La salobre quietud de tu indiferencia. ®.

  • Titulo: La salobre quietud
  • Género: Drama-Místico
  • Editorial: Auto edición por Andaluza de Creaciones.
  • ISBN: 9788461606337
  • Nº de páginas: 200
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Sinopsis

Novela. Drama místico. Literatura. Poesía. Filosofía. Metafísica. Misticismo. Arte. Cultura. Autor novela: Jorge Ofitas. ®. 
Spain. 2006. ®. Europe. 2021. ®.
 

Extracto de la obra

 

Introducción:

Anarka Aristeo, un solitario poeta, vive en el antiguo caserón de sus antepasados. El verano está a punto de concluir y como cada año para cerrar la temporada de estío, tendrá lugar en Arrumacos del Mar, el estreno al aire libre de una obra de teatro de autoría anónima, titulada: “La salobre quietud de tu indiferencia”. A pocos kilómetros de allí, Kaira, una prestigiosa abogada de la gran ciudad, es invitada por una organización secreta, a un proyecto en el cual ella será la gran protagonista, tras las paredes de un antiguo monasterio.

Os dejo con la novela, esperando que sea de vuestro agrado.
El autor: Jorge Ofitas.

De noche Griegas.
Versos.

De noches Griegas hetaira,
Por palacio en el saber,
Con cuentos de mitología,
Que se escondieron ayer…
Que en hogueras de sapiencias,
Sabio, el Pireo es…

De tiempos medios liberto,
Quisiera, quisiera ser,
Para ahogarme en el lamento,
De los que dejé a mis pies…
Que no valdrán las insignias,
Ni el concepto en el amor,
Y solo quedará el hermano,
Y el verdadero color…

¡Viento! ¡Viento en las cruzadas!
Derritiendo las espadas,
De oro, sangrientas.
Que no se olvida la afrenta,
De aquel, que arrojó a la llama,
Aquella poesía llana,
Sin bastarse en la mañana,
También se quemó al poeta…

¡Luz de color! ¡Ven luz de color!
Que aunque todo esto es dolor,
Siempre quedará el dulzor,
Del amor qué aprieta…

 

Capítulo I.
Anarka y Arrumacos del mar.

Anarka Aristeo daba una ojeada a los titulares del diario matutino. Terminó su café solo y su copa de anís dulce, así que se puso en pie mientras atraía con su mirada al propietario de la mugrienta taberna, soltó la prensa sacó dos monedas depositándolas sobre la agrietada y añeja barra de madera; que desprendía un característico olor a vino añejo de barril. Siempre frecuentaba el mismo bar y no se despidió. Anarka era un hombre de pocas palabras y casi siempre “se iba a la francesa”.

Una vez en la puerta del bar se frenó y miró a ambos lados de la empedrada calle; recién regada por los servicios de limpieza del ayuntamiento para refrescar el pavimento, antes que el insolento astro rey impusiera sin miramiento su ardor estival.

Vislumbrado el adoquine, giró hacia la izquierda y anduvo calle arriba. Esta era una de las cosas que más le gustaban de su pueblo: Sus empinadas y empedradas calzadas, sus casas blancas con los balcones repletos de macetas cubiertas con flores delicadas; de los más variados aromas y colores.

A esas horas de la mañana, único momento del día en el que Anarka se dejaba ver, la brisa le acercaba a sus sentidos un leve aroma a pan recién hecho. Un transeúnte le espetó un tímido saludo y un ligero efluvio a anís le indujo a pensar (pues aún reinaba el saborcillo en su paladar a café solo anisado) que tal vez estuviese bien tomar otra copa antes de volver, pero a la hora de decidir que bar acometer desistió de la idea. Fue cuando llegó a la plaza mayor.

Por la plaza mayor solo estaba permitido circular en bicicleta o a pie, esto gustaba a Anarka. Pues, soñaba con el día en que se acabase el petróleo. Entonces la humanidad tendría un buen motivo de reconciliación… - Cavilaba.

Anarka pausó el paso cuando vislumbró el quiosco ambulante de frutos secos que su dueño situaba cada mañana por las proximidades del mercado. A pesar de que no debía gastar más allá de lo necesario, el olor a nueces de macadamia recién fritas le hicieron olvidarse por un momento de su debilitada situación económica pues su estómago ron-roneaba como un gato enroscado en una caricia. El vendedor ambulante preguntó con voz grave y un bigote tumultuo¬so con sospechas de migas de pan:

- ¿Qué desea?
- ¿La macadamia está recién frita?
- ¡Si señor! ¡Y las avellanas riquísimas también! ¿Le pongo de las dos?
- No gracias. Solo de estas. Cien gramos.
- Aquí tiene gracias. Anarka… Su padre fue el mejor hombre que tuvo Arrumacos…
- Gracias a usted, gracias…

Cuando dio la espalda al vendedor no dudó en extraer una nuez del cucurucho de papel de estraza, a pesar de correr el riesgo de dar un mal bocado y verse abocado a otra rotura dental. Aún no había terminado de saborear el primer mordisco. Miró al frente. La iglesia mayor, de estilo gótico se exhibía como una señorita elegan¬te que va a recoger flores al prado. Decidió entrar a ver las pinturas y la imaginería de alto valor artístico, aunque la religión cristiana le confundía.

No entendía como algunas imágenes iban tan pertrechadas de joyas. Si Jesús de Nazaret volviera algún día esta gente se llevaría una buena bronca, dijo para sí.

