El abominable hombre de las nueve. ®.

EL ABOMINABLE HOMBRE DE LAS NUEVE.

Autor novela: Jorge Ofitas.

Sevilla. 2012. ©. ®.

Capítulo I.
 
El abominable hombre de las nueve, estiró su rostro cuando comprobó que la administración del estado no le pagaría la factura que le debían por los servicios prestados. Así que ahora no podría pagarle a sus empleados, ni a los más cualificados. Sin subir a su oficina hizo algo que no era costumbre en él, emborracharse y desconectar su móvil. Recordaba aquellos años cuando fundó su empresa y todas aquellas promesas que le hicieron aquellos políticos a los que votó. Se escondió en un parque de la ciudad y meditó entre trago y trago que hacer ante la grave situación que se le avecinaba y además, nunca caía muy bien a sus empleados y eso que siempre les pagó religiosamente cada mes. 
 
Cuando regresó a su oficina tambaleándose por la calle, vio a sus asalariados arremolinados en la puerta de la cafetería donde cada mañana bebían café y desayunaban. 
 
– Ahí llega el sinvergüenza, oyó en la brisa de boca de uno de sus empleados. 
 
Tiempo atrás, alguien le puso el sobre nombre del abominable hombre de las nueve, porque siempre llegaba a esa hora y porque era estricto y de gesto estirado, exigente con todos, más nunca nadie le faltó al respeto y además, mantenía la misma plantilla. – No debo ser tan abominable, se dijo, mientras soltó un leve eructo de último sorbo de coñac ingerido. Se acercó y exclamó: 
 
– Os comprendo pero no me miréis así, mirad estas facturas que me debe el ayuntamiento, la comunidad autónoma y la administración central y ahora encima van a invertir todo esa cantidad de dinero en un banco de donde ellos mismos se han llevado el dinero. Ay. Ah, ah. – Comenzó a vomitar allí delante de todos y ninguno hizo nada por ayudarle, aunque él siempre había mantenido oculto el motivo por el que no les abonó los últimos tres meses de sueldo. Seguidamente se perdió calle abajo sin mirar atrás... 
 
Esperanza Ibarra estaba casada desde hacia años con don Indulgencio Cobista, un ilustre abogado que años atrás decidió dedicarse a la política. El feliz matrimonio tenía dos hijos varones y una chica, los tres pre universitarios. Llevaban una vida holgada y vivían en una lujosa casa de la urbanización El clarinete de oro, donde residían lo más granado de la clase política, banquera y  judicial de la región y el país en cuestión. Aquel día había nevado abundantemente y abrigarse se hacia imprescindible para andar por las calles capitalinas sin exponerse a tiritar sin descanso.  
 
– Me marcho a Bruselas cariño. 
– ¿Quieres que te acerque al aeropuerto? 
– No, yo mismo cogeré un taxi y tras esto dio un beso a su esposa e hijos y salió por la puerta principal de su mansión con gesto erguido y despachando una falsa sonrisa al chófer del taxi que le guardó su maleta en el maletero del vehículo público. Una vez acoplado en el asiento trasero infirió al conductor que le llevase deprisa al aeropuerto, bien sabía don Indulgencio que su fama de político audaz era bien conocida, entonces recibió aquel dardo en su pierna y quedó sin sentido, mientras tanto, el vehículo desapareció entre las calles con destino desconocido… 
 
Capítulo II.
 
Cuando don Blas apareció por su oficina a la mañana siguiente todos estaban en sus puestos, dio los buenos días y convocó una reunión para las once de la mañana con los jefes de sección, el jefe administrativo, el jefe comercial y el jefe de los laboratorios, ninguno de ellos puso objeciones, más él, seguía absorto y huido del mundo y todos se dieron cuenta, que aquel no era el jefe de los últimos años, al menos, eso daba a entender su mirada absorta: - Recibió a sus dos directores en la soledad de su despacho y habló: 
 
– Buenos días. He intentado rehipotecar mi casa pero no ha sido posible y todas esas promesas de que la administración va ha pagarme no son ciertas, así que quiero que digáis a todos que se marchen a sus casas, voy a cerrar el negocio…  
– Pero, señor. Podemos esperar, los medios de comunicación han dicho que van a pagar a los proveedores, exclamó el jefe administrativo con su rostro medio descompuesto por la noticia de despido, sin indemnización por supuesto. 
– Es mucho dinero el que me deben y ya no puedo soportar, los bancos no me dan nada y estas facturas no significan nada para ellos. Es imposible continuar. - ¿Y qué haremos ahora? Dijo el jefe comercial. Podríamos buscar nuevos clientes potenciales, prometo que lo daré todo y traeré clientes, de verdad, no haga eso, aún podemos intentar mantener la empresa a flote… 
 
