El caballo rojo carmesí. ®.

 
 
EL CABALLO ROJO CARMESÍ. ®.
Novela de ficción.
Aventuras. Misterio. Intriga. Suspense.
Autor novela: Jorge Ofitas. ®.
 

Introducción.

Un rico judío inglés tiene en sus manos un amuleto de poderes increíbles relacionado con la historia del peñón de Gibraltar y del mítico y legendario Hércules. Se adentra en Sevilla para venderlo a un rico coleccionista pero extasiado al contemplar la antiquísima y bella joya decide quedárselo, horas después pierde el sentido y el amuleto, haciendo aparición por Sevilla dos primas hermanas árabes caza antigüedades para multimillonarios, fue cuando me vi involucrado en esta historia increíble…

Personajes de este extracto.

Isaías Wagensberg Parerou.
Ardah Bellohorizonte.
Dalia Alamar.
Yoni Giralda. 

Capítulo I.

Isaías Wagensberg Pareou salió aquella mañana lluviosa desde Gibraltar en su potente vehículo con dirección a Sevilla. En el aparato reproductor de música sonaba “take five” versión jazzística. Transcurridas dos horas de tranquilo viaje a través de la ruta del toro y enlazar con la autopista A-4, finalmente tras dos horas de trayecto lluvioso vio el puente del centenario por encima del río Guadalquivir a su paso por la capital Hispalense. Tenía un cariño especial por ese río, no era para menos sus antepasados habían vivido en la Córdoba de Al-Ándalus y no podía evitarlo aunque guardara esto con recelo pues se sentía orgulloso de su nacionalidad Inglesa.

Aparcó el auto en un aparcamiento subterráneo muy cerca del casco antiguo, cogió su pesado maletín y su teléfono IPhone de última generación. Esa mañana tenía que ver a dos clientes muy importantes, uno le debía dinero, al otro debía cobrarle una factura y ofrecerle mercancía recién llegada de primer nivel. Un objeto maravilloso que Isaías sabía que no encontrarían en Sevilla, todos aquellos coleccionistas codiciosos que deseaban sobremanera poseer “El caballo rojo carmesí”

Contaban una leyenda del “caballo rojo carmesí”. La leyenda decía que si el caballo carmesí caía en manos de personas codiciosas, éste ejercería una influencia maligna sobre el portador, una terrible maldición de desafortunadas experiencias y visiones espantosas. Pero Isaías no creía en supersticiones ni historias basadas en leyendas sin fundamento científico. Aunque él no supiese en esos instantes la verdad completa. Al fin lo había conseguido. Esbozó una sonrisa al doblar la primera esquina tras dejar su coche. Bebería un té cerca del barrio Santa Cruz antes de ir a ver a sus clientes, no terminaba de creerse que el caballo rojo carmesí era absolutamente suyo y se le ocurrió quedárselo para siempre, también se retractó de la primera idea de hacerse aún más rico vendiéndolo sintiéndose absolutamente extasiado cada vez que lo contemplaba y tocaba una energía vital maravillosa lo invadía...

No hubo dado el primer sorbo a su té cuando entraron dos chicas jóvenes en la cafetería donde Isaías meditaba su porvenir, aquello lo cambiaba todo…

Las dos chicas vestidas de estilo gótico se sentaron al lado del rico judío y le sonrieron. Le clavaron sus miradas. El comerciante comenzó a sudar un poco, lo habían acorralado contra el cristal y por debajo de la mesa una de ellas le colocó una pistola en su entrepierna apretando una y otra vez y diciéndole en voz baja que le diera el caballo rojo carmesí, a lo que Isaías se negaba intentando escapar de allí, de repente llegó el camarero y todo cesó:

- ¿Os apetece beber algo chicas?
- No gracias. - Exclamó algo acelerada una de las chicas góticas.
- Espere señor cobre mi té.

En ese instante Isaías aprovechó la presencia del camarero y tras dejar caer un billete de cinco euros salió en estampida de aquel lugar, corriendo con su maletín de alta seguridad; esposado a su muñeca izquierda…

Ardah Bellohorizonte bebía un té a esas horas muy cerca de la Alhambra de Granada. Como su nombre árabe indicaba; era morena como el bronce y musulmana pero descendiente directa de andalusíes de las primeras épocas del Islamismo en Al-Ándalus. Parientes de Andaluces desterrados. Su familias fueron de las pocas que consiguieron no ser expulsadas de Al- Ándalus desde aquel día que se marchó Boabdil el rey poeta Nazarí de Granada. Ardah solía presumir de todas estas cosas sin reparos ante los dogmáticos españoles que caían rendidos ante su belleza.