Dos mendigos sentados esperaban en el rellano de la parroquia, uno sin piernas, casi sin pelo y sin dientes, el otro portaba un cartel donde se podía leer: “Tengo cáncer y cinco hijos”. Anarka soltó una pequeña moneda a cada uno y con su mano derecha empujó el pesado cortinaje que daba acceso al templo. El sacerdote pronunciaba unas palabras en latín. Entonces se volvió. Había una misa de difuntos, por lo que aplazaría la visita para otra ocasión. Era sabedor de que no se debía enterrar a un ser humano antes de los tres días posteriores al fallecimiento, porque podría provocar en la mayoría de los casos un daño irreparable para el alma. En la actualidad se enterraba o se incineraba a los fallecidos solo veinticuatro horas después de la expiración.

Cabizbajo llegó a la plaza de los dragos milenarios. Los empleados de los puestos de flores que adornaban la redonda plazuela comenzaban su jornada laboral entreabriendo las puertas acristaladas, el trasiego de personas, turistas y curiosos empezaba a dejarse notar al igual que una mujer de aspecto henchido y saludable (con más ropa de lo acon-sejable para las temperaturas que se preveían) soltaba a diestra y siniestra algunas semillas, a un nutrido e inquieto grupo de palomas, gaviota perdida incluida, mientras, los cinco dragos, que cuadraban la plazoleta recibían agua de una manguera que portaba un jardinero con gesto adormecido…

Ya había consumido la mitad de las nueces. Se paró delante de los carteles del cine, ponían a la noche una película que le hubiese gustado ver pero no valía para colarse y ya se había extralimitado con el gasto. El cine le apasionaba y le traía bonitos recuerdos de su niñez, tal vez, los únicos, había también otras experiencias que nunca reveló…

Aligeró el paso, cayó en la cuenta que tenía una cita con Litúrgico Crux para navegar un rato por Internet y así ponerse al día de noticias extrañas de las cuales los medios audiovisuales y los diarios clásicos del kiosco no ofrecían la menor reseña. Era por esta razón por la que accedía a la red, pues en realidad su opinión sobre Internet era otra muy diferente.

En ese instante mientras oteaba los alrededores del mercado, vio a Litúrgico con un diario en la mano y ensimismado leyendo alguna noticia o artículo. Anarka le ceceó y su amigo giró el rostro, cuando este se hubo cerciorado sonrió abiertamente, Anarka fue hacia él con gesto impasible y su humor negro: - Déjame tu diario, quiero ver las necrológicas. Es lo mejor del periódico. – Sonrió levemente. – Litúrgico comento la noticia del día.

- ¿Te has enterado del nuevo atentado?
- ¿Y tú te has enterado del nuevo genocidio? Esto sí que es el pan de cada día. Es totalmente injusto al bombardeo de sangre al que someten a millones de ciudadanos, parece que disfrutan.
- Es cierto. Siempre ponen las imágenes más sangrientas a la hora de comer. ¿No te parece un buen título para una novela? “Digestión mortal, je, je, je…
- Creo que el mensaje está muy claro, solo se trata que nos conformemos con lo que tenemos, además, le viene de peras, porque siempre consiguen su propósito.

Litúrgico cambió de tercio, pues en su ínfimo ser era conservador y era la misericordia disfrazada la que lo movía a no romper la relación amistosa. ¿O tal vez no? Tal vez solo fuese pura inconsciencia, quizá cómo la de la mayoría…

- ¿Tienes dinero?
- No. Ya sabes que solo tengo para un café y una copa diaria. Soy pobre. ¿Lo olvidaste?
- Hoy tengo yo. ¿Te apetece un anís?
- ¡Tú siempre tienes dinero! Entonces vayamos calle arriba.
- ¡Qué manía tienes con no entrar en ciertos bares!
- Los bares no son lo que parecen, querido amigo. Algunos son centros importantes de información sobre la vida íntima del prójimo. Yo podría contarte como un simple comentario o cotilleo de bar llevó a un hombre a la muerte.
- Estoy de acuerdo, ¿pero si tú no hablas cuando estás en el bar qué más da un bar que otro?
- Pasemos página. ¿Me dirás que tenías que decirme con tanta urgencia?
- ¡Pues claro! Quiero que veas algo que descubrí anoche en la red, estoy abrumado y tengo miedo.
- Hablamos del miedo en una ocasión y creí que el tema quedó bastante claro. Nunca te arrepientas de lo que acometas ni tengas miedo de nada pues eso es justamente ser esclavo.
- Esto es un asunto de envergadura algo… No. No tengo palabras. ¡Tienes que ver el contenido de este disquete!
- No quiero verme mezclado en tus asuntos cibernéticos. Bastante tengo ya con mis propios problemas… Además, abogo con suma bondad por el bien de la humanidad por la desaparición de la informática y sus cacharros brujeriles voladores que van pululando por ahí enfermando a la gente.
- Qué estás diciendo… La tecnología es el futuro… - Agregó, Crux.-
- El tiempo no existe querido amigo…
- Mejor dejarlo así…

Los amigos siguieron caminando, el silencio se hizo entre ellos. Instantes después, el solícito Litúrgico recibió una llamada de su novia y aplazó el paseo con Anarka, este siguió caminando hacia la playa, resuelto a culminar el día con un paseo de rosado atardecer…

Al caer la tarde Anarka emprendió el camino de regreso a casa. Cuando giró en la primera esquina que conducía a la calle se cercioró de lejos antes de seguir avanzando; que no había nadie apostado en su puerta o alrededores. Volvió a otear pero no había nadie en los balcones de las casas colindantes. Además, discernió, a estas horas no creo que corten el agua y supuso que tal vez podría permitirse darse una penúltima ducha antes de que el retén de corte volviese por la mañana.

