El caballo rojo carmesí. ®.

Capítulo I. 
Isaías salió en su potente vehículo aquella mañana lluviosa desde Gibraltar con dirección a Sevilla . En el aparato reproductor de música sonaba “take five” versión jazzística. Transcurridas dos horas de tranquilo viaje a través de la ruta del toro y enlazar con al autopista A-4, finalmente vio el puente del centenario por encima del río Guadalquivir a su paso por la capital Hispalense. Tenía un cariño especial por ese río, no era para menos, sus antepasados vivieron en la Córdoba de Al-Ándalus y no podía evitarlo. 
 
Aparcó el auto en un aparcamiento público muy cerca del casco antiguo, cogió su pesado maletín y su teléfono IPhone de última generación. Esa mañana tenía que ver a dos clientes muy importantes, uno le debía dinero, al otro tenía que cobrarle una factura y ofrecerle mercancía recién llegada de primer nivel. Un objeto maravilloso que Isaías sabía que no encontrarían en Sevilla, todos aquellos coleccionistas codiciosos que deseaban sobremanera poseer “El caballo rojo carmesí” 
 
Contaban una leyenda del “caballo rojo carmesí”. La leyenda decía que si el caballo rojo caía en manos de personas codiciosas, éste ejercería una influencia maligna sobre el portador, una terrible maldición de desafortunadas experiencias y visiones espantosas. Pero Isaías no creía en supersticiones ni historias basadas en leyendas sin fundamento científico. Al fin lo había conseguido. Esbozó una sonrisa al doblar la primera esquina tras dejar su coche. Bebería un café cerca del barrio santa cruz antes de ir a ver a sus clientes, no terminaba de creerse que el caballo rojo carmesí era absolutamente suyo y se le ocurrió quedárselo para siempre, también se retractó de la primera idea sintiéndose absolutamente extasiado cada vez que lo contemplaba y tocaba una energía vital maravillosa lo invadía... 
 
No había dado el primer sorbo a su café cuando entraron dos chicas jóvenes en la cafetería donde Isaías meditaba su porvenir, aquello lo cambiaba todo…
 
La dos chicas vestidas de estilo gótico se sentaron al lado del rico judío y le sonrieron. Le clavaron sus miradas. El joyero comenzó a sudar un poco, lo habían acorralado contra el cristal y por debajo de la mesa una de ellas le colocó una pistola en su entrepierna apretando una y otra vez y diciéndole en voz baja que le diera el caballo rojo carmesí, a lo que Isaías se negaba intentando escapar de allí, de repente llegó el camarero y todo cesó: 
 
• ¿Os apetece beber algo?
• No gracias. Dijo algo acelerada una de las chicas góticas. 
• Espere cóbrese mi café. En ese instante Isaías aprovechó y tras dejar caer un billete de cinco euros salió en estampida de aquel lugar, corriendo con su maletín de alta seguridad;  esposado a su muñeca izquierda… 
 
Ardah bebía un té a esas horas muy cerca de la Alhambra de Granada. Como su nombre árabe indica, ella era morena como el bronce y musulmana pero descendiente directa de andalusíes de las primeras épocas del Islamismo en Al-Ándalus. Su familia fue de las pocas que consiguió no salir de Al- Ándalus desde aquel día que se marchó Boabdil, el rey poeta de Granada. 
 
Vivía en un apartamento con su prima hermana Dalia, que acababa de llegar de Kuwait en un avión privado propiedad de un personaje muy poderoso del reino árabe. Ardah era bella sin duda, no llevaba velo, su familia le permitía estas lindes exclusivamente en el trabajo y trabajaba para un lord Inglés que coleccionaba de todo. Ella era su contacto en el sur de Europa y África. Dalia era una belleza increíble, siempre llevaba velo, solamente con ver sus ojos podías quedar hechizado. También era una mujer muy dulce y educada, sencilla en el trato, lo mismo que Ardah. 
 
