojos vestido con el mono azul de costumbre. Por fin pudieron acceder al lugar todos los allí presentes. Algunas palomas, a pesar del aire, ya merodeaban por entre los jardines. Al final del paseo engalanado de elegantes álamos; podados y estilados al estilo Versalles, se podía divisar la puerta situada al otro lado del parque junto al bar donde los turistas y paseantes tomaban algún refrigerio o reponían fuerzas. Los dos agentes de policía y Anastasio se adentraron entre los serpentines verdosos y ocultos que se encontraban a su derecha, a la izquierda quedaba la avenida y el enrejado que cerraba el recinto. 
 
Si ocurrió realmente algo extraño y aterrador debió haber sido junto al estanque de los patos o por los alrededores. El parque genovés es precioso pero no muy  grande, así es que Anastasio le dijo al hombre del parking que regresara a sus obligaciones y se marchó tras los agentes, otro vehículo de la guardia civil acababa de llegar al lugar, justo cuando algunos transeúntes tempraneros, iban con dirección a su trabajo, también algún paseante curioso se paró al ver a la policía negando el acceso al público hacia el interior del parque. 
 
Fin capítulo I y extracto.
 
Autor novela: Jorge Ofitas.
Todos los derechos reservados. Sevilla. 2011.®.©.
 
Próximamente… 
 
Capítulo II.
 
La fortuna sonrió a Angélica la noche anterior. Trincó cuatro plenos en la ruleta jugando al treinta y cinco negro, así qué logró recuperar los doce mil euros que hasta el momento iba perdiendo y salió ganando, jugaba sola y no quiso ligar con aquel hombre elegante de origen inglés que la invitó a cenar, ahora se alegraba.

Al amanecer miró hacia el balcón forjado, sonrió, era rica e iría de compras esa misma mañana, aunque el viento de levante la incomodara. A través del cristal se veían las aguas marítimas salpicadas de borreguillos por el temporal y las playas de Vistahermosa, era su vista preferida, por esto situó su cama de diseño justamente frente al ventanal, para poder cada mañana al despertarse, desayunarse con sus párpados la mar plata de su amada bahía de Cádiz.

Entonces se acordó de Carlos y dio un respingo le parecía telepatía. El tono de llamada de uno de los cinco teléfonos móviles qué tenía dados de alta le sonó en su corazón, ojalá fuese su guapo amor platónico, soñó, pero no, a buen seguro sería Carlos, se dijo. No descolgó. Recordó que ya no lo amaba como antaño. Sin embargo él seguía allí cerca, haciéndole regalos que harían flaquidecer a la mismísima bailarina que una vez pidió la cabeza de San Juan el Bautista.

Cómo le conocía muy bien y ya había ocurrido otras veces, muy pronto alguien estaría pulsando su timbre con un caro regalo y el ineludible ramo de flores gigante y todo porque el día anterior le concedió unas palabras afectuosas vía telefónica.

Se fue hacia su baño enfundada en aquella carísima bata rosa; suave como el roce de unos labios jóvenes hechizados. La delicada prenda también había sido regalo de él. A esas horas de la mañana María Pilón su asistenta personal ya estaría de camino.

Se frotó sus precioso senos naturales ante el espejo mexicano que se trajo de tierras aztecas  y comprobó que seguían recios, sonrió, era joven y maravillosa y todos la amaban, menos sus competidoras mayores o alguna conocida resabiada que la envidiaba ocultamente. Habitualmente los hombres quedaban rendidos a sus encantos aunque a ella esto le importaba poco pues siempre estuvo enamorada del mismo hombre del que nadie conocía el nombre.

Angélica era una prestigiosa crítica de arte aunque en sus últimos años no ejercía. Un día decidió dedicarse a la lectura, el juego, la contemplación y conocer Andalucía y más concretamente Cádiz; tierra de sus antepasados, aunque ella exhibiese con orgullo su natalidad madrileña. 

Sus padres ya mayores vivían y gozaban de una holgada vida con buena salud allá por tierras castellanas. Recordaba los relatos que le contaba su progenitor sobre las tierras andaluzas siendo muy niña al amparo de una pequeña luz, todas las noches antes de dormir. Fue tanta la curiosidad que despertaron en ella aquellas historias paternales que la tuvieron que llevar a conocer Sevilla, Cádiz, Málaga y Granada, cuando se hizo mayor tras terminar de cursar sus estudios universitarios sobre historia del arte se sintió tan prendada que definitivamente cogió su herencia y se empadronó en la tacita, comprándose un lujoso ático en la alameda de Cádiz.

A partir de aquí se volvió ociosa independiente y amante de los carnavales incluso contribuía con donaciones a diferentes grupos o peñas carnavalescas de la ciudad más antigua de Europa. Era querida sin duda también muy criticada por la reducida aristocracia de la bahía, sobre todo porque decía las cosas a la cara.

Poseía también un lujoso piso en la calle serrano de Madrid donde pasaba algunas semanas al año o cuando en el pasado debía catalogar obras de artes para venderlas al mejor postor, sin contar el ajetreo de los vuelos internacionales París, Nueva York, Londres o incluso     Tokio. Para ella todo ese mundo había quedado atrás. Con su Cádiz le bastaba y sobraba por esos días, la razón de este cambio de vida es otra historia…

Cuando acabó la carrera un lejano pariente que hizo fortuna en USA falleció sin descendencia  y como la tenía en tanto afecto antes de morir le legó toda su fortuna y además le mandó decorar una de sus mansiones con obras de arte de los exclusivos y carísimos Picasso, Dalí o Gaudí entre otros artistas españoles de renombre internacional. Esto relanzó su carrera a penas concluida su trayectoria universitaria. El motivo de tanta extrema bondad por parte del potentado hispano no fue otra que el amor pues Angélica pasó temporadas cuidándolo porque simplemente lo admiraba por las cosas que de niña le contó su madre sobre él.

A sus treinta y pocos no aparentaba más de veinticinco. Esto era lo que todos sus “fieles” decían de ella. Ahora corrían tiempos de paz amorosa y disfrutaba de la vida libre sin ataduras porque sencillamente no podía tener al hombre de sus sueños. Cada mes visitaba Madrid, sobre todo para ver a sus padres y ordenar algunos asuntos de índole financiera.

Entonces un ruido extraño y descomunal la descompuso sobremanera. Su optimismo se tornó en piel de gallina y sus bonitos recuerdos en temblores imparables de agonía. En toda su corta vida jamás había oído nada parecido. La mano le temblaba tanto que ni siquiera podía abrir el cajón donde guardaba su revólver bajo unas toallitas de baño. ¿Qué sería aquello? ¿De dónde había salido esa pestilencia? Desmayada cayó de bruces sobre la preciosa alfombra del cuarto de baño…

Fin capítulo II. 
 
Autor novela: Jorge Ofitas.
Todos los derechos reservados. Sevilla. 2011.®.©.
 
Esta obra literaria de terror está protegida por derechos de propiedad intelectual. Prohibida su reproducción en cualquier soporte sea de papel o electrónico si la previa autorización por escrito del autor. Se puede compartir este contenido exclusivamente a través de los botones propuestos por las distintas aplicaciones de las redes sociales o compartir el link. Prohibido absolutamente el copia pega. El autor. 
 
Próximas entregas a peticiones de los lectores. 
 

 

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