Con la noche en puertas las altas temperaturas que asolaron Arrumacos durante el día, aflojaban y, algunos vecinos (poco solventes y más sanos sin climatizadores) salían a tomar el aire al balconcillo, curiosamente no vio a nadie, así que sin demorar más su paso arribó a su portal…

La cerradura tenía truco y no funcionaba bien desgastada ya por el uso, tuvo que realizar dos o tres guiños con la llave para que el pestillo cediese, lo que la mayoría de las veces conseguía, menos en un par de ocasiones, que tuvo que acceder a la su casa por la puerta de atrás. Situación poco aconsejable, pues había que cruzar un pequeño trecho de la casa colindante y el propietario, odiaba a Anarka, por esto se hizo de dos perros adiestrados (y de boca espumosa a modo de rabia) y cuando el hombre intentaba acceder a su morada, en más de un lance se había llevado algún que otro arañazo de los canes. Sabía que su vecino estaba incumpliendo la ley al construir sin permiso y tapando parte de su entrada trasera, también era consciente del poder disuasivo que aquel hombre podía ejercer en una sociedad como aquella. Hacía algún tiempo que determinó que tendría las de perder en caso de tener que pleitear con aquella víctima de su ego, rica y bien relacionada aunque por fortuna no todos eran así.

Una vez dentro cerró deprisa y volvió a echar la llave en el cerrojo de casi dos siglos de antigüedad que aún estaba instalado en la parte trasera desde la inauguración de la casa y que al parecer había dado muy buen resultado.

Lo mantenía todo muy limpio, también es cierto que era por rachas. Todo dependía del ir y venir de sus meditaciones, él, era muy dado a la introspección que a veces lo mantenía días enteros sin salir de casa. Esto, irritaba a su único amigo, pues cuando este intentaba ir en su busca, Anarka, no abría la puerta. En ocasiones discutieron poreste motivo y podían llevarse hasta meses sin dirigirse la palabra, pero al final siempre reinaba la concordia tras un largo abrazo y un par de anisados.

Sentía debilidad por su íntimo retiro y pasaba horas cuidando su atril de macetas aromáticas y otras plantas. Allí había sembrada petunias, claveles, romero, perejil, y otras flores. También una enredadera que subía hasta la azotea por una pared blanca de cal. Junto a esta había un viejo y agrio naranjo que siempre florecía en primavera y, su jardinera móvil de rosas blancas que tenía ubicada junto a la habitación acristalada de color verde botella y que hacía las veces de vivienda.

La estancia era rectangular y tenía ubicado un catre de 1,35 entrando a la izquierda, pegado al ángulo derecho de la habitación. Las pare¬des estaban cubiertas de símbolos esotéricos, religiosos y filosóficos. Al pie del muro frontal que se levantaba frente a la puerta había una pequeña mesa donde reposaba un ordenador que no funcionaba por falta de electricidad y un sin fin de recuerdos del pasado: porta velas, una foto de cuando era niño, un pequeño ángel dorado que dormía sentado sobre el ábaco de una diminuta columna griega, un vaso con agua, romero, una rosa de plástico y un elefante indio de madera con alegorías mágicas en ambos lomos. Junto al escritorio había un armario empotrado con las puertas casi descolgadas por faltas de bisagras y donde Anarka escondía lo poco que escribía. Sobre el suelo había una alfombra que llevaría un par de años sin recibir un auténtico limpiado. En el centro de la moqueta (que tenía en sus motivos todos los colores del arco iris pero diversificados) había dibujado un pentagrama con inscripciones en su interior. Al final de la habitación se encontraba su pequeña librería con no más de 300 volúmenes, había poca lectura pero buena y profunda, liberadora para un iniciado en esoterismo, filosofía y otras culturas coherentes y fiables.

Desde su punto de vista había que releer a los clásicos antiguos, pues los grandes libros de la antigüedad desaparecieron con la Santa Inquisición que destruyó gran parte del legado cultural de nuestros antepasados para poner una venda al vulgo y que no evolucionasen. Estaba de acuerdo con una frase que dijo un filósofo norteamericano: “Todos son notas al pie de Platón”. El nuevo milenio, pensaba para sí, traerá el despertar para los hombres tras dos mil años de ceguera dogmática, guerras, hambre, epidemias, locuras y sobre todo dicotomía o lo que es lo mismo, esquizofrenia. No culpaba a nadie de este hecho sangrante de la historia de la humanidad pues, tenía resuelto a las claras que todos los que habitábamos el planeta en la actualidad eran tan víctimas como él. Hay muchas formas de arreglar el mundo que no es lo mismo que afirmar que el mundo no hay quién lo cambie o los tópicos maléficos: “Las guerras siempre han existido y siempre existirán”…

Anarka no se consideraba poeta propiamente dicho, pero Litúrgico si le estimaba este don aunque su amigo esquivaba el tema si aquel se lo comentaba echaba a reír y añadía; “Eso son palabras mayores”. Por esto Litúrgico nunca le hablaba de poesía, la última ocasión que se le ocurrió hacerlo fue en el comienzo de la primavera de dos años atrás cuando descubrió sin intención un poema que Anarka había dejado so¬bre el escritorio de su estancia, cosa extraña pues siempre introducía lo poco que escribía por la ranura del portaje del armario roído o dentro de un viejo cofre que tenía la parte superior atestada de cacharros inservibles. Aquellos versos los escribió Anarka una plácida noche después de regresar a casa bajo los efectos de un poco más vino de la cuenta y estaban dedicados al naranjo agrio que se erguía en su patio y como es bien sabido florecía en primavera invadiéndose la casa de un intenso aroma a azahar que las demás flores del jardín parecían percibir y observar con indiferencia despeinada y envidiosa…

Flor del naranjo.