Doña Esperanza Ibarra creía que don Indulgencio se encontraba en Bruselas,  le extrañó que no la hubiese llamado en la noche y ella nunca lo molestaba cuando se encontraba trabajando con el euro grupo, ignoraba por supuesto, que había sido secuestrado y que nunca llegó a Bruselas, ni nunca llegaría… 
 
Don Blas esperó a que cayese la noche para acometer su plan. Antes de salir de casa dejó una nota para su mujer e hijos, más el número de una caja de seguridad de un banco donde guardaba algunos ahorros para que su familia pudiesen salir de algún apuro en caso de que él nunca más volviese. Hacía algún tiempo que lo tenía todo muy bien planeado, se aventuraría en aquella mansión y robaría a punta de pistola si era necesario todo el dinero que la administración le debía, si la justicia pasa de mí y de mi familia y empleados, yo iré a buscar mi propia justicia, se decía mientras introducía las balas en su 45… 
 

Capítulo III. 

Muchos se preguntaban donde habría ido a parar todo el dinero desaparecido de bancos, cajas y administraciones públicas, pero nadie en el mundillo político, judicial o financiero era capaz de dar una respuesta fidedigna al pueblo soberano, que debía aguantar ahora duras restricciones en su modo de vida.

Las personas de tercera edad se agolpaban en las sucursales bancarias para recuperar sus ahorros o para cobrar pagas ínfimas que apenan daban para comer o pagar impuestos. No había trabajo para casi nadie, sobre todo en el sur, demasiada gente cualificada y obreros hacían colas en las oficinas de desempleo esperando encontrar un trabajo o una prestación que en el mejor de los casos solo daba para comprar tabaco y poco más.

Muchos empresarios como don Blas tuvieron que cerrar sus negocios al no poder cobrar las facturas que la propia administración les debía. Huelgas, movilizaciones políticas orquestadas en las trastiendas de los jefes sindicalistas, o en los partidos de izquierdas. Todo parecía formar parte un plan macabro con tintes de revolución. El Ministerio de justicia se veía impotente para contener aquel “tsunami” de despropósitos y desorganización que durante treinta años, políticos banqueros y funcionarios codiciosos y ladrones, habían llevado a cabo con la ayuda inestimable de su propio pueblo que ignoraba de donde procedía aquella crisis que comenzó a principios de los ochenta cuando las nuevas políticas decidieron acabar con la clase media y los pequeños comercios que eran a fin de cuentas los que siempre habían creado empleo. El partido conservador, no le iba a la zaga y siempre intentaban recuperar el terreno perdido atacando a la modesta economía de obreros y pensionistas, manipulando los medios de comunicación y destruyendo las políticas de su adversario de izquierdas, éstos hacían lo mismo, de eso se trataba, uno hacia una ley y el otro la revocaba, gastos tras gastos, burocracia y más burocracia, como locos perdidos. Mientras tanto en el mundillo financiero se frotaban las manos y algunos especuladores sobrevolaban como buitres hambrientos, los restos podridos de un sistema mal constituido desde sus inicios.

La sociedad crea a sus propios monstruos. Todas las organizaciones políticas y sus grupos de presión no eran sino una extensión más de los poderes militares y financieros que era a fin de cuentas los que comandaban un mundo donde la palabra esperanza, sólo era ya una palabra desprovista de significado y ni siquiera una utopía. Grandes hombres y mujeres de gran talento huían del país buscando el sustento bajo las alas de otros países dominantes, donde el desarrollo económico no se resentía y sus sistemas políticos no estaban tan corrompidos o al menos no había constancia de ello.

Don Blas se apostó bajo aquel árbol con sus gafas de visión nocturna preparadas, su pistola y abrigado hasta las cejas, nevaba intensamente, de repente sintió un calor interior desaforado, era como si le hubiese crecido un pelaje protector inmenso que le resguardaba del frio, sus pies parecían haber crecido, sus manos  también, como un abominable hombre de las nieves, el odio le recorrió todas las entrañas mientras miraba aquella lujosa mansión, demasiado lujosa y ostentosa para un hombre que a priori solo contaba con un sueldo de funcionario. Sabía a quién pertenecía esa casa de lujo, sabía de dónde salió todo el dinero para construir aquel palacete, sabía, quién era el responsable de que sus facturas no hubiesen sido abonadas, dio unos pasos, ya no le importaba nada y se sentía invencible, el reloj de la torre cercana dio nueve campanadas, un aterrador rugido, “dinamitó” el silencio de la noche nevada, junto a una pestilencia descomunal que invadió la brisa nocturna… 

 

EL ABOMINABLE HOMBRE DE LAS NUEVE.