Dalia también trabajaba a comisión para coleccionistas súper multimillonarios a los que no le importaban lo más mínimo gastarse indecentes sumas de dinero en objetos en algunos casos de dudoso valor. Una llamada desde Sevilla provocó que las dos primas árabes pusieran rumbo a Híspalis, al fin tenemos localizado el caballo rojo, decía una de ellas vía móvil a uno de sus clientes súper millonario. En este asunto ambas iban a medias, el trabajo necesitaría de un esfuerzo suplementario al de otros encargos de localización compra o sustracción de ciertos objetos, no visibles para el resto de la humanidad. ¿Pero qué era realmente el caballo rojo carmesí? Por aquellos días casi nadie lo sabía a excepción de Isaías y algunos otros pocos refinados y ricos coleccionistas. Ardah y Dalia arribaron a la capital del Guadalquivir a bordo de un Ferrari 550 Maranello color azul plata. Este vehículo era un regalo que una bella y rica Francesa hizo a las dos aventajadas primas, por conseguirle un busto precioso conservado en perfecto estado, que databa del siglo III antes de cristo. En suma, gozaban de un nivel de vida muy alto, gracias a sus negocios de intercambios, como ellas llamaban a estas cosas. 
 
Isaías había desaparecido de repente como si se lo hubiese tragado la calle. Las dos amigas góticas también, tampoco se sabía con exactitud que había ocurrido con el anhelado y deseado caballo rojo. A las tres de la tarde sonó el teléfono de uno de los clientes sevillanos de Isaías. Llamaban desde Gibraltar preguntando por él. La respuesta del cliente fue ligera y precisa:
 
• Aquí no ha estado. Me quedé esperándole durante toda la mañana, hablamos cuando el salió de Gibraltar. No lo entiendo, nunca faltó a una cita…
 
¿Llevaba realmente Isaías el caballo rojo cuando lo abordaron las dos chicas vestidas de negro? Nadie lo sabía, nadie de todos aquellos palurdos que creían saber la verdadera historia del caballo rojo. 
 
Ardah y Dalia pidieron un taxi después de guardar su carroza azul de los sueños. Cómo dos chicas occidentales se adentraron en el centro de Sevilla siguiendo el rastro que su contacto le indicó. Muy pronto ambas supieron que algo anormal  ocurría. Su contacto en Itálica tampoco descolgaba el móvil, más extraño aún, se miraron durante unos segundos y tras esto se alojaron en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Todo con total secretismo. 
 
Cuando me crucé con ellas algo llamó mi atención. Y fue aquí cuando me vi involucrado casi sin quererlo en esta historia. A Dalia se le había caído un rosario árabe, me agaché para recogerlo y ella se adelantó dejándome una sonrisa muy hermosa flotando en el aire. Caminaban muy deprisa. No soy muy curioso, ni tampoco mujeriego, pero aquella tarde seguí a esas dos chicas sin dejar verme, me agachaba entre los coches estacionados o me escondía en algún portal cuando intuía que iba a ser descubierto. De repente vi el gran hotel alto lujo y comprendí que me sería muy difícil acceder a sus habitaciones sin ser visto por alguna cámara. En el bar más próximo me paré a beber una cerveza fría y meditar un poco aquella tontería que casi estuvo a punto de buscarme un buen lío. Entonces vi a un hombre con un traje gris y un maletín deambulando como herido, estaba sucio, cansado y hambriento. Me parecía increíble que nadie se percatara de su presencia allí delante de aquellas mesas, de repente vino hacia mí, me miró y me habló mientras con su pañuelo se frotaba la frente poblada de un sudor frio: 
 
• ¿Por qué seguía a esas dos mujeres? Le he visto ocultándose entre los coches. – No supe que responderle pero llevaba razón y aquel judío me caía bien, así que intenté disuadirle para salir de aquel extraño atolladero: 
• Simple curiosidad. Tal vez deseo, embrujo, son guapísimas. 
• ¿Para qué coleccionista trabaja usted? – En ese instante comencé a sospechar que aquel asunto iba mucho más allá de lo qué podía haber imaginado. Quedé confundido. Me levanté de la silla para marcharme, pero Isaías me pidió por favor que le ayudara. En ese instante se desmayó, tenía en su mano un objeto envuelto en un paño de seda…
 
Fin del capítulo I.
 
Autor novela: Jorge Ofitas.
Sevilla. 2013. ©. ®.
 
Nota del autor: El siguiente capítulo se publicará en función de las peticiones de los lectores ávidos de poseer el amuleto de poder... 
 

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