Dónde voy caminando entre esta niebla.
Quién se acerca en penumbra.
Voy clareando.
Finales de invierno albores de marzo,
Sedados entre amores,
Flor del naranjo…
Buscando el camino chorros de agua,
Luz de cantina falsa esperanza;
Olvidando sueños, pidiendo calma.
Primavera que asoma falso payaso,
Que nunca te olvido, flor del naranjo.
En este refugio te rememoro,
Lágrima que acucia ya por mis labios,
Por este recuerdo de arena el paso.
Cuántos fallidos tuve corazón.
De aquella mirada, de aquel desgracio;
Mordiente azahar, flor del naranjo.

Como Anarka era casi vegetariano no tenía demasiados problemas para nutrirse, pues Arrumacos pueblo poseía ricas huertas. A veces también comía pescado pero era muy raro, solo cuando Litúrgico le regalaba algún ejemplar capturado en el lujoso yate durante las travesías que su potentado suegro organizaba para la familia y allegados o cuando visitaba Cabo Zueto y el Indo u otro vecino del lugar le invitaba. Sobre todo lo que le rodeaba, amaba sus plantas y albergaba proyectos para perfeccionar su técnica y crear un maravilloso jardín por toda la finca y en eso se las veía, los gastos mensuales se dispararon.

Anarka se sentía más preocupado por el corte de suministro de agua que de la decoración y limpieza de su habitáculo. Se encontraba apenado por la casi segura posibilidad que su pequeño jardín se quedara sin agua y se auto culpaba por haberse extralimitado ese mes en la compra de viejos libros.

Respiró aliviado al comprobar que guardaba una buena reserva de velas pues la luz eléctrica llevaba cortada dos meses, no se podía quejar; durante gran parte del día cuando las nubes no oscurecían el cielo de Arrumacos el sol inundaba todos los rincones del casi derruido caserón.

La comarca bañada por el mar, poseía un microclima y los veinte grados de media perduraban todo el año. El invierno era un suplicio, sobre todo los meses de noviembre a febrero, debido a la humedad y las roturas del techo que en más de una ocasión provocaron inundaciones en la casa con el correspondiente riesgo que esto suponía para la estructura gastada y corroída por el salobre y el tiempo.

Se acercó a la pequeña estantería donde reposaban los pocos libros que poseía. Minutos antes estuvo comprobando con alegría, que tenía agua corriente, pero justo antes de introducirse en el plato de ducha se acordó de Ernest Hemingway y su libro “El viejo y el mar”. De repente sintió la necesidad imperiosa de ojear aquel libro y fue a buscarlo sin ropa encima, cogió su sucia toalla y la colocó a los pies del naranjo, sentarse con los pies entrelazados recostó la espalda sobre el arbolillo y abrió aquel volumen que tenía algunas páginas pegadas por el desuso y la humedad reinante en la casa, abrió la tapa, pasó las primeras páginas y leyó:

“Era un viejo que pescaba solo en un bote”. Ya hubo leído ese libro unas cinco veces pero en ocasiones sentía la necesidad de ir a buscarlo y releer esa frase tan llena de magia para él. “Era un viejo que pescaba solo en un bote”. – A priori no es una frase que nos indique gran cosa, discernía, pero en realidad no es así. Mientras cavilaba sobre una de sus frases favoritas echó la cabeza hacia atrás y comprobó que el cielo iba oscureciéndose, la luna se vería llena desde allí sobre las tres de la mañana, resumió para sí.

Solo bebía una copa de anís por la mañana y un vaso de tinto por la noche en la cena, pero en las noches como aquella sentía la necesidad de fumar un poco de marihuana, subir a la azotea o sentarse bajo su naranjo a oír música.

Debía darse una ducha y andar unos cinco kilómetros para ir a comprar un poco de hierba, desistió de la idea y se envolvió de agua bajo la chorretada con la mirada quieta en las enredaderas adornadas de damas de noche. Cerró sus ojos e inspiró aroma mientras las primeras gotas de agua resbalaban por su blanquecina y delgada piel.

Cuando se hubo aseado cruzó la puerta de la estancia y divisó su pe¬queño cofrecito de madera donde en ocasiones guardó hierba sobrante de algún cogollo. Quedó entonces pensativo durante algunos segundos y posteriormente sin dudarlo abrió la cajita y sorpresa, encontró un buen cogollo olvidado desde la última luna. Lo palpó y olfateó, comprobó que aún estaba en buen estado por lo que se colocó una camiseta negra y una bombacha del mismo color y aderezó su pequeña argila que utilizaba solamente una vez al mes, menos cuando había fiestas.

Odiaba el tabaco y los medicamentos y tenía sus motivos. Sólo una vez al mes cuando el lucero en su creciente se exhibía pletórico en el cielo nocturno, él decidía relajarse un poco y si tenía suerte y aparecía alguna musa inspiradora por su mente, tal vez podría componer algún poema o meditar largo rato con música: jazz, budista, tántrica o flamen-ca…También le gustaba la danza flamenca, pero solo tuvo una ocasión de presenciar un espectáculo como ese en una ocasión que le tocó un asiento en el sorteo anual de festejos del ayuntamiento de Arrumacos. Desde aquel día, quedó prendado del teatro y de la danza flamenca…

Nunca se comprometía para un paseo con Litúrgico Crux los días de luna llena…

Después de preparar una somera cena condimentada con una ensalada de lechuga, tomate, cebolla, ajo, aceite de oliva un chorreón de limón y acompañada de un vaso de tinto, se sentó bajo su naranjo a despacharla. Comía lentamente mientras pensaba en la infelicidad que le esperaba a su buen amigo si finalmente decidía casarse con esa mujer. También era consciente que ni él ni ninguna otra persona tenía derecho a opinar ni a inmiscuirse en asuntos de pareja, es de lo más contraproducente. Dedujo.

Dio un penúltimo sorbo a su chato de vino y presto recogió el plato dejándolo sobre el fregadero de barro (con alegorías cristianas) que aún subsistía el paso de los años. No enjuagó la bandejita, la noche acechaba inminente pero en esta ocasión se preveía una anochecida iluminada…

Cruzó el marco de madera desgarrada y podrida de la puerta de su habitáculo, con su mano izquierda asió un cojín árabe (que encontró a muy buen precio en un bazar de Arrumacos) y con su mano derecha la arguila que había condimentado y acicalado antes de cenar.

Se dirigió a la planta alta, su intención era evidente, coronar el último piso. Desde la azotea, las noches como aquella que se preveían agradables, la vista de la bahía de Arrumacos, con sus barquitos blancos y celestes reposando salobres sobre una playa calma, colmada de luna; se hacían sentir y, por algún espacio de tiempo tenía la certeza que merecía la pena estar vivo. Y sólo, pues no hay porqué tener compañía para amar ciertas cosas. Discernió…

Envuelto de aroma y serenidad abordó el primer escalón sorteando los escalones siguientes, presumiblemente huecos, tropezando con algún otro a media luz con sus manos ocupadas (lo que le impedía agarrase al pasa manos) finalmente consiguió coronar la azotea con cojín y arguila en mano…

Capítulo II.
Kaira y el monasterio perdido

… La mañana despabiló en la gran ciudad soleada y calurosa…

Alrededor de las 9:00 A.M. Kaira recibía un correo confidencial. Lo leyó atentamente y cuando hubo concluido su gestó denotó una somera sorpresa.

La futura abadesa de la Abadía de San Miguel no era dada a ningún tipo de extravagancias y de todas maneras no se las podía permitir. Sus subordinadas podrían interpretar este comportamiento como una debilidad, siempre debía mantener un aspecto facial pétreo e impenetrable; aquella noticia la contrarió y no pudo evitar un gesto fruncido.

Miró hacia su escritorio y comprobó que seguía atestado de documentos y tramitaciones de divorcio, no era para menos, el bufete que dirigía Kaira (catedrática en derecho civil y licenciada en psicología) era uno de los más prestigiosos de la ciudad por el éxito de sus letradas en los numerosos contenciosos de separaciones matrimoniales; además, era bien sabido que nunca habían perdido ni un caso…

Todos los empleados de esta empresa insigne eran mujeres. El género masculino allí no caía muy bien y curiosamente ninguna de las empleadas del bufete podía estar afiliada a ningún partido político ni organización del tipo que fuese. Esta era una de las normas para que admitiesen un currículum. Pero sobre todo, para formar parte de las más de cincuenta mujeres entre las que había: abogadas, economistas, graduadas sociales, o juristas de primer nivel, había que conocer a Alicia Brown, la preferida del momento y mano derecha de la futura legisladora del monasterio perdido…

Alicia entró sin avisar. Siempre lo hacía. Kaira no se inmutó ante su presencia y continuó observando por uno de los ventanales algún he¬cho curioso que tenía lugar en el exterior del recinto, entonces la recién llegada abordó a la bellísima y le dio un beso en los labios, la jefa interrumpió un posible arrumaco.

- Hay noticias.
- Bien. Ya era hora. – Exclamó Alicia Brown con su tez algo alegrada por la novedad.
- No es lo que creíamos y no es para sonreír.
- Entonces. ¿Qué ha ocurrido? – Kaira se acercó a la chica y la penetró con su grisácea mirada de gata y añadió:
- Las chicas del otro lado abandonan. – Alicia se fue hacia la ventana harto contrariada y dijo algo más:
- ¡No puede ser! ¡Sin ellas se acabó!
- Están muy vigiladas. Y también afirman que al poseer información detallada del proyecto no se arriesgarán a ser descubiertas.
- Son unas cobardes. ¡Si, eso es lo que son!
- ¡Sabes qué no me gusta que hables así! Y aquí. No desanimes, aún queda tiempo para hacerlas cambiar de opinión.