 

 Capítulo IV. 

 La mansión tenía una puerta de servicio junto a una casetilla que se encontraba ubicada en el jardin trasero. Comenzó a nevar en el preciso instante que oyó la sirena de un coche de policía. Levantó la vista hacia la casa y no había luces encendidas, con una llave maestra abrió la cerradura y con un corta frío cortó una cadena que estaba enlazada al enrejado. Su respiración era acelerada y su brío lanzado de agonía y desesperación, parecía un monstruo hambriento de venganza. De repente la luz de una habitación fue encendida, se percató y se ocultó detrás de un árbol del jardín agarrando con fuerza la pistola cargada, debía encontrar la caja fuerte tal y como había planeado minuciosamente, ignoraba que don Indulgencio se encontraba en paradero desconocido y que doña Esperanza Ibarra dormía profundamente, de todas formas pensaba matarlos a todos y llevarse todo aquel dinero negro que el político ocultaba en la casa. Cesó de nevar. La luz de la ventana del piso superior se apagó y siguió su andadura hasta la puerta trasera del edificio. También llevaba una maza para rematarlos a todos en caso de que la pistola fallara. 

No solamente se sentía engañado y estafado por el estado, sentía que representaba a todos esos ciudadanos que entregaron su confianza a aquel hombre que los representó durante tantos años y ganó todas la elecciones de los últimos veinte años. La mayoría de personas de la ciudad ignoraban que aquel político que parecía tan solidario en los debates televisivos y en los medios de comunicación comenzó su carrera política cuando en vida del dictador estafaba a todos los obreros que en la sombra buscaban protección y defensión jurídica en don Indulgencio que acababa de terminar la carrera de derecho, el fue uno de los estafados con cinco mil pesetas y nunca más volvió a verlo, ni a sus mil duros tampoco. 

Quién fuese la persona que bajó del primer piso huyó como despavorida por el mismo lugar por el que don Blas accedió a la casa. No logró distinguir ni a través de sus gafas nocturnas, de quién podría tratarse, pero supuso que sería algún miembro de la familia que al oír el terrible rugido se asustó sobremanera. Subió jadeando hasta la planta superior, como si llevase dentro de si una jauría de perros desesperados, guardó la pistola y sacó la maza de hierro. La habitación de don Indulgencio estaba al final de un largo pasillo que atravesaba toda la planta, cuando llegó a la habitación conyugal no había nadie acostado en la cama de matrimonio y un desorden inusual lo contrarió, como un loco registró todas las habitaciones y no encontró a nadie ni señales de vida. La mayor sorpresa estaba por llegar, la ansiada caja fuerte estaba abierta y vacía como si alguien ya la hubiese vaciado, solamente encontró en el interior varios sobres gruesos con documentación que no dudo en llevarse.  Oyó sonidos de sirenas, por la ventana distinguió los reflejos de las luces  de tres coches de policía y dos ambulancias que llegaban por la entrada principal, esto  lo puso en alerta y salió velozmente del edificio, marchándose por el jardín trasero, harto contrariado y henchido de desesperación al haber fracasado su plan.  Alguien se le había adelantado, sin duda. Pensó mientras regresaba a su casa, paseando por las calles nevadas como un ciudadano normal que sale a respirar el aire de la noche… 

A la mañana siguiente regresó a la oficina, todos su personal se encontraba en sus puestos de trabajo como si nada hubiese pasado. Sus dos jefes le estaban esperando, cariacontecidos, sospechando que aquel sería el último día de trabajo en la oficina. Don Blas se encerró en su despacho sin dar los buenos días, había un paquete sobre la mesa que un mensajero había llevado hacia rato y que su jefe de administración hubo recogido. Leyó el membrete del envío, no sabía de que podría tratarse y no espera correspondencia para ese día y  menos de un empresa privada de mensajería. La noticia de la desaparición de don Indulgencio Cobista y de doña Esperanza Ibarra copaba todas las portadas de los diarios matutinos, al parecer habían huido del país, según algunas especulaciones periodísticas, otros afirmaban que habían sido raptados o asesinados, el ministerio del interior aún no había emitido ningún comunicado. Uno de sus hombres de confianza abrió la puerta del despacho sin avisar, al parecer, dos policías de paisano querían hablar con don Blas. 

 

 Autor relato: Jorge Ofitas. Sevilla. 2012. ©. ®.

 

Fin capítulo. IV

Nota del autor: La edición del siguiente capítulo se hará en función de las peticiones de los lectores ávidos de saber más sobre el monstruo... 

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