La Bellohorizonte vivía en un apartamento extremadamente lujoso con su prima hermana Dalia Alamar; que acababa de llegar de Kuwait en un avión privado propiedad de un personaje muy poderoso del reino árabe. Ardah era bella sin duda, no llevaba velo, su familia le permitía estas lindes exclusivamente en el trabajo y trabajaba para un lord Inglés que coleccionaba de todo. Ella era su contacto en el sur de Europa y África. Dalia era una belleza increíble, siempre llevaba velo, solamente con ver sus ojos podías quedar enamorado de por vida. También era una mujer muy dulce y educada, sencilla en el trato, lo mismo que Ardah, solo que Dalia poseía un magnetismo venusiano y místico al que era imposible resistirse de ahí que su familia la utilizara cómo comerciante en aquellas transacciones harto complicadas de coleccionistas súper ricos y excéntricos.


Dalia también trabajaba a comisión para coleccionistas súper multimillonarios a los que no le importaban lo más mínimo gastarse indecentes sumas de dinero en objetos en algunos casos de dudoso valor. Una llamada desde Sevilla provocó que las dos primas árabes pusieran rumbo a Híspalis, al fin tenemos localizado el caballo rojo carmesí, decía una de ellas vía móvil a uno de sus clientes súper millonario. En este asunto ambas iban a medias, el trabajo necesitaría de un esfuerzo suplementario al de otros encargos de localización compra o sustracción de ciertos objetos, no visibles para el resto de la humanidad. ¿Pero qué era realmente el caballo rojo carmesí? Por aquellos días casi nadie lo sabía a excepción de Isaías Wagensberg. y algunos otros refinados y ricos coleccionistas.

Ardah y Dalia arribaron a la capital del Guadalquivir abordo de un Ferrari 550 Maranello color azul plata. Este vehículo fue un regalo que una bella rica Francesa hizo a las dos aventajadas primas por conseguirle un busto precioso conservado en perfecto estado que databa del siglo III antes de cristo. En suma, gozaban de un nivel de vida muy alto gracias a sus negocios de intercambios, como ellas llamaban a estas cosas.


Wagensberg había desaparecido de repente como si se lo hubiese tragado la calle. Las dos amigas góticas también. Tampoco se sabía con exactitud qué había ocurrido con el anhelado y deseado caballo rojo. A las tres de la tarde sonó el teléfono de uno de los clientes sevillanos de Isaías. Llamaban desde Gibraltar preguntando por él. La respuesta del cliente fue ligera y precisa:

- Aquí no ha estado. Me quedé esperándole durante toda la mañana, hablamos por móvil cuando él salió de Gibraltar. No lo entiendo, nunca faltó a una cita. – Respondió muy sorprendido el plantado comerciante sevillano.

¿Llevaba realmente Isaías el caballo rojo cuando lo abordaron las dos chicas vestidas de negro? Nadie lo sabía, nadie de todos aquellos palurdos que creían saber la verdadera historia del caballo rojo carmesí.

Ardah y Dalia pidieron un taxi después de guardar su carroza azul de los sueños. Cómo dos chicas occidentales se adentraron en el centro de Sevilla siguiendo el rastro que su contacto le indicó. Muy pronto ambas supieron que algo anormal ocurría. Su contacto en Itálica tampoco descolgaba el móvil, más extraño aún, se miraron durante unos segundos y tras esto se alojaron en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Todo con total secretismo.