Kaira besó a su chica y la conminó para salir unos minutos a beber un café, al bar situado en los bajos de aquel edifico de oficinas. Quería resarcirla por el grito que le había soltado segundos antes…

La letrada miraba hacia la puerta de salida de la distinguida cafetería, cavilaba para sí sobre sus enrevesados asuntos y seguía sin prestar atención a su guapa acompañante. Sin embargo, Alicia la incitó con un suave gesto de su mano para indicarle que los dos cafés estaban servidos y prestos a ser volcados en los vasos con cubitos de hielo. La temperatura en el exterior del recinto rozaba los cuarenta grados y el aire acondicionado del local invitaba a refocilarse un poco. Las dos mujeres se sentaron en una mesa algo apartada de posibles curiosos y entre sorbo y sorbo de resultante cafeína el silencio adquiría dimensiones inimaginables para Alicia, así que intranquila e insegura intentó alegrar la tertulia:

- Podríamos visitar aquel paraje norteño donde abundan los salmones. En una ocasión me comentaste que anhelabas ir de pesca por allí.
- Sabes que no me gusta hablar de mis intimidades en lugares públicos. Y siempre debo repetírtelo. Esta misma noche salgo en un vuelo con rumbo desconocido. Eres la única que lo sabes. No me mires así no puedes acompañarme. Es una reunión al más alto nivel. Esto es lo que creo. No puedo decirte más.
- ¿Y se puede saber a qué lugar de este atávico planeta te diriges? Al menos mantenme informada de qué estás bien. No es mucho pedir.
- Eso no lo sé ni yo. Subiré a ese avión y nada más. Es por seguridad.
- ¿Me llamarás?
- No lo sé.
- ¿Quieres que me marche? Tal vez te apetezca estar sola.

Kaira sonrió ante el comentario e incorporándose de su acomodo requirió a su amante para que la acompañara al aseo, Alicia con media sonrisa pintada en su cara la siguió complacida…

Aquella misma tarde Kaira siguió las indicaciones de su mensajera en clave: Iría ataviada con un vestido largo de color azul oscuro y nada más. Ni bolso ni símbolos decorativos y por supuesto, ningún tipo de joya. Las joyas estaban totalmente prohibidas en las directrices de la vanguardista organización. El mensaje concluía escuetamente:
“Un coche la recogerá en la puerta de su domicilio sobre las siete”.

Ojeó el reloj de cuco que colgaba de la pared de la cocina y comprobó que aún faltaban diez minutos. No pensaba llamarla para despedirse. Sabía que Alicia no era como ella, además, ya no sentí la “chispa” de las semanas anteriores y como no quería dañarla debía acostumbrarla a que la echase de menos. Muy conocedora de sí misma y, por tanto sabedora que tarde o temprano volvería por los fueros de su promiscuidad indomable, Alicia era sensible y fiel, sería muy complicado encontrar a alguien que la amase como ella, de todas las maneras a la abogada le esperaba un trajín desaforado y esto, le hacía albergar serias dudas de que fuese a contar con tiempo suficiente para volverse a enamorar de otra…

Se acercó pausadamente al ventanal que ofrecía un aspecto tétrico de la ciudad; oscurecida repentinamente como si cubriesen un circo instalado al sol libre y reflejo, con un toldo gris abombado por el uso.

El retumbante trueno que oyó minutos antes la hizo dudar sobre el despegue del presumible vuelo que debía tomar esa noche. De repente una inmensa tromba de agua de finales de estío regó las calles y limpió el aire. En el mismo instante que comenzó a escampar un vehículo de alto lujo color negro se paró justo en la entrada de la lujosa residencia en la que moraba la letrada.

Bajó las escaleras hasta la planta baja y comunicó a su conserje que tardaría varias semanas en volver, que guardara la correspondencia y que si alguien preguntaba por ella dijese que había salido a un largo viaje. El hombre de unos 50 años parecía no enterarse de lo que ella le decía, sobre todo por el gesto de embobamiento que denotaba su rostro ante tanta belleza. Kaira era de complexión delgada con 180 centímetros de pura fibra, ojos grisáceos, su piel blanca parecía tan suave que daban deseos de acariciarla para siempre. Normalmente llevaba el pelo muy corto lo que hacía resaltaba más si cabe sus otros rasgos, sus labios carnosos (de movimiento armoniosos al hablar) y sensuales dejaban entrever una dentadura impecable con atisbos de prosa sincera…

La lluvia había cesado, aquel coche de color negro seguía allí, pero nadie bajó del lujoso vehículo para recibir a Kaira, entonces se abrió la ventanilla del copiloto: Una mujer con aspecto musculoso de piel muy blanca y cabeza rapada le indicó con uno de sus dedos que subiese a la parte de atrás, misión que llevó a cabo la letrada sin mediar palabra ni mirada. En ese instante volvió a oírse otro trueno rasgar el firmamento…

Kaira no tuvo que abrir la puerta del automóvil, pues alguien lo había hecho desde el interior. Agachó la cabeza y en el otro extremo del amplio asiento trasero (de piel color blanco) que desprendía un olor característico a cuero entremezclado con el elegante perfume de la bellísima mujer de raza negra y con dentadura impecablemente blanca.
La recién llegada no distinguía bien debido a la oscuridad que reinaba en el interior del compartimiento del ostentoso vehículo…

- Hola Kaira. ¿No me recuerdas?

La chica de raza negra accionó la luz interior del asiento trasero y cerró el separador acristalado tintado con protección antibalas incluidas, pues la conversación se preveía confidencial.

- Por supuesto que te recuerdo Adolfina, estudiamos juntas en la universidad. No esperaba que fuese tú.
- ¿La que viniera a darte instrucciones? ¿O la futura secretaria de organización?
- Futura secretaria de organización. Enhorabuena. Compruebo que conseguiste lo anhelado.
- Gracias Kaira.
- ¿Entonces para qué has venido? Exclamó Kaira que clavó su mirada penetrante de felina en su acompañante mientras esperaba respuesta.
- Quería verte, es decir, debía verte. Órdenes.
- Habrás comprobado que me encuentro perfectamente.
- ¿Quién es Alicia Brown?
- ¿También la vida privada forma parte de todo esto?
- También. Y es solo el principio. Se controlará todo. Cualquier detalle dejado en el olvido puede ocasionar una terrible tragedia y ahora te volveré a preguntar. ¿Quién es Alicia?

Kaira guardó silencio durante unos segundos sin apartar la mirada a su acompañante y respondió:

- Es empleada del bufete.
- ¿Sabe algo del proyecto?
- La comunicadora en clave dio autorización para reclutarla. No temas, es lesbiana de nacimiento y además está muy enamorada, es mi secretaria particular. Nada más.

Adolfina dio dos toques con los nudillos de la mano derecha y el conductor paró el coche.

- Aquí te apeas tú. Buen viaje. Antes debes tragarte esta cápsula, sabemos que padeces aerofobia.
- No Adolfina. Me niego. No lo creo necesario.
- Lo siento pero son normas del alto mando, deberías de saber que la directora no quiere contratiempos. Todo esto es por la seguridad de todos, solo es un potente somnífero, no temas.

Kaira accedió y tragó la pastilla, seguidamente se bajó del coche no sin antes despedirse.

- ¿Volveremos a vernos?

Adolfina la miró intensamente y asintió con la cabeza, la letrada cerró la puerta del vehículo y este salió veloz de la pista de aterrizaje. De repente sintió un intenso mareo y se desplomó. El sonido de unos potentes motores a reacción fue lo último que oyó, segundos antes de caer desvanecida en su asiento de clase vips.

Kaira despertó del sueño provocado, súbitamente, sobresaltada por una pesadilla., algo mareada y con náuseas. Una mujer ataviada con una camisa gris y falda hasta las rodillas del mismo color que se encontraba sentada frente a ella y no le quitaba la vista de encima se incorporó al ver despabilar a la abogada.

- ¿Quién eres tú? ¿Y dónde estoy? ¡Soy un alto cargo, te exijo qué me lo digas!
- Esté tranquila. Verá como se le pasa con este comprimido, beba un poco de agua…

Kaira atendió a la joven azafata e hizo lo que le recomendó, transcurridos unos minutos parecía haberse quedado nuevamente dormida, la guapa asistenta volvió a sentarse pero oyó:

- Por favor. ¿Puede alguien decirme que sitio es este?
- Solo estamos usted y yo. Le recomiendo que se tranquilice.
- Por favor, dígame donde estoy.

Kaira padecía en silencio aerofobia, si bien es cierto que el servicio secreto de su organización lo sabía, con ella hacían una gran excepción.

- No puedo decírselo, se ha despertado antes de aterrizar, ahora debe volver a dormirse aún quedan varias horas de vuelo.
- ¿Quién eres tú?

La joven no aparentaba más de dieciocho años y parecía una representante de los círculos de belleza por su elegante porte y su estilo al moverse, sin dejar de mencionar su perfume y su elegante ropaje, que a buen seguro hizo más efecto en Kaira que el propio comprimido respondió desde sus ciento ochenta centímetros.

- Duérmase.

La azafata besó en la frente a la distinguida pasajera y volvió a su asiento donde ojeaba una revista de moda.

Horas más tarde sintió un fuerte zumbido justo antes de que aquel jet privado posara sus neumáticos sobre el alquitranado asfalto del pequeño aeropuerto. Sin que le diese tiempo a abrir sus párpados la deslumbrante modelo se le acercó y le colocó una capucha negra a lo que la futura directora no puso objeciones, sabía a la perfección cómo funcionaban los entresijos de la organización.

- Un coche la está esperando en la pista. No tiene que preocuparse por nada, yo misma la acompañaré hasta el vehículo, ha sido un honor conocerla.

Kaira hizo un gesto con la mano dando a entender que sentía lo mismo.

Tal como se preveía la letrada fue introducida en un mono volumen de color negro que salió a toda pastilla de aquella pista de aterrizaje sin controles ni aduanas. La noche era despejada y clara.

La futura directora se recuperaba de su estado de somnolencia, el vehículo pareció aminorar la marcha tras dos horas de trayecto, ella intuyó que aquello era final del viaje y así fue. El coche frenó en seco. Seguía en el asiento trasero con la capucha negra y amordazada. Oyó como el conductor se apeó, alguien caminaba acercándose al coche. La puerta se abrió y alguien la ayudó para salir mientras otra persona la desataba. El canto nocturno de los grillos le indicaron a las claras que no pisaba terreno urbano y sin poder dilucidar que había a su alrededor fue introducida en el interior de aquel monasterio por una puerta con forma de arco. Aunque no pudo ver el entorno en el que se encontraba antes de entrar allí sabía que se encontraba en plena naturaleza, su intención no era otra que poder mirar hacia las estrellas para situarse, no pudo hacerlo y se adentró en aquella abadía. Una de las mujeres que la seguían aceleró el paso y la cogió de un brazo;

- Otra vez estamos juntas. ¿Qué tal ese viaje?
- ¿Todo esto era necesario? El viaje bien Adolfina. Gracias.

Kaira se sentía desconcertada, pues todo estaba rodeado de un halo de misterio y aunque se sentía segura con su gente, no era muy dada a las sorpresas, todo lo que concernía a su vida era un perfecto engranaje bien engrasado…

Aquel monasterio en medio de la campiña cercana al mar, la hizo sospechar que allí sería donde tendría lugar la reunión aplazada en conta¬das ocasiones por motivos de seguridad de la dirección, ya que las diez ostentaban cargos públicos de primer nivel en sus respectivos países de procedencia. Adolfina caminaba con rostro pétreo y porte erguido, Kaira le preguntó algo; -

- ¿Él está aquí?