Cuando Yoni Giralda se cruzó con ellas algo llamó su atención. Y fue aquí cuando se vio involucrado casi sin quererlo en esta historia. A Dalia se le había caído un rosario árabe, se agachó para recogerlo y ella se adelantó dejándole una sonrisa muy hermosa flotando en el aire. Caminaban muy deprisa. No era muy curioso, ni tampoco mujeriego, pero aquella tarde siguió a esas dos chicas sin dejarse ver, se agachaba entre los coches estacionados o se escondía en algún portal cuando intuía que iba a ser descubierto. De repente vio el gran hotel alto lujo y comprendió que le sería muy difícil acceder a las habitaciones sin ser visto por alguna cámara. En el bar más próximo se paró a beber una cerveza fría y meditar un poco aquella tontería que casi estuvo a punto de costarle un buen lío. Entonces vio a un hombre con un traje gris y un maletín deambulando cómo herido, estaba sucio, cansado y hambriento. Le parecía increíble que nadie se hubiese percatado de su presencia allí delante de aquellas mesas, de repente fue hacia él, le miró y le habló mientras con su pañuelo se frotaba la frente poblada de un sudor frio:

- ¿Por qué seguía a esas dos mujeres? Le he visto ocultándose entre los coches. – Le espetó -

No supo que responderle pero llevaba razón y aquel judío le cayó bien, aunque él en aquel momento no sabía quién era, así que intentó disuadirle para salir de aquel extraño atolladero y le respondió con simpatía.

- Simple curiosidad. Tal vez deseo, embrujo, son guapísimas señor mío.
- Déjese de monsergas. ¿Para qué coleccionista trabaja usted? – Le respondió casi desmayado y empapado en sudor –

En ese instante Yoni comenzó a sospechar que aquel asunto iba mucho más allá de lo qué podía haber imaginado, le venía demasiado grande. Quedó confundido. Se levantó de la silla para marcharse, pero aquel hombre le pidió por favor que le ayudara. Fue cuando se desmayó: llevaba en su mano un objeto envuelto en un precioso pañuelo de seda color carmesí, aunque a simple vista solo pareciera eso, un simple pero bonito pañuelo de seda.

Capítulo. II.

La gente se fue arremolinando alrededor de aquel hombre ahora sin sentido. Faltando a sus costumbres de hombre honrado cogió aquel pañuelo de seda carmesí, le pareció que Isaías quería dárselo y se lo guardó. Entonces apareció un vehículo de alta gama color negro con los cristales tintados y tres hombres muy parecidos al propio Isaías lo levantaron lo introdujeron en el aquel auto y esa fue la última vez que le vio.

Corrió hacia su apartamento situado en una calle céntrica sevillana. En un principio creyó que solo se había llevado un pañuelo pero de repente notó que no fue así. Se metió en un zaguán y lo sacó de su bolsillo, lo abrió y la vista se le deslumbró, sintió una euforia desmedida, por unos segundos tuvo la plena certeza de que el mundo con todo lo que contenía le pertenecía. Encerró en su memoria lo que había visto y salió del portal.

Cuando llegó a su piso escondido en una calleja estrecha a salvo de curiosos alguien le estaba esperando, se asustó y se volvió atrás sigilosamente. Regresó a la calle y escondió aquello en una abertura que encontró en un derribo que lindaba con su edificio, si se lo encontraban encima podía correr peligro, por otro lado nadie le vio cogerlo, nadie podía saberlo, pero puestos a elegir prefirió asegurarse y ocultarlo…

Un señor de aspecto Inglés le esperaba en su propio apartamento. Hablaba un perfecto español, le apuntó con una pipa y le esposó a una tubería, le registró y le interrogó, cuando quedó convencido de que era prácticamente imposible que Yoni supiera nada sobre la historia del caballo carmesí le dio un golpe seco y le dejó sin sentido. Debió haberlo visto hablar con aquel hombre, supuso.

Cuando despertó echó un par de tragos. Buscó por Internet información sobre la leyenda del caballo rojo carmesí pero no encontró absolutamente nada, fue cuando llamaron a su puerta. Era un mensajero que traía algo para él, abrió y recogió un sobre que contenía una nota que decía así: “Le esperamos en la suite de lujo 33 del hotel Andalusians, le daremos un millón de euros en metálico esta misma noche por el amuleto que tiene en su poder” Firmado. A y D.

¿Quién sería A y D? Yoni no podía creerlo. Entonces comenzó a albergar la certeza de que alguien debió verle coger aquel pañuelo…

Continuará…

Autor novela: Jorge Ofitas. ®.
Europa. 2013. 2017. ®.

Nota del autor:

Esta obra literaria de aventuras está totalmente concluida y se expondrá a la venta al comlpeto cuando sea posible. Mientras tanto os ofreceré los primeros capítulos hasta un máximo de cinco según la apetencia de los lectores.

El autor. 

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