Preguntaba por Alister Black, el crea¬dor del gran proyecto y el que lo puso en marcha. Adolfina sonrió pícaramente y le dijo:

- Nunca se sabe amiga. En esta ocasión tampoco lo sabemos. Kaira no contestó.

El grupo de unas veinte mujeres dejó atrás el claustro y se frenó al final de un pasillo por el que se accedía a una de las puertas del interior de la abadía, no pudo ojear el claustro que estaba circundado por unos arcos con más de cinco mil años de antigüedad y que exhibía en su centro una fuente con forma de pentagrama, coronada por un gracioso duendecillo orejón que expulsaba de su boca un pequeño chorro de agua hacia las estrellas, también podía vislumbrarse el reflejo ilumina¬do de la luna llena. La fuente estaba repleta de mosaicos de la era de Pericles cuando tuvo lugar la edad de oro de Atenas, los símbolos que decoraban el interior del complejo pertenecían a otras culturas anteriores a la griega; como la egipcia u otras, tan antiguas y desconocidas e indescifrables para el hombre actual.

Los moradores del lugar y cuidadores del monasterio que portaban sotanas blancas con capuchas negras, no practicaban ninguna religión, solo meditaban y se alimentaban según prescripción de la dirección médica de la nueva e inminente organización; con una dieta compuesta de frutas y verduras, legumbres, aceite de oliva cerveza y vino, pan integral, etcétera. La carne y el pescado y sobre todo cualquier tipo de ave, eran alimentos que estaban considerados como auténtico veneno para el organismo humano según la sabiduría arcana de las primeras razas.

Toda la iluminación del interior de la abadía la producían unos velones de cera natural y variados colores que una vez encendidos e introducidos en sus respectivos hachones, engalanaban en las noches las paredes y demás estancias de la bella abadía. Algunas zonas del recinto, como en las termas naturales o en las esotéricas se podían encontrar mosaicos o jeroglíficos con símbolos antiguos indescifrables para cualquier persona no iniciada en el ocultismo arcaico o sendero de la mano izquierda…

Todos iban con paso apresurado y decididas detrás de la musculosa que hizo de copiloto cuando la organización envió aquel vehículo a recoger a Kaira. La corpulenta se paró ante una puerta de madera de roble de unos cinco metros de ancho, el resto de los accesos que bordeaban el estrecho pasillo, no mediría más de dos metros de longitud. Sin duda se dirigían a un compartimiento espacioso, aunque nunca se sabe que puede encontrarse tras una puerta cerrada, independientemente del tamaño de esta.

El cortejo de mujeres se paró y la musculosa descorrió un pesado pestillo con siglos de antigüedad desgastado por el uso, seguidamente se hizo pasar a todas las mujeres a la estancia.
La abadesa; esperaba al ilustre cortejo acompañada de cincuenta bellas muchachas ataviadas con finos trajes de lino y otros tantos varones todos vírgenes. Algunas portaban jarrones de porcelana con agua, otros vasijas de barro con vino en su interior y el resto cuencos de flores silvestres muy aromáticas.

En primera línea iban las más adelantadas intelectualmente. Las jóvenes restantes sostenían sobre sus manos palanganas para lavar los pies a las nueve musas propuestas. La musculosa se echó a un lado cuando hubo abierto el portalón del salón donde tendría lugar la pri¬mera reunión de aquella logia. Adolfina en primer lugar tras ella y a muy poca distancia Kaira y las nueve honorables musas. La abadesa se acercó a Adolfina con una serena y leve sonrisa y un intenso brillo relampagueante en su mirada.

- Es un placer volver a verla. Todo está dispuesto para la recepción eminencia.
- Los años te embellecen Zuleika.

La abadesa hizo una inclinación de cabeza como señal de respeto y añadió:

- Gracias eminencia, sea usted bienvenida…

Zuleika Ampudia siempre vivió de su belleza física hasta que conoció a Alister. El potentado la puso al cargo de su proyecto “Nueva Humanidad” y fue ella quién le ayudó a reclutar a toda la cohorte de mujeres que formarían el proyecto, sin embargo algunos aspectos muy importantes del plan secreto eran desconocidos para la abadesa de La Abadía de San Miguel; que era consciente de sus limitaciones de poder dentro de la organización.

 

Autor novela: Jorge Ofitas. ®.
Spain. 2006. ®. Europe. 2021. ®.

Si te ha gustado el extracto de esta novela puedes adquirirla completa en Amazon.

Muchas gracias por vuestras lecturas y comentarios.

El Autor.

 

Comentarios (2)

  • Pepe Roldán

    Pepe Roldán

    18 Febrero 2014 a las 11:12 |
    Estimado Jorge. He tenido el gusto de leer tu novela y me ha parecido original, fabulosa y llena de humanismo en todas sus facetas. Con un lenguaje llano y de fácil lectura. Sin embargo me quedé con ganas de saber que ocurre al final con ese proyecto secreto. Felicidades, gran novela. Pepe.

    responder

  • Rodolfo

    Rodolfo

    18 Febrero 2014 a las 11:26 |
    A mi me ha gustado la forma tan imaginativa de encausar una historia que bien podría ser la de cualquier pueblo o ciudad española o de Sudamérica. El final me sorprendió mucho y la poesía es muy bonita, chapó amigo una excelente obra

    